Y estos ¿por qué se meten en educación?

Y estos ¿por qué se meten en educación?
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Hace un par de años alguien me dijo que no tenía sentido alguno que las fundaciones empresariales opinaran sobre temas de la escuela. Este es un discurso que escuché, recurrentemente, en algunos espacios y conversaciones sobre todo informales. La idea me siguió dando vueltas, más aún porque es una respuesta que debo dar cada vez que decidimos iniciar un grupo de trabajo con maestros y maestras desde Proantioquia, entidad en la que hoy lidero la línea de formación educativa.

Hace poco el tema volvió, cuando un pasante internacional me preguntó por qué hacer tanto esfuerzo en las escuelas, cuando existían otras entidades, como centros culturales o colectivos que, sin ser escolares, trabajaban temas como la formación ciudadana o la apropiación social del conocimiento. Trataré de esbozar una respuesta a esta cuestión en dos niveles.

En primer lugar, la elección de la escuela no es un asunto aleatorio. En el marco de seis décadas de conflicto armado, la única institución que logró permanecer en todos los lugares del territorio nacional fue la escuela. De hecho, aún en muchas zonas, las escuelas rurales son la única representación institucional del estado. Este hecho ha acentuado el rol de esta institución como un centro comunitario, y a las maestros y maestras como mediadores que interactúan no solo con sus estudiantes, sino también con comunidades.

Por lo anterior, no hay un cambio social sostenible en el país que no deba pasar por la escuela, como ese lugar para abrazar la diversidad, y con ello reafirmar el acceso al conocimiento como un bien público. En esta medida, involucrar a la escuela no es solo un asunto accesorio, sino ante todo estratégico.

Lo segundo es que, como en el caso de Medellín, la educación ha sido y seguirá siendo un asunto que nos conecta. En sociedades tan polarizadas como la nuestra, tener una creencia común es central para avanzar en la cohesión social, y de los pocos relatos compartidos por todos en Colombia es que la educación es un camino que genera oportunidades y, con ello, puede mitigar -por lo menos un poco- las enormes brechas de desigualdad en las que nuestra sociedad vive.

Por esto la educación en general, y la escuela en particular, son depositarias de una tarea enorme, pero también de un interés genuino. Como la responsabilidad es tan grande, y el Estado no logra resolverlo, nos corresponde a todos velar porque la escuela tenga los mejores elementos para cumplir con lo solicitado. El asunto entonces no es si un sector distinto a lo público debe opinar o desarrollar acciones en la escuela, sino cómo debe hacer esto.

Para ser justos debo decir que ese interés de “acompañar” la escuela no siempre ha sido bien canalizado y suele ser intrusivo, deficitario o irrelevante. Es intrusivo cuando creemos que otros sectores hacen mejor el trabajo y jugamos a desplazar a maestras y maestros de su oficio pensando que tenemos las recetas para que la escuela funcione como una maquina aséptica y perfecta, cuando en realidad es una institución que, para lograr la inclusión y la apropiación del saber en los distintos contextos, y con las diversas comunidades, tiene que preocuparse mucho menos por el ornato y mucho más por la participación, la posibilidad de equivocarse y sobre todo, por crear muchos tipos de escuela, tantos como comunidades haya.

Otro riesgo en el que debemos pensar es cómo no jugárnosla por apoyos que se centran en “regalar” colores y con ello creer que así desplegamos un acompañamiento efectivo. Todos los sectores debemos ser convocados a mucho más que entregar kits escolares. Asuntos como la inversión en educación, las brechas del sistema y las capacidades que deben desarrollarse en cada escuela deben ser parte de la agenda y conversaciones cotidianas, respetando -desde luego- el saber y postura de intelectuales, académicos y los propios docentes, que por años han pensado esta institución y los procesos que allí ocurren.

Finalmente, creo importante resaltar que, desde muchos sectores podemos acompañar la formación docente. Esto no intenta sustituir a las escuelas normales o a las facultades que tienen como misión la cualificación de profesores, pero sí el reconocimiento de que hay temas, procesos y metodologías que pueden apoyar la labor de maestras y maestros, y que favorecer acercamientos a estos elementos puede ayudar a la reflexión y cualificación profesional.

Esto pasa en todas las disciplinas y sectores. Un ingeniero puede tomar un curso de comunicación para mejorar sus habilidades profesionales, como un rector o una maestra pueden hacer lo propio en temas que no son estrictamente pedagógicos. Lo que sí es claro es que ellos deben ser los que definan cómo usar estos saberes y cómo implementar o no, en las escuelas, los saberes provenientes de múltiples disciplinas.

Lo cierto, y que quiero dejar como mensaje principal, es que la labor de la escuela es tan relevante para nuestra sociedad que no es responsabilidad solo de maestras y maestros. Ellos y ellas requieren el compromiso y apoyo real de múltiples sectores, así como el reconocimiento de su liderazgo en enseñanza y en la operación de las escuelas. Por esto se precisa crear todas las relaciones posibles para que no se sientan solos, accedan a múltiples saberes y, con ello, puedan aportar aun más a la creación de escuelas plurales y diversas.

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