Nueva disputa por el control de Barranquilla: el fin de las guerras silenciosas

Nueva disputa por el control de Barranquilla: el fin de las guerras silenciosas

Las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC o Clan del Golfo) y Los Costeños tienen una guerra declarada en Barranquilla y varios de los municipios del departamento del Atlántico. 

Como resultado, entre enero y agosto del 2021, en el departamento del Atlántico ha habido 464 homicidios, 137 más que en el 2020 y 124 más que en el 2019. Según datos de la Policía Nacional, se han denunciado 8056 casos de hurtos (687 más que en el mismo periodo del 2020) y 110 extorsiones (proporción similar al 2020).

No obstante, al ser delitos que se contabilizan a través de denuncias, es posible que haya muchos casos no registrados. A todo esto, se suma el amedrentamiento que están viviendo las empresas de transporte público, cuyos conductores están recibiendo ataques como represalias por no responder a las extorsiones. Incluso, hubo un ataque con granada en un parqueadero de buses en Soledad.

En este contexto, la percepción de inseguridad ha venido en aumento: ya en marzo solo el 22 % de los barranquilleros se sentían seguros en la ciudad. El imaginario popular de una ciudad libre de crimen organizado parece estarse desvaneciendo, al tiempo que la violencia derivada de la delincuencia común parece estar en su pico.

Sin embargo, el crimen organizado está lejos de ser un fenómeno novedoso en la ciudad.

Desde la desmovilización del frente José Pablo Díaz de las AUC en el 2006, en Barranquilla ha habido al menos 4 disputas entre actores criminales por el control de la ciudad y los municipios aledaños. Entonces, ¿por qué el reciente incremento de las acciones criminales?

Crimen organizado en la ciudad: ¿qué pasó después de las AUC?

Hacia finales de la década de los 90, las AUC crearon un frente que se encargaría de ingresar al departamento del Atlántico y dominar los espacios de ilegalidad, además de cooptar rentas legales: el Grupo Atlántico, que unos años más tarde sería rebautizado como frente José Pablo Díaz en honor a un comandante asesinado por las Farc-EP en una emboscada.

Muy rápidamente, este frente se convertiría en el actor hegemónico del crimen organizado en la ciudad, al derrotar a sus competidores armados. Esta escalada violenta incrementó los homicidios al punto de que en el 2003, la tasa por cada 100 mil habitantes era de 59, lo que, si sucediera hoy en día, la convertiría en una de las ciudades más peligrosas del planeta.

Después de esto, los homicidios se redujeron hacia una tasa de alrededor de 30 por cada 100 mil habitantes.

Cuando las AUC se desmovilizaron, contrario a lo esperable ante la salida de un actor hegemónico (ya sea disminución radical de los homicidios o incremento considerable porque nuevos actores entran a competirse ese mercado), en Barranquilla los homicidios se reducen levemente, pero permanecen en niveles similares a los observados durante los años de hegemonía de las AUC.

Sin embargo, esto no era el resultado de la ausencia de disputas por el control de la ciudad. Entre el 2006 y el 2008, Los 40, Los Nevados y las Águilas Negras estaban compitiendo por el control de la ciudad.

Hacia el 2008, Los Paisas llegaron a la ciudad y se enfrentaron con las Águilas Negras (que habían debilitado a Los 40 y Los Nevados). Hacia el 2010, las Águilas Negras estaban prácticamente desarticuladas, y la disputa pasó a ser entre Los Rastrojos y Los Paisas.

Luego, entre el 2011 y el 2012, las AGC llegaron a la ciudad y se enfrentaron con Los Rastrojos, que habían logrado debilitar a Los Paisas. Los Rastrojos vencen a las AGC, pero se fragmentan y nacen Los Costeños. Finalmente, entre el 2013-2016, Los Costeños logran dominar el escenario de criminalidad local.

Nueva disputa por el control de Barranquilla: el fin de las guerras silenciosas

Si hubo tantas competencias armadas, ¿por qué nunca se había vivido un escenario de alteración del orden público como el que hoy observamos? Posiblemente por lo que hemos denominado una competencia armada selectiva.

Uno de los aprendizajes del crimen organizado en la ciudad es que en pocos escenarios es deseable la atención mediática e institucional.

Estos grupos aprendieron a competir a través de homicidios selectivos (asesinar directamente a los involucrados en la cadena de criminalidad) y tácticas de barbarización de la violencia (descuartizamientos, desmembramientos, torturas u otros homicidios que, por el nivel de sevicia, sean suficientes para enviar un mensaje al competidor armado sin necesidad de aumentar el número de homicidios).

De hecho, el mismo Don Antonio, en su momento comandante del frente José Pablo Díaz, afirmó que las AUC tenían prohibido cometer masacres en Barranquilla para no llamar la atención de los medios de comunicación y las autoridades.

En consecuencia, Barranquilla ha vivido cerca de 15 años con una violencia escondida del crimen organizado. Existe sensación de normalidad, pero en realidad hemos estado en medio de muchas guerras libradas con selectividad.

¿Por qué esta guerra no es silenciosa?

Desde el 2016, entre Los Costeños y las AGC había una alianza para repartirse las economías ilegales en la ciudad. La hegemonía de Los Costeños fue retada brevemente en el 2016 por las AGC y, por su nivel de fortaleza militar, lograron presionar para establecer una alianza y cesar la disputa.

Como resultado, las AGC se encargarían de negociar con carteles de droga para la comercialización externa y Los Costeños se encargarían de la subcontratación de grupos de criminalidad local y el control del microtráfico.

El control de estos grupos armados se extendió por Barranquilla, Soledad, Malambo, Puerto Colombia y Galapa. Allí establecieron fronteras invisibles para amedrentar a las pandillas locales que no se habían unido a la alianza, incrementaron la extorsión y amenazaron a funcionarios públicos y profesores de colegios.

La subcontratación de pandillas y grupos delictivos locales no solo fue funcional para abaratar costos de funcionamiento, sino que hacía más difícil la identificación de los grupos contratantes.

Por tanto, se siguió posicionando la narrativa de que en Barranquilla todo era resultado de bandas locales cometiendo crímenes de menor nivel. La estrategia del crimen organizado fue efectiva y tuvo resonancia en los gobernantes locales, quienes optaron por la negación como receta para mantener la sensación de normalidad.

La coexistencia entre el crimen organizado y el Estado se conjugó a la perfección en Barranquilla.

Sin embargo, la alianza entre Los Costeños y las AGC empieza a quebrarse hacia el 2019, cuando los principales cabecillas de Los Costeños, alias Castor y alias Digno Palomino, fueron capturados. Esto genera un proceso de reacomodamiento y disputas entre mandos medios.

Paralelamente, Los Rastrojos (o Nuevos Rastrojos, como se hizo conocer esta facción) y Los Papalópez (que luego tuvieron una escisión y dieron origen al Bloque Central Renacer) vieron volver a de la cárcel a varios de sus miembros que fueron puestos en libertad, lo que les permitió reagruparse y fortalecerse para destronar a Los Costeños.

Al tiempo, algunos excombatientes de las AUC intentaron reagrupar a algunas estructuras para crear lo que llamaron el Nuevo Bloque Costeño, sin mucho éxito.

El rol de las AGC, más relacionado con el narcotráfico, le ha permitido sostener una posición de primacía frente a los demás grupos, por lo que en momentos se ha aliado con los Papalópez para debilitar a Los Costeños, y en otros momentos con grupos como Los Vega, con mucha menor capacidad militar.

En ese sentido, parecía que la repartición de roles le permitía a las AGC mantenerse al margen de las disputas, dado que ninguno de estos grupos podía retar su predominio en el mercado del narcotráfico.

No obstante, luego del proceso de reacomodamiento, Los Costeños resultaron bien librados y, entre los grupos locales, parece ser el único capaz de controlar el microtráfico a gran escala en la ciudad, que, en términos de ganancias, es un mercado bastante lucrativo.

Aunque no es sencillo determinar las razones por las que la guerra actual parece estar siendo mucho menos silenciosa que en el pasado, una hipótesis podría estar relacionada con el efecto de la pandemia en el narcotráfico y el microtráfico.

Las restricciones a la movilidad y el transporte pudieron haber afectado la operatividad de la salida de drogas, además de golpear fuertemente el expendio local (por no poder distribuirse libremente en espacios públicos).

Esto tiene un efecto directo en las finanzas de los grupos armados, que tienen que pagar nóminas, comprar armas, pagar a informantes, entre muchos otros gastos de funcionamiento. Golpeado el narcotráfico y el microtráfico durante varios meses, es plausible pensar que se hizo necesario acudir a nuevas formas de financiamiento.

Por un lado, esto permite entender el incremento en delitos como el secuestro, dado que ofrecía dinero a corto plazo para recuperar las finanzas. Por otro lado, esto podría haber significado un incentivo para que las AGC le disputaran a Los Costeños el microtráfico.

Muchas cosas parecen indicar que la disputa no está centrada en los espacios de exportación de drogas, sino en la distribución local (por eso las amenazas tienden a ser contra expendedores y sus dispositivos de seguridad) y la extorsión.

En consecuencia, ante los golpes financieros por la pandemia, el aumento de la violencia por recuperar la economía de los grupos criminales era un costo que estos estaban dispuestos a asumir. La inacción podía ser más costosa, dado que podría haber fortalecido a su opositor armado.

Superar la narrativa de las “muertes de inocentes”

Más de 15 años de “guerras silenciosas” entre grupos del crimen organizado por el control de la ciudad de Barranquilla han permitido que se instaure una narrativa según la cual una tasa de homicidios elevada (más alta en algunos años que ciudades como Río de Janeiro, por ejemplo) no es problemática, en cuanto muchas muertes son entre criminales. Es decir, se empieza a asumir que el problema no es que haya homicidios, sino que se asesinen “inocentes”.

Esta narrativa tiene al menos dos grandes problemas. En primer lugar, es esencialmente falso que las disputas hayan sido únicamente entre criminales. Aunque es verdad que una buena parte de los homicidios responden a ajustes de cuentas, muchos otros homicidios responden a la imposibilidad de pagar extorsiones, por ejemplo.

Si se normaliza que haya disputas selectivas, entonces también se normaliza que muchos comerciantes tengan que vivir extorsionados, o que estos grupos realicen reclutamiento juvenil en algunos barrios o desplacen personas.

Las disputas armadas no solo implican asesinar al adversario, sino también retirar su apoyo entre la población local. Esos órdenes armados se imponen a través de la violencia, por lo que siempre habrá civiles en medio de la competencia.

Por otro lado, cuando la respuesta de las instituciones es insuficiente y tampoco se evidencian estas disputas en los medios de comunicación, estos grupos tienen tiempo para fortalecerse.

Por tanto, ignorar que eso está sucediendo termina siendo perjudicial en el largo plazo, porque genera incentivos para que los grupos solidifiquen su presencia y escalen la violencia.

Lo que hoy sucede en Barranquilla es el resultado de años de reacomodamiento de la violencia ignorados en la narrativa de los gobernantes y de deterioro de las condiciones socioeconómicas de la ciudad.

Es necesario empezar a conversar sobre el crimen organizado en Barranquilla y superar la idea de que mientras no mueran inocentes, las guerras entre criminales no son un problema.

Fueron las múltiples guerras silenciosas, ignoradas por la ciudadanía y los gobernantes, las que llevaron al departamento del Atlántico a la guerra ruidosa que hoy presenciamos.

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