¿Por qué no ganamos?

¿Por qué no ganamos?
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Sí, quienes creemos en la defensa de los derechos ganamos; quienes creemos en la protección del medioambiente ganamos; quienes exigimos la implementación del Acuerdo de Paz ganamos; quienes reconocemos la violenta desigualdad y queremos justicia social ganamos; las feministas ganamos; quienes queremos que las minorías sean representadas ganamos. Lloré, lloramos muchos, de emoción, de ilusión, de esperanza. Pero Colombia no ganó. Colombia también son las 10.562.894 personas que votaron por Hernández y quienes votaron contra Petro. Así que no, no ganamos.

La segunda vuelta coincidió con un viaje a Israel, de cierre de la maestría en educación. Intenté de todas las maneras cambiar mi cédula registrada en Estados Unidos al consulado de Colombia en Jerusalén, pero ni ofreciéndome como voluntaria de jurado pude votar. Eso me dolió. Es la primera vez que no voto. Pero esa coincidencia me permitió ver estos resultados desde otra perspectiva.

En 10 días, 25 educadores recién graduados nos recorrimos de norte a sur y de oriente a occidente ese país. Escuchamos la historia de diferentes comunidades, sus resistencias en voces de líderes palestinos e israelís, visitamos colegios en Palestina, colegios judíos y árabes y colegios que integran ambos; aprendimos de iniciativas de construcción de paz, de diálogo y encuentros en búsqueda de reparar y reconciliar ese complejísimo y doloroso conflicto.

Una de las muchas conclusiones de ese viaje fue que, en el fondo, es un conflicto de narrativas indivisible a una emocionalidad que, aun si coinciden en los hechos, es indiferente a argumentos jurídicos o políticos y reduce “al otro” como “palestino” o “israelí”. Es un conflicto que aún está muy lejos de resolverse.

¿Esto qué tiene que ver con las elecciones? Los resultados tan polarizados evidencian lo fácil y tentador que es ser atrapados por el “ellos contra nosotros” y, con eso, lo difícil e incómodo que es salir de ahí.

Mientras sigamos calificándonos en una sola categoría como “petristas” contra “rodolfistas” o “fachos” contra “mamertos” estamos condenados al conflicto perpetuo.

En primera vuelta no voté por Petro. Fui juzgada en redes por no ser lo suficientemente feminista, de ser incoherente, de no tener consciencia social y ser una “facha disfrazada”. Los últimos meses en los medios, en las redes y en las calles, el tono era igual o peor para quienes compartían sus opiniones o cantaban el voto. Amistades de años se pelearon, familias se dividieron. Las campañas fueron sucias de ambos candidatos por igual, y simpatizantes que condenaban una conducta en el otro defendían esa misma conducta en el propio con tanta pasión que hasta quienes jamás se interesaron en política discutían con efervescencia.

¿Por qué es tan instintivo identificarnos con una tribu o agrupar a otros en la tribu contraria? ¿Por qué lo defendemos tanto y nos mueve tanto? Repetimos el plebiscito, redujimos la humanidad y multiplicidad de identidades y valores de cada persona a una sola identidad según su elección del voto y, por tanto, opuesto a quienes eligieron otro candidato. Caímos en esa perversa trampa.

Esto no pasa solo en Colombia ni solo ahora. Categorizarnos así logra, por un lado, generar una ilusión de pertenencia, de propósito y de reconocimiento en un grupo identitario que existe en oposición y distinción, ojalá radical, del “otro” grupo. Los humanos buscamos esa pertenencia instintivamente y casi que a toda costa. Esta peligrosa estrategia retórica invisibiliza todas las posibles identidades, valores, pensamientos de cada ser humano y justifica enemistades y, eventualmente, la violencia.

Al reducirnos así, confundimos la identidad con una sola afiliación, haciéndonos creer que votar por Fulano es porque es Fulanista y milita y defiende los valores, las propuestas y las ideas de Fulano y está en total desacuerdo con Perencejo y todos su valores, propuestas e ideas.

En el caso de Israel, se cree que es ser palestino es ser enemigo de los israelís y musulmán radical y terrorista, y ser israelí es ser colonizador e imperialista y judío radical y militar. Pero la verdad es que ser uno o lo otro no significa ser solo eso, ni todo eso. Así mismo operan los estereotipos: ser mujer no siempre significa que quiera ser madre o que me guste el rosado o que me atraigan los hombres. Ya sabemos lo violentos que son los estereotipos. Si no nos redujéramos, y reconociéramos que quien vota por Fulano comparte algunos valores e ideas de Perencejo, se abre la posibilidad de que sea parte de la tribu de Perencejo. Y eso debilita el sentido de pertenencia que tanto cuidamos.

Reconocer al otro como una multiplicidad de identidades y no como un todo dentro de una sola calificación implica cuestionar esa identidad reducida y, de paso, cuestionar también esa misma identidad reducida propia que opone a la otra. Eso nos desprotege de una tribu, genera soledad e incertidumbre, y eso da miedo. Aun cuando sabemos que no hay persona con una sola identidad o afiliación ideológica, es más fácil y reconfortante reducirla.

La reducción de la pluralidad identitaria ha sido la estrategia más efectiva en todas las guerras y conflictos de la historia en todo el mundo. Viene con un juicio moral, ético y se sustenta en nombre de grandes palabras como la “libertad”, la “justicia” o la “prosperidad”. Sanciona a la identidad opuesta como “inmoral”, “antiética” o cualquier otro juicio reprochable justificando su condena.

El economista y filósofo Amartya Sen revela en su libro “Identidad y violencia, la ilusión del destino” este mecanismo y su peligro. Avocar por una sola identidad, propia y contraria, implica separar un grupo identitario del otro según un enfoque particular (religioso, político, género, raza) y eclipsa la relevancia de otras asociaciones o afiliaciones al incitar selectivamente esa única identidad ”enemiga”.

El filósofo Carl Schmitt, base ideológica del movimiento nazi, también defendía que para crear una identidad nacional era indispensable tener un enemigo común. De manera similar, el movimiento sionista congrega a todo el pueblo judío, independiente a su domicilio o lugar de nacimiento, a una sola misma identidad judía que les legitima habitar y dominar un territorio, a costa de todo aquel que no sea judío que habite en ese territorio. Es demasiado potente y peligrosa esta estrategia reduccionista.

Una vez esa identidad propia y ajena está cultivada, es emocional y pasional, no hay suficientes argumentos para desarmarla y es tremendamente fácil movilizar a la violencia.

¿Cómo enseñamos a abrazar la complejidad y pluralidad, previniendo ese reduccionismo violento? Es que no hay nada más difícil que la autoevaluación y el reconocimiento del otro. Pero eso se enseña, se ejemplifica y se practica. El Acuerdo de Paz nos enseñó a abrir la identidad de las Farc a muchas otras además de “guerrilleros”, a humanizarlos, a verles como ciudadanos, como iguales, también a reconocer al Ejército no exclusivamente como “héroes de la patria”, sino como victimarios en algunos hechos. Abrir y revelar los diferentes motivos, miedos y, con eso, identidades, creencias y valores que motivaron a un voto o al otro es un ejercicio valiente y humilde, pero absolutamente necesario. Solo ganamos si nos medimos a hacerlo.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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