Las músicas tradicionales y el Gobierno del pueblo

Las músicas tradicionales y el Gobierno del pueblo
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"Las Quinceañeras" de Bahía Solano Chocó. Grupo de rucas y tamboritos. Fotografía: Leison Hachito.

El día que fue elegido presidente, Gustavo Petro nos compartió su gran sueño: “Que Colombia en medio de su diversidad sea una Colombia, no dos Colombias”. Es lo que todos soñamos; porque esa fragmentación ha sido la plataforma en la que se ha cimentado el conflicto en nuestro país. Y ser una sola Colombia en medio de la diversidad significa justicia racial, justicia social, justicia ambiental y justicia epistemológica. 

La justicia epistemológica es de hecho el sostén para las otras expresiones de justicia. Considerar la mirada, la cosmovisión, la sensibilidad y el pensamiento “de los otros” es la única manera de considerarlos interlocutores, es la única manera de que haya diálogo y respeto desde la horizontalidad. Cuando la justicia epistémica no es el punto de partida, operan la violencia simbólica y la colonialidad.

Por esta razón, esperamos que el Gobierno de Gustavo Petro, como el primer Gobierno realmente popular en la historia de nuestro país, sea por fin el escenario desde donde se honren los saberes de los territorios. En este sentido, saludo la iniciativa de la Ministra Patricia Ariza de cambiar el nombre del Ministerio de Cultura a “Ministerio de las Culturas, Las Artes y los Saberes”. No es un tema menor; se trata precisamente del reconocimiento de esas otras formas de vivir, pensar y expresarse para, desde y con los territorios.

El día que fue elegido, Gustavo Petro también mencionó su anhelo de hacer una gran apuesta por las músicas sinfónicas y crear un sistema orquestal en todo el país. Una apuesta ambiciosa e interesante, pero una apuesta que han dado diferentes países como la propia Venezuela y que ha sido profundamente cuestionada. Justo cuando se espera que sea la celebración de la diversidad -los procesos territoriales y el reconocimiento de los contextos y su simbología, los formatos musicales tradicionales, las festividades ancestrales y populares- el primer gran desafío del gobierno del pueblo.

Sería absolutamente simplista consolidar mi argumento desde la oposición “académico/ popular” o peor, “alta cultura”/”cultura popular”. Claramente el mismo movimiento sinfónico en Colombia y en muchas partes del mundo se cuestiona su lugar de enunciación y hace ingentes esfuerzos desde una sana autocrítica para descolonizarse y asumir escenarios de diálogo de saberes y reconocimientos de otros repertorios musicales distintos a los que han marcado su canon durante siglos. Es una reflexión loable en medio de las discusiones que, por increíble que parezca, todavía se dan al interior de los conservatorios y los programas de música en las universidades; discusiones en donde hay que convencer a algunos maestros de que un currulao de Gualajo, un bambuco de Pedro Morales Pino, una jota chocoana o un joropo de Cuco Rojas son tan legítimos en los procesos de aprendizaje como una sonata de Schubert o una pieza de John Coltrane.

Pero independientemente de la apertura o no de las orquestas sinfónicas a los repertorios populares, no se trata de simplemente “dar cuenta”, “valorar”, construir y reproducir estas músicas en estos grandes formatos, tan elegantes y tan europeos. Se trata de justicia epistemológica y social, que implica por lo tanto poner, sino por encima, por lo menos al mismo nivel a los músicos, los formatos y los repertorios tradicionales, desde el respeto de sus contextos, sus sentidos y sus cosmovisiones en los territorios.

El Ministerio de las Culturas, Las Artes y Los Saberes cuenta con una potente plataforma, reconocida y querida en las regiones que, en los últimos años -sobre todo en los años de la Economía Naranja-, ha sido gravemente golpeada y subvalorada por los bajos presupuestos que se le han asignado. Se trata del Plan Nacional de Música. Trabajé en este plan de 2003 a 2005 y pude ver la gran discusión que tuvo que dar el Grupo de Música de la Dirección de Artes para legitimar y engrandecer el componente de las músicas tradicionales y, sobre todo, dar lugar a los músicos expertos de cada región. Sin duda, una gran oportunidad para ejercer la justicia epistemológica y demostrar que no hay una Colombia que viaja y le enseña a “La Otra Colombia”.

Demostrar que somos “una sola Colombia en medio de la diversidad”, sería un gran paso para el reconocimiento de “esa otra Colombia”; un gran paso para reafirmar una nueva visión de país, más justo y dialogante. Un país en el que las músicas regionales son valoradas y celebradas por el gobierno del pueblo con, desde y para el pueblo. Y eso se traduce en el respeto, el reconocimiento y el impulso de programas dignamente financiados para las músicas populares tradicionales, sus escuelas, sus contextos y sus sabedores. 

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