La unidad policial que defiende los diálogos de La Habana

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El siguiente capítulo es un extracto del libro interactivo Unipep: 5 años apostándole a la paz de Colombia, de la Unidad Policial para la Edificación de la Paz, con el apoyo del CrossmediaLab de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Esta unidad está ligada a la Subdirección de la Policía Nacional y apoya la implementación de lo pactado en La Habana, previo a la firma del acuerdo de paz.

El texto describe varias de las múltiples experiencias positivas que ha tenido la Unipep a través de su Área de Operaciones en los Antiguos Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (Aetcr), pues la seguridad de estas zonas destinadas para la adaptación de los excombatientes a la vida civil está a cargo de la Policía Nacional.

Aunque la figura jurídica de los antiguos Etcr finalizó en agosto de 2019, espacios como el Aetcr de Pondores (Guajira) siguen ocupados por cientos de reincorporados y sus familias. Allí conviven en paz los exguerrilleros de las Farc con las comunidades víctimas del conflicto y los uniformados de la Unidad Básica de Carabineros 25. Las historias de vida de este conglomerado de pobladores guajiros son ejemplo de perdón, reconciliación y resiliencia.

Estos son sus testimonios.

Sembrando paz en suelo guajiro

Un camino empolvado, cubierto de la tierra amarilla que abunda en suelo guajiro se extiende como un brazo desde el municipio de Fonseca hasta Pondores. El territorio está custodiado por la Serranía del Perijá, un monte imponente que fue el escenario de múltiples asentamientos guerrilleros y de temporadas desoladoras donde el fuego cruzado entre distintos grupos armados era consecuencia de la disputa por el poder en la frontera colombo venezolana. En el valle que rodea esta cumbre se ubica el Antiguo Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Aetcr) Amaury Rodríguez, un poblado de 52 alojamientos en el que habitan desde hace cinco años los firmantes de la paz.

El sol abrasador del mediodía cae sobre las fachadas coloridas del caserío y en una de ellas se lee “Pondores es reconciliación”, una frase que resume en gran medida lo que ocurre en este espacio, pues en este Aetcr hoy transitan en sandalias y ropa holgada los hombres y mujeres que alguna vez caminaron con fusil al hombro y camuflado.

El contexto de paz en que se encuentra esta zona del país le otorga al visitante una visión histórica difícil de creer hace cinco años: los uniformados que procuran la seguridad del territorio se reúnen en la tienda comunitaria del Espacio Territorial con algunos reincorporados cuando la Policía hace su visita de rutina.

Allí dialogan juntos un rato y se ríen como si los años de hostilidades hubieran recibido el perdón y el olvido de ambas partes, dado que en Pondores se relacionan con respeto, e incluso con afecto mutuo, miembros de la Unidad Básica de Carabineros y Seguridad Rural (Ubicar) 25 y los excombatientes de las Farc que hoy llevan una vida pacífica.

Para llegar a este punto, la Unidad para la Edificación de la Paz (Unipep) ha llevado a cabo distintas iniciativas para fortalecer los lazos y procurar la reconciliación de los exmiembros de las Farc y las comunidades. Cuando los excombatientes llegaron a este espacio en 2017, muchos de ellos eran miembros de los frentes 19, 41 y 59 de las Farc. Este último era uno de los más fuertes del Bloque Caribe que operaba en la frontera desde mediados de los años noventa.

La Serranía del Perijá, por su ubicación estratégica, siempre ha sido un territorio disputado por diversos grupos armados que buscan el control de sus rutas internas, puesto que los espesos bosques montañosos de este ramal de la Cordillera de los Andes conectan a La Guajira con los departamentos de Norte de Santander, Cesar y el estado venezolano del Zulia. Sus recovecos y caminos intrincados fueron importantes para la siembra y el transporte de marihuana durante la Bonanza Marimbera, que se dio entre 1974 y 1985, aproximadamente. Esos antecedentes atormentaron a los pobladores de este territorio durante décadas puesto que mientras las botas y los fusiles de diversos actores del conflicto andaban por estos caminos, las comunidades cercanas vivieron el miedo y el destierro.

Los desplazamientos y el despojo de tierras eran tan frecuentes que, en 2011, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) hizo un conversatorio con representantes de diversas organizaciones sociales junto con la Defensoría del Pueblo para hablar de la situación humanitaria que vivía La Guajira y, especialmente, el municipio de Fonseca. Tras el encuentro, Acnur concluyó que había una fuerte presencia de grupos paramilitares y guerrilleros en la zona que ocasionan ataques a la población civil y a la fuerza pública. A su vez en este territorio también han hecho presencia, y algunos todavía se mantienen, otros grupos al margen de la ley como el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Clan del Golfo, los Conquistadores de la Guajira y organizaciones delincuenciales creadas en diferentes zonas del país. Por tal motivo, el miedo ha imperado siempre al sur de este departamento.

Durante décadas, la única opción para las comunidades fue el exilio, puesto que las amenazas de limpieza social, la desaparición forzada y las tomas constantes de los centros urbanos mantenían aterrada a la población. Desde la violencia derivada de la bonanza de la marimba y de la lejanía del Estado y sus instituciones Fonseca era territorio de nadie, y por eso las comunidades nunca estaban seguras.

La vereda el Confuso, del municipio de Fonseca, se encuentra muy cerca del Aetcr de Pondores. Al ser este un territorio bajo el dominio de las Farc, la comunidad adquirió fama de “pueblo guerrillero”. Algo similar ocurrió con el corregimiento de Conejo. Por esta razón, sus pobladores estaban a merced de otros grupos armados contrarios al ideal insurgente.

Con el paso de los años el estigma ha disminuido, pero todavía persiste en algunos la memoria del conflicto. Aunque ahora son menos los actores enfrentados, este pueblo y las 18 veredas del municipio de Fonseca todavía experimentan los vestigios del conflicto con nuevos grupos que tomaron los terrenos dejados por las Farc.

Sin embargo, que ya no exista dicho grupo como organización guerrillera le ha otorgado a estas comunidades un sentido de tranquilidad relativo que les ha permitido soñar con un territorio reconstruido y en paz y llevar a cabo proyectos en los que excombatientes y miembros de las comunidades trabajan juntos.

Dalia del Carmen Molina, lideresa social y mujer afrocolombiana, ha vivido toda su vida en este territorio que ha sido el escenario de sus logros y tragedias más profundas. Creció correteando entre calles empolvadas, protagonizando sus propias rebeliones y, muy temprano, se encontró con que su vocación estaba en el servicio a este pueblo abandonado donde solo había llegado la violencia.

Hoy es una mujer reconocida por liderar múltiples iniciativas para el mejoramiento de su comunidad. Estas actividades, que le han llenado el corazón de esperanza, también han constituido un peso difícil de sobrellevar, por la amenaza que los grupos al margen de la ley le han hecho a su labor. Desde la firma de los Acuerdos de Paz, ella es una de las que le ha apostado todo al proceso y se ha reconciliado con la sombra de esos años oscuros que a veces la atormentan.

Una historia similar vivieron los líderes comunitarios y los habitantes del corregimiento de Conejo, quizá uno de los más afectados por la violencia en la zona, y quienes aún recuerdan como un museo de imágenes bárbaras el miedo que se respiraba fuera de sus casas. Allí llegaron el 17 de febrero de 2016 “Jesús Santrich”, “Joaquín Gómez” e “Iván Márquez”, dos líderes y un negociador de las Farc, para manifestar a la comunidad los avances de los diálogos en La Habana. De acuerdo con El Tiempo, “500 personas participaron de este encuentro, entre ellas unos 150 guerrilleros”. 

Aunque el evento ocurrió sin mucha preparación, constituyó el primer peldaño de la implementación del acuerdo que iba a firmarse meses después de forma definitiva en el Teatro Colón de Bogotá.

Desde dicho acto histórico, este municipio ha cambiado positivamente. Según reconocen Carlos Julio Chincha Rosado y Luz Míriam Vanegas, dos líderes del corregimiento de Conejo, todavía sus habitantes mantienen vivos en la memoria los vejámenes del conflicto, pero miran con esperanza el presente que les ha otorgado el proceso a ellos y a sus familias que, esperanzadas en este nuevo panorama, han vuelto a habitar la tierra de sus ancestros.

Primeros retos de la paz

La firma del Acuerdo Final de Paz fue tan solo el primer peldaño de una pendiente difícil de transitar que, a pesar de sus múltiples traspiés, ha contribuido considerablemente con la construcción de un país más pacífico en los espacios donde imperó el conflicto. Uno de los primeros retos para los habitantes del municipio de Fonseca y sus alrededores fue la adecuación de la vereda de Pondores como una de las zonas de transición y normalización donde debían residir los excombatientes en calidad de civiles.

A esta vereda de tan solo cuatro hectáreas, que se encuentra a un kilómetro de Fonseca, llegaron aproximadamente 278 personas. El espacio no tenía casa construida y el sol inclemente del valle guajiro era menos confortable que la frescura de la selva del trópico, por lo que los reincorporados tuvieron que adecuar sus propias casas con los insumos y la asesoría de funcionarios del Estado.

Por aquel entonces había mucha incertidumbre sobre la presencia de los reincorporados en este punto y su repercusión en el territorio, aún así, la esperanza de que dichos lugares iban a facilitar el desarme y la reincorporación a la vida civil de los excombatientes, según lo pactado en el punto 3 del Acuerdo de Paz, constituyó un aliciente para las comunidades.

Otro era el panorama que vivían los excombatientes ante el peligro de sentirse en territorio ajeno y sin el arma que había constituido su única forma de defensa frente a otros grupos armados. 

Aunque quienes se sumaron a este proceso lo hicieron reconociendo una voluntad conjunta de ponerle fin al conflicto, los años de vida en el conflicto fueron suficientes para que ellos y ellas tuvieran temores profundos sobre su seguridad. Desde las discusiones en los campamentos y las socializaciones que se hicieron internamente, este era uno de los aspectos que más temor les ocasionaba, no en vano, porque los años transcurridos hasta ahora ya dejan una larga lista de más de doscientos excombatientes asesinados que perecieron durante la implementación del Acuerdo de Paz.

El Aetcr de Pondores es excepcional en este aspecto. El acompañamiento de la Unipep ha sido fundamental para sus pobladores puesto que les ha permitido, cinco años después, desempeñar sus labores sin el temor constante que acecha otras zonas de reincorporación. Allí viven Elkin Sepuúlveda, Marinely Hernández y Marcos Martínez, tres líderes de distintas iniciativas productivas y comunitarias, que estuvieron unidos al momento de la firma del acuerdo de paz por la misma vacilación y que ahora ven con buenos ojos el trabajo conjunto con la Unidad. 

Elkin Sepulveda es un excombatiente que representa a las personas con discapacidad, adultos mayores y personas con enfermedades de alto costo entre la población exfariana de Pondores. Estuvo rodeado por el conflicto desde la infancia, pues su madre fue combatiente. Por eso la rutina del conflicto constituía el único sistema de vida posible para él. 

Aunque la violencia y la pérdida constante de amigos y compañeros no hacían llevadera su permanencia en las filas, la estigmatización, la falta de oportunidades, el temor de enfrentarse a la justicia y la amenaza persistente de otros grupos armados imposibilitaba el sueño de coexistir de otra forma sobre esta tierra. 

En sus experiencias vio morir a muchos colegas y, a su vez, fue damnificado por el conflicto cuando una mina antipersona le recortó el brazo derecho a la altura del codo y le afectó los dedos de su mano izquierda.

Por eso, a pesar del temor que le ocasiona su indefensión, asumió el reto de confiar en lo pactado por la oportunidad de labrarse un futuro distinto. 

Hoy, tras cinco años de ese traslado histórico, reconoce entre risas que acostumbrarse a los pormenores de la vida como civil ha sido quizá más desafiante que haber dejado las armas, pero disfruta como nunca tener el control de su porvenir y recuperar los lazos con su familia. En los momentos de quietud que le otorgan su nueva vida, ha contemplado el nacimiento de un nuevo sueño: “Yo anhelo el momento en el que no se hable de comunidad Farc, de comunidad Conejo, sino de una sola comunidad, sin distingos”.

Esa prevención inicial al desarme, aunque en menor medida, también le ocurrió a Marinely Hernández, actual lideresa de distintos proyectos productivos del antiguo espacio territorial gestionados por mujeres, que estuvo apoyando desde las filas las conversaciones y los acuerdos internos de las Farc para el proceso de paz. 

Su naturaleza femenina jamás fue un limitante para que ella desempeñara sus funciones y tuviera voz y voto, al contrario, estaba haciendo una labor pedagógica cuando sus compañeros fueron trasladados para su desarme. Al regresar reconoció en su nueva realidad que, aunque las armas eran una herramienta para acompañar la lucha revolucionaria, este nuevo comienzo estaba más cercano al objetivo político que tenían como organización, y por ende, valía la pena vivirlo.

A su vez, Marcos Martinez, excombatiente y uno de los gestores del proyecto “Autoconstrucción de vivienda asistida”, implementado por la Cooperativa Multiactiva Para La Paz De Colombia (Coompazcol), también compartió los temores de sus compañeros. Cuando fueron trasladados a las zonas veredales, reconoce que había desconfianza y prevenciones mutuas entre los uniformados y los excombatientes, sin embargo, con el tiempo estas tensiones se difuminaron debido a que los funcionarios de la Unipep demostraron conocer el Acuerdo y desempeñar respetuosamente sus funciones. Nunca estuvo entre sus cavilaciones más descabelladas la posibilidad de que hoy su casa recibiera a un miembro de la Policía Nacional, pero los años de convivencia le han permitido ver en ellos a otros ciudadanos que comparten una condición humana sobre la cual caben muchos matices, y donde hay más similitudes que diferencias ante la inequidad y el dolor de la guerra.

Para los miembros de la Ubicar 25 de Pondores, la convivencia con los excombatientes también ha impactado profundamente en su percepción sobre la naturaleza del conflicto. Al momento del traslado de los reincorporados en la vía que conduce de Fonseca a Pondores se construyeron dos bases, una de la Policía Nacional de Colombia y otra del Ejército, para facilitar la seguridad de los exmiembros de las Farc. Poco o nada se relacionan las fuerzas militares con los excombatientes, pero su relación con la Unipep es completamente distinta, puesto que la Unidad se centró en el desarrollo de actividades conjuntas en pro de la construcción de paz, para facilitar la cercanía de estos hombres y mujeres con las comunidades.

El subintendente Urrego, de la Policía Nacional, lidera el grupo de carabineros de la Unipep con sede en Pondores y asegura que, desde el comienzo, se ha procurado por integrar a los excombatientes con las comunidades vecinas a través de distintas actividades que fortalecen la convivencia. Por ejemplo las jornadas deportivas, las charlas sobre derechos humanos y construcción de paz y los espacios pedagógicos para la prevención de la violencia y el consumo de sustancias en niños y jóvenes con el fin de procurar un futuro distinto a las nuevas generaciones.

Entre las estrategias implementadas que han generado un impacto positivo en las comunidades está el proyecto de Enfoque de Género en el Servicio de Policía, que incluye el Equipo Móvil de Atención (EMA). Consiste en el desarrollo de actividades para prevenir y atender los casos de violencia basada en el género en Fonseca y sus veredas aledañas, como el corregimiento de Conejo. 

Ese mismo modelo se implementa en otras zonas apartadas del país, gracias a la articulación de la Unidad Policial para la Edificación de la Paz (Unipep), la Alianza para la Paz (Apaz) e Interpeace, con el apoyo financiero del Fondo Multidonante de las Naciones Unidas para el Sostenimiento de la Paz y asistencia técnica de ONU Mujeres. Dicho proyecto ha sido positivo para la disminución de barreras en el acceso de las rutas de atención de las personas víctimas de este flagelo.

“Vienen con la intención de hacer un acompañamiento, de hacer una socialización, de hablar sobre los temas de violencia y de hablar de las leyes que habría que identificar sobre esos temas y sobre temas de seguridad”, dice Marinely Hernández, quien a su vez reconoce que la comunidad fariana ha recibido de forma positiva los talleres y los espacios de capacitación que han realizado los miembros de la Unipep en el Aetcr, pues las mujeres son un eje indispensable para la construcción de paz en este espacio.

“Sin nosotras el proceso de paz no sería efectivo, siempre se va a necesitar de la mujer”, dice Marinely Hernández. Para ella es fundamental que las excombatientes y las mujeres de las comunidades sean tomadas en cuenta en los procesos de transformación de conflictos porque solo ellas pueden identificar sus necesidades para el fortalecimiento de la paz. 

Esta hace parte de una de las tantas revoluciones de las mujeres farianas, quienes durante el conflicto se desempeñaron en igualdad de condiciones que los hombres, y ahora anhelan que aquellas que no han vivido esta liberación, se sientan dueñas de sí mismas y del momento histórico que están viviendo. Es por esto que en el Aetcr se fortalecen especialmente las iniciativas productivas de ellas y toda actividad que pueda ser provechosa para los niños, pues en ellos está el futuro de la paz.

En esa medida, aunque Marinely sabe que la implementación de los acuerdos no ha sido perfecta, reconoce que lo más importantes es que también la comunidad fariana y la Unidad han podido desarrollar estrategias conjuntas para el empoderamiento de las mujeres y la concientización sobre las distintas formas de violencia, producto de las costumbres sociales del territorio, que suceden en Pondores y en otras veredas o corregimientos: “Hemos tratado de coordinar para ver cómo esos temas los hacemos con las comunidades, que entre los dos actores que en su momento fuimos enemigos, ahorita nos podamos volcar hacia las comunidades”, reconoce.

Gracias a estas acciones, este territorio que alberga a más de 100 excombatientes se ha convertido en la esperanza del municipio y del país para soñar un futuro diferente. La gran mayoría de excombatientes que están en este espacio tienen orígenes campesinos y, aunque hace algunos años decidieron pertenecer a las filas de las Farc por diferentes razones, hoy reconocen sus similitudes con las comunidades y procuran darles la mano o aceptar su apoyo en los proyectos productivos que se han planeado en el Aetcr.

“El mensaje está muy claro, nos hemos ahorrado muchas vidas, una guerra que, a parte de que deja miseria y destrucción, no nos conviene porque no deja que progrese un país como tal y creo que es un paso muy importante que se ha dado, yo creo que se debería ser más optimista, tener un sentido más humanista y decir que el destino de Colombia no puede ser la guerra”, dice Wilfran Martinez. Wilfran es un excombatiente que, como muchos de sus compañeros, sueña con llevar la tranquilidad que se viven en Pondores a todos los territorios con el fin de demostrar que con tiempo, voluntad de perdón y muchas ganas se puede iniciar una vida mejor.

Otro de los proyectos importantes son los talleres de prevención de la drogadicción y el abuso sexual a menores de edad en el corregimiento de Conejo y la vereda El Confuso, donde los niños y sus familias aprenden sobre los efectos nocivos de las sustancias psicoactivas, las rutas de atención de la Policía Nacional en casos de abuso y las acciones de autocuidado para niños y adolescentes.

Fortaleciendo los lazos

Este proceso de acercamiento no tuvo mayores inconvenientes, según sostienen algunos excombatientes como Elkin Sepúlveda y Marinely Hernández, pues las Farc ya había hecho presencia en los territorios que circundan Pondores y muchos de ellos no eran extraños para los habitantes de la zona. No obstante, el verdadero reto de este proceso estuvo en convencer a los campesinos y a las mujeres de estos territorios de la viabilidad de la paz. Aunque por el estigma y la amenaza de otros grupos armados existió temor en los miembros de algunas comunidades para trabajar con los excombatientes, su voluntad y lucha pacífica de estos últimos cinco años, les permitió volver a confiar en ellos.

Dalia del Carmen Molina y Luz Miriam Vanegas, por ejemplo, son dos lideresas de la vereda El Confuso y el corregimiento de Conejo, respectivamente, que han reconocido en el Acuerdo de paz una oportunidad para acercarse a los reincorporados, conocer sus motivaciones, miedos y esperanzas, y unir fuerzas con entidades como la Unipep, para trabajar a favor del municipio. En la vereda El Confuso, por ejemplo, la seguridad y el orden han mejorado, a pesar de que todavía siguen presentes otros grupos al margen de la ley que pretenden adueñarse de las zonas y las rutas abandonadas por las Farc. Aunque Dalia ha sido víctima de amenazas por su liderazgo y su voluntad para apoyar y creer en los procesos que llevan a cabo los excombatientes, esta experiencia le ha cambiado la vida de muchas formas y le ha permitido encontrar aliados que creen en la paz como las organizaciones internacionales que respaldan el acuerdo y la Unipep: “A mí me resucitó, como el ave fénix, la ONU y ellos, los policías carabineros de Pondores, porque siempre vienen y nos alegran”, dice.

El corregimiento de Conejo también vivió su propia transformación: la plaza principal, donde ocurrieron tomas, masacres y atentados, hoy es un espacio tranquilo que la comunidad procura mantener limpio y en orden. Los miembros de la Ubicar 25 coordinan con ellos jornadas de limpieza y actividades al aire libre que facilitan la integración y el sentido de pertenencia de sus habitantes, los cuales han aumentado en los últimos años por el retorno inminente de los antiguos pobladores ante la esperanza de la paz. También, los lazos con la institución han mejorado, pues, aunque la Policía también sufrió hostilidades en el pasado, los uniformados hoy pueden transitar con calma este espacio y apoyar a las comunidades.

El fortalecimiento de la economía del sur de La Guajira también ha sido un cambio importante en esta zona del país, pues la inversión en agricultura e iniciativas innovadoras no paran de crecer. A su vez, en Pondores un gran número de proyectos productivos se han desarrollado gracias a las iniciativas implementadas de manera autónoma por los excombatientes, que se encuentran apoyadas por entes internacionales y van desde el cultivo de alimentos, hasta la crianza de animales, las confecciones textiles, la gastronomía, el turismo y la construcción.

Estos proyectos han mejorado la economía del municipio a pesar de que no han contado con el apoyo suficiente luego de las primeras etapas de implementación. 

Sin embargo, muchos de ellos son una fuente de empleo para los firmantes de la paz y las comunidades cercanas. Uno de los más destacados por su aporte trascendental a la construcción de paz y al mejoramiento de las condiciones de vida de las familias en proceso de reincorporación es el proyecto de autoconstrucción de vivienda asistida, conocido como “Constructores de Paz”, cuyo apoyo proviene de la Unión Europea y del Sena, con el que se pretende edificar la primera ciudadela de la paz, es decir, un poblado que contará con 350 viviendas en el municipios de Fonseca.

La idea detrás del proyecto es que los excombatientes elaboren sus propios ladrillos para la construcción de las casas y se provean a sí mismos de los materiales que necesitan. Aunque la iniciativa ha ganado adeptos en distintas organizaciones, llevarlo a cabo no ha sido sencillo porque la estigmatización hacia esta población ha afectado el apoyo que les brinda otras entidades no gubernamentales.

Aun así, los firmantes de Pondores han diversificado sus proyectos productivos y han incluido la siembra de melón y plantas aromáticas en la Granja San Luis, donde se concentra una de tantas iniciativas agropecuarias que cada día saca alrededor de 2.000 kilos de melón. Esto impulsa la economía local ya que muchos campesinos o tenderos compran y exportan este producto a otras regiones del país.

También se está gestando otro proyecto financiado a través del apoyo a la reincorporación socioeconómica de integrantes FARC con enfoque comunitario, de género, étnico y poblacional del Fondo de la ONU para la Consolidación de la Paz (PBF) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), conocido como Dama Verde. 

Este proyecto está liderado por el grupo de género del Aetcr, en el que trabajan 39 mujeres y 2 hombres. La iniciativa consiste en la siembra y el procesamiento de plantas aromáticas y medicinales para hacer té.

Todas estas iniciativas productivas han sido acompañadas por la Misión de Verificación de las Naciones Unidas que tiene un equipo local en el municipio de Fonseca para hacerle seguimiento a la reincorporación social, política y económica de los excombatientes de las Farc, al tiempo que se ocupa de vigilar las garantías de seguridad de la comunidad y los líderes sociales. Frances Charles, jefe regional de la Misión ONU de Fonseca, ve en el esfuerzo mancomunado de los reincorporados, las comunidades y la fuerza pública, un ejemplo de reconciliación: “Yo puedo sentir la intención de mucha gente, no solo excombatientes o la Fuerza Pública o el Gobierno, pero mucha gente quiere ver la paz, quieren hacer cualquier cosa para llegar a una situación cuando tengamos una paz sostenible y durable, y eso se nota”, dice.

Mientras el tiempo avanza y se siguen superando los retos, las comunidades del municipio de Fonseca que han protagonizado esta historia de paz pretenden seguir encaminadas en superar los dolores del conflicto y armarse únicamente con valor para mejorar las condiciones del territorio. Los avances se ven cada día, según dice Frances Charles: “En una reunión entre fuerza pública y excombatientes, que lucharon entre ellos durante el conflicto y ya están en la mesa, hablando, tomando un tinto juntos, yo veo progreso diariamente acá”.

Por su parte, los miembros de la Ubicar 25 de Pondores seguirán cumpliendo sus funciones, realizando el acompañamiento y velando por la seguridad de los habitantes del municipio, pues ellos también reconocen que todo ha sido un trabajo común: “Siempre resaltamos que lo que se hizo, se hizo con el aporte de ellos (los excombatientes), y esa es la idea, que tanto la comunidad y nosotros trabajamos de la mano y resaltar esas diferentes actividades que se vienen haciendo”, dice el subintendente Urrego.

El paso de los años habrá de darle la razón a la paz, pero mientras eso ocurre los excombatientes siguen soñando: “Yo creo que nuestra tarea es construir eso, que las nuevas generaciones encuentren un país distinto. Que mis hijos se puedan encontrar con los hijos de los que fueron paramilitares y no les afecte el conflicto porque no lo están viviendo”, dice Wilfran, uno de los reincorporados que ahora camina por la Granja San Luis cuando se pone el sol e imagina, con la Serranía del Perijá en el fondo, una Colombia donde el pasado no impida la unión de su pueblo.

Esta columna fue escrita en coautoría con Daneisi Rubio, Michelle Tenjo, Karen Zapata, Angie Garay, Alejandro Ceballos.

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