No nos quedemos en silencio

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Vivimos en un país que necesita escuchar las voces a las que no se les ha dado el espacio; estas voces que por siglos han reclamado sus derechos y que hoy no quieren callar más.

Desde muy pequeña escuché, en mi casa y en casa de mis amigas y amigos, el dicho: “Ni con la familia, ni con los amigos se habla de política y religión”. Se suponía que de esa manera evitaríamos las peleas y los debates. Y, por supuesto, ¿a quién le gustaría provocar peleas y debates con las personas cercanas? A nadie, seguramente.

Sin embargo, a pocas personas se les ocurrió preguntarse: ¿y qué pasaría si fortalecemos la habilidad de escucha y comunicación asertiva y respetuosa para hablar de lo que pensamos libremente con aquellas personas que piensan diferente, y más aún, en dos de las áreas más importantes para la sociedad como lo son la política y la religión?

La violencia que se ha desatado en los 16 días en que han transcurrido el Paro Nacional, que se inició el 28 de abril, nos está demostrando la poca capacidad que tenemos para sentarnos a discutir y compartir ideas con personas que piensan distinto. El miedo a ser juzgados, la estigmatización y los prejuicios sobre las personas que son diferentes han sobresalido en la polarización de la que estamos siendo parte y en la manipulación de la información de algunos medios de comunicación tradicionales; pareciera como si nos exigieran que elijamos un bando y juzguemos al otro, algo que se ve muy claramente en las largas peleas por redes sociales que se han desatado sin control.

Y es que al hablar de diferencia estamos hablando también de diversidad; de esa diversidad en la cosmovisión del mundo, esa que las comunidades étnicas desde siempre han tenido y la que se ha reprimido, opacado e ignorado causando su desigualdad y exclusión. Hemos vivido en un país que desconoce sus orígenes, sus tradiciones, culturas y costumbres, un país que venera religiones impuestas y desprecia la espiritualidad ancestral. Un país que ve en el cemento y la deforestación el desarrollo, olvidando que la naturaleza es nuestra principal fuente de vida. Vivimos en un país en donde, por décadas, los derechos humanos de las comunidades étnicas se han vulnerado, y son ellas las principales víctimas de un conflicto por el territorio y la explotación de los recursos naturales. Vivimos en un país en donde esa diversidad ha estado aguantando y conteniendo, soportando y resistiendo.

Vivimos en un país en donde el presidente, la máxima autoridad del Estado y del Gobierno, quien en situaciones de crisis (como la que estamos viviendo actualmente) tiene el deber de escuchar la inconformidad de la ciudadanía, le pide a la Guardia Indígena del Cauca, organismo ancestral propio, instrumento de resistencia, unidad y autonomía en defensa del territorio y del plan de vida de las comunidades indígenas, que regresen a sus resguardos sin antes ser escuchados; esto, con el argumento de que la “normalidad y la tranquilidad” regrese para los ciudadanos. Este es un mensaje mezquino; por un lado, rechaza el diálogo con quienes desde la Colonia han sido rechazados; por el otro, la normalidad y la tranquilidad de la que él habla no existe desde hace muchos años en el país. No se nos puede olvidar que llevamos más de 60 años en un conflicto armado, que parecía que iba a terminar pero que ahora empieza a tener otros colores. El porcentaje de la población que ha gozado de la normalidad y la tranquilidad es la población clasista y elitista que ya empieza a aparecer en las escena protagónicas del paro en el sur de Cali, armados y con mensajes racistas llenos de odio hacia las comunidades indígenas. Acá encuentran un breve y contundente ejemplo.

Vivimos en un país en donde los medios de comunicación tradicionales (como Caracol) tienen titulares como "Ciudadanos e indígenas se enfrentaron", titulares que les quitan el poder de agencia a las comunidades indígenas al dejarlas por fuera de la ciudadanía, reflejando la discriminación y el racismo que persiste y se fortalece con esta situación en Colombia. Esto, sin contar del poco cuidado en el uso de las palabras y la fragilidad que aún tiene el concepto de “inclusión”.

Vivimos en un país en donde la palabra “indio” es un insulto, en donde ser indígena es una ofensa y en donde rechazar hablar con la diferencia pareciera un acto de poder y autoridad. No nos damos cuenta de que es un acto de cobardía y de petulancia que ninguna persona que ejerza el liderazgo de una nación debería tener. 

Vivimos en un país en donde las redes sociales son nuestro escudo de batalla y en donde vale todo, hasta alimentar el odio utilizando palabras de manera irresponsable que alimentan la división y polarización que tanto daño nos hace. En redes sociales es fácil incitar a la violencia, al uso indiscriminado de las armas, a la realización de la represión y la violación de derechos humanos, pues en redes sociales demostramos lo difícil que es para el ser humano establecer una conversación (con argumentos claros, sin insultos ni emocionalidad) con aquellas personas que tienen una visión distinta a la nuestra.

Vivimos en un país que necesita escuchar las voces que cuestan escuchar, porque no se les ha dado el espacio; estas voces que por siglos han reclamado sus derechos, las voces que hoy no quieren callar más, ni esperar, ni regresar sin ser escuchadas. Las voces que nos incomodan porque nos abren los ojos ante todo el silencio que hemos guardado frente a la injusticia, las voces que desafían el statu quo, las voces que desestabilizan nuestras creencias y las ponen en duda; las voces que nos demuestran nuestros errores y nos piden a gritos que se reparen sus heridas que llevan abiertas por siglos. Las voces que nos demuestran que somos una sociedad construida sobre el dolor de unos tantos y los privilegios de unos pocos.

Como país estamos atravesando una situación de incertidumbre que puede atrasarnos en la búsqueda de la igualdad y la paz duradera para Colombia. La toma de malas decisiones en este momento puede ser crucial para nuestra historia, pues a esta ya manchada historia colombiana podría sumársele un nuevo capítulo de dolor, muertes, desapariciones, represiones y miedos que fragmenten la sociedad y perpetúen el poder de la nación en pocas manos.

Como personas, individuos sujetos de derechos, es indiscutible que estamos atravesando por un momento coyuntural en que fácilmente podemos perder la objetividad para dejarnos ir por la emocionalidad del odio infundido por el miedo. No permitamos que nuestra acciones y actos promuevan la violencia, pues en ningún sentido es el camino a la construcción de un país en paz. Cuestionemos, investiguemos, reflexionemos y hablemos. Comencemos por cambiar frases que nos han hecho tanto daño y arriesguémonos a hablar con nuestras familias, amigos y amigas sobre la situación que está viviendo el país. Arriesguémonos a no ser cómplices de la injusticia y no nos quedemos en silencio.

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