Rosa Ocampo de Jaramillo

Rosa Ocampo de Jaramillo
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El 3 de enero, mi tía Rosa Ocampo de Jaramillo murió. El 16 de agosto de este año estaría cumpliendo 100 años.

Se preguntarán la razón para escribir sobre esta dama maravillosa en una columna donde se escribe de ríos. Tengo muchas respuestas para la pregunta.

Si algo la hacía única, era la conexión que tenía con todas las edades y todas las personas. En sus brazos, los bebés se sentían amados; los niños, escuchados; los adolescentes, entendidos; los adultos, abrazados; y los ancianos, protegidos.

Nunca dejé de percibir su frescura. Era un oasis donde el agua brotaba espontánea y transparente. Superaba a los ríos porque, a pesar del amor por todo lo que la rodeaba, nunca permitió ser contaminada por odios indecentes e inútiles.

Su caudal, aun cuando sentía los achaques de su anciana juventud, era estable y sin sobresaltos.

Como los ríos, de ella se desprendían cien brazos para compartir el calor de sus abrazos con sus más de 250 hijos, nietos, bisnietos, nueras, yernos y sobrinos.

Fue capaz de reponerse de los duros golpes que le dio la vida. Definía la resiliencia como pocos y, como los ríos, volvía a su cauce principal que era compartir amor con todos.

Su cercanía con Dios era permanente. Sin duda su inquebrantable fe estaba por encima de vanidades, tormentas y dificultades.

Cuando alguien me compartía su desespero o sus dolores, le hablaba de la tía con la intención cierta de que sus quitas podían empezar a sanar.

En una entrevista que le hicimos hace varios años, una de mis primas le preguntó la razón por la que toda la gente la amaba. Con inocultable humildad, respondió: “quiero a todas las personas, sin importar si son buenas o malas”, dejando claro que no estábamos en la vida para juzgar a nadie.

En esa misma conversación, nos sorprendió con su lucidez. Afirmó que su vida había sido maravillosa a pesar de las dificultades y que tenía unos hijos que no merecía.

Nos dio lecciones de no apresurar juicios ni construir escaleras de arena para elevar a nadie. Los hijos del Padre estamos en la obligación de entregar a cada instante lo mejor de cada uno, y de eso ella dio ejemplo permanente. No se vanagloriaba de nada ni permitía que las angustias la derrotaran.

Pensarán mis lectores que personas de esa bonhomía no existen. No era perfecta, pero cuando me acercaba a ella era clara la diferencia de estatura espiritual, de paz, de humildad y de valor, pues tampoco se guardaba comentarios cuando tenía que hacerlos. La diferencia con el resto es que lo hacía con dulzura, sin destruir, dejando -sin proponérselo- lecciones que cada cual podía aceptar o rechazar.

Hasta siempre, amada Rosa. Que tus pétalos señalen nuestro camino; que tu sonrisa chispeante nos ilumine cuando el dolor nos agobie; que tu ejemplo llegue a las nuevas generaciones y que podamos copiar tu vida de primavera.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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