Multinacionales y vacunas

Multinacionales y vacunas

Stephen Hymer, uno de los economistas más importantes para el estudio y análisis de las corporaciones multinacionales, en el artículo "The Multinational Corporation and the Law of Uneven Development", de 1982, sostiene que existen dos leyes de desarrollo económico: una, el tamaño creciente de las empresas; y dos, el desarrollo desigual.

El tamaño de las empresas viene aumentando desde el taller a la fábrica de la revolución industrial, la corporación nacional, la corporación de multidivisiones, hasta la corporación multinacional.

En consecuencia, el tamaño más grande significa un mercado de pocos jugadores y menos competencia; es decir, mercados oligopolísticos. El aumento del tamaño se expresa en una mayor eficiencia, derivada de la toma de decisiones centralizada, capacidad de innovación corporativa y tecnológica.

Para Hymer, la necesidad de las multinacionales de acceder tanto a nuevos mercados como a las fuentes de los recursos naturales la llevaría a invertir en países menos desarrollados, y, aunque traería beneficios, su accionar afectaría más a los países débiles con “un desarrollo dependiente y desigual” (según Dunning y Pitelis).

En este sentido, existe la tendencia a crear riqueza, pero también pobreza, desarrollo como subdesarrollo: desarrollo desigual. En los países subdesarrollados el 5 % de la población controla el 30-40 % del ingreso nacional, y el 30 % más rico controla el 60-70 % del ingreso. Mientras, las dos terceras partes restantes solo reciben una tercera parte del ingreso, “no porque no contribuyan a la economía, sino porque no comparten de los beneficios”, afirma Hymer.

En este sentido, continúa Hymer, “el desarrollo económico bajo la corporación multinacional no ofrece muchas promesas para la mayoría de la población”, debido a que las empresas multinacionales, a pesar de su nombre, operan globalmente, pero son nacionales. “Las empresas tienen una nacionalidad distintiva y definitiva. No son en ningún sentido empresas 'globales'", dice Peter J. Buckley.

¿Qué se puede hacer? En consecuencia, Hymer recomienda el fortalecimiento de las instituciones y políticas internacionales antimonopolio y la protección (de hecho, el estímulo) de los “empresas locales”.

En este sentido, aunque las corporaciones multinacionales han traído grandes beneficios en eficiencia y nuevas innovaciones y nuevos bienes que han mejorado el bienestar general, su comportamiento deja mucho que desear; son políticamente “incorrectas”.

En la pandemia actual del covid, que ha generado una crisis sanitaria global y, además, económica, ha mostrado la verdadera cara de las multinacionales farmacéuticas y de los gobiernos que las cobijan al impedir a la mayoría de la población mundial el acceso universal a la vacuna, mientras los países desarrollados y ricos tienen los inventarios a reventar. Canadá, por ejemplo, cuenta con vacunas para seis veces su población.

Igualmente, los precios de las vacunas son discriminatorios: “Sudáfrica ha ordenado 1,5 millones de dosis de la vacuna AstraZeneca, pero pagará más del doble de lo que paga la Unión Europea por dosis”, aunque su población sirvió de conejillo de indias para los ensayos de AstraZeneca.

Además, las farmacéuticas imponen condiciones a las compras de los países pobres y de ingreso medios (como la suspensión de las legislaciones nacionales de los países compradores por posibles demandas debidas a daños en la salud). Un titular de elpais.com lo dice todo: "El BID advierte de que las farmacéuticas exigen a los Gobiernos condiciones cada vez más duras para vender vacunas".

Sin embargo, las vacunas todavía no están disponibles en las cantidades necesarias; mientras la gente pobre que no puede ir a un país desarrollado a vacunarse está en riesgo de morir por falta de esta. Hay paquetes turísticos para vacunarse en Miami, por ejemplo. Al respecto, The Lancet reproduce las palabras del profesor colombiano Román Vega: “No tenemos estadísticas de cuántas personas han salido del país para vacunarse, pero podemos asumir con seguridad que son personas de los sectores más ricos de la sociedad, lo que solo aumentará la disparidad entre los que están vacunados y los que no lo están".

Después de 3,89 millones de muertes en el mundo por covid (datos de junio 23), que siguen aumentando, es necesario examinar el comportamiento de los gobiernos (muchos de ellos irresponsables, como Bolsonaro y Trump) y las deficiencias de los sistemas de salud y los presupuestos asignados, porque son “los determinantes sociales y las inequidades” los factores que explican que la gente pobre siga muriendo como moscas.

Después de Europa, con 1,1 millones de personas muertas por covid, Suramérica es la segunda región del mundo, con 981.660 muertes (datos de junio 23), sobre un total de 3.89 millones; supera a todas las otras regiones del mundo. Cada minuto mueren 2.2 colombianos por covid sobre un total diario de 656 (junio 30).

Por otro lado, el factor determinante al acceso a las vacunas es resultado del “sistema de patentes farmacéuticas de la Organización Mundial del Comercio (que) fue diseñado para priorizar las ganancias corporativas sobre la vida humana. Incluso en medio de una pandemia mortal, una coalición de compañías farmacéuticas y gobiernos del norte global se niega a reordenar estas prioridades: bloquea las exenciones de patentes, se niega a compartir tecnologías de vacunas y no financia las respuestas multilaterales”, dicen Rogelio Mayta y otros.

Aunque “el costo de la vacunación global se estima en solo $23 mil millones, o el 0,25 %” del total de casi 9 billones de dólares (9 millones de millones de dólares) que los países desarrollados han usado para enfrentar la recesión y las crisis de sus economías. El G7 solo ha prometido mil millones de vacunas al mundo, que apenas si alcanzarán a ser unos 613 millones de dólares, señalan Mayta y asociados, que llegarán muy tarde para quienes ya estarán muertos. Por su parte, la OMS “estima necesarios 11.000 millones de dosis para inmunizar al 60 % de la población global”.

Los costos de tamaña tacañería serán inmensos para los países pobres y de ingresos medios, pero aun mayor para la economía global, que se calculan en 9 billones de dólares; hasta tanto no esté vacunado el mundo entero, no se podrá decir que todos estamos a salvo:  “sin una transformación en el sistema de salud global, los gobiernos de todo el mundo tendrán que desembolsar miles de millones en compras anuales de potenciadores de las grandes corporaciones farmacéuticas como Pfizer, o rogar al gobierno de los EE. UU. que venga al rescate”, dicen Mayta y otros.

Por otro lado, el Banco Mundial “pronostica que la economía mundial crecerá a un 5,6 % (…) con previsiones de crecimiento del 6,8 % en Estados Unidos y del 8,5 % en China". Pero, solo “un crecimiento del 2,9 % entre los países de bajos ingresos, el más lento de los últimos 20 años (…). Por lo tanto, la recuperación será impulsada por el crecimiento en solo unas pocas economías importantes donde el rápido progreso con la vacuna Covid-19 ha permitido un retorno más rápido a la normalidad relativa. (…) (En general) esta recuperación es inusualmente estrecha en términos per cápita, y se espera que solo el 50 % de los países superen sus picos previos a la recesión en 2022”, afirma M. Roberts.

En consecuencia, frente a este panorama nada tranquilizador, los gobiernos ricos de los países desarrollados deberían financiar otro plan Marshall, sin deuda y sin amarres, para que las economías pobres y de ingresos medios puedan recuperarse, al mismo tiempo que las economías centrales están abiertas para las exportaciones de la periferia. Sin embargo, esto es mucho pedir para los gobiernos que solo quieren subordinación económica y política del resto del mundo.

Por otro lado, no solo la comunidad internacional debería reformar el sistema de patentes farmacéuticas (Colombia se adhiere a la posición de los EE.UU., el gran pirata de propiedad intelectual, de protección a las patentes), sino que en esta pandemia deberían mostrar avances al respecto, dada la situación de emergencia manifiesta.

Sin duda, a los gerentes farmacéuticos que duermen arrullados por las cotizaciones al alza de sus empresas en Wall Street no les quita el sueño las humildes lapidas sepulcrales de quienes tuvieron que morir solos y aislados de sus familias. Entonces, ¿qué le quieren decir al resto del mundo con la declaración en el billete de un dólar que dice: “In God We Trust”? ¿El dios del dinero?

 

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