TEO

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Recuerdo ese verano polvoroso, a mediados de los años noventa, cuando en medio de los caminos de la colonización del sur sur de Bolívar vi por primera vez a Teo y a don Gabriel.

Íbamos para una Asamblea de la Federación Agrominera del Sur de Bolívar, donde como estudiante tuve el privilegio de acompañar esos procesos de la democracia montañera, luego de los tormentosos paros campesinos de mediados de los años 90s. Teófilo Acuña era un joven pero curtido campesino de la Federación quien en medio del proceso de disputa territorial entre guerrillas y paramilitares había quedado designado como presidente de dicha organización. Presidente de una organización social en medio del sin sentido de una violencia que no discrimina.

Hoy en medio del retraso ya usual en los vuelos de Avianca, espero poder abordar un avión para asistir al evento de entrega pública del informe que con varias de las organizaciones campesinas más representativas del país, hicimos para la Comisión de la Verdad sobre los efectos del conflicto armado en el campesinado de nuestro país. Asistirá tu familia y tu inseparable Gabriel, pero ni vos ni Jorge Tafur estarán para recibirnos con ese apretón de manos suavecito, ese abrazo sincero y esos ojos siempre tristes.

Nos duele mucho este país cuando las cifras de muertos, líderes y libre pensadores parece no detenerse. Con o sin elecciones, los siguen asesinando. Para no ir más lejos, anoche mataron a Miller Correa uno de los lideres históricos de la Acin en el Norte del Cauca; mientras que casi al mismo tiempo, otra descarga infame atravesaba él océano para terminar con la vida de ese poeta del beat raizal, como lo fue Hety de la agrupación Hety and Zambo en el archipiélago de San Andrés. A estas alturas ya es imposible ocultar que se trata de una hemorragia tumultuosa como la ciénaga grande cuando se desborda.

Va a ser raro entregar un texto en el que tu ausencia sea una prueba silenciosa de que la guerra de este país -a la final- cuando se miran las frías cifras disponibles, ha sido en realidad una guerra contra el campesinado.

¿Cuál campesinado? Conociéndote, esa seguramente sería tu pregunta.

Claramente no son todos los habitantes de nuestra ruralidad, sería poco menos que una locura colocarte en la misma categoría que los despojadores frente a los cuales luchaste toda la vida y seguramente aquellos que pagaron por esas balas asesinas que te mataron frente a tu familia.

Pero tampoco se trata solamente del campesino agricultor; ese campesino bucólico, pero no por eso menos maltratado, con el que el centralismo andino ha construido todas sus simplificaciones en la política pública del siglo XX. Claramente en esta categoría de campesino despojado, doliente, pero al mismo tiempo resistente, encuentra lugar tu alma bivalente de pequeño minero y de campesino pescador.

Cuando recuerdo todas las veces que nos encontramos, quizás ininterrumpidamente a lo largo de casi 20 años, no guardo en mi memoria ni una sola vez en la que no estuvieras amenazado.

No puedo imaginarme una condena más difícil de llevar: todo el tiempo mirando por encima del hombro, atemorizado con las motos que suenan a tu espalda; seguramente temiendo por la seguridad de la familia, que al viejo Gabo ya le había costado un hijo. Todo como en una canción de esas que suenan en Simití, San Pablo o en Santa Rosa; de esas que con acordes de ranchera o vallenato siempre anuncian en el primer estribillo el desenlace final. Las cartas ya estaban marcadas, pero eso nunca te impidió a vos y a todos los lideres y lideresas asesinadas seguir jugando con la muerte repartiendo la baraja.

El informe solo muestra con datos lo que las organizaciones campesinas vienen repitiendo hace ya generaciones: que el acceso a la tierra se ha concentrado y que después de privatizar la tierra en pocas manos ahora van por la naturaleza en su conjunto; que cuando el campesinado ha buscado oponerse a los poderes de los armados siempre ha salido como víctima de todos los fuegos, en donde mujeres y jóvenes siempre les ha tocado bailar con la más fea.

Un orden de cosas que ha instaurado un modelo de desarrollo lesivo en primera instancia para el pequeño y mediano campesino, y cuyo precio ahora estamos pagando a través de una arquitectura institucional que nos está pasando la cuenta de cobro en las ciudades con el costo de los alimentos y la galopante inseguridad alimentaria.

A partir del último cuarto del siglo XX llevamos peleando la guerra contra las drogas, cuando a la final como dijo Gutiérrez Sanín, esas batallas contras lo “ilícito”, significan un conjunto de agresiones sistemáticas contra el eslabón más débil de dichos encadenamientos; es decir contra el campesinado en su conjunto. Esa es una realidad difícil de entender desde las oficinas que despliegan el glifosato en las alturas o pelean contra la deforestación a nombre de “Artemisa”.

Uno de los efectos más enfáticos que las organizaciones campesinas plantearon frente el anterior estado de cosas es la construcción simbólica de una imagen vergonzante del campesino.

La anterior construcción social puede rastrearse en sus múltiples facetas discriminantes: desde la primigenia noción de campesino salvaje y colono, pasando por los matices contemporáneos de campesino-desplazado, campesino minero-envenenador, campesino pescador y perezoso, campesino-guerrillero o narco-guerrillero que debe ser abatido. Nuestra sociedad no solo ha excluido de su desarrollo al campo profundizando unas brechas insalvables con la ciudad; no contenta con eso, atenta contra si misma, al volver vergonzante la actividad de producir alimentos.

A futuro nos queda la tarea de seguir trabajando para continuar siendo diferentes pero al mismo tiempo no renunciar a vivir juntos. Campesinado-afro, Campesinado-indígena no deberían traducirse en fronteras de exclusión sino en territorios de encuentro, cooperación y solidaridad. Nuestro multiculturalismo debe encontrar el camino para volverse intercultural.

Las recomendaciones podrían resumirse en un comentario que otro titán campesino le dijo a la FAO en una reciente reunión, en la que las organizaciones campesinas le pedían que los tuvieran en cuenta para la formulación de la política pública del campesinado (Artículo 253 del actual Plan de Desarrollo); la cual, vale la pena remarcar, existe gracias a las mismas organizaciones campesinas. 

En dicho contexto Cesar Díaz les decía con voz entrecortada: ojalá algún día dejen de pensarnos a los campesinos como el “resto rural”… ojalá que este país algún día se merezca el campesinado que a pesar de todo sigue teniendo.

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