Pedagogía de la mirada

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Para la mirada atenta, cada momento del año posee su propia belleza, y ella contempla a cada hora, en el mismo campo, un cuadro que nunca antes se había visto y que nunca se volverá a ver: Ralph Waldo Emerson

John Burroughs, en El arte de ver las cosas, afirmaba: algunas personas parecen haber abierto más ojos que otras. El ojo, agrega, ve aquello para lo que cuenta con recursos para ver y estos son directamente proporcionales al amor y al deseo. El buen observador es, sin lugar a duda, una persona diferente.

No quiero decir mejor o peor persona, solo alguien diferente; a veces extraño; se torna diferente porque ejercita la mirada atenta. Y en la práctica de la mirada atenta están contenidas todas las posibilidades para una pedagogía de la mirada, de un saber del alma.

Nadie como Thoreau practica la pedagogía de la mirada. En Walden siembra judías; lee en su morada; participa del Bhagavad Gita; sale al encuentro con Brahmin sacerdote del Brahma y de Vishnú: Su maestra es la naturaleza. Nadie parece haber puesto en práctica una experiencia de tal naturaleza: un vivir deliberadamente. Él, supo interpretar el encantamiento de las mañanas; dilucidó la vivencia de aquello que pudiéramos llamar como un mirar con atención:

Ningún método, ni disciplina alguna, puede evitar la necesidad de que estemos siempre alertas. ¿Qué es un curso de historia, o de filosofía, o de poesía, por muy selecto que sea, o qué es la mejor sociedad, o los más admirables hábitos de vida, comparado con la disciplina de mirar siempre lo que está a la vista?

Alguien ha dicho acertadamente que Walden esboza una epistemología de la conciencia. Su misión, en esta época, es servirnos como escudo frente al escepticismo. Lo más pesado del mundo, volviendo a Burroughs es un corazón apesadumbrado. Y quien se llegue a sentir atraído por Walden o por la indagación atenta de Burroughs, o quien por alguna razón poética experimente un llamado hacia el despertar, lo que realmente estará observando, aunque sea como un brevísimo zumbido en sus oídos, es una comprensión sobre su propia ceguera.

Un acercamiento a un saber que habita pacientemente en la pedagogía de la mirada, como el caminante que ha logrado entrar en conversación con el paisaje. Al fin y el cabo el darse cuenta es el resultado del mirar hacia lo más profundo de las cosas. Como un descubrir lo inimaginado, como quien quita el velo de las cosas que lo ciegan.

Para un caminante como William Hazlitt el paisaje desnuda su seno al ojo embelesado: “llenamos nuestros sentidos y parece que no seamos capaces de formar otra imagen de hermosura y grandeza”. El caminante es quien más próximo se encuentra a la pedagogía de la mirada. Cuando caminamos, dice Thoreau en Caminar, vamos naturalmente hacia los campos y los bosques: ¿qué sería de nosotros si solo camináramos entre jardines y centros comerciales?

El joven viajero ensimismado en sus audífonos extiende las piernas mientras un abuelo se retuerce de pie, esperando a quien pueda cederle el puesto. Ese joven sufre una ceguera especial. No es una mala persona, solo no entra en contacto con el mundo. Para él, el abuelo no existe.

Ni siquiera se trata de clavar la mirada, como señala Josep M Esquirol: mirar atentamente no es clavar la mirada, es más bien dirigir la mirada con cuidado, sin prisas, y con la flexibilidad suficiente como para poder desviarla cuando la situación lo exija. En ocasiones, dice este autor, es con los ojos cerrados cuando más claramente vemos.

Al académico de nuestros días le ocurre lo mismo. Su deseo de cientificidad es tan apremiante como la pretensión de viralización en la sociedad del espectáculo. Ve solo aquello donde está su interés, desecha el resto de la realidad. Su afán por desentrañar la naturaleza externa de las cosas no le permite tan siquiera asomarse a la comprensión de su propia naturaleza. Su capacidad de asombro es reducida y su alucinación por los datos lo deslumbra.

Un académico así impone un tipo particular de enseñanza, la relación maestro-aprendiz desaparece; es tan solo un acto funcional. Cuando visita una escuela, reacciona como las planticas, durmiéndose cuando las tocas. ¡En esta escuela no pasa nada! concluye. ¡Ceguera ¡

La formulación de una pedagogía de la mirada exige, en principio, un “estar atento”, un retorno a la vita contemplativa. Byung-Chul Han en El aroma del tiempo advierte que, en la modernidad la vita activa gana intensidad en detrimento de la vita contemplativa, lo que conlleva a la aceleración moderna. La degradación, dice Byung, del hombre a animal laborans es una consecuencia de este nuevo desarrollo.

Una educación que nos salve de la inevitable ceguera será, fundamentalmente, una educación para la libertad. Un saber así difiere del saber obsesionado con los datos. Este saber, como afirmaba María Zambrano es más bien una esperanza. Un anhelo, aliento de vida:

Platón resume el anhelo de Heráclito, que quería despertar a los hombres a la razón, como el de Parménides, que entiende por filosofar el mirar, el género supremo de mirar. Toda la filosofía griega es una mirada, en su forma más alta y mejor. Saber mirar sería ser filósofo en Grecia, con todo lo que de ahí se deriva. […] El que ha sabido mirar, si quiera sea un árbol, ya no muere. Es la lección y esperanza de toda vida contemplativa.

Una pedagogía de estas características contribuirá a la formación del carácter necesario para afrontar esta época de cansancio y desesperanza. Servirá asimismo para resistir ante la simplicidad y el fatalismo. Nos enseñará aquel arte de ver las cosas, del mirar más allá de las apariencias.

*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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