Una década para transformar el campo colombiano

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Estamos a las puertas de la que podría constituirse como la década de la transformación estructural del país rural, pero no será fácil.

En esta, mi primera columna del año, quiero invitarles a poner la mirada en el 2031. Este es un horizonte importante, pues en el transcurso de los próximos 10 años es cuando se espera alcanzar los resultados más importantes y transformadores de la implementación de la Reforma Rural Integral del Acuerdo de Paz.  

Si se cumplen las metas que se han establecido para el 2031 en las zonas rurales del país, se habrá erradicado la pobreza extrema; disminuido la pobreza multidimensional a la mitad; eliminado el analfabetismo y logrado la cobertura universal de atención a la primera infancia.

Para ese entonces, se habrá logrado la democratización del acceso a la tierra y las personas que viven en el campo contarán con vías adecuadas, acceso a todos los niveles de educación, conectividad y acceso a la salud.

En su conjunto, la agricultura campesina tendrá altos niveles de asociatividad y productividad, y el derecho a la alimentación estará garantizado. Todo esto se habrá logrado primero en los municipios donde se implementan los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (Pdet) y luego extendido a todos los territorios rurales del país, con los aportes de las comunidades étnicas y con la participación activa de las mujeres.

Estas metas a 2031 se encuentran consignadas en el Plan Marco de Implementación del Acuerdo de Paz, principal herramienta para orientar las políticas públicas para el cumplimiento del Acuerdo Final. Este plan marca el camino para la implementación del Acuerdo, y también propone metas trazadoras, basadas en objetivos transformadores de mediano y largo plazo, que resultarán de la implementación exitosa de los compromisos establecidos en la Reforma Rural Integral.

La mayoría de estos objetivos apuntan a generar condiciones socioeconómicas que permitan a las zonas rurales salir del atraso en el que han estado por décadas. Pero las transformaciones más importantes ocurrirán en la medida que estos cambios dinamicen el potencial social y cultural que existe en el campo para diseñar nuevos caminos de bienestar y prosperidad.

Construir sobre lo construido

Una mirada retrospectiva nos muestra lo que se ha avanzado en medio de múltiples dificultades. Hace 10 años no había una agenda nacional de largo plazo para el campo, que priorizara a las personas y comunidades más afectadas por la pobreza y la violencia. Tampoco se había establecido la participación comunitaria como un mecanismo clave de planeación e implementación a nivel local. La economía campesina, a pesar de su importancia, no era prioritaria en la política pública.

Hoy, gracias a la Reforma Rural Integral, existe una agenda de largo plazo, implementada ya por dos gobiernos y que verá otros tres entre 2022 y 2031. Hoy existen territorios priorizados y recursos financieros y técnicos, para el cumplimiento de esta agenda. Hay también compromisos multisectoriales que van más allá de la producción agrícola y aportan en infraestructura, salud y educación. La Economía Campesina, Familiar y Comunitaria está ocupando un lugar clave en la política pública agraria y está siendo apoyada por planes nacionales sectoriales de ingresos, comercialización y riego, entre otros.

La cooperación internacional, comprometida desde etapas tempranas con el Acuerdo de Paz, también ha renovado su compromiso con la Reforma Rural Integral. Hace unas semanas El Fondo Europeo para la Paz anunció la destinación de 8.5 millones de euros (36 mil millones de pesos) para el acceso integral a tierras. Varios países incluyendo Suecia, Irlanda, Noruega y Chile también han anunciado nuevas contribuciones.

Todo esto se debe a la oportunidad que abrió el Acuerdo de Paz y sus reformas de largo plazo. En retrospectiva, también se debe a los aportes y aprendizajes que dejaron el Informe de Desarrollo Humano en 2011, la Misión Rural en 2015, así como las experiencias locales de comunidades campesinas, indígenas y afro, los programas de paz y desarrollo, y los aportes de equipos de investigadores académicos que también han realizado importantes contribuciones a la visión de la ruralidad.  

En medio de las dificultades y las complejidades socioeconómicas y políticas, el país ha avanzado. Quizás no al ritmo que muchos quisiéramos, quizás no en la profundidad que se debería, pero se ha avanzado y se ha construido, a pesar de todo lo que queda por hacer.

Aún existen enormes desafíos. La seguridad en las zonas rurales, como lo señalaron Martha Maya y Andrés García en su reciente columna es uno de los aspectos centrales. Los asesinatos a líderes sociales y excombatientes de las Farc, y la intensificación del desplazamiento forzoso son aspectos que requieren atención urgente. A esto se suman los profundos impactos de la pandemia, que se sentirán por varios años. Con todos los obstáculos que hay por delante, es clave impulsar los diversos componentes de la Reforma Rural Integral, con énfasis en mujeres y jóvenes rurales, como una herramienta indispensable de recuperación socioeconómica. Esto por supuesto requiere liderazgo político, desde el nivel nacional hasta lo local, expresado en la asignación y ejecución de recursos, que permita la recuperación del terreno perdido durante el último año, y acelere la transformación.    

Sumar esfuerzos con la agenda global

Estamos transitando una década especial, pues en el horizonte también está el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, con metas ambiciosas a 2030 y con las que Colombia se ha comprometido. De especial relevancia para el campo en esta agenda global, son los objetivos de erradicación de la pobreza extrema (ODS1) y el hambre (ODS2), pero hay muchas más sinergias con otros objetivos en materia de agua, consumo y cambio climático, entre otros.

Durante esta década también serán cruciales todas las acciones encaminadas a la adaptación y mitigación del cambio climático. Sus efectos, como lo han demostrado varios informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Ipcc), impactan con mayor intensidad a las personas pobres y vulnerables que viven zonas rurales. Como horizonte de largo plazo, están las metas del Acuerdo de Paris, que busca mantener la temperatura global por debajo de 1.5 grados y cuyo éxito depende en gran medida, en lo que ocurra en las áreas de la agricultura y la alimentación. La política nacional para el control de la deforestación y la gestión sostenible de los bosques?, recientemente adoptada, propone acciones estratégicas para lograr la meta de cero deforestación en el año 2030.

En este contexto global, las transformaciones del campo en Colombia no están reducidas a los límites geográficos del país, o limitadas las zonas rurales. Todos los avances en las metas propuestas al 2031, constituyen pasos esenciales para el cumplimiento de las agendas globales y  viceversa; los esfuerzos por el cumplimiento de las agendas globales deberían dinamizar y crear sinergias con los esfuerzos por el cumplimiento de los objetivos de la Reforma Rural Integral.

A las puertas de la transformación

Este horizonte al 2031 nos pone a las puertas de la que podría constituirse como la década de la transformación del campo colombiano. Pero no será fácil, pues depende de que se continúen dando pasos firmes y decididos hoy.

¿Podremos lograr como país esos objetivos en los próximos 10 años? Con las complejidades actuales, dichos objetivos parecen inalcanzables. Pero seguir avanzando y aunando los esfuerzos de todos los sectores para erradicar la pobreza y desencadenar el gran potencial humano, social y cultural del campo en Colombia, es un imperativo moral. Todos los sectores, incluyendo la academia y el sector privado, están llamados a acompañar y a dinamizar este proceso de transformación en los próximos 10 años.

El inspirador poema de Amanda Gorman, que hace poco tuvimos la oportunidad de escuchar y leer, nos recuerda que “mientras tenemos la mirada en el futuro, la historia tiene su mirada en nosotros”.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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