Un sistema nacional de las artes con verdades únicas ¿Pero diverso?

Un sistema nacional de las artes con verdades únicas ¿Pero diverso?
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Juan Sebastián Rojas, PhD. Profesor, Universidad de Los Andes.

El pasado 16 de noviembre se vivió con gran expectativa el II Encuentro Nacional del Sector de la Música, gestionado por organizaciones gremiales y el recién reinaugurado Ministerio de las Artes, las Culturas y los Saberes. En el marco de las intenciones de un gobierno que desea, según han señalado varios portavoces, defender la diversidad, la participación y el enfoque territorial, la intervención del viceministro de Creatividad y Economía Naranja, Jorge Zorro, era esperada con gran expectativa.

El Encuentro tuvo varios momentos interesantes. Destaco la discusión sobre el proyecto de Ley de la Música, pero sobre todo la participación del viceministro, quien, por primera vez desde su nombramiento, se pronunciaba públicamente sobre sus planes para la música desde la cartera de cultura. La incertidumbre del sector musical se debía sobre todo a los repetidos pronunciamientos del presidente Petro sobre la eventual creación de un sistema nacional de orquestas sinfónicas al estilo venezolano, incluido ya en las bases del Plan Nacional de Desarrollo, y cuya responsabilidad recaería en manos del viceministro Zorro.

No le faltan razones a quienes les preocupa esta propuesta. Un programa de este estilo en Colombia sería un problema por varias razones, entre ellas, porque hay investigaciones recientes, de académicos reconocidos, que muestran la distancia entre el discurso oficial y publicitario que rodeó al Sistema y los hechos mirados con mayor objetividad: la baja participación de los sectores más marginados, la falta de conexión entre el cambio individual y la supuesta transformación social, el abuso del poder y el silencio cómplice sobre conductas abusivas de diversa índole. Sin embargo, el viceministro fue claro: no habrá un sistema nacional de orquestas sinfónicas como el venezolano.

En su lugar, y como si se tratara de algo muy distinto, habrá un Sistema Nacional de Organizaciones Artísticas Colectivas, el cual se dice que abarcará todas las expresiones artísticas —incluyendo las músicas populares y tradicionales— y tendrá un enfoque territorial. Se tratará fundamentalmente de un programa de formación en las artes que, según el viceministro, tendrá dos enfoques. Uno, orientado a la formación profesional competitiva, que busca la perfectibilidad humana, y que estará basado en lo que el viceministro llama el Estatuto Epistemológico de las Artes (uno para cada disciplina artística, incluida la música); y otro, enfocado al acceso amplio a las artes que es derecho de todo ciudadano para su formación integral y estimulación sensorial; una especie de asignatura vocacional para quienes no buscan ser profesionales de las artes.

El sustento conceptual e ideológico de este programa presenta tres serios problemas, los cuales expongo aquí brevemente.

Primero, la idea de un único Estatuto Epistemológico de la Música —positivista y con nociones herméticas sobre lo objetivo y lo verdadero— es profundamente problemático y contradictorio con el programa de gobierno, que busca reconocer y enaltecer la diversidad de culturas, pensamientos y cosmovisiones. Este estatuto está basado en la idea de alcanzar la perfectibilidad humana, y se centra en valores como la excelencia, el virtuosismo y la creación potencial de genios. A este postulado, groseramente eurocéntrico, subyace la idea de “disciplinar” a los niños, quienes se conciben como seres imperfectos que deben “civilizarse” para que sean productivos en la sociedad. En la visión del viceministro, esta búsqueda de la perfección en el quehacer musical lleva, presumiblemente, a un cambio en la formación de valores de los participantes: los vuelve más democráticos y los orienta hacia una sociedad de paz, hacia un cambio social más amplio que hará la sociedad más democrática y virtuosa.

Al escuchar esta versión reciclada de los argumentos que hicieron carrera en el llamado “milagro venezolano”, uno se pregunta ¿Qué tal ha funcionado este planteamiento en Venezuela, donde el boom del sistema nacional de orquestas ha coincidido con una profunda crisis política y democrática? En todo caso, la idea neoiluminista que se pretende implementar en Colombia carece de una reflexión seria sobre lo social, pues descuida la complejidad de los contextos diversos y pasa por encima de discusiones profundas que reconocen las virtudes y urgencias de una práctica artística articulada a la transformación social, construida desde los territorios y que responda a necesidades locales de poblaciones específicas. En la fórmula de Zorro, el postulado es lineal y simplista: si hay prácticas artísticas excelentes en un territorio, entonces hay virtud social. Esta sencilla receta es peligrosa pues invisibiliza un hecho incuestionable en la realidad colombiana: hay niños y jóvenes que sostienen en sus manos tanto instrumentos musicales como armas de fuego. Lo uno no quita lo otro.

Segundo, el marcado enfoque en la formación profesional que propone el viceministro es problemático pues parece descuidar a los músicos ya formados en un país donde, de por sí, ya hay pocas oportunidades laborales para el sector. ¿Vamos a exportar músicos? ¿Es ese el objetivo de la política pública para la música? Además, ¿qué pasará con los músicos no profesionales? Me pregunto, ¿y dónde quedan quienes no conciben la música como un quehacer profesional, o incluso formativo? Seguramente, su quehacer musical quedará reducido y relegado a la idea de la “estimulación sensorial” a la cual tiene derecho todo ser humano. Es una visión estrecha y paternalista.

Y en cuanto al supuesto enfoque territorial y de diversidad, ¿en dónde quedarán los maestros, sabedores y portadores de saberes musicales tradicionales y que están integrados a otros aspectos fundamentales de la cultura como los rituales funerarios, la medicina tradicional, la palabrería, las mitologías, la toponimia, los rituales de los ciclos productivos (como la cosecha), etc.? ¿Y cuál será la suerte de aquellos que no buscan insertarse en ningún tipo de “industria cultural” ni son parte de una élite intelectual? ¿Será este sistema nacional capaz de abarcarlos, comprenderlos y potenciarlos desde sus propias lógicas y no desde una idea angosta de “perfección” estética? No es solamente el elemento sonoro el que determina si una música es “buena” o “mala”, contrariamente a lo que sostiene el viceministro. ¿Qué pasa con lo social, lo comunicativo, lo comunitario, lo simbólico y todo lo demás que se desarrolla y ejecuta durante la práctica expresiva de las artes? Hay música que suena impecablemente, pero que se sostiene sobre procesos sociales problemáticos; y también hay música amateur que tiene roles sociales muy significativos.

Tercero, el programa del viceministro desconoce décadas de avances en la política pública sobre música y que se han construido precisamente desde un enfoque territorial y buscando la flexibilidad para comprender las nociones diversas de la práctica musical en Colombia, incluidas las músicas populares urbanas, los coros y las orquestas. Dicho programa, hoy prácticamente desfinanciado, es el Plan Nacional de Música para la Convivencia. Este ha sido el ejercicio de política pública para la música más importante en la historia del país y es en parte responsable del dinamismo musical actual de las regiones de Colombia.

Llama la atención que bien entrado el siglo XXI y en pleno Gobierno del cambio —elegido con banderas de participación, concertación y reconocimiento de la diversidad, fuertemente encarnadas por la vicepresidenta Francia Márquez— tengamos que estar advirtiendo de nuevo sobre la llegada de los saberes hegemónicos y europeizantes como si fueran avances y no un atropello a la diversidad. Esa discusión se ha dado muchas veces, una de ellas en la década de 1980, durante los procesos que llevaron a una reforma constitucional que reconoce a Colombia como una nación pluriétnica y multicultural. Esto implica que las músicas en Colombia responden a múltiples formas de saber, ser y estar en el mundo, no a una única visión (o estatuto epistemológico) orientada a la supuesta perfección o al desempeño profesional.

¿Estamos a tiempo para enderezar el rumbo?

Vea la grabación del II Encuentro Nacional del Sector de la Música, aquí: https://youtu.be/IvVo1S8A2jg

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