Miles de vidas perdidas: el costo del machismo en las calles

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"¿Qué es lo que exige ser un hombre, un hombre de verdad? Reprimir sus emociones. Acallar su sensibilidad. Avergonzarse de su delicadeza, de su vulnerabilidad. Abandonar la infancia brutal y definitivamente: los hombre niños no están de moda. Estar angustiado por el tamaño de su polla…. No saber pedir ayuda. Tener que ser valiente, incluso si no se tienen ganas. Valorar la fuerza sea cual sea su carácter. Mostrar la agresividad.” Virgine Despentes.

La muerte de Julián Esteban pudo haber sido la tragedia de cualquiera de nosotros. Se fue un hijo, un hermano, un nieto, un sobrino, un amigo. Esta es una causa que nos involucra a todos y que necesita de todos. Entre enero y diciembre de 2019 murieron en el país 6.333 personas en siniestros viales. En 2020, un año atípico y de muy baja actividad vehicular por la pandemia y los confinamientos, murieron 5.458, tan solo 18 por ciento menos que el año previo. Y en lo que llevamos del 2021 no escampa.

Mientras que a nivel nacional hay un aumento en muertes del 44 % durante el primer semestre del año frente al mismo período del 2020 (peatones +50 %, ciclistas +23 %, motos +62 %), en Bogotá es del 38 % (peatones +42 %, ciclistas +36 %, motociclistas +44 %).

Para que nos demos una idea, en lo que llevamos de pandemia entre 2020 y 2021 han muerto en Colombia más personas menores de 30 años en siniestros viales que por covid. Aquí nadie está exento de que la tragedia lo agarre. Detrás de cada muerte en las vías hay responsabilidades puntuales pero también una enorme responsabilidad que compartimos como sociedad. Las muertes en el tráfico no son accidentales. Hay condiciones del entorno, así como situaciones y comportamientos que las causan. Al frente tenemos un problema de política pública que en primer lugar requiere de un fuerte cambio de mentalidad por parte de la sociedad y por quienes tienen la responsabilidad de diseñarla y ejecutarla. Todas son muertes prevenibles.

La pregunta es: ¿qué vamos a hacer para cambiar esto? ¿Qué necesitamos hacer para pacificar nuestras calles y carreteras? ¿Cómo le hacemos frente a esta cultura de machos que nos está matando? ¿Cómo vamos a reaccionar frente a la muerte de Julián Esteban?

Pues les quiero contar que hay cosas pasando. Hay voluntades que quieren ayudar.

El pasado 16 de junio un grupo de expertos se reunió bajo una dinámica de "hackatón" -organizado por La Silla Vacía y Bancolombia- precisamente con el objetivo de encontrar soluciones que nos ayuden a enfrentar esta cultura machista, carro-céntrica y violenta que manda en las vías. Participamos 17 personas, de las cuales 11 fueron mujeres y 6 hombres.

El rompehielo de la jornada consistió en compartir una experiencia personal como víctimas o victimarios de machismo en las calles. Alguna chica habló de la vez que, caminando por la calle, fue acosada sexualmente con lenguaje vulgar por un grupo de hombres. Otra mencionó cómo algunos hombres no resisten que una mujer los sobrepase en la bicicleta porque de inmediato emprenden una carrera.

Se mencionaron casos de viajes en carretera y en la ciudad a velocidades asesinas y el frecuente matoneo al que son sometidos ciclistas por conductores de carro. Y me acuerdo también del caso de una participante que confesó sorprenderse a ella misma usando frases como “vieja bruta” o “vieja tenía que ser”.

Desafortunadamente nos sobran historias de estas. Aquí todos hemos sido testigos directos, víctimas y, aunque nos cueste reconocerlo, también victimarios o culpables de actitudes, comportamientos y el uso de lenguaje machista en las calles de la ciudad -así sea de manera inconsciente-. Creo que podemos decir que los hombres son los principales protagonistas de muchos incidentes, que son mucho más propensos que las mujeres al riesgo y a adoptar actitudes agresivas -hay estudios que así lo demuestran-, pero tampoco podemos desconocer que las mujeres también participan. Simplemente porque están inmersas en la misma cultura machista y carro-céntrica que nos gobierna a todos.

Entonces vemos que, además de la diferencia de género, el rol desde el cual participamos como usuarios de la vía y la ciudad es otro determinante clave de nuestras actitudes y comportamientos cotidianos. Sucede que cuando nos ponemos al frente del timón de un carro o una moto somos matones, caprichosos, afanados y agresivos pero apenas nos bajamos y asumimos el rol de peatones automáticamente nos volvemos temerosos, sumisos, pasamos a la defensiva.

Siempre me ha llamado la atención la cara de incredulidad y gratitud de los peatones en Bogotá -sin importar si es hombre, mujer, joven o mayor- cuando un carro, como es deber, les da paso. Y de la misma manera su falta de asombro cuando ven carros invadiendo los espacios que naturalmente les pertenecen. Lo que hace la costumbre.

Mientras escribo esto ocurre la tragedia del niño Julián Esteban Gómez, de 13 años, que, mientras entrenaba ciclismo de ruta junto a su abuelo en la vía Cajicá-Zipaquirá fue arrollado por un conductor de tractomula que, según cuenta su tío, les pitó y les arrimó el vehículo hasta que, nervioso, “Julián pierde el equilibrio y cae entre las ruedas”. Es difícil que encontremos un ejemplo más triste y contundente de todo lo que puede salir mal bajo esta cultura matona, egocéntrica y de afán dónde la solidaridad y la generosidad con el otro es lo realmente excepcional. Y donde la falta de empatía, o esa incapacidad de ver nuestra propia fragilidad reflejada en el otro, así sea un niño, está en el centro del problema.

Frente a esto, hay que decir que la consolidación de una ciudad que ha sido pensada, diseñada y gestionada para el carro mucho más que para las personas es un factor que sin duda contribuye a exacerbar el fenómeno. El diseño de las calles, sus andenes y la ciudad en general tiene un efecto muy importante en el comportamiento de las personas, como si reforzara la creencia de la superioridad del carro en la sociedad.

Por ejemplo calles excesivamente anchas inducen al conductor a acelerar mientras que calles más angostas a ir más despacio. O está el caso de los puentes peatonales que son más anti-peatonales que cualquier cosa, pues lo que logran es dificultarle y extenderle el trayecto al peatón a cambio de velocidad y prelación para los carros.

También tenemos los radios de giro que prácticamente invitan a tirarle el carro a los peatones en los cruces de esquina, y, por ejemplo, semáforos peatonales que duran varios minutos para los vehículos y escasos segundos para quienes van a pie. Ni hablar de la calidad y estrechez de los andenes o sencillamente su completa ausencia.

Así vemos cómo van sumando elementos del diseño de las calles y la infraestructura urbana que nos van dejando un escenario que, al priorizar al carro, al fuerte, al veloz, al contaminante, al que más capacidad de hacer daño tiene, deja también un contexto que maltrata y amenaza sistemáticamente a peatones, ciclistas y otros actores vulnerables como niños, adultos mayores y personas en condición de discapacidad. Por su parte, las mujeres también han visto sus necesidades relegarse por este lente predominantemente masculino que diseña y construye la ciudad.

Por supuesto que no es solo la infraestructura. Las señales que van creando este imaginario de superioridad del carro y las manifestaciones del machismo en las vías también nos llegan por el lado cultural y los comportamientos cotidianos de las personas en las calles.

Carros estacionados sobre andenes y otros espacios peatonales bloqueando rampas de acceso y ciclorrutas; concesionarios exhibiendo sus carros en el andén y la publicidad de carros y motos que nos meten hasta por las narices; el abuso de la “gente importante y bien” andando a sus anchas en sus camionetas blindadas a toda velocidad volándose semáforos en rojo y parqueando a placer; domiciliarios andando desbocados por las calles sin dios ni ley, impulsados por modelos de empresas que premian la velocidad en la entrega; la costumbre de tirarles el carro, la moto, el bus y hasta la bicicleta a quienes caminan; el acoso sexual y el “piropeo” en el transporte público y en la calle a las mujeres que caminan; escenas frecuentes de conductores que se insultan y se van a los golpes, a veces con crucetas y otras armas improvisadas; y, por ejemplo, la "guerra del centavo". Pasan los años y seguimos sin ser capaces de desmontar por completo.

Al final esta combinación de comportamientos, creencias y detalles de nuestra infraestructura que se refuerzan mutuamente termina por convertir las calles de nuestras ciudades y las carreteras del país en infames escenarios de intolerancia, violencia y muerte.

Fueron casi tres horas de reflexión y trabajo que nos alcanzaron para perfilar lo que podrían ser unas buenas campañas masivas de comunicación para abordar cuatro grandes retos del problema. 1) Desescalar el lenguaje en los conflictos que se presentan en las calles/vías. 2) Rescatar y valorar los comportamientos más precavidos y responsables que demuestran las mujeres al manejar. Derrumbar la falsa idea de que los hombres son unos duros para conducir. 3) Intentar cambiar valores que los hombres asocian con su masculinidad al conducir como la velocidad y la agresividad. 4) Intentar introducir un nuevo hábito entre los conductores en las calles que refleje valores como empatía, respeto por la vida, generosidad, paciencia, cortesía.

Avanzamos bastante pero lo cierto es que faltó tiempo para llevar las propuestas al punto que todos habríamos querido.

Entonces la invitación que les quiero hacer a La Silla Vacía y a Bancolombia es a que aprovechemos el impulso dándole continuidad al ejercicio hasta llegar a una muy buena propuesta que podamos accionar. Este es un tema demasiado importante pero también ignorado y aplazado que nos cuesta miles de vidas y que necesita una coalición amplia de actores y liderazgos -desde Gobierno nacional, gobiernos locales, sector privado, sociedad civil, academia y medios de comunicación- que ayuden a darle a la seguridad vial un lugar mucho más importante en la agenda política del país y nuestras ciudades.

Estoy convencido que este esfuerzo que ya inició y que ya cuenta con dos espacios previos de reflexión e ideación así como con una alineación importante de actores y voluntades puede ser el comienzo de algo muy valioso tanto para Bogotá como para el resto del país. Necesitamos de iniciativas como esta que, llevadas a la acción, nos ayuden a pasar de la indignación a las soluciones.

Finalmente tenemos que tener muy claro que una campaña solitaria y aislada de poco servirá. El reto de pacificar las calles de nuestras ciudades y las vías del país requiere un esfuerzo mucho más amplio y sostenido en el tiempo que, además de unas muy buenas campañas que eduquen y sensibilicen, involucre también un trabajo a fondo de mejora de la infraestructura y el diseño urbano, así como del control y el ejercicio de la autoridad en las vías que deberá trascender gobiernos. Sobra decir que esto necesita, sí o sí, un decidido liderazgo institucional y político que apenas medio se empieza a asomar. Así que tenemos la obligación de hacer más, mucho más. Hay que empezar ya.

El único homenaje que les sirve a Julián Esteban y a las miles de víctimas que han muerto en nuestras vías es pasar de las condolencias y las promesas a un compromiso firme y decidido, materializado en hechos reales, de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que su tragedia no se vuelva a repetir.

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