Tres reflexiones en torno a la polémica sobre el “Comando de Policía y Migración” en Bogotá

Tres reflexiones en torno a la polémica sobre el “Comando de Policía y Migración” en Bogotá

Hace algunos días, la alcaldesa de Bogotá declaró que, en conjunto con Migración Colombia, se conformaría un comando de Policía y Migración para “reforzar la investigación, captura y judicialización de estructuras criminales” en la ciudad. La medida tenía una población objetivo: personas venezolanas irregularizadas.

Pocas horas después, el director de la autoridad migratoria desmintió esta información. El presidente Duque, en respaldo (o en enmienda) del funcionario, ratificó que esta idea no tenía cabida por lo pronto. Claudia López respondió que acataba, pero que no compartía la decisión del Gobierno nacional.

Mientras tanto, medios nacionales y locales, así como miles de usuarios en redes sociales y plataformas digitales, han estado envueltos en una discusión tan agresiva como reveladora sobre el significado de la migración desde Venezuela en la política nacional.

Desde diferentes sectores se ha argumentado con acierto que la propuesta de la alcaldesa es abiertamente discriminatoria (dirigida a una población arbitrariamente diferenciada por su condición de extranjera), populista (diseñada para responder a un sentir específico de una parte de la ciudadanía) y facilista (no se centra en las causas estructurales de la criminalidad).

Esto, sin embargo, no ha sido suficiente para sentar el debate. La polémica ha confirmado que las divisiones de los colombianos frente a la migración desde Venezuela son abismales.

Lo anterior sugiere una reflexión en torno a tres elementos de fondo detrás de la producción del discurso político.

Por una parte, la retórica antimigración cuenta con una audiencia sólida y va en ascenso. Este es un proceso que se ha construido progresivamente. El arribo de personas desde Venezuela es un hecho social hoy generalizado. Migrantes y no migrantes comparten espacios, de manera tácita o voluntaria, en todos los ámbitos de la vida social. Esto incluye desde lo básico, como el espacio público, hasta el establecimiento de relaciones familiares de larga duración, con mayor o menor intensidad dependiendo del lugar y el entorno.

Con esto, la presencia de los migrantes se ha convertido en un hecho irrefutable para la sociedad colombiana. El asunto migratorio ha ganado espacio en el imaginario de los no migrantes de todas las extracciones. Además, para la gran mayoría, la migración era una dinámica previamente inexistente. Ha habido así un cambio, intenso y relativamente rápido, atravesado por coyunturas de crisis -entre estallidos sociales, pandemia y contracción económica-, que implica rupturas con ordenamientos sociales anteriores.

Esto, por supuesto, no tiene por qué ser negativo. Sin embargo, la tendencia parece moverse en contra.

Así, la migración, como hecho generalizado, novedoso, altamente visible y que rompe con entendimientos sociales previos, se ha convertido en objeto de politización tanto por los generadores de la política pública, como también por las personas que lo viven a diario.

La intuición ciudadana se inclina por explicar el (percibido) aumento de la delincuencia a razón de la presencia de más migrantes. Con esto, el salto a entender la migración como amenaza es corto. Puede surgir de explicar lo negativo a partir de lo novedoso mientras que es retomado por actores clave de la política en su beneficio.

Esto ocurre entre sesgos de confirmación y falacias de generalización, más otros instrumentos propios de nuestra cultura política y mediática. El asunto choca dramáticamente con una prioridad en Colombia: nuestra idea (y anhelo) de construir seguridad.

La combinación entre migración y criminalidad (apropiado por López con su comando, entre otros) sirve como un instrumento del discurso que afirma intuiciones (no necesariamente ciertas), atrae nuevas audiencias en búsqueda de explicaciones y confirma sesgos sobre intereses centrales, todos políticamente explotables.

Uno de los problemas puntuales al respecto tiene que ver con el momento político del país. Las campañas políticas al Congreso que están por iniciar estarán atravesadas por la migración. El discurso antimigración es, políticamente, más rentable que nunca en Colombia y habrá candidatos que querrán sacar provecho de esto. El respaldo al Comando de Policía y Migración de Bogotá, que se ha mantenido pese a que no será (por ahora) implementado, devela la audiencia potencial de esta retórica.

Además, el asunto ha servido como escenario para que ciudadanos descarguen preocupaciones, frustraciones y representaciones violentas alrededor de la migración en Colombia. Se constituye así un escenario fértil para propuestas populistas.

Mientras tanto, vale la pena preguntarse por el reemplazo de Duque, que también será elegido prontamente. ¿Continuará con la actual política frente a la migración venezolana en Colombia? ¿La profundizará y optimizará como es necesario? ¿Echará mano de la retórica populista atravesada por la visceralidad que hemos presenciado en los últimos días?

El segundo punto por analizar es la brecha entre el sentir de la ciudadanía frente a la migración y la evidencia presentada por expertos y analistas. En medios y redes sociales se han abierto espacios para que personas que trabajan en temas de seguridad y migración expliquen una y otra vez los problemas y limitaciones técnicas de la propuesta de la alcaldesa bogotana. También se ha compartido evidencia comparando cifras, prospectivas y ejemplos internacionales.

Sin embargo, los efectos parecen ser limitados. Persisten lecturas apasionadas que muchas veces justifican medidas de exclusión y violencia hacia los migrantes. Detrás de todo esto hay un debate de larga data, más allá del asunto migratorio, que se ha actualizado en épocas de populismo moderno y que continúa avanzando en Colombia.

En todo caso, el valor de la evidencia es desestimado por una ciudadanía que necesita soluciones rápidas o que particulariza eventos específicos. Hay una preferencia por el debate político que, en nuestro caso, posiciona uno de los traumas nacionales -la (in)seguridad- para discriminar a personas que hacen parte de nuestra sociedad, pero que la política se fuerza en diferenciar. Esta es una receta que se ha reencauchado una y otra vez alrededor del mundo y que ha sido efectiva para que extremismos de diferentes cepas se posicionen.

Ante audiencias con necesidades de información rápida y con ofertas de hechos alternativos, entre el “clickbait” y las redes sociales, hablar en clave negativa de migración se convierte en una estrategia primordial para el recetario extremista. De allí que la responsabilidad política del gobernante de turno sea esencial. Su deber es, además de plantear respuestas basadas en evidencia, informar con honestidad los motivos de dichas medidas.

En tercer lugar, hay que señalar que los medios también juegan su parte. Con las declaraciones de la alcaldesa, un asunto específico ha saltado a la vista. Pese a notables excepciones, grandes medios colombianos se prestan para afirmar imaginarios políticamente rentables alrededor de la migración. Los periodistas han apropiado un lenguaje específico para evitar mencionar las nacionalidades o estatus legales de estas personas, pero esto no implica que al hacerlo dejen de postular discursos criminalizantes o victimizantes.

Tampoco hay mucha autocrítica sobre la utilización de los migrantes como objetos cosificados de la política. Las cargas de diferencia, subjetivización y calificación como riesgo, siguen estando más o menos implícitos en la forma como se diseñan las noticias en las salas de redacciones, en el fondo de los artículos que se escriben y en la forma en que se pregunta y se responde sobre migración.

Por supuesto que es un proceso, pero estos detalles del día a día terminan por acentuar, tácita o explícitamente, la generación de las mismas brechas que se han mencionado anteriormente. La invitación es a dejar atrás la carga de distinción e informar sobre lo que pasa entre personas y no entre grupos sociales diferenciados.

Al final, ante los incentivos de la política por instrumentalizar la migración, migrantes y no migrantes por igual debemos perseverar en exigir mayor responsabilidad de tomadores de decisiones, autoridades, medios de comunicación y nuestros conciudadanos. Debemos ser los primeros en desmentir las informaciones sesgadas y falaces que construyen diferencias al servicio de la política. Difícilmente viviremos mejor prestándonos para perpetuar esas distinciones. Migrantes y no migrantes conformamos una sola sociedad y si bien tenemos orígenes diversos, nuestro futuro es conjunto.

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