Privatización de la riqueza y la estatización de la pobreza

Privatización de la riqueza y la estatización de la pobreza
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Foto de Perfil

¿Recuerdan la historia de la vieja mina abandonada? La del Pacífico, esa misma que trajo a los americanos, sus máquinas, sus escuelas, hospitales, sus medicamentos y explosivos, su ingeniería; la que se llevó el oro y el platino dejando el hoyo, la que creó una ilusión de desarrollo y, sobre todo, la que dejó el desamor del abandono, la violencia y la enfermedad de la promesa incumplida. Si usted no la recuerda, las palabras clave son: Andagoya, Pacifico Mining Company y Mineros de Antioquia.

Esa historia hace pensar en el vacío de la tierra muerta, en la herencia de una ubre seca. Esa historia no deja de repetirse y el populismo la ha redibujado con colores de falsa innovación, de patria, de miedo, de esperanza, de naranja, rojo, azul y verde. Esa promesa sigue siendo la novedad ya inventada, es la misma feria de circo que siempre estuvo, que nunca se va. Ayer fue el hoyo del oro, mañana será la desolación de la cocaína.

Por mucho que se romantice y se acuda las líricas más decoradas y en albores acalorados se prometan unos “nuevos tiempos dorados”, la bonanza no será más que una copia remasterizada de la misma historia ya contada. No pierda la perspectiva, recuerde que el método siempre ha sido explotar a todo costo, rentabilizar, acaparar, concentrar la riqueza sin consideración y heredar los problemas a otros, casi siempre a un sistema público debilitado sin capacidad de reacción ni poder de negociación. Este método ha habitado en lo legal, lo ilegal, lo formal y lo informal, ha moldeado sus propios Estados, sus cortes, sus congresos, sus oficialismos y por su puesto su oposición, ha tenido sus guerrillas, autodefensas y carteles. La constante radica en que siempre se debe ganar, externalizar y blanquear. No importa si es petróleo, oro o cocaína. No importa lo que sea que se arranque de la tierra, el beneficio debe ser todo y el costo mínimo.

Es por eso que los muertos, las enfermedades, la violencia, el odio y la inequidad se quedan cuando la ganancia se va, es por eso que la destrucción del tejido social y los ecosistemas sobre los que se echan a rodar las locomotoras del desarrollo lo ponen todo y no ganan nada. La pobreza y sus violencias seguirán siendo efectos colaterales de ese método.

Los intentos de república en varios países en desarrollo han mutado en Estados contenedores de pobreza, reparadores de fallas de mercado, facilitadores de negocios (turbios, opacos y prístinos), que a cambio de ejercer estás funciones reducen sus capacidades sistemáticamente convirtiéndose en instituciones menos inteligentes colectivamente. Resulta que se volvió tradición entregar al Estado y sus instituciones el pozo seco, la tierra rota, los excombatientes, las víctimas, los desplazados, los muertos, los desaparecidos, los enfermos crónicos y toda la desolación que dejaron los negocios pintados de proyecto de país.

Se volvió paisaje pagar los daños, mitigar los riesgos, contener las avalanchas de un apetito voraz, sin derecho a percibir ningún beneficio. Esta relación de desventaja impide a los gobiernos tomar medidas impositivas, castigar los crímenes, judicializar a sus perpetradores e indagar en el destino de sus millones. Debemos legalizar, pacificar, remediar, permitir que los réditos estén en paraísos fiscales y limpiar todo su desastre sin derecho a preguntar.

El Estado ha sido el amortiguador de un apetito incontrolable y tienen el descaro de ofrecer sus excedentes como fuente de creación de valor público. No hay nada de novedoso en legalizar un negocio que ya rentabilizó, que pasó de moda y que quedó detrás de las drogas sintéticas o que se depreciará por su intensidad de emisiones contaminantes. En los tiempos de la descarbonización y el fentanilo nos quedamos con los activos varados de quienes ya gozaron en su apogeo. No hay nada de innovador en seguir haciendo lo que siempre se ha hecho y que, sin remedio, debemos seguir haciendo. Pues la pobreza, la enfermedad y la muerte no dan tregua.

Es insultante hablar de perdón social cuando ya se han distribuido las tierras, las rutas, los pozos, los ductos y sobre todo cuando ya se han accionado las armas y blanqueado los capitales, nuestras ingenuas democracias no tienen más opción que sentirse fuertes y heroicas recibiendo su venta de garaje, siendo su vertedero de máquinas envejecidas y cadáveres. Nuestros sistemas públicos deben reconfortarse en limpiar sus conciencias, eso sí con penas ablandadas y sin persecución a las fortunas.

Lo verdaderamente innovador está en crear verdadero valor público, en tomar decisiones que creen oportunidades para construir una sociedad en paz donde quepamos todos, sepamos por fin quienes somos y entendamos de una vez por todas quiénes han gozado de riqueza creada a partir de la explotación de los pobres cuando les fueron útiles. Acudir al optimismo e impulsar un cambio que parta de un diálogo honesto distanciado del populismo y entregue a los Estados, sus instituciones y las democracias toda la capacidad y autonomía que necesitan para liberarse de la corrupción, innovar en favor del capital social, emprender y participar de los grandes negocios por venir y detener la hemorragia de la ambición humana.

Una propuesta de creación de valor público consecuente con las circunstancias nacionales, y que sin temor exponga a quienes condujeron a los Estados a tal situación de extrema tensión, debe en principio hablar con la verdad, pasar primero por la expropiación de las fortunas y una vez comprobada la reparación en todas sus formas plantearse el perdón social. Desde la verdad, la reparación, la no repetición y el perdón se puede aprender la lección y no aceptar nunca más las migajas y los problemas como única contraprestación.

Es urgente plantear condiciones vinculantes y opciones de predistribución de beneficios en los negocios que serán y no en los desvencijados que ya fueron. Hoy el valor está en los datos, las criptomonedas, la genética, la nuevas realidades aumentadas y virtuales, las vacunas, por mencionar algunos, el valor ya no está en una droga de los años 70 ni en el petróleo de los años 50, los paños de agua tibia de un sistema adicto y en abstinencia que tendrá que acudir a un nuevo pacto social para transitar hacia la desintoxicación. Tanto el petróleo como la cocaína son problemas de salud pública, no son fuentes creadoras de valor público.

En una situación de triple crisis planetaria acentuada por las crisis de la salud pública, el empleo y la educación, los Estados del poscovid y el cambio climático pueden observar sin temor las fuentes de toda forma de riqueza y transformarlas en valor público siendo Estados emprendedores, castigadores severamente de la corrupción, que han de incrementar las capacidades para la gestión de la información, la atención a los desastres climáticos y con altísima capacidad para invertir en sus sistemas de salud, educación e innovación social.

Para que los Estados cumplan sus compromisos y sobre todo honren sus constituciones deben fijar y hacer cumplir condiciones de creación de empleo, proteger la confianza de los ciudadanos (no solo de sus inversionistas) y asegurar un mínimo de bienestar financiado desde las rentabilidades de los negocios que en su territorio acontezcan.

Finalmente, en ese dilema del crecer, decrecer y del cómo crecer de las economías es muy conveniente observar el nuevo pacto verde europeo, la invasión de Rusia a Ucrania y la floreciente extrema derecha en el viejo continente, la diplomacia China, la Ley de Reducción de la Inflación en Estados Unidos y la crisis de los regímenes monárquicos-religiosos. Pues todas esas sociedades están en plena renegociación de su contrato social con una carga muy potente de formas de crecimiento, creación de valor y redistribución.

Todas las sociedades necesitan revisar y renegociar su contrato social, hablarse con honestidad, verse en su espejo y pactar nuevos acuerdos, ojalá no desde sus facetas más extremas, pues la polarización y las inseguridades de la energía, el agua y el alimento nos tienen al borde de un conflicto nuclear. El nuevo contrato social puede ser escrito con bombas atómicas o con verdades y compromisos que pongan en el centro a las víctimas, a la naturaleza y a quienes siempre han llevado la peor parte y en cuyo nombre hoy se llenan las gargantas de todas las izquierdas y derechas del populismo.

Es por esta urgente razón que los discursos morales empantanados en las mismas dialécticas del desborde irracional y el odio, no contribuyen en nada a solventar las crisis que se avecinan. ¿Se reiniciará el sistema desde la verdad y con las instituciones protegiendo a los pueblos o serán de nuevo las bombas y los edificios cayendo?  

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