Leonor Zalabata: encarnar la lucha por la dignidad y autonomía arhuaca

Leonor Zalabata: encarnar la lucha por la dignidad y autonomía arhuaca
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Esta semblanza hace parte de un trabajo conjunto con Lucía Eufemia Lucumí y Sandra Guerrero dentro del Laboratorio de Paz Terrirorial de la Universidad Nacional de Colombia, Sede de La Paz.

Leonor Zalabata es una defensora de los derechos humanos que pertenece al pueblo arhuaco, habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta, y una mujer que encarna las luchas en búsqueda de la dignidad y de la autonomía de su etnia.

Nació en el sector Yerua, en 1954, y afirma que fue criada por el territorio y la comunidad a la que pertenecían sus padres, con una amplia libertad, en una época en la que esa región tuvo una gran influencia de la misión capuchina, cuya presencia tuvo una duración de 67 años. Recuerda que “era una estructura política cristiana dentro de la cual trasladaban a los niños arhuacos a un centro para que fueran ‘civilizados’. Prácticamente eran raptados y llevados a Nabusímake y de allá salían sin hablar el idioma arhuaco, con pocas costumbres y sin muchos valores culturales. Luego los casaban y los ubicaban con unas familias distintas”.

Cuenta Leonor que muchos de los niños que sufrieron esos traslados cuando recuperaron su libertad también lo hicieron con su identidad y retomaron las tradiciones, la lengua y las costumbres arhuacas, que habían estado como pausadas en sus vidas. “Creo que es una cuestión de genética que llevamos muy adentro de nosotros, porque al crecer volvieron a sus tierras y recuperaron su cultura y valores”, anota Leonor, quien iba creciendo con la intención de defender el territorio y esas tradiciones propias de su etnia.

Hacia el año 1960, cuando sus padres debían decidir si la enviaban a la misión capuchina en Nabusímake o a una escuela pública en el municipio de Pueblo Bello, optaron por esto último, ya que su padre era de esa región, al igual que todos sus ancestros, pero también porque no estaban de acuerdo con ese desprendimiento de los niños de sus familias ni de su cultura. “Lo que sí fue muy importante para mí fue haber conocido a toda la familia, la vinculación estrecha permanente que hicieron mis padres con la Sierra, con el territorio; todo eso lo siembra uno y esa vinculación fue siempre hasta el día de hoy”. Durante su vida ha aprendido que la tradición del conocimiento oral sigue siendo fundamental y que el pueblo arhuaco siempre fue gobernado por autoridades propias. Nunca perdieron la capacidad de autogobernarse ni el ejercicio de la justicia como una forma de estabilidad política y social.

Por eso, comenzaron a hacer resistencia frente a la misión capuchina, y Leonor fue clave en este proceso, ya que, según afirma, fueron amenazados por ese poder dentro de su propio territorio, lo que conllevó la reacción para restablecer el orden y su identidad como arhuacos. “La conciencia que uno tiene por la identidad lo reflejó mucho mi suegro, que era de familia tradicional, en donde bailaban los rituales, donde se practicaba el ejercicio espiritual para la producción del territorio, que tenía que ver con el desarrollo social y económico de un pueblo que se mantenía milenariamente con esos valores”. Agrega que esa conciencia es lo que hace posible que se reconozcan los valores del otro y que se puede convivir en la diferencia, sin tener que inmiscuirse en la cultura o tradiciones del otro. “Como ellos llegan imponiéndose, porque no fueron invitados, y vinieron para aislar a las personas, lo consideramos una agresividad, y empieza una oposición a partir de la realidad que vivíamos. Pedimos profesores, pero enviaron unos misioneros que desconocieron todo lo que teníamos”.

Según Leonor esto generó un conflicto dentro del pueblo arhuaco, hasta que en los años ochenta comenzaron a regir los convenios de la educación indígena, luego que el Ministerio de Educación entendiera la posición de los indígenas y sentara las bases para tener una educación intercultural en Colombia. La misión capuchina, sin embargo, seguía ahí, pero los arhuacos decidieron en asamblea cerrar todas las escuelas, a pesar de que tenían contratos por tres años más y a los profesores se les pagaba sin trabajar. También se realizó la toma, como protesta pacífica, para presionar su salida e impedir que el obispo de la época saliera del territorio, atravesando un tronco al vehículo en el que se movilizaba, por lo que le tocó quedarse. Eso hizo que fueran acusados de secuestro y el Ejército llegó al lugar para averiguar qué estaba pasando, pero, cuenta Leonor, “el cabildo gobernador de entonces, Napoleón Torres, había enviado un telegrama al presidente Belisario [Betancur] y a sus ministros informándoles de la toma, y eso se les mostró a las autoridades. También vieron que el obispo estaba muy tranquilo descansando y los militares decidieron retirarse”.

Piensa Leonor que la misión capuchina abusó de su poder, desconoció la autoridad indígena, no respetó las diferencias, ni su cultura, y por eso se dio la lucha para que salieran de la zona y se retomaran así todas sus tradiciones. “A partir de allí comenzamos a trabajar un programa bilingüe intercultural que tuviera como base el desarrollo propio de los pueblos indígenas. Era un piloto con la Secretaría de Educación departamental, que sería el reemplazo de lo que venía haciendo la misión”. Luego del cierre de las escuelas y de la toma, explica la lideresa, se realizaron varias asambleas y se decidió en ellas que irían a Bogotá a solucionar definitivamente el problema, ya que la iglesia católica se había comprometido con que la misión se iría en 1982 y no lo había hecho. Viajaron a la capital un total de 64 arhuacos, quienes recibieron la solidaridad de organizaciones, sindicatos y de la primera comisionada de paz del país, Socorro Ramírez, quien les abrió las puertas para un diálogo directo con el presidente Betancur, siendo funcionaria del Gobierno.

A partir de ese encuentro se organizó una reunión de alto nivel en Nabusímake con funcionarios del orden nacional, local y departamental, autoridades tradicionales y la comunidad, que concluyó con la decisión de convertir el territorio en resguardo indígena y la salida definitiva de la misión capuchina. En ese encuentro, la intervención de Leonor fue clave y definitiva, porque se dio cuando llegó un punto en que muchos arhuacos hablaban a favor de la misión y se mostraban de acuerdo con su presencia en el pueblo. “Me dijeron que me tocaba hablar, porque ninguna mujer lo había hecho y lo hice espontáneamente, porque no estaba programada mi intervención, pero lo hice durante media hora, en la que los reté diciéndoles que siendo protectores de la humanidad, como se consideraban, por qué habían actuado así irrespetando la cultura arhuaca, pero que además podíamos llevar al mundo lo que estaba pasando allí. Creo que ahí hubo un cambio y eso ayudó mucho”.

Al otro día, el mamo Juan Marcos Pérez invitó a un ejercicio espiritual a todos los asistentes, representantes de la iglesia, del Gobierno e indígenas, a quienes les fue explicando por todo el camino el significado de los árboles, pero sobre todo qué representaban para nosotros. “Cuando llegaron a una piedra, les dijo que esa había estado ahí toda la vida para indicarnos muchas cosas, pero lo más importante es que les dijo que nadie les puede enseñar eso a los niños, sino los mismos miembros de su etnia”. Fueron varios los ejercicios que realizaron con el mamo durante aproximadamente una hora, en la cual explicó que esa era la educación que se necesitaba y que, si estaban en capacidad de desarrollarla, podían seguir, pero, si no, debían irse. Las dos intervenciones, la de Leonor y la del mamo, fueron determinantes, y a las 9 de la mañana de ese día ya se había decidido la salida de la misión capuchina de manera definitiva.

Leonor Zalabata: encarnar la lucha por la dignidad y autonomía arhuaca
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Otra participación destacada de Leonor Zalabata fue cuando formó parte de la delegación del Grupo Nacional de Trabajo por los Derechos de los Pueblos Indígenas de la Asamblea Constituyente de 1991, en reemplazo de Napoleón Torres, quien no pudo asistir por asuntos familiares. “Acepté ese reto. Estuve en las mesas de trabajo, donde se diseñaron los programas y planes en defensa de la autonomía de las autoridades del pueblo arhuaco”. A finales de los años noventa y antes de que se declarara la nueva Constitución, fue asesinado Napoleón junto con otros líderes indígenas, y los mamos decidieron que había que cerrar la comunidad, por considerarlos crímenes contra un pueblo indígena. “Yo me atreví a decir que yo sí saldría, porque eso daba la posibilidad de visibilizar el hecho”. Fue cuando salieron al plano internacional y pudieron dar a conocer el crimen en toda su dimensión. Asimismo, con uno de los mamos, asistió a una mesa de trabajo en las Naciones Unidas, exactamente al Foro Permanente de los Pueblos Indígenas, única instancia civil dentro del organismo, y participó en la discusión sobre temas de derechos humanos y diversidad biológica.

Leonor Zalabata considera que su reconocimiento viene de ella misma, del afecto y el apoyo de su familia, que fue determinante para tener la confianza de apoyar, acompañar e incluso obedecer en situaciones específicas, y agrega que “es la convicción natural que uno tiene de compartir con el otro”. Sobre el pueblo arhuaco, piensa que es claro que existen para cuidar el mundo y salvar la vida de los seres y una cultura e identidad, que incluye valores y conceptos. Aclara que la etnia lo sigue haciendo, lo que pasa es que ahora no han podido entender para dónde tienen que evolucionar, porque el sistema es agresivo, aunque la profundidad de la espiritualidad sigue muy firme. Asevera que la amenaza más grande que tienen los arhuacos es la de las religiones, y por eso cree que la lucha debe ser sin tregua, teniendo clara la ruta o, de lo contrario, irán debilitándose. “Hace mucha falta en Colombia saber qué es la realidad, qué es la diversidad cultural y qué son los pueblos indígenas que fueron reconocidos en la Constitución del 91, porque ha quedado grande saber cuáles son las diferencias entre todos nosotros y saber convivir con estas”.

Igualmente, opina que, en esta época de tanta violencia, discriminación racial y exclusión económica, la invisibilización de los liderazgos es una gran problemática. “Un líder es visible cuando ha tenido la capacidad de estar en debates o en campañas electorales, pero, de lo contrario, su trabajo por el bienestar de los pueblos y las comunidades no se conoce”, añade, precisa que “no es fácil ser una líder indígena, mujer, y no tener fortaleza económica; sin embargo, es posible, y por eso existen los líderes, pero se paga un precio muy alto, con la resistencia, con la conciencia, con nuestras propias convicciones, incluso con la vida”.

Para Leonor es triste ver que la sociedad, entre más lejos estén los pueblos indígenas, se interesa por ellos, pero si están cerca se crea más odio, más alejamiento. “Nosotros tenemos tierras, medio ambiente y formas propias de autogobierno y parece que eso les molestara, o porque luchamos contra la colonización de los territorios impidiendo que lleguen a interrumpir nuestras formas sencillas de ser”.

La lideresa y defensora de derechos humanos señala que, para el futuro, el pueblo arhuaco tiene que mantener la unidad como grupo humano, porque este es el bastón para sostener su identidad, y dice que el diálogo debe prevalecer ante cualquier situación, para no agotar las fuerzas de una familia, de un colectivo, de un pueblo o de un país. “Los mamos kogui, wiwa y arhuacos tienen su propia misión y es cuidar la madre tierra y la Sierra Nevada de Santa Marta. De ellos dependen muchas decisiones de distinta índole y por eso se consultan y deciden de quién es la competencia y quién tiene la capacidad espiritual, política o geográfica”. Pero, en general, enseña que lo más importante es mantener la sabiduría, defender la tierra y resguardar la cultura e identidad de cada uno de estos pueblos indígenas del país.

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