5 años del Acuerdo: lo que polarizaba es irreversible, lo demás avanzó poco

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Hoy se conmemoraron los cinco años de la firma del Acuerdo renegociado de Paz con las Farc con una visita de alto nivel por parte del Secretario General de la ONU, Antonio Guterres. Fue un evento cargado de simbolismo y que puso en evidencia lo que ha sucedido desde ese histórico día.

Comenzando por lo más simbólico, el evento se celebró en la sede de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), donde el presidente Iván Duque dio un elocuente discurso rescatando el valor de la paz, remontándose a la Constitución del 91 como su brújula.

Aún con esa omisión deliberada al Acuerdo con las Farc, Duque elogió los macrocasos de la JEP y enunció varios avances de su implementación —comenzando por la reincorporación de los desmovilizados— así como también lo hizo la Vicepresidente, Marta Lucía Ramírez.

Álvaro Uribe publicó 20 puntos que apuntan a demostrarle a Guterres que “Acuerdo de Paz no ha habido”.

Y tanto la visita de Guterres como el evento mismo no reverberaron en la campaña. Salvo Juan Carlos Echeverry, Carlos Amaya y Juan Fernando Cristo, los demás no le dieron importancia. Ni Sergio Fajardo, ni Alejandro Gaviria, ni Federico Gutiérrez, ni David Barguil ni Óscar Iván Zuluaga ni Gustavo Petro mencionaron el evento ni la fecha.

Ni trizas, ni risas

Es un evento que concentra lo más importante que ha pasado en estos cinco años: lo primero, y quizás más relevante, es que el Acuerdo de Paz dejó de ser la hoja de ruta de este país o no se convirtió en ella.

“¿Dónde está el tren de la Paz? El tren de la paz en Colombia se encuentra en nuestra Constitución Política”, dijo el presidente en su discurso, haciendo explícita la intención que ha demostrado su Gobierno de borrarle al Acuerdo de Paz con las Farc un lugar protagónico en el desarrollo del país. Y que a juzgar por la poca emoción que suscitó el evento entre los candidatos, tampoco lo tendrá en la campaña del 2022.

Después de la derrota del Sí y del triunfo de Iván Duque el entusiasmo por el Acuerdo se fue diluyendo y aunque el Presidente no hizo trizas el Acuerdo como esperaban muchos de sus votantes, sí logró bajarle el perfil a lo pactado con sus constantes críticas, con la baja asignación  presupuestal a programas clave, con el tipo de funcionarios que puso en instituciones y la falta de voluntad política para hacer las transformaciones pactadas en el Acuerdo. 

La gran paradoja del Acuerdo a cinco años de su firma es que las dos cosas que polarizaban a la sociedad y que le dieron el triunfo al NO se han vuelto irreversibles. 

En cambio, los temas más transformadores sobre los cuales existía un relativo consenso social se quedaron engavetados: la reforma de la política, las reglas de la protesta social, la reforma rural integral, el pacto político para sacar la violencia de la política. Nada de eso avanzó.

La distribución de tierras contemplada en el Acuerdo ha sido exigua y, como revelamos en esta investigación, la Agencia Nacional de Tierras —la encargada de entregar las tierras prometidas en La Habana— infla las cifras de predios entregados a campesinos sin tierra y hace pasar la legalización de títulos por tierras nuevas.

Hoy en su discurso, el presidente Duque dijo en frente de Guterres que “la paz territorial requiere más jueces en la Colombia profunda”, una manifestación por lo menos irónica después de que desde Palacio llamaron al senador Arturo Char, en ese entonces presidente del Congreso, para hundir la jurisdicción agraria

Era un punto clave del Acuerdo y una necesidad sentida en las regiones pues los grupos armados entran en las comunidades muchas veces impartiendo ‘justicia’, pero contó con el rechazo frontal de senadores clave del Centro Democrático como María Fernanda Cabal, cuyo esposo, el director de Fedegan, representa intereses poderosos del campo. 

La JEP, en cambio, que fue el caballito de batalla del No ya nadie la va a desmontar. Y por eso es diciente que el evento de hoy se hubiera realizado justamente en su sede, una elección de escenario que no fue casual.
El Presidente y su partido, Centro Democrático, intentaron reformar la justicia transicional, convocar un referendo en su contra, atacarla desde el Congreso y nada lograron.  

El acuerdo entre Duque y la Corte Penal Internacional de cerrar la investigación preliminar contra Colombia, sobre la base de que la JEP ya está investigando los crímenes de guerra y de lesa humanidad terminó de sellar la permanencia de la JEP. Y ya hoy solo el expresidente Uribe y el ala más radical de su partido siguen denigrando de ella.

El candidato del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga, ya ha dicho que respeta la justicia transicional y los altos mandos militares han decidido someterse a ella. Incluso terceros importantes como Jaime Banco, contratista de la Drummond.

Hoy la JEP tiene una mayor credibilidad entre los colombianos del común y entre los líderes de opinión que las demás cortes.

Por el lado de la participación política de los ex jefes guerrilleros también parece irreversible. 

Se quedaron los cuatro años en el Congreso, y repetirán otros cuatro ahora. Incluso, la senadora por el partido Comunes Sandra Ramírez, que fue la pareja del líder guerrillero “Manuel Marulanda” o “Tirofijo”, fue escogida por la oposición como segunda  vicepresidenta del Senado, sin suscitar gran controversia. Una nominación que contrastó con el rechazo en pleno que generó Gustavo Bolívar cuando iba a acceder al mismo honor. 

Que la JEP y el Acuerdo de Paz hayan resistido los embates del uribismo tras el triunfo de Duque en las urnas se debe en parte al andamiaje internacional que tenía el Acuerdo de Paz, un capítulo tejido cuidadosamente por el entonces comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, incluso en contra de la entonces Canciller, al llevarlo al Consejo de Seguridad de la Onu. Y que se ha visto reforzado por el Nobel de Paz que se ganó Juan Manuel Santos, y su lobby internacional a favor del Acuerdo.

El Acuerdo de Paz en Colombia es uno de los pocos casos de éxito internacional pues los gringos, los chinos y los rusos coinciden en su importancia —toda una proeza en esta época—. Europa, por su parte, ha puesto su plata en sacarla adelante. 

Los embajadores de Noruega y Cuba, garantes del proceso, han seguido jugando un rol silencioso de apoyo a los reincorporados de las Farc y la decisión de ayer del Gobierno Biden de sacar a los ex Farc de su lista de terroristas envía una señal alentadora para los desmovilizados y facilita su participación en escenarios patrocinados por fondos del gobierno de Estados Unidos.

Esta misma presión internacional fue la que terminó llevando a Duque —que como a Santos le interesa el escenario más global— a decidirse por aceptar el Acuerdo e impulsar aquellos temas con los que la cooperación internacional está más jugada como los planes de desarrollo territorial en zonas particularmente golpeadas por el conflicto como los Pdets. 

En un reciente viaje a los pdets del Pacífico y del Cauca, la Silla constató que la transformación real de estos territorios todavía está por verse, y las disidencias y demás grupos ilegales han sido más efectivos en garantizar su control que el Estado. 

Los problemas de seguridad son cada vez más graves en los territorios y el país no ha podido encontrar una solución alternativa al fracaso del Pnis, consignado en el Acuerdo. En lugares como el Putumayo o Cauca, que habían logrado una respiro de paz, la ventana de la paz se comienza a cerrar y con ella miles de ilusiones de un futuro prometedor han quedado en el congelador.

Se puede decir que a cinco años de firmada la paz, las promesas del Sí y las advertencias del No fueron infladas. 

No ha llegado la paz territorial ni el crecimiento desde la periferia hacia el centro y la salida de las Farc del negocio no afectó para nada el narcotráfico. Pero tampoco se le entregó el país a los jefes de las Farc, ni los niños se han vuelto gays por cuenta de la ideología de género que supuestamente promovía el Acuerdo ni el castrochavismo se instaló en el país.

Sí se sacaron de la guerra miles de combatientes que han seguido recibiendo un auxilio del gobierno y que han podido apostarle a una vida productiva por fuera de la guerra y que pese a los muchos compañeros asesinados, a las ofertas de las disidencias y al poco éxito político que han tenido siguen cumpliendo su palabra de no empuñar de nuevo las armas. 

También se tiene hoy mucha más verdad sobre lo que sucedió en el conflicto que hace cinco años. Hay cosas que ya ni el Establecimiento ni las Farc pueden negar sobre lo que nos hicimos. Y algunas víctimas han podido encontrar restos de sus seres queridos, o obtener un perdón largamente esperado o ver su dolor reconocido oficialmente, logros que no son pequeños tampoco.

Pero sobre todo, el Acuerdo de Paz removió un enemigo común que unía al país por encima de la polarización. Sin él, Colombia —como un país más parecido a los demás— ha comenzado a ver y a enfrentar lo que realmente nos divide. 

 

 

 

 

 

 

 

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