No se habla de Bruno, no, no, no

No se habla de Bruno, no, no, no
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Hay cosas que ocurren en Colombia, sobre las que, al igual que sobre el entrañable personaje de la película de Disney, no se habla.

Mientras se agudiza la violencia, el debate está cada vez más concentrado en negar problemas y evadir soluciones. Durante muchos meses, la Defensoría del Pueblo, organizaciones sociales y de Derechos Humanos, académicas, al igual que comunidad internacional, estuvieron advirtiendo sobre la escalada de violencia en el departamento de Arauca. Es decir, se concentraron todos los esfuerzos públicos en decir que todo estaba bajo control, cuando realmente nada lo está. 

Hoy la violencia puede ser ejecutada por actores estatales, no estatales o una espantosa combinación de los dos, por acción o por omisión. En ocasiones – no pocas – esta combinación ha significado que la única manera de gobernar o estabilizar una región sea la tolerancia o negociación con aquellos competidores violentos. Sin embargo, lo que resulta realmente asombroso es haber perdido la ventana de oportunidad que eran el Acuerdo de Paz y su ruta de implementación.

Recordemos que, durante las negociaciones de paz y la firma del Acuerdo, se vivió una especie de período atípico de tranquilidad, en el que la reducción de las amenazas violentas permitió diálogos que otrora parecían imposibles. Importantes organizaciones sociales y campesinas fueron muy activas en mostrar claramente su intención de avanzar en la solución de conflictos sobre los usos de la tierra y el territorio. Hoy, los líderes y lideresas de estas organizaciones están muertos; en la cárcel, en procesos judiciales muy cuestionables o en silencio, temerosos de ser las próximas víctimas de este ciclo de violencia.

Arauca representa muy bien el retorno a la guerra. Ya es innegable la presencia de actores armados y violentos, cada uno de ellos con una agenda particular y con intereses específicos. Lo diferente es que, en esta ocasión, los actores armados estatales parecen también tener una agenda en la que proteger a la población civil no es una prioridad. Los demás actores armados, incluyendo estos nuevos grupos post-acuerdo, o disidencias, están enfocados en reclutar, en crecer, sobrevivir y competir. Arauca no es un departamento cuyo conflicto se explique por la presencia de cultivos ilícitos, y tampoco es suficiente la explicación de las economías generales como motor de la violencia. Ese es un lugar común que niega que nuestra violencia todavía es más política de lo que queremos aceptar.

Aquí hay una tesis de la que no se quiere hablar: los actores violentos en el territorio tienen interés en eliminar las demandas de la sociedad civil organizada porque éstas son el principal reto a las agendas armadas, o a sus financiadores. Esto en sí, no es nuevo.

Lo nuevo es el incremento dramático en el ataque directo a agendas como la defensa de los Derechos Humanos y las agendas ambientales, así como la disposición de esa violencia a ampliar sus alianzas, sin límite alguno. Esta violencia, organizada y multi-actor, quiere eliminar del todo las demandas sociales y lo está logrando.

Otro tema muy vetado son los altos beneficios que la violencia provee a los peores comportamientos. Y en ello destacan aquellos actores, armados o no, que terminan ganando de la inexistencia de demandas de reformas o liderazgos incómodos, muy necesarios para cualquier democracia. El sistema de incentivos en el departamento es tan perverso que resulta mucho más fácil alinearse con los violentos, mientras se condena, se rechaza y se persigue a la sociedad civil organizada.

El silenciamiento violento de la sociedad civil no es un “daño colateral”, sino un propósito conjunto de actores políticos y armados que la ven como un actor inconveniente para sus distintas agendas. Quién más se atenga a condiciones democráticas, tiene más riesgo. Este debería ser el punto fundamental de la agenda pública de gobierno y del interés nacional. Estos autoritarismos subnacionales, violentos y antidemocráticos no pueden seguir siendo ignorados.

Tenemos que hablar de Bruno.  

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