Pasa en las telenovelas, pasa en la vida

Pasa en las telenovelas, pasa en la vida

"Esclavitud: Situación de explotación a la que una persona no puede negarse debido a amenazas, violencia, coerción, abuso de poder o engaño".

Walk Free Foundation

María dejó atrás Cereté, convencida de que Barranquilla le ofrecería una vida más interesante, que ver pasar los días en el vaivén de una mecedora, mientras que el movimiento del abanico de mano, en vez de acariciar su rostro con un soplo de brisa, le golpeaba la cara con más sofocación.

Se sentía poderosa con su título de bachiller y cargada de expectativas que había hecho realidad en la imaginación.

La idea de estudiar en la universidad se esfumó después de que el noviazgo de unos meses con Wilmer se materializara en un matrimonio con una luna de miel de un día. Los libros fueron reemplazados por la escoba, el trapero y un precario menaje. Su trabajo ya no sería el de secretaria en una oficina elegante como había soñado, sino encargarse del cuidado de un marido tirano que no perdía ni un solo fin de semana para beber ron, jugar billar y esconderse varios días quién sabe en qué cama. 

Lo que hoy se conoce como violencia de género para María era el ejemplo de un matrimonio normal.  En su presidio matrimonial había insultos y excitantes reconciliaciones; María y Wilmer tuvieron cuatro hijos, cada dos años.

Pero el carácter de María no era para nada sumiso; había pasado del amor al asco, el trabajo de su marido como electricista no era suficiente para garantizar las tres comidas diarias, ya estaba cansada de tener que mandar a reconectar la electricidad después de cada corte del servicio y ella no se iba a quedar de brazos cruzados mientras sus hijos lloraban porque tenían hambre.

Cansada de la situación, llega un día muy temprano en la mañana a la plaza de mercado y consigue trabajo en el restaurante La Luz.  

El nombre del lugar estaba bien puesto porque el sol ardiente del mediodía formaba haces de luces en los orificios del techo. Los fogones encendidos con el gas propano calentaban ollas gigantescas repletas de aceite hirviendo, listas para freír el pescado y los patacones del almuerzo. La cocina tenía la temperatura del Valle de la Muerte, pero cualquier sitio era mejor que la atmósfera gélida y asfixiante de su propia casa.

En un par de días había logrado perfeccionar el arte de la cocción del pescado con el adobo adecuado y la textura perfecta, crocante por fuera y jugoso por dentro. Gracias a ella el restaurante había duplicado el número de sus comensales. El éxito del restaurante gracias a María no se vio reflejado en sus bolsillos, era momento de buscar nuevos horizontes.

Su fama de buena cocinera le abrió las puertas para un nuevo trabajo, esta vez en un comedor escolar del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf).  La jornada iniciaba a las cuatro de la mañana y terminaba a las cuatro de la tarde. Tenía que preparar 15 desayunos y 15 almuerzos para los niños, hablarles con cariño a los que se resistían a comer y vigilar que ninguno se atorara. 

El talento de María en la cocina también se vio reflejado en ese humilde comedor. En sus manos la Bienestarina de aspecto blanquecino y textura pegajosa con olor a rancio se transformaba en un manjar. Una niña que había llegado casi esquelética se convirtió en un reto para María, que veía a sus hijos reflejados en todos esos niños. Con sus cuidados la niña era otra.  

Tres años de satisfacción laboral en el comedor se esfumaron de forma tan abrupta como la entrada de un indigente desquiciado que irrumpió en el comedor y robó un pedazo de carne. La responsable insultó a María por no haber impedido que el hombre entrara al lugar.  Ni los maltratos de su marido le habían producido tanta indignación como esa que le hizo sentir su jefa. Su orgullo pudo más que el amor que le tenía a ese trabajo y renunció.

Quedarse en la casa ya no era una opción para ella, la familia seguía con muchas precariedades. Y tampoco estaba dispuesta a ser insultada hasta por la compra de un paquete de toallas higiénicas. 

Había descubierto su autonomía. Si su marido se perdía con amantes o se gastaba la plata en tragos y juego ya no causaba un efecto devastador en ella. Tener dinero en el bolsillo la hacía sentir con más fuerza para devolverle sus insultos cotidianos.   

María ya no era esa niña delgadita y medio frágil que había llegado de Cereté 20 años atrás.  El peso que ganó parecía también representar toda la fuerza interior que había adquirido, estaba cubierta por una especie de coraza de cayos frente a las adversidades. 

La euforia por el cambio de milenio vino con un nuevo oficio para ella. Después de buscar mucho, consiguió un trabajo de empleada doméstica.  No pudo ocultar su emoción por el sueldo de 500 mil pesos mensuales que le ofrecieron, una suma que le parecía alta para lo que estaba acostumbrada a recibir. Esta vez en un trabajo que aparentaba ser menos duro y hacía gratis cuando era ama de casa. 

María no tenía idea de todas las vulneraciones legales a las que había sido sometida por sus antiguos empleadores y el Estado, que no regulaba esa explotación laboral muy parecida a la esclavitud.  Pensaba que el derecho a vacaciones remuneradas, licencias de maternidad, cesantías y pensiones era un privilegio para los profesionales.  

A pesar de los cambios de la nueva Constitución del 91, la modalidad contractual de las empleadas no había evolucionado mucho y se mantenían en la práctica los conceptos de antes del siglo XX, en la que en los mismos códigos civiles se hablaba de arrendamiento de personas.  

Ella tampoco se percataba que el mestizaje reflejado en su color de piel moreno que la hacía sentir orgullosa también arrastraba una herencia de injusticias desde la Colonia, que no habían sido borradas ni por el lenguaje que todavía hoy usa María al referirse al entonces “patrón”.

Empezó el trabajo con una jornada de 7:30 de la mañana a 3:00 de la tarde. El oficio era menos duro que todos los que había hecho antes, el abogado y su hija estaban contentos con la limpieza de su dúplex, pero sobre todo con el cucayo dorado y crujiente que siempre les servía al almuerzo. 

Ella estaba satisfecha en su nuevo trabajo, sabía que era una genial cocinera pero nunca había recibido halagos tan educados.  Para ese momento su sueño de ser una elegante secretaria había sido reemplazado por el de trabajar muy duro para lograr que sus cuatros hijos se convirtieran en universitarios.
  
La aparente plenitud laboral de María otra vez sería interrumpida, esta vez no sería un indigente, sino la señora Cecilia, la nueva esposa del abogado y su suegra.

La nueva señora del hogar estaba muy ocupada en el gimnasio manteniendo su despampanante figura de modelo de 20 años.  Su madre tomó las riendas de la dirección del hogar.  La mujer oriunda de Magangué implantó una nueva rutina del terror. Su megalomanía impuso rebuscados menús a la carta y unas exigencias de limpieza imposibles de alcanzar en pocas horas y con una sola persona para hacer todos los quehaceres.

Las órdenes las daba desde el sofá de la sala frente al televisor, que siempre tenía puesto el canal de Telenovelas. Solo se levantaba a la hora del almuerzo para vigilar los platos y no tenía pudor en servirse dobles porciones de carne o pollo sin importar que para María sólo quedara ensalada y arroz. Cecilia transformó la cocina en una reserva de panes y dulces escondidos en pequeños cajones a los que solo ella tenía acceso.  

Estaba obsesionada con la comida, hasta el punto de ponerle un candado a la nevera. Un día su jamón favorito desapareció, la principal sospechosa era María. El misterio, por suerte, fue resuelto por Camila, la hija del abogado, que había abierto la nevera con un clip.

Después de ese malentendido lo normal era que María renunciara, pero tenía un vínculo muy especial con Camila, otra relegada de esa casa. Como adolescente vivía un infierno al ver cómo su papá se había convertido en el títere de esas mujeres, que a sus espaldas la trataban de forma déspota.

A medida que el abogado se enloquecía más por su joven esposa, crecía el dominio de Cecilia en esa casa.  La nueva “patrona” se trajo de Magangué a su madre de 75 años.

El 26 de febrero de 1999 sería un día más tensionante de lo habitual en esa casa.  La atención de Cecilia estaba puesta en no perderse el final de “El Privilegio de Amar”, la telenovela que más la había emocionado en esos largos meses que había entrado a gobernar esas cuatro paredes. 

Estaba hipnotizada frente al televisor viendo el traje de novia que lucía Adela Noriega y ese beso largo que se dio con el protagonista. La canción icónica del melodrama, interpretada por Manuel Mijares y Lucero, no le permitieron escuchar a su mamá cuando le pedía que la llevara al baño. Ante la dificultad de moverse, la anciana no resistió más y se orinó. Con un leve movimiento se resbaló en el piso mojado y se golpeó la cabeza con el filo de la mesa de centro.  Duró un par de días en el hospital, pero regresó en silla de ruedas.

El cuidado de la anciana se sumó a todas las labores que le habían impuesto a  María por los mismos 500 mil pesos del contrato verbal.

Debía cargar a la señora para acomodarla en una silla plástica y bañarla. La tenía que subir a la cama, ponerle un pañal desechable, acicalarla y darle de comer con cuidado para que no se atragantara con un trozo de carne.  

Ella se sentía capaz de asumir esas responsabilidades pero consideraba injusto que no hubiera un aumento en su salario.  El abogado y su esposa esperaban un bebé y se quejaban de la situación económica.  

María era testigo de cómo Cecilia maltrataba a su madre, gritándole y dándole cachetadas porque no podía valerse por sí misma.  La hija del abogado no soportó más la situación y se mudó con su mamá a otra ciudad. María le contó todo al abogado, que no creía capaz a su suegra de semejante denuncia.  Pero la duda lo hizo poner cámaras por toda la casa.  Ante las evidencias la suegra fue deportada a Magangué.

La esposa del abogado tuvo preeclampsia y por estar al borde de la muerte le pidió al abogado que dejara regresar a su mamá para no sentirse sola.

Sin aumento de sueldo María tenía que hacer el desayuno, la limpieza, lavar los platos, bañar a la anciana, ponerle los pañales, darle de comer, acicalarla, esterilizar los teteros y lavar los pañales de tela.

Todas las noches María llegaba sin ganas de vivir a su casa.  Ya no se sentía tan joven como antes y su cuerpo sentía el rigor del desgaste de tanto trabajo duro. Renunció a ese trabajo pero en los siguientes pudo presenciar muchas miserias humanas.  

Más que la encargada de los oficios domésticos era una terapeuta de tantos hogares disfuncionales en los que fue testigo de dramas, como el de una mujer adicta al trabajo como jurista que murió de cáncer sin haber disfrutado la vida como deseaba porque los juzgados la habían alejado de su esposo y de sus dos hijos.

Una madre divorciada que tenía que, con ojeras de tantos trasnochos acumulados, entregarle a su hija recién nacida para que la cuidara porque no tenía otra alternativa. Un hombre que le mostraba, con orgullo, todas las posesiones que había adquirido gracias al éxito de su negocio, que había posicionado con la ayuda de sus apariciones en el canal de televisión regional, y mostraba como un trofeo a una jovencita con la que se acostaba a cambio de regalarle joyas y pagarle la carrera de medicina en una prestigiosa universidad de Barranquilla. Cuando creyó que había alcanzado cierta amistad con él, porque ella había sido la única que entendía lo que a él le gustaba comer, presenció cuando le dio una golpiza a su esposa hasta dejarla tirada en el suelo, cuando la mujer se levantó y él la iba a golpear de nuevo, María intercedió y evitó una tragedia. 

Su último trabajo como empleada fue en 2019 para cuidar a una anciana muy divertida; un trabajo muy tranquilo que no cambiaba por ninguno.  Pero la pandemia del covid hizo que lo perdiera por el temor de las hijas al contagio de su madre.

Hoy María ha encontrado en sus dos hijos mayores el apoyo económico necesario para no seguir trabajando, tiene la esperanza de que sus hijos menores se conviertan en jugadores profesionales de fútbol.  

Por una parte se siente satisfecha de ver a sus hijos en trabajos muy diferentes a los que ella tuvo que padecer para liberarse de las cadenas del matrimonio,  pero, por otro lado se pregunta por qué después de trabajar tan duro todos estos años sin interrupción no puede gozar de una cesantía ni una pensión.  

¿Qué sería de la sociedad sin los trabajos invisibles de mujeres como María, que levantan en silencio y en la intimidad los cimientos de muchas vidas en casi toda América Latina donde quedan los resquicios del pensamiento colonialista hoy ejercido por personas insospechadas?

No podemos olvidar que el éxito de muchos que se encuentran en la cúspide de la pirámide se derrumbaría sin el sacrificio de los que están abajo.  La humanidad está en deuda de liberar muchas cadenas que hoy se mantienen vigentes en una esclavitud moderna.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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