Así gobernó Rodolfo Hernández Bucaramanga

Así gobernó Rodolfo Hernández Bucaramanga
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Esta campaña tiene la particularidad que los cuatro candidatos más opcionados ya gobernaron en el pasado. Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Federico Gutiérrez y Rodolfo Hernández fueron alcaldes durante cuatro años, un tiempo suficiente para demostrar su talante como gobernantes, su estilo de gerencia, sus debilidades y fortalezas. En esta serie, La Silla Vacía los compara con base en la extensa reportería que hizo para el libro de perfiles “Los Presidenciables”, que acaba de salir en venta en librerías.

Período: enero 2016 - septiembre 2019

Contexto: llegó a la Alcaldía siendo un constructor millonario con muy poca experiencia en lo público y con un discurso anticorrupción contra la clase política tradicional, entre quienes solía tener muchos amigos. Era desconocido por la opinión pública e hizo campaña sin llenar plazas, sin estructura política y sin derroche de publicidad. En cambio, hablaba de principios filosóficos de Kant en redes sociales. En la recta final de su campaña repartió 40 mil cartas prometiendo 20 mil casas (que nunca materializó). Así, resultó electo con apenas 4.331 votos de diferencia del candidato liberal, que quedó de segundo, en una elección en la que los políticos tradicionales se dividieron los votos de la maquinaria.

Con quién gobernó: como se eligió sin estructura, no tenía un equipo de campaña ni de gobierno. Nombró a tecnócratas, algunos amigos suyos, expertos en la cartera a cargo pero la mayoría sin experiencia en la administración pública: personas que venían de trabajar en su constructora HG; académicos universitarios; ejecutivos de gremios o empresas privadas; y un par de funcionarios de carrera. Su gabinete fue liderado por Manuel Francisco Azuero, un administrador de empresas y ex periodista de La Silla Vacía a quien nombró como su jefe de gobernanza. Cuando renunció a la Alcaldía en septiembre de 2019, luego de que la Procuraduría lo suspendiera por supuesta participación en política, Azuero quedó como alcalde encargado y terminó su periodo.

Bandera central: eficiencia y austeridad en las finanzas públicas como parte de una bandera fuerte anticorrupción contra la clase política que había gobernado Bucaramanga.

Talante: a punta de su desparpajo y chabacanería, Rodolfo Hernández fue un mandatario polémico con altísimo respaldo social, gracias a sus populares transmisiones en Facebook.

Ante las críticas, investigaciones y denuncias, su respuesta siempre fue la confrontación. Respondía con agresividad y poniendo en el paredón de su página de Facebook a la clase política tradicional e incluso a sus propios funcionarios, en una estrategia similar a la de Álvaro Uribe, de ser el representante del pueblo ante su mismo gobierno.

Su intensa relación virtual con sus seguidores, como en campaña, contrastó con su muy poca presencia física en las calles de la ciudad.

Demostró también un carácter impulsivo: acusó a políticos de cometer delitos y luego tuvo que retractarse por falta de pruebas, y también tuvo ataques de ira, como la tristemente célebre cachetada a un concejal que lo enfrentó con su pasado.

Pero al igual que las peleas que casó durante su exitosa carrera empresarial, Hernández ha izado las de su vida pública con orgullo porque él mismo se define como una persona que no se deja “encaramar”.

Cómo gerencia: intentó gobernar el municipio con los mismos criterios que ha manejado su empresa. Enfocado en ahorrar dinero, le pedía a sus funcionarios que antes de tomar una decisión se hicieran tres preguntas: si fuera con plata suya, ¿compraría ese bien o servicio?, ¿pagaría ese precio? y ¿qué ganan los pobres con ese gasto? En ocasiones era grosero con su equipo. Los gritaba y humillaba en público.

Consciente de su desconocimiento de lo público, en los temas en los que reconocía su ignorancia, escuchaba y empoderaba a sus funcionarios. Y en los temas en los que creía que sabía —convencido del instinto y el sentido común para la toma de decisiones— su terquedad salía a flote.

Bajo ese convencimiento, presionaba a sus funcionarios bajo lógicas de planeación de gasto y de horas y fechas de entrega inamovibles que no necesariamente correspondían con las lógicas de lo público.

Sí delegaba tareas y a la vez era riguroso con el seguimiento de los resultados y en decisiones de las carteras de Hacienda e Infraestructura estaba aún más encima.

No hizo acuerdos burocráticos ni clientelistas por debajo de cuerda, pero sí utilizó sus redes sociales para hacer abierto proselitismo como en las elecciones al Congreso de 2018, cuando hizo permanentemente “pedagogía” invitando a no votar por la clase política del departamento.

La Procuraduría lo suspendió precisamente por hacer proselitismo a favor de su sucesor, el hoy alcalde Juan Carlos Cárdenas, con mensajes sugestivos y coincidentes con su candidatura. Decidió renunciar a un mes de las elecciones, y salió a apoyar abiertamente a Cárdenas y lo catapultó como su ahijado.

Su relación con otros poderes: Hernández tuvo una relación tensa con los demás poderes.

Con el Concejo tuvo una relación confrontacional desde antes de posesionarse y movilizó a la opinión pública para lograr que las mayorías que tenía en su contra en la corporación aprobaran sus proyectos. Fueron tan duros sus señalamientos, que ocho concejales que buscaban reelegirse en 2019 se quemaron; en cambio, su movimiento Liga de Gobernantes Anticorrupción puso cuatro concejales, la bancada mayoritaria.

A pesar de venir del sector privado, tuvo una relación marcada por la desconfianza con los empresarios, que se sintieron desconocidos por varias decisiones administrativas como la del pico y placa en el centro de la ciudad en las que Hernández no los tuvo en cuenta.

Rodolfo también tuvo una relación displicente con los periodistas y con la Policía. Con los primeros, porque no tuvo plan de pauta en medios ni organizaba ruedas de prensa; se comunicaba con la ciudadanía directamente en las redes sociales.

Con la Policía, Hernández tenía la percepción de que gastaba en exceso. Por eso, redujo cuando no demoró los proyectos de cofinanciación que tenía con la Policía.

Su relación con el Gobierno nacional fue atípica: no viajó a Bogotá a conseguir recursos ni a visitar ministros y por su mismo desinterés por los actos protocolarios, no solía asistir a las visitas del Gobierno a la ciudad y tampoco organizaba eventos con ellos. En cambio, fiel a su estilo confrontacional y su discurso anticorrupción, peleó con el entonces vicepresidente Germán Vargas Lleras: lo acusó de“humillar” a los pobres con el programa de vivienda gratis y hacer “politiquería” con ellas.

En las múltiples ocasiones en las que los jueces le exigieron rectificar vía tutela, lo hizo.

Sus principales logros: su mayor logro fue haber transformado las prácticas políticas y las finanzas de la ciudad.

En los grandes concursos de contratación, su principal logro fue garantizar la pluralidad de oferentes. El municipio solía tener un promedio de 1,5 oferentes por licitación y en su mandato ese indicador cerró en 82 oferentes promedio. Hubo licitaciones que cerraron con más de 100 ofertas.

Y también en los contratos que año tras año las administraciones deben contratar, como el transporte escolar, redujo los costos sustancialmente. Por ejemplo, mientras en 2015 el costo del transporte era de 10.864 pesos por niño, en 2019 cerró en 7.895 pesos.

Le puso coto a la burocracia. El criterio para la contratación de prestación de servicios dejó de ser clientelar y pasó a ser meritocrático. Además, con su política de austeridad y su minucioso control de gastos estableció rangos salariales y disminuyó la cantidad de contratos. Mientras en 2015 la Alcaldía gastó 36 mil millones de pesos en prestaciones de servicios, en 2019 gastó 10 mil millones de pesos menos.

Como resultado de su plan de saneamiento fiscal, recibió la ciudad con un déficit de 236 mil millones de pesos que no contaban con respaldo financiero, y dejó un superávit de 48 mil millones de pesos.

Y en materia cultural, saldó deudas históricas del municipio, como remodelar y modernizar la única gran biblioteca pública de la ciudad. Terminó la obra inconclusa del Teatro Santander, el único escenario de gran envergadura en la ciudad, y recuperó el uso de otro edificio histórico, el Centro Cultural del Oriente, como escenario para educación artística (antes era usado para eventos y fiestas privadas).

Lo que no hizo fueron grandes obras de infraestructura como vías o las casas que prometió.

El episodio más polémico: el episodio polémico más mediático se dio a finales de su tercer año de Gobierno, cuando Jhon Claro, uno de los concejales de los que despotricaba, lo enfrentó con una cámara encendida en su despacho. Lo acusó de tener rabo de paja pues en el pasado había sido socio de políticos. La conversación se acaloró y el entonces Alcalde estalló en cólera: “¡Miente hijueputa!” y le pegó una cachetada.

Pero su lunar más grande es el escándalo de corrupción de Vitalogic.

Para solucionar el problema histórico del manejo de basuras de la ciudad, Hernández intentó contratar una novedosa tecnología con una empresa de inversionistas extranjeros llamada Vitalogic. Pero la Procuraduría intervino y el proceso se echó para atrás por el riesgo financiero que representaba para el municipio. Tiempo después, salió a la luz que su hijo, Luis Carlos Hernández, había sido previamente contratado por Vitalogic para hacer lobby a su favor, con una comisión de éxito de 1.5 millones de dólares.

La Fiscalía le imputó cargos a Rodolfo Hernández en 2020 y parte de que el entonces Alcalde presionó a funcionarios de la Empresa de Aseo de Bucaramanga, Emab, con el fin de que contrataran a un consultor en específico, el ingeniero químico Jorge Alarcón, para que él a su vez formulara las condiciones de la licitación del contrato de basuras, al parecer para favorecer a la empresa en la que su hijo era lobbista.

Rodolfo Hernández está en juicio por los delitos de presunto interés indebido en la contratación para favorecerse a sí mismo y a terceros, y por haber influenciado a otros para que cometieran delitos. La Silla Vacía encontró en expedientes judiciales que sí hay pruebas que lo incriminan: de su puño y letra envió la hoja de vida de Alarcón al gerente de la Emab; se enfrentó a la junta directiva de la empresa aceptando que él había dado la orden de contratarlo; y cuando Alarcón resultó negligente, el mismo Hernández evitó que lo echaran.

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