Antonio Caballero, una voz siempre libre y solitaria

Antonio Caballero, una voz siempre libre y solitaria

Antonio Caballero nunca cambió de opinión y siempre dijo lo que pensaba, dos cosas que, hasta hoy, lo hacen único. Por eso las columnas que escribió, a lo largo de casi cinco décadas en la revista Alternativa, El Espectador y Semana, se parecen tanto.

En eso fue un maestro de la repetición, porque a pesar de que los lectores ya sabían donde iba a terminar, el camino siempre era distinto y divertido. Tenía desde vericuetos eruditos, hasta burlas descarnadas.

En el periodismo Caballero se comportó como un caricaturista. “Felipe López dice que lo que pasa con mis columnas es que empiezo siempre por decir que el problema es otro. Todo eso viene fundamentalmente de que yo soy un caricaturista. Tengo una visión caricaturesca de las cosas. Y la caricatura lo que hace es simplificar la visión de las cosas, sintetizarla”, dijo en una entrevista para la revista Bocas de 2012.

Una visión, para la cual se requiere distancia, de la política, del poder, y de la gente. “Los humoristas son pájaros solitarios. No patos de bandada, sino aves de presa, que para volar alto tienen que volar a solas, por su cuenta”, escribió en el prólogo del libro “Cinco en humor”, de María Teresa Ronderos.

Fue una voz solitaria desde los 70s y 80s, en Alternativa y Semana. La crítica descarnada al prohibicionismo de las drogas, el imperialismo estadounidense, el parroquialismo de las élites colombianas de las que él hacía parte era raro en la prensa colombiana. “Colombia tenía muy pocas opiniones independientes, a Osuna y a Klim los censuraron. No era tan fácil como hoy”, dice la periodista Ronderos, que trabajó con Caballero en Semana.

Caballero hizo un uso original de su privilegio de clase, del cual siempre se burló. La periodista María Elvira Samper, prima lejana de Caballero y compañera en un programa de televisión en Canal Capital, recuerda que cuando fueron juntos a La Habana a entrevistar a los jefes de las Farc “decíamos que los bandidos, como yo les decía, no vayan a saber que somos de la familia de Sergio Jaramillo, por lo Caro, y de la familia de Juan Manuel Santos, por lo Calderón. Porque se confirma la tesis de los mismos con las mismas siempre en la historia de Colombia”.

Pero incluso cuando pasaron los años, y ser antiimperialista, antiestablecimiento y pro legalización se volvió de moda, Caballero encontró vías para alejarse de la manada. Chocó con los animalistas por su devoción a los toros, con las mujeres por su machismo sin maquillaje, con la izquierda por su escepticismo a la devoción hacia Gustavo Petro.

De alguna manera, Caballero nunca llegó al siglo XXI. Nunca escribió en computador y hasta que salió de la revista Semana, envió su columna escrita en máquina de escribir por fax. Al final, ni siquiera caló el declive del poder estadounidense, y en su última columna en Semana, sobre las elecciones entre Biden y Trump, tituló: “Para Colombia, da igual”.

“Sigue siendo acertada la frase que escribió Simón Bolívar en 1829 sobre este tema: `Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar de miserias a América en nombre de la libertad`”, dice en la columna que selló 38 años de opinión semanal, antes de que su primo hermano, Felipe López Caballero, vendiera Semana a la familia Gilinski.

Caballero encontró su último techo en el proyecto de opinión Los Danieles, “Antonio Caballero era tímido e implacable, huraño y divertido. Muchas de sus columnas son obras de arte por la profundidad de su pensamiento y su dominio del castellano”, dice Daniel Coronell.

En Los Danieles Caballero, obviamente, fue el mismo. “Antonio era como un bloque de mármol”, dice la periodista Samper. En medio del paro de este año, cuando las ansias de cambio desbordaban las calles, Caballero escribió que “Es una tontería tumbar estatuas, se elegirán otras nuevas, de otros héroes”.

Caballero murió hoy a los 76 años en Bogotá, héroe de una generación de colombianos contra corriente, que muy a su pesar, querrán erigir una estatua en su nombre.   

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