Voces de la equidad

Voces de la equidad
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Para Lina Lucumí, una joven afrodescendiente ombligada en las tierras fértiles del corregimiento de Quinamayó, "la equidad tiene implícito un acto de valentía que el mundo nos está debiendo a las personas afrodescendientes hace muchos años: es el acto del reconocimiento efectivo de los privilegios… La equidad tiene ese poder de involucrar los dos lados de la ecuación: ese lado que es expropiado y explotado y, también, ese lado que explotó y expropió, para revertirlo y brindar esperanza a través de un escenario con oportunidades”. 

En el mundo, el clamor de la diáspora africana es el mismo: ¿qué se necesita para que las personas afrodescendientes puedan vivir en un mundo más justo y equitativo? Uno al que nunca han tenido acceso y derecho.

Para Mauri Balanta, integrante de la Casa Cultural El Chontaduro y que se autoreconoce como una persona negra, “queer” y popular, hay una proclividad de los cuerpos negros a la muerte: “la muerte nos es demasiado posible y está muy presente. Eso produce un miedo constante que debemos aprender a administrar, junto con los riesgos de hacer parte de sociedades donde se normaliza la violencia, la criminalización y la discriminación hacia la gente negra”, manifiesta.

Lo que experimentan las personas afrodescendientes en nuestro país obedece a un legado colonial que sigue permeando al Estado y la democracia, y que es legitimado a través de sus instituciones: “¿Quién, si no el Estado, se encarga de reproducir el tipo de ciudadanía que tiene la gente negra?”, se pregunta Mauri.

La población afrodescendiente continúa siendo condenada a vivir en una ciudadanía de tercera categoría, como bien lo explica Libia Díaz-Ulabares, una joven afrodescendiente enraizada al territorio El Peón: “La violencia hace parte de toda esa estructura de nación que no ha garantizado el ejercicio de los derechos de las comunidades y de las personas en condición de vulnerabilidad. La comunidad no cuenta con un hospital ni educación de calidad, no contamos con un transporte público ni una vía de acceso rápido al primer centro hospitalario. Aquí han muerto personas porque las ambulancias no pueden pasar…”.

La negritud fue una invención del sistema colonial que convirtió a los africanos y africanas como algo totalmente cosificable, desechable, explotable y violentable. Si bien desde la segunda mitad del siglo pasado se han creado diversos instrumentos para la protección de los derechos humanos, persiste el aniquilamiento de unos cuerpos por su condición étnica-territorial, de género y de clase social.

Por ejemplo, los indicadores socioeconómicos más bajos y los patrones de violencia más altos se encuentran en territorios que concentran una alta población afrodescendiente: en Colombia encontramos que, según el Dane, la pobreza multidimensional de la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera se ubicó en 30,6 %, 11 puntos porcentuales por encima de la pobreza nacional. Además, en territorios racializados la esperanza de vida es menor que en el resto del país: en el año 2021 una mujer afrodescendiente en Chocó vive aproximadamente cinco años menos que una mujer promedio en Colombia, y un hombre afrodescendiente vive alrededor de seis años menos que un hombre colombiano promedio.

Por otro lado, en Brasil los números evidencian que las personas afrodescendientes son las mayores víctimas de las violencias. De acuerdo con el Atlas de la Violencia en Brasil publicado en 2020, la tasa de homicidios de personas afrodescendientes pasó de 34 a 37,8 por cada 100.000 habitantes entre 2008 y 2018, lo que representa un aumento del 11,5 %. Mientras tanto, el asesinato de personas blancas-mestizas disminuyó con un 12,9 % en el mismo periodo.

Si analizamos los números desde una perspectiva de género, la situación también es preocupante, pues en los últimos diez años los homicidios de mujeres afrodescendientes aumentaron en un 12,4 %, mientras que los asesinatos de mujeres blancas-mestizas disminuyeron en un 11,7 %. Como afirma un reportaje de la Revista Cut: “la mortalidad de los jóvenes negros en Brasil es más alta que la de los países en guerra civil en el mundo. Hay 63 mil jóvenes brasileños asesinados cada año, y más del 70 % son negros”.

Después de la abolición de la esclavitud, las personas afrodescendientes no fueron reparadas. Se enfrentaron a la vida posesclavización en condiciones de desventajas que se sostienen hasta hoy y que con la pandemia del covid se han recrudecido.

En medio de este escenario fatídico, en los territorios se concentran una multiplicidad de historias, poderes, fuerzas y resistencias colectivas que luchan por la equidad racial y la democracia sustantiva en algunos contextos racializados. Los liderazgos afrodescendientes cumplen un papel central en las comunidades porque permiten también sostener la vida, de manera colectiva, en medio de un contexto desesperanzador. Estas prácticas que han emergido han posibilitado generar redes de solidaridad y fortalecimiento de un tejido comunitario.

Algunos liderazgos afrodescendientes reconocen que históricamente ha existido una distribución inequitativa de los recursos y se ha propiciado una invisibilización en diferentes lugares.

Por ejemplo, Diana Navarro Sanjuán, directora de la Corporación por el Derecho a Ser y el Deber de Hacer, fue la primera mujer transgénero afrodescendiente en ingresar a una universidad en Colombia. Para ella, si este país fuera equitativo, no habrían sido asesinadas muchas de sus compañeras: “Si este país fuese un país equitativo, si este país fuese un país que les brindara igualdad de oportunidades a todas las personas, nosotras habríamos alcanzado un ideal de felicidad en perspectiva del poder-ser”.

Heny Lorena Cuesta, directora de Cimarrón Producciones, fue la única mujer afrodescendiente que cursaba la carrera de Producción Audiovisual durante sus estudios de pregrado. Para ella, “aquí no hay equidad en términos de género por ningún lado. Lo que buscamos con la equidad es mirar cómo le damos a esto una balanza”.

Son sus experiencias como personas afrodescendientes con sus intersecciones lo que han orientado sus liderazgos. Por esta razón, la mayoría lo enuncian como su esencia y vida. En el mundo es necesario que las personas afrodescendientes ocupen los espacios de poder, ya que deben estar en todos los lugares de construcción colectiva y que los(as) que estén hablen desde sus historias y desde sus territorios. Por lo tanto, es necesario construirlos también desde las ancestralidades.

La superación de la desigualdad vendrá en la medida que las estructuras cambien y que otras narrativas sean construidas al interior de Colombia.

La equidad es una deuda histórica que evita pagarse. Hay muchos desafíos que nos enfrentamos para transitar hacia otros mundos justos y equitativos. Se requiere mayor empatía, respeto, reconocimiento, inclusión para las personas que siempre han habitado en el marco de la exclusión, marginalización e injusticias.

Es necesario continuar buscando una equidad, como lo dice Katherine Gil, coordinadora de Jóvenes Creadores del Chocó, desde la base comunitaria, que se reconozca la humanidad y dignidad de la afrodescendencia. “La equidad es una palabra ligada a garantías y a oportunidades, cuya base es el ser humano; y si la base es el ser humano, entonces debo entender a este para que, con las decisiones y las oportunidades que se generen, se sienta parte y puedan construirse relaciones equitativas y justas entre todas las partes”, manifiesta.

“La equidad debe arraigarse desde la episteme humanística y territorial”, expone el líder de Timbiquí, Wolsher Castro. También Ana Bolena Obregón, directora de Asesorarte, espera poder encontrar“algún día con una sociedad más equitativa para que toda persona con una condición atípica o diferencial no tenga la necesidad de esconderse porque se siente ’anormal’. Ella busca inalcanzablemente otro mundo posible para su hijo Sebastián y otras personas en situación de discapacidad.

Esta diversidad de sentires-pensares nos deben evocar algo como país; nos exige establecer una ruta concreta para mejorar el presente y futuro de los y las afrodescendientes. Políticas orientadas a dignificar y reconocer la humanidad de un pueblo que históricamente ha sido condenado a la sobrevivencia.

En esta medida, el Centro de Estudios Afrodiaspóricos (Ceaf) de la Universidad Icesi crea “Voces de la Equidad”, una iniciativa de investigación financiada por Open Society Foundations, que busca visibilizar a una multiplicidad de historias de personas afrodescendientes quienes lideran el cambio desde lo colectivo y territorial.

“Voces de la Equidad” surge como una plataforma para potenciar su trabajo y amplificar sus voces. Les invitamos a visitar nuestro portal web aquí.

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*Este es un espacio de opinión y debate. Los contenidos reflejan únicamente la opinión personal de sus autores y no compromete el de La Silla Vacía ni a sus patrocinadores.

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