¿Piensa que puede hacer lo que quiera con su cuerpo? Piénselo de nuevo

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En la discusión pública sobre el derecho al aborto obran mecanismos de silenciamiento que hacen que nuestras opiniones no sean tomadas en serio y difícilmente lleguen a los centros de poder.

A finales de la década de los noventa, el Pro-choice Public Education Project (PEP), una organización estadounidense enfocada en que la voz de grupos minoritarios sea escuchada en el debate sobre la salud y los derechos sexuales y reproductivos, contrató a la agencia DeVito/Verdi para desarrollar una campaña de comunicaciones en el Metro de New York sobre el poder de decidir, con ocasión de las amenazas que enfrentaba el derecho al aborto. 

https://www.protectchoice.org/img/pic/thinkfordownload.jpg

Pro-Choice Public Education Project: “Think you can do whatever you want with your body? Think again” [Piensa que puede hacer lo que quiera con su cuerpo? Piénselo de nuevo]. 


En uno de los posters de la campaña, la que imitaba el estilo de la artista estadounidense Barbara Kruger, se leía: “¿Piensa que puede hacer lo que quiera con su cuerpo? Piénselo de nuevo”. 

Esta imagen, la de una chica joven con tatuajes y piercing que miraba directamente a la cámara, increpaba especialmente a aquellas que aun disfrutando las conquistas feministas y sintiéndose dueñas de su cuerpo no tomaban parte activa en su defensa pública; un problema del movimiento pro-choice en los Estados Unidos, donde las encuestas de la época permitían inferir que las mujeres jóvenes veían la libertad reproductiva como un “derecho de nacimiento”. 

Este es, a mi juicio, un tema de poder por donde se lo mire. La prohibición y penalización del aborto son un excelente ejemplo del poder que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres y de los límites de su participación política. 

Aun cuando las mujeres tenemos una cierta licencia para hablar en público de intereses propios, en materia de aborto no parece ser así, de manera que son principalmente hombres (legisladores, médicos) los que asumen una discusión que no les pertenece. 

La misma campaña de la PEP tenía otro poster que decía: “77% de los líderes anti-aborto son hombres. 100% de ellos nunca estará en embarazo” con el que buscaba poner a cada uno en el lugar que le correspondía en la discusión.

(Evidentemente esto no se refiere a los hombres trans, lo que merecería una reflexión particular y de mayor profundidad sobre la que no me ocuparé en este corto texto).  

Doris Stevens, secretaria ejecutiva de la Comisión Interamericana de Mujeres de la Organización de Estados Americanos: decía con mucha razón que las leyes se escriben “por nuestro bien” pero sin nuestro consentimiento.  

Pongámoslo en otras palabras y llevémoslo al terreno del derecho al aborto: los hombres más poderosos y en algunos casos expertos –padre, esposo; políticos, abogados, médicos- han podido disponer y regular la reproducción de las mujeres, supuestamente pensando en nuestra protección y porque creen saber lo que nos conviene, aunque sin nosotras.

En la discusión pública sobre el derecho al aborto obran mecanismos de silenciamiento que hacen que nuestras opiniones no sean tomadas en serio y difícilmente lleguen a los centros de poder. 

Pensémoslo de nuevo: esta discusión no puede suceder sin nosotras. El derecho a decidir sobre el cuerpo hace parte de los fundamentos de la pertenencia social de las mujeres a la comunidad de ciudadanos y puede modular nuestra vida política; sin capacidad de decidir sobre lo que ocurre en nuestras entrañas, ¿de qué ciudadanía estamos hablando?  

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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