¡¡¡Maten a los niños!!!

¡¡¡Maten a los niños!!!

A usted y a mí nos han robado. Usted y yo alguna vez en la vida hemos tomado lo que no nos pertenece. Usted y yo estamos vivos de milagro.

Esta tarde de domingo tenía la firme intención de ver el partido de la selección Colombia contra Brasil, hasta que se atravesó el video de los chicos atrapados, atados, aterrorizados y expuestos en un video por redes sociales, jóvenes que aparecieron posteriormente asesinados con un letrero de ladrones. Obvio que no esperaba que la sociedad colombiana se conmocionara frente a este atroz hecho, y mucho menos los jugadores de la selección que, a excepción de Falcao, no se han pronunciado frente a la vida política del país.

Lo paradójico de todo esto es que un grueso de los jugadores de la tan querida selección de fútbol (solo era ver el río de camisetas amarillas en la ciclovía) vienen de la miseria y pobreza de los jóvenes asesinados y saben que su única oportunidad para salir de esa condición infrahumana era el deporte. Sin embargo, después de encontrar la gloria, poco se les ve haciendo por sus conciudadanos, se dedican al derroche y la buena vida, dando la sensación de que el pobre es pobre porque quiere, crean fundaciones para esos pobres que no son tan buenos como ellos, y con la entrega de un par de balones lograr el tan anhelado hecho filantrópico de evadir impuestos.

Nadie se pronunció en el estadio de los Char por los jóvenes muertos. Es más, hay uribistas en redes celebrando el hecho, siguiendo la línea del presidente Iván Duque frente al bombardeo en el Chocó -en donde también murieron jóvenes y niños, argumentando que era un blanco legítimo, tan legítimo como lo eran estos novatos-.

Los más energúmenos seguidores de la ultraderecha uribista puntualizan en que por algo se empieza en la vida delictiva, un razonamiento muy familiar en la Alemania de los años 30. Pero en el estadio si se pronunciaron por los veteranos de Fuerzas Armadas, éstas señaladas de ser partícipes de una cantidad atroz de hechos contra la vida y los derechos humanos. Sin embargo, ningún jugador sentó su voz de protesta.

La función debía continuar y en la mitad del tiempo se mostraban imágenes en primer plano de un público feliz, eso sí, sin medidas de protección, pero se veía que los asistentes la estaban pasando de lujo. Además, el partido estaba empatado y había la posibilidad de ganar, todos los espectadores con sus smartphones en la mano permiten inferir que la noticia de los jóvenes asesinados estaba en sus pantallas. Pero con un simple movimiento del dedo podían superar esa realidad tan macabra que nos agobia y nos persigue por décadas.

Pan y circo como en la Roma antigua y en el capitalismo salvaje. El problema es que en Colombia nos sobra circo y nos falta pan, y eso terminó con la vida de dos jóvenes que comprueban, al igual que los del campamento en el Chocó, que el país no quiere garantizar las condiciones para una vida digna de nuestros niños, niñas y adolescentes, y mientras eso no pase seguiremos repitiendo esta triste historia de sangre y barbarie, tanto así, que la ministra de educación María Victoria Angulo en vez de pronunciarse por estos lamentables hechos publicó en redes sociales un extenso comunicado para intentar desmentir sus actuaciones que favorecen los intereses de un verdadero delincuente como lo es el señor Pulgar. Ese es el nivel de decadencia de este Estado que gobierna con y para los delincuentes de cuello blanco.

Ahora amenazaron con matar a las personas que participaron en la captura ilegal de los jóvenes, temerosos hoy, pero seguramente animados ayer, sobre todo por la protección que este gobierno le ha dado a la justicia por mano propia, así como la impunidad de aquellos que sirven de calanchines del aparato represor (no olvidemos el caso de Andrés Escobar en Cali). ¿En qué momento se les ocurrió atarlos, exponerlos por redes y patrocinar el escarmiento público? Fue tal el escándalo, que los paramilitares no dudaron en llegar primero y ejercer lo mejor que saben hacer: matar para generar miedo y pánico.

En otro video se ve cómo hombres armados les arrebatan a los habitantes de la zona los jóvenes atados que luego aparecen masacrados. Ahora los justicieros salen a intentar reparar el daño argumentando que ellos se los iban a entregar a la policía, a sabiendas que en este país la fuerza pública tiene como máxima regla llegar después para recoger los muertos. Esperamos que la justicia actué en este caso y se frene el río de sangre desatado, y de seguro actuará contra estos humildes desgraciados que por ignorancia o arrogancia tendrán que responder por los excesos en sus actuaciones, así como los del billar que asesinaron a dos jóvenes delincuentes con una sevicia imaginada, todos jóvenes, todos humildes, todos a la cárcel de donde no salen los pobres y nunca entran los ricos.

En resumen, mientras el gobierno sigue pensando en leyes para precarizar el trabajo de los jóvenes pagándoles menos del salario mínimo, en condiciones de esclavitud moderna, sin acceso a la universidad, al deporte, al arte, o mientras los bombardea sin piedad en las zonas rurales, o mientras los torturan y les sacan los ojos en las protestas, termináremos afianzando una sociedad indolente y desmemoriada que saldrá con orgullo a celebrar un mediocre empate contra Brasil y con ganas de matar jóvenes que desgraciadamente salgan a equivocarse sin mediar palabra. Cabe aclarar que si el Estado actuara con celeridad ante casos de delincuencia juvenil, sobre todo previniéndola, nos ahorraríamos la muchedumbre gritando: ¡Que maten esas ratas!

Temas destacados

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

Compartir
0
Preloader
  • Amigo
  • Lector
  • Usuario

Cargando...

Preloader
  • Los periodistas están prendiendo sus computadores
  • Micrófonos encendidos
  • Estamos cargando últimas noticias