“Durante la pandemia han primado los intereses de los adultos, y no de los estudiantes”

“Durante la pandemia han primado los intereses de los adultos, y no de los estudiantes”
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Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

Historia apoyada por:

Cuando Pablo Jaramillo estudió Economía pensó que se iba a dedicar a la política monetaria y que iba a trabajar en el Banco de la República. Pero terminó metido en el mundo de la educación.

“En distintos momentos de la vida me han hecho ofertas desde otros sectores, y la verdad es que nunca he tenido que pensarlo —dice— En educación hay algo muy especial y es que realmente uno encuentra ese propósito trascendente y ese impacto que realmente transforma vidas”.

Jaramillo conoce como pocos en el país las dificultades del sistema educativo y los obstáculos que tienen que superar los estudiantes en colegio en contextos vulnerables.

En 2009 y 2010 cofundó las ONG “Enseña por Colombia” y “Volunteers Colombia”, emprendimientos sociales que buscan cerrar las brechas educativas en el país. En 2010, como beneficiario de Colfuturo, viajó a Harvard para hacer una maestría en Administración Pública, y entre febrero y agosto de 2017 fue viceministro de Educación Preescolar, Básica y Media.

Desde hace tres años y medio, es el director de Alianza Educativa, una organización conformada por la Universidad de Los Andes, el Colegio Los Nogales, el San Carlos y la Montaña que administra once colegios en Bogotá (antes llamados “colegios en concesión”).

Ahora que comienza la reactivación de los colegios (o no) lo invitamos para hablar de la educación en el contexto de la pandemia: “Realmente lo que ha pasado es una tragedia educativa”, dice. Pero también cree que hay razones para ser optimistas frente a lo que viene.

L.S.V. es La Silla Vacía

P.J. es Pablo Jaramillo

L.S.V. Hace unos días tuvimos una charla con Isabel Segovia, y ella decía que en Colombia todavía no entendemos el valor que tiene la educación; que, si así fuera, desde mucho antes habríamos presionado para volver a la educación presencial. ¿Usted comparte esa opinión?

P.J. Estoy de acuerdo. Creo que lo que hemos vivido en el sector educativo es algo dramático. Pero ya veníamos de un sistema con una crisis de aprendizaje grande. En las últimas décadas, el país ha avanzado mucho en el acceso a la educación, en la cobertura; pero en términos de calidad, tenemos todavía unas brechas muy grandes. Hay niños que en primero de primaria no aprenden a leer y escribir y que ya en quinto de primaria están muy rezagados en su desempeño.

La pandemia no solamente amplió esas brechas, sino que las hizo más visibles. Creo que eso ha sido algo muy positivo en el país.

L.S.V. ¿De qué manera es positivo?

P.J. De repente, muchas personas han entendido lo complicado que es gestionar una educación de calidad. Creo que cada vez hay más conciencia y que cada vez hay más reconocimiento de la importancia de la educación.

Lo que pasa es que el sistema está muy desbalanceado: hay unas voces muy fuertes, por ejemplo, desde los distintos sindicatos defendiendo los derechos y los intereses de los docentes, que creo que tienen que ser cada vez más y mejor reconocidos en el país. Pero faltan voces que defiendan los intereses de los estudiantes.

Por eso, a la hora de pensar en la reapertura de colegios y en la urgencia de volver a la presencialidad lo que ha primado es la defensa de los intereses de nosotros, los adultos, y no los intereses de los estudiantes.

L.S.V. ¿Y a qué se debe eso?

P.J. Creo que tiene que ver, primero, con ese desbalance en términos de quiénes alzan la voz para defender y pelear por los derechos de los estudiantes.

A mí, desde el Ministerio, me tocó negociar directamente con Fecode un paro de 40 días. Haciendo un reconocimiento a unos intereses legítimos y unas demandas legítimas de muchos sindicatos, yo al final sí creo que lo que hacen es pelear por los derechos de los docentes (con razón, como hacen los sindicatos de cualquier sector): piden mejores condiciones salariales, de infraestructura, de salud, de todo lo demás.

Pero llega un punto en que hay conflictos con los intereses de los estudiantes. Y en la pandemia ha pasado eso: que los que tienen toda la fuerza son los sindicatos. Ese desequilibrio de poder hace que los estudiantes al final sean los últimos o no tengan la fuerza que se necesita para pelear por sus derechos.

También hay que ver el contexto político. Uno ve en otros países que el mismo presidente lidera iniciativas y dice: "La prioridad en el país es abrir nuestras escuelas". Acá, en Colombia, no hemos tenido ese liderazgo a nivel presidencial. Tenemos unos planes muy ambiciosos de reactivación económica, pero no tenemos un plan nacional de recuperación de las brechas de aprendizaje donde el Presidente esté movilizando a toda la sociedad alrededor de volver a la presencialidad.

L.S.V. Usted fue cofundador y director de Enseña por Colombia. ¿En qué sentido ese tipo de estrategias revalorizan la educación?

P.J. Yo creo que uno de los grandes retos que tenemos en Colombia es mejorar y aumentar el reconocimiento a la profesión docente. Mucha gente no tiene ni idea de la complejidad que es ser docente, especialmente donde más se necesita: en zonas remotas con poca infraestructura, aisladas y con estudiantes que vienen ya con una situación de vulnerabilidad que limitan sus posibilidades de aprendizaje.

Cuando una persona que es talentosa, que ha estudiado en las mejores universidades del país, sale y conoce ese mundo de primera mano y se mete al salón de clases, lo primero que hace es que entiende: "¡Uy! Esto es complejo y esto requiere mucho liderazgo, esto requiere mucha disciplina y, sobre todo, mucha entrega y trabajo duro".

Entonces, en el momento en que una persona así pasa dos años en el salón de clase y logra ayudar a un grupo de estudiantes a transformarse, la idea es que esa persona siga trabajando por la educación del país.

Ese es uno de los valores agregados que genera Enseña por Colombia: consolida un movimiento de líderes de distintos sectores, de distintas regiones, de universidades públicas y privadas, que hoy están en posiciones de liderazgo en el Ministerio de Educación, en las secretarías de Educación, en emprendimientos o en el aula, y que están ayudándonos a avanzar y a buscar cada vez mejores soluciones para transformar la calidad de la educación del país.

L.S.V. ¿Cerrar los colegios en marzo del año pasado fue una buena idea?

P.J. Yo realmente creo que eso no lo vamos a saber nunca, y es muy fácil juzgar hacia atrás. Creo que las personas que tomaron la decisión en ese momento lo hicieron con la mejor información disponible. Veían lo que estaba pasando en Italia, en España, y nosotros íbamos rezagados y dijeron: “esto nos va a llegar acá en cuestión de semanas”. Entonces creo que tal vez era inevitable.

La pregunta más bien es qué ha pasado después de ese cierre y qué hemos aprendido. Y yo creo que ahí sí hubiéramos podido hacer las cosas de manera diferente.

Una vez pasó el primer pico, muchísimos países empezaron a abrir las escuelas y empezamos a tener mucha evidencia que demostraba que los jóvenes, niños, niñas y adolescentes no tenían grandes complicaciones al contagiarse. Y, sobre todo, empezamos a ver que teníamos problemas en rezago académico y en la salud mental de los estudiantes.

Y de eso empezamos a hablar muy temprano el año pasado y como país nos hemos demorado un montón en abrir a pesar de todo lo que han empujado el Ministerio y muchas secretarías. La realidad es que al día de hoy hay muchos colegios, después de más de un año, que siguen sin abrir o que se han abierto solo parcialmente.

En vez de ser los últimos que cerramos y los primeros que abrimos, nos convertimos en los primeros que cerramos y los últimos que abrimos. Los centros comerciales están llenos, la gente va a restaurantes, uno va a un parque y está lleno, pero para los colegios estamos diciendo todavía que no abran porque no se dan las condiciones. Ese es un desafío grande.

L.S.V. ¿Y por qué nos estamos demorando tanto en volver a la presencialidad?

P.J. Acá le podría contar cómo hicimos en Alianza Educativa para reabrir los colegios en noviembre del año pasado, en el marco del primer piloto de reapertura liderado por la Secretaría de Educación.

El primer factor que ha sido determinante fue la creación de confianza con toda la comunidad. Iniciamos el piloto de reapertura de manera voluntaria con todo el mundo: no solamente con estudiantes, sino también con los docentes. Les preguntamos a las familias si querían volver a la presencialidad, y en ese momento sólo el 22 % de las familias quería mandar a sus hijos al colegio; un porcentaje muy bajito.

Y le hicimos la misma pregunta a nuestro equipo y, para nuestra grata sorpresa, el 40 % del equipo de Alianza Educativa dijo que se sentía listo y dispuesto para ser parte de los pilotos de manera voluntaria. Y ahí fue muy importante decirle al otro 60 % que entendíamos y reconocíamos que no estuvieran listos para volver a la presencialidad.

En ese momento, abrimos siete colegios de los once que tenemos en Alianza. Y fue un éxito. No tuvimos ningún contagio.

El segundo factor es la construcción de capacidades institucionales. La reapertura en medio de la pandemia es bien difícil y eso es una cosa que hay que reconocer. Esto no es una cosa simple: requiere protocolos de bioseguridad, requiere adaptarlos, requiere repensar todo el modelo pedagógico, requiere casi que tener en paralelo un colegio virtual y un colegio presencial. Y eso, con la limitación de recursos, es bien difícil.

Parte de lo que hemos hecho en Alianza es aprovechar esos activos de trabajo en red para crear capacidades en equipo. Tenemos once rectores que están todo el tiempo desarrollando capacidades y tomando decisiones y aprendiendo los unos de los otros.

Nosotros necesitamos que los colegios trabajen en equipo para que entre ellos puedan descubrir cuál es la mejor forma de armar los planes operativos, de armar el plan de flexibilización curricular, de hacer toda la política de bioseguridad, de cómo combinar la presencialidad y la virtualidad y todo lo demás.

Tercero, hicimos un plan de habilitación tecnológica muy ambicioso. Había estudiantes con conectividad pero sin equipo; sin conectividad pero con equipos; y sin conectividad ni equipos. A los que tenían conectividad pero no tenían equipos les prestamos tabletas (cerca de 1.500 en total). Para los que tenían equipos pero no tenían conectividad, les habilitamos computadores con internet en el colegio para que pudieran asistir a las clases virtuales. Y para los que no tenían ni equipos ni conectividad les prestamos tabletas y les incluimos un plan de datos de internet.

De nuestros 11 mil estudiantes, más de tres mil estaban sin conectividad, y hoy tenemos un poco menos de 800. Todavía sigue siendo un número grande, pero lo hemos logrado bajar un montón.

Y, finalmente, en toda esta reapertura hemos privilegiado el desarrollo socioemocional como base para recuperar la confianza y para empezar a cerrar las brechas de aprendizaje. Es que llevamos meses diciéndole al estudiante que no toque, que no mire, que no se acerque, que no salga, que tenga cuidado, que se va a morir, que se va a contagiar… Hay que recuperar la confianza y ayudarles a navegar y a transitar esa nueva realidad.

Esos son algunos ejemplos de cosas que nos han funcionado, que de alguna forma ilustran las razones por las cuales en el país no hemos podido volver a la presencialidad más rápido: falta de creación de confianza a nivel nacional, y falta de cooperación y colaboración entre todos.

L.S.V. Todavía es temprano para medir los impactos que va a sufrir esta generación de estudiantes por haber interrumpido su educación presencial. ¿Pero ya se han empezado a ver algunos de ellos?

P.J. Es difícil estimar ese impacto de manera puntual, pero ya hay algunos indicadores disponibles.

Nosotros el año pasado tuvimos más de 500 estudiantes focalizados con riesgo psicosocial y otros 500 con riesgos asociados al confinamiento: riesgo de todo tipo de violencias, conductas asociadas al suicidio, dificultades emocionales. Los números son muy altos y requirieron un plan de choque adicional para atenderlos.

Al regresar al colegio hemos visto estudiantes que regresan tímidos, que tienen dificultades para interactuar, que vienen con rezagos académicos importantísimos, estudiantes que han sufrido de “ciberbullying”. Y, obviamente, con un tapabocas puesto y con distanciamiento, la interacción social, que es tan importante, se vuelve mucho más difícil.

Vemos un problema grandísimo de motivación en los estudiantes, sobre todo en la educación media. Estudiantes de grado décimo y once que apagan la cámara y no les importa, que los citamos al colegio y no van. Es decir, estamos viendo en los colegios un desafío gigante para ver cómo recuperamos la motivación de los estudiantes para formarse y prepararse para la educación superior, por ejemplo.

L.S.V. ¿Cuál es el impacto en lo académico?

P.J. Al hacer encuestas en nuestros colegios, estamos estimando que los estudiantes están alcanzando tal vez entre un 60 y 70 % del aprendizaje esperado de un año, y creo que esa cifra es una sobreestimación: probablemente sea menos. Y tenemos, además, entre un 20 y 30 % de estudiantes que se están rezagando frente al resto del grupo.

Es decir, hay un doble efecto: uno general de pérdida aprendizaje, y un efecto más profundo en los estudiantes que no han tenido conectividad, que no han tenido buenos ambientes en la casa para aprender y que, por eso, se están rezagando aún más.

El impacto es dramático. Realmente lo que ha pasado es una tragedia educativa. Y yo creo que, como país, como región y como mundo entero, seguramente nos vamos a demorar varios años en recuperar estas brechas de aprendizaje; son muy profundas y por eso hay mucha urgencia en volver.

L.S.V. ¿Cuánto tiempo cree usted que nos podemos demorar en recuperar el tiempo perdido en materia educativa?

P.J. Esa es una buena pregunta de futurología. Y la verdad, no sé. Yo creo que esto va a requerir un esfuerzo pedagógico muy grande. Y hay que entender, primero, que hay cosas que no vamos a poder recuperar.

Uno de los desafíos a nivel educativo es que los currículos son muy pesados: están llenos de objetivos de aprendizaje y de metas de desempeño. Hemos tenido que reducir los currículos, priorizar aprendizajes, lo cual ha sido extraordinario porque eso también nos ha ayudado a repensar qué queremos que aprendan los estudiantes.

Yo creo que va a ser algo de varios años y vamos a tener que priorizar otra vez cosas como el aprendizaje del lenguaje en etapa temprana. Si en ese campo no se remedian a tiempo los impactos, un estudiante en cuarto o quinto de primaria que no haya aprendido a leer y a escribir no va a tener un desarrollo del pensamiento suficiente para seguir aprendiendo en las demás áreas del conocimiento. Y eso es gravísimo.

L.S.V. ¿La pandemia nos cambió, o nos debería cambiar, la manera en que comprendemos la educación?

P.J. No hay que reemplazar el modelo educativo por algo completamente nuevo. Más bien hay que preguntarse cómo aprendemos de todo lo que trajo la pandemia y cómo lo incorporamos en ese sistema tradicional que tenemos.

Por ejemplo, la virtualidad no va a reemplazar nunca el rol que tiene un docente. Y esa es una de las grandes discusiones entre educadores y no educadores: hay quienes creen que con un computador uno educa a miles de estudiantes, y no es así necesariamente; la mediación que hace un docente en el proceso de reflexión del estudiante es bien compleja y no es fácil de reemplazar.

Yo creo que la virtualidad nos abre caminos, por ejemplo, para enfrentar desafíos como el de jornada única. Nosotros creemos que la jornada única es construir colegios y contratar profesores, y eso en Colombia cuesta billones de pesos. Pero uno podría pensar en que estudiantes en doble jornada empiecen a tener actividades complementarias en distintas áreas del conocimiento a través de la virtualidad.

Hay una cosa importantísima que pasó con la pandemia. En las instituciones educativas llevamos muchos años tratando de comprometer a las familias en el proceso de aprendizaje de los estudiantes, y de repente las familias se metieron al salón de clase. Y eso para mí es superpoderoso.

L.S.V. ¿Por qué es tan poderoso?

P.J. Porque nos ayuda no solamente a que los padres de familia comprendan la complejidad del proceso educativo, sino a que también exijan calidad. Y hay muchos padres de familia que empezaron a decir: “Oiga, es que estoy viendo que mi hijo en su clase está perdiendo el tiempo”. Nosotros, todos, tenemos que asumir esa responsabilidad: el colegio, los profesores, los estudiantes y la familia.

Por último, creo que no hay que perder de vista la transformación económica del mundo, la robotización y la cuarta revolución industrial. Esto hace que los trabajos sean más limitados y que el mundo del trabajo sea más competitivo. Y nosotros tenemos que educar para todo lo que los robots no son capaces de hacer. Una de esas cosas es el desarrollo socioemocional. Tenemos que ayudar a los estudiantes a manejar sus emociones, a trabajar en equipo, a poder gestionar sus desafíos y sus proyectos en la vida.

Eso implica que nosotros, que nos hemos enfocado históricamente en matemáticas y en el lenguaje (que son competencias básicas fundamentales para desarrollar el pensamiento y para vivir en sociedad), tenemos que entender que el desarrollo emocional es en serio. Eso tiene que ser igual de importante que aprender a sumar y restar.

L.S.V. ¿Cómo lograr ese equilibrio?

P.J. Ese equilibrio parte de entender que tienen que ser procesos integrados. Y uno de los desafíos que, por ejemplo, tenemos en Alianza Educativa es empezar a decir cómo traemos ese currículo socioemocional hacia lo académico. Es una transformación compleja. La empatía no se aprende en una hora a la semana en discusiones entre el profesor y los estudiantes, sino que se debe desarrollar en distintos momentos, incluso en las distintas áreas académicas. Y eso requiere tiempo, eso requiere recursos.

L.S.V. ¿Hay razones para tener optimismo frente a la educación en el país?

P.J. Esa es una gran pregunta. Yo tuve el privilegio de estudiar con Fernando Reimers, que es un profesor de educación de Harvard, y durante muchos años se dedicó a estudiar todos los problemas de la educación en América Latina y en el mundo, que es desde donde generalmente hablamos de la educación: hablamos de todo lo que está mal y de todo lo que falta. Y un día me dijo que se estaba deprimiendo y que decidió enfocarse, más bien, en entender lo que sí estaba funcionando. Y eso me marcó profundamente.

Yo soy muy optimista porque en estos años he tenido el privilegio no solamente de viajar por todo el país, sino de conocer directamente experiencias significativas transformadoras en medio de los contextos más complicados, en contextos de violencia, en contextos de pobreza. Y cuando uno ve cosas como las que han hecho, por ejemplo, los rectores, los profesores, los equipos de bienestar de Alianza Educativa, uno ve a cientos y miles de docentes en todo el país que se las han rebuscado para garantizar que sus estudiantes sigan aprendiendo. De eso me siento profundamente orgulloso.

Yo, la verdad, soy optimista por eso. Entiendo que no es fácil, pero conozco cientos y miles de personas, de jóvenes, de profesores que todos los días hacen un trabajo increíble en colegios públicos y privados. Y si nosotros como país hiciéramos más visibles esas historias, probablemente nos contagiaríamos más de ese sentido de posibilidad.

L.S.V. El próximo año tendremos nuevo Gobierno. ¿Cuál sería la recomendación número uno que usted le haría al próximo presidente en materia educativa?

P.J. Este país necesita un liderazgo presidencial que nos una a todos en materia educativa. Uno que diga: “no importa si usted es docente o es profesional o es tecnócrata. Venga, trabajemos y empujemos del mismo lado, porque lo que queremos es lo mismo”.

Vamos a necesitar un plan de recuperación de aprendizaje. Y yo creo que el país va a tener que priorizar el lenguaje, que es donde está el corazón del aprendizaje y del desarrollo del pensamiento. Eso requiere alinear posturas técnicas de distintos métodos que en este momento son irreconciliables: unos creen que el lenguaje se enseña de una forma, otros de otra. Ahí tenemos, otra vez, que decir: “oiga, sigamos con nuestros debates por fuera, pero unámonos para ayudarles a los estudiantes. Acá en Colombia todos los niños tienen que aprender a leer y escribir en primero de primaria”.

Esa, para mí, debería ser una primera meta que nosotros como país deberíamos lograr: si nosotros no somos capaces de lograr que nuestros estudiantes aprendan a leer y escribir en edad temprana, todos los problemas que se derivan de ahí en adelante se hacen cada vez más difíciles de solucionar.

Y, por último, también tenemos que aprender de la pandemia y ver cómo aprovechamos la disrupción tecnológica para acelerar desafíos como el de la jornada única. Tenemos que entender que hoy estamos alrededor de un 85 % de la matrícula pública en doble jornada, y que deberíamos decidir cómo priorizamos a los estudiantes más vulnerables para que, con tecnología, puedan tener unas horas adicionales de formación.

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