Cali-calentura sigue herida un año después (y en elecciones)

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Un año después del Paro, el apoyo a la candidatura de Gustavo Petro se volvió una nueva forma de resistencia para algunos en Puerto Resistencia. Fotos: Laura Ardila

Me voy pa’ la calle, hay rumba y vacilón

pura resistencia, puro corazón

Mi Cali se viste hoy color inclusión

en honor al pueblo que se despertó

Este empoderamiento no me lo quita nadie

De Cali calentura, bienvenidos al baile.

La canción de salsa urbana invade todo el espacio, acaso si un poco ahogada por el sonido del tráfico, del taladro insistente en una obra vecina y del bullicio típico de zona comercial de barrio popular por la mañana. Las caseticas de madera y techos de zinc, alegradas con la música, exponen para la venta objetos tan inspiradores como intenta ser la letra que se escucha. Los llaveros con mini cascos que dicen “Primera línea”. El tablón dibujado a mano que anuncia: “Vamos a pintar hasta que despierten”. La gorra con el puño alzado. La camiseta de mapa de Colombia y plegaria: “Que cese la horrible noche”. Bienvenidos al turismo del Paro Nacional y del aguante. Bienvenidos a Puerto Resistencia, un año después.

Esta es apenas una de las caras de una Cali que en el primer aniversario del Paro Nacional sigue fracturada, sin reconciliación, y cuyas heridas sin sanar parecen abrirse aún más en medio de la convulsa época electoral que vive el país.

Aquí en el oriente, a las puertas del históricamente golpeado y marginado Distrito de Aguablanca, la miscelánea turística del estallido es una de las pocas novedades de este tiempo que transcurre en tensa calma.

El proyecto fue ideado entre agosto y septiembre pasados, pero apenas arranca en firme. Comenta “Tello”, uno de sus anfitriones, que para montarlo han contado con la ayuda de la oficina de Planeación de la Alcaldía, aunque aún no lo formalizan. Además de 24 kioscos de artesanías —instalados en dos líneas, una frente a la otra, formando un pequeño camino—, consta de un vivero, una pequeña huerta, un puesto de dulces y chucherías y una incipiente biblioteca que, por ahora, sólo cuenta con unos viejos códigos de derecho. “Es lo que nos han donado, pero todo bien”, dice “Ronco”, que antes era soldador y ahora atiende ahí en la caseta donde está el aviso de “A leer para avanzar”.

Al frente del kiosco de Ronco, el de Frank. Que tiene 24 años y antes era operario de aseo. Ahora estampa camisetas. Y trata de conseguir productos para terminar de surtir la vitrina de vidrio que le asignaron y que hoy luce vacía. “Nosotros lo que queremos es seguir haciendo algo por el país, ahora estamos en una mesa técnica de diálogo para ver si podemos legalizar este emprendimiento”.

Tello, Ronco y Frank —que se presentan así, con sus nombres o apodos sin apellidos— pertenecen a la llamada Primera línea que durante 57 días seguidos se mantuvo en pie para sostener el bloqueo que más tiempo resistió en todo el país, durante las protestas de fuego que, desde el 28 de abril de 2021, incendiaron Colombia con una mezcla de indignación, rabia, arte, construcción de comunidad, y vandalismo, saqueo y muerte.

Su emprendimiento, que para ser precisos es una iniciativa comunitaria, está ubicado justo ahí, en el punto desde el que se desarrolló aquella manifestación. Al pie del Monumento a la Resistencia: la escultura del brazo en cemento de más o menos 15 metros de alto, con los rostros de algunos de los muertos del Paro, que levanta el puño al cielo mientras sostiene una pancarta con la palabra “Resiste”. Y que quedó como gran testimonio, erigido espontánea y colectivamente, de los días en los que Cali se convirtió en la capital nacional del incendio.

Así es que, un año después, se podría decir que esa Primera línea literalmente sigue ahí, aún resistiendo. En el mismo sentido del resto de asuntos en el sector de Puerto Resistencia, que antes de las manifestaciones que tuvieron un primer capítulo en 2019 era conocido como Puerto Rellena por sus puestos callejeros de venta de morcilla.

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Ronco, el integrante de la Primera línea que era soldador y ahora atiende esta pequeña biblioteca que apenas cuenta con viejos libros de Derecho.

En los alrededores del monumento, persisten las mismas circunstancias de vulnerabilidad y carencias de las barriadas del oriente caleño, que en gran medida fueron levantadas por víctimas del desplazamiento del Pacífico cuyo aguante ancestral ayuda a entender el vigor que muestran hoy algunos de sus descendientes.

La Policía y la gente ya no están en guerra abierta, que no es poco, pero viven en la tirantez. Estos meses ha habido uno que otro encuentro amable, a instancias casi siempre de alguna otra institución, pero nunca un verdadero acto definitivo que anuncie reconciliación.

Frente a la glorieta en donde están el brazo gigante alzado y el caminito de kioscos de madera, permanece parqueada permanentemente una tanqueta del Esmad custodiando el CAI que los protestantes se tomaron y por casi tres meses usaron como sede de ollas comunitarias y eventos artísticos, y lienzo para el grafiti y el desahogo. Desde cada orilla, unos y otros se miran en silencio, en emociones que van transitando entre la prevención, la rabia y el miedo.

“Ya por lo menos no los silbamos, hasta antes de diciembre les silbábamos desde acá todo el tiempo, nos cruzamos con ellos y a veces es complicado y a veces fluye”, cuenta “Papas”, otro de los líderes del Paro en Puerto Resistencia, con su gorra del América de Cali y su camisilla negra con la estrella roja alusiva al mexicano (y hoy político) Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Porque aquí cada detalle de la iconografía ayuda a narrar el cuento.

¿Qué ha pasado de un año hacia acá?, ¿de qué sirvió esto?

“Bueno, hoy el huevo está más caro que el año pasado, es cierto, pero nos queda esta mano levantada que marca una diferencia en las luchas sociales; y, bueno, vaya y cuente los votos que sacó en esta zona gente como Alberto Tejada, eso nos queda”, prosigue Papas.

Los votos. La circunstancia que atraviesa este primer aniversario y explica el sentimiento de esperanza que, en todo caso, expresan los integrantes de esta Primera línea.

Papas se refiere en concreto a José Alberto Tejada, el llamado “señor del canal 2” que ganó reconocimiento nacional al denunciar por ese medio local los abusos de la Policía y darles voz a los miembros de las primeras líneas de Cali durante el Paro; y que luego, en las legislativas del 13 de marzo, se convirtió en congresista y en uno de los rostros del arrollador triunfo que obtuvo en el Valle y en todo el país el Pacto Histórico de Gustavo Petro.

Varios de los líderes de Puerto Resistencia le hicieron campaña a la lista cerrada a la Cámara que encabezaba Tejada, y que barrió en la Comuna 16, donde se ubica este sector. Hoy siguen en campaña por el candidato presidencial de la izquierda. Así lo proclama la valla con el rostro de Petro que tienen extendida justo al frente de la escultura de la mano empuñada: Elige Petro, elige Pacto.

“No todos están activos, pero básicamente todos sentimos que el cambio que estábamos pidiendo puede darse en estas elecciones. ¿Por qué? porque ellos sí piensan en el pueblo, Tejada ha venido aquí varias veces y nos ha ayudado con este proceso”, dice Frank.

Al lado de su kiosko, un muchacho de camiseta blanca que reza “Petro presidente” pinta de verde y amarillo un pedazo de la pared de madera de otra de las casetas.

Hace un rato ya que se acabó la salsa urbana que canta alegre a una Cali incluyente.

***

A una media hora de Puerto Resistencia (si no hay mucho trancón, cosa que en Cali hay siempre), en el sur de la ciudad, Máximo Tedesco cruza los brazos y por momentos entrecierra los ojos azules al recordar aquellos veranos en los que, en los alrededores de sus 18, venía de vacaciones a visitar a sus padres europeos radicados en Cali y Cali se convirtió en su paraíso.

Cuenta que, entonces, solía salir a pasear en carro por aquellas extensiones de tierra infinita de las afueras, y nunca encontró paisajes similares ni en la Italia de sus ancestros ni en Estados Unidos o Canadá, en donde estudió y se especializó como ingeniero mecánico y aeronáutico.

Hoy, a los 81, lejos de aquel muchacho que finalmente se estableció en el Valle, y a partir de los años 70 se convirtió en uno de los precursores de la industria aeronáutica del departamento (con sus empresas Agrocópteros, Aeroandina y World Aircraft Company South America), asegura que es justo en este suelo que trabajó y aprendió a querer que le gustaría morir.

Y que, pues, precisamente por eso, no estaría dispuesto a que se lo dañen o se lo quiten.

“Imagínate tú que te quieran quitar algo que es tuyo, pero en qué cabeza cabe, nosotros somos personas que hemos luchado mucho para lograr lo nuestro, a nosotros nos ha costado mucho hacer esto”.

Y con “esto” se refiere a su casona campestre en el corregimiento de Pance y al vecino barrio Ciudad Jardín, de mansiones, lujosos condominios y exclusivas zonas comerciales, que Tedesco ayudó a fundar.

Y con “nosotros”, habla de él y de los residentes del sector, que adquirió fama nacional en el Paro luego de que algunos habitantes salieran a enfrentarse hasta con disparos a la minga indígena que llegaba del Cauca para unirse a la protesta, entre otros bajo el argumento de que circulaba información según la cual algunos se meterían a invadir sus propiedades.

El hombre dice que no le gustan las armas, que prefiere el diálogo y le sorprendió que tantos de sus vecinos estuvieran armados, pero que aquí todo el mundo tenía razones para defender sus pertenencias.

“Imagínate tú, es que llegaron diciendo que estos terrenos eran suyos, ‘de nuestros ancestros’, decían, ¡yo los vi! cuando llegaron a bloquear la Cañasgordas, pero en qué cabeza cabe, es como si yo me fuera ahora a Sicilia, de donde salió mi padre por culpa de la mafia, a reclamar terrenos de mis ancestros. Como si esos no fueran acaeceres de la humanidad”.

Es la cara de la Cali a la que llaman del sur. La Cali de los ricos. De algunos ricos, para ser exactos, pues acoge en parte riquezas emergentes —algunas herencia del narcotráfico—y muchas de las élites tradicionales viven en realidad hacia el oeste. En Cali los puntos cardinales cuentan quién es uno. O aparentemente.

Se trata de una ciudad (“Ciudad balín”, le llaman en la calle despectivamente algunos) que en su mayoría está convencida, como dice estarlo Tedesco, de que los manifestantes del estallido son una “gentuza que destruyó Cali”. 

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Máximo Tedesco dice que cree en el diálogo, pero que entiende las razones por las cuales sus vecinos hoy se siguen armando por si estalla un nuevo estallido.

Aunque, por supuesto, ese desprecio no es generalizado allí. Así me contó que lo pudo constatar Jahfrann, el fotógrafo e influencer que ha cubierto por redes el estallido caleño desde adentro y se hizo reconocido nacionalmente por tomar las imágenes del publicista Andrés Escobar disparando a manifestantes sin que la Policía hiciera nada. Ese mismo día, en medio del enfrentamiento, Jahfrann terminó auxiliado por otro habitante de Ciudad Jardín.

(“Yo corría huyendo de los tiros cuando me topé con un residente que estaba en una moto de alto cilindraje. No nos dijimos nada. Él me miró, yo lo miré y simplemente me monté rápido y me sacó de allí. También pude ver cómo en casas, de esas de 1.500 millones, metían a chicos heridos para ayudarlos”, me relató cuando hablé con él en Siloé).

Este rostro de la Cali del sur tenía miedo y hoy más bien siente rabia, prosigue Máximo Tedesco. Y esa rabia está totalmente mediada estas semanas por el tema electoral. Pues los vecinos de Ciudad Jardín están convencidos de que si Petro llega a perder, la protesta volvería a encenderse. (Un asunto que temen otros habitantes de Cali que me lo dijeron, pero que negaron los miembros de la Primera línea de Puerto Resistencia).

“Da rabia y hasta tristeza, sabemos que si no gana este señor, todo este mundo de gente loca que él está azuzando nos va a volver esto nada”, dice Tedesco.

Y por eso algunos se están preparando para defenderse. Adquiriendo motos y más armas. Incluso han dicho que quieren manifestarle su situación a Federico Gutiérrez, el candidato presidencial de la derecha que casi todos ellos apoyan.

“Se están preparando por si vuelve a pasar, unos con armas, otros han comprado motos, yo no estoy con las armas, pero sí con la defensa, ¿qué puede hacer uno si vienen a quitarle las cosas? ¡defenderse! Eso fue lo que hizo Andrés (Escobar), que no mató a nadie, defendió nuestro terreno y ahora está en este rollo. Ya me llamaron para que hablara con Fico ahora que venga a Cali, la gente de nuestro sector está organizada para votar por él”.

- Máximo, ¿conoces Puerto Resistencia, allá en el oriente? ¿Has pasado por el monumento de la mano empuñada?

- Para mí eso no es ningún Puerto Resistencia, para mí eso debería llamarse puerto vergüenza, porque ese monumento, que es una porquería, es un símbolo a la sinvergüencería, eso hay que quitarlo de ahí, eso no representa a Cali.

***

Si hay un sentimiento común que por estos tiempos une a todas las Cali que convergen en Cali es la malquerencia hacia Jorge Iván Ospina. El alcalde de izquierda que llegó al poder enfrentando a las élites empresariales y en alianza con maquinarias y cuestionados.

Él lo sabe. No sólo porque así lo señale el hecho de contar con los peores índices de favorabilidad entre los alcaldes de todo el país (según la Invamer Poll del mes pasado, comenzó a caer en picada desde que inició el estallido). También porque así se lo han expresado directamente en la calle varios de sus gobernados. Con insultos e incluso piedras. Hasta hace cinco meses, ni siquiera podía salir sin riesgo de exponer su seguridad física. “¡Me mataban!”, cuenta.

Las razones resumidas tienen que ver con que en el Paro tendió puentes para el diálogo y les dio estatus a los manifestantes sin que éstos levantaran los bloqueos, lo que lo dejó mal con los opositores de la protesta. Y, por otro lado, también tomó medidas como no prestar escenarios para que la minga se manifestara y pedir ayuda al Gobierno Nacional, lo que lo dejó mal con sus partidarios.

“Ahí me disculparán la referencia al personaje, pero la historia me absolverá”, dice desde su despacho en el centro de la ciudad, en donde aceptó conversar, más allá del discurso oficial, sobre lo sucedido y reconoce que quedó “en la soledad total”.

“Yo tenía el 80 por ciento de favorabilidad, era aplaudido, amado, pero no me fui a la trinchera, como querían los muchachos, ni al autoritarismo, como me pedían los otros ciudadanos. Cuando uno se queda en la mitad, pierde el afecto de todos. Alinearse a un lado es interesante desde el punto de vista político porque uno encuentra aliados. La mitad es la posición tibia, pero es la más digna”.

Ejemplo de esa “tibieza” podría ser cómo está manejando hoy la división social que se evidencia en la lucha por los monumentos. El mandatario, por un lado, se niega a tumbar el puño alzado de Puerto Resistencia, que claramente fue levantado sin permisos, como se lo han pedido varios ciudadanos a través de derechos de petición. Por otro, responde a los interesados que la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar, derribada por los manifestantes, se puede volver a instalar, aunque con una placa que recuerde “la verdad histórica del personaje”.

Eso sí, esto de ahora no es lo más difícil que le ha tocado. Hace un año y durante las semanas siguientes, el mandatario simplemente perdió el control de la ciudad, que llegó a sumar 33 puntos de bloqueo.

La gente se quedó sin posibilidad de transporte. Las redes de semáforos fueron vandalizadas en su mayoría. El sistema integrado de transporte MÍO estuvo literalmente bajo ataque y tuvo que parar por 17 días. Los pocos que se atrevían a salir lo hacían persignándose o a punto del llanto.

No había casi opciones para sacar plata, con 127 cajeros destruidos y 77 oficinas de banco vandalizadas. Los alimentos escasearon. Dormir era todo un reto para los nervios, en medio del sonido de balas, alarmas de casas y de carros, gritos y explosiones. Y en el día el paisaje se volvió los tablones de madera intentando resguardar residencias y negocios.

Ospina tenía que responder políticamente por esa situación y entró en crisis.

En Cali dejaron de verlo públicamente por tres o cuatro días y empezó a correr el rumor de que había abandonado el cargo.

Él dice ahora que, aunque sí estuvo afectado emocionalmente, eso jamás pasó por su cabeza. “Uno sí llora, grita, se molesta, pero el camino fácil hubiera sido la renuncia”.

Le apostó a buscar a la comunidad internacional y a tratar de hablar con los manifestantes para desactivar el incendio con diálogo. Volcó el esfuerzo de la administración a visitas en los puntos de resistencia. Pero en un principio ni siquiera sabía qué era una Primera línea.

La primera conversación que logró tener con los líderes de la protesta fue en el punto del Paso del Comercio (hoy llamado Paso del Aguante, como tantos otros lugares que tuvieron una resignificación) dentro de una ambulancia, que enseguida fue atacada por agitadores armados que lo alcanzaron a golpear en la cabeza a él y a otros funcionarios. Ospina, que apenas estaba tratando de ganar la confianza de su contraparte, en un acto de claro desespero tomó un bisturí, se abrió la mano y propuso sellar un pacto de sangre para que le creyeran.

Aunque otra dificultad era que, según detalla, la llamada Unión de Resistencias de Cali nunca le presentó peticiones concretas locales. “Que renuncie Duque”, le contestaron una vez que él les preguntó qué era lo que querían. (Al final, concretó con ellos como resultado de las manifestaciones la creación de un centro para tratar a consumidores de droga, unas 600 huertas comunitarias y varios contratos de trabajo que la Alcaldía ha entregado a protestantes).

Por esos días, sus vecinos de edificio en el barrio Cristales, muertos de miedo de ser atacados, le dejaron una nota por debajo de la puerta en la que le pedían que se fuera de esa residencia.

Al igual que muchos caleños que sufrieron aquello, Jorge Iván Ospina llegó a estar convencido de que la ciudad iba para una guerra civil. El día en que dice que sintió más angustia fue cuando vio “a Zapateiro (comandante del Ejército) decir que él con mil hombres resolvía lo que estaba pasando en Cali”.

Un año después, en general la sensación de descontrol no se ha ido. Ni el desánimo y la expectativa de que, en cualquier momento, esto se vuelva a prender y regrese la zozobra.

Quizás porque tras el estallido para muchos quedó la idea de que en Cali no hay autoridad para respetar, que a nadie le importa Cali. Así se puede notar en un simple recorrido por las calles, cuando uno ve, por ejemplo, una cantidad de motociclistas incumpliendo sin que pase nada las normas del uso del casco y la prohibición del parrillero hombre.

Y los frecuentes conductores de vehículo que, para sacarle el cuerpo a los trancones de no acabar, deciden circular por el carril exclusivo del MÍO. Y el hecho de que aún hoy casi cada semana se sigan presentando actos de vandalismo contra las estaciones de ese sistema integrado y a veces contra la red de semáforos, que no han podido terminar de ser recuperados del todo en su infraestructura física.

O quizás porque en estos meses no ha habido —ni a instancias de la Alcaldía ni de nadie en la institucionalidad— ningún espacio de cierre o de búsqueda de verdadero entendimiento entre los distintos rostros de una Cali edificada en gran parte por migrantes internos, en la que confluyen muchas y variadas violencias.

Quizás porque varios de los bancos que fueron destruidos y cerraron no quisieron volver a abrir sus oficinas y reactivar esos empleos y se quedaron ofreciendo servicios virtuales.

O quizás porque, aunque la clase empresarial se ha metido la mano al bolsillo con la iniciativa Compromiso Valle (que le apunta entre otras a tener más comedores comunitarios, a apoyar emprendimientos y a ayudar a formar en las comunas más vulnerables), y por esa vía hoy se pueden contar historias hasta de amistad entre un cacao y un líder barrial; todavía persiste el divorcio entre el sector privado y el público.

Quizás por una suma de todo.

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La miscelánea turística del estallido es una de las pocas novedades un año después del Paro.

En el centro del dolor de todo lo que sigue irresuelto en Cali, están los rostros de las víctimas. En números fríos, según me dijo Jorge Iván Ospina, la Fiscalía tiene documentados 14 muertos en la ciudad durante el Paro Nacional y ningún desaparecido.

Pero otra cosa cuenta la contabilidad triste de algunas comunidades. En Siloé, otro de los epicentros del estallido, un Tribunal Popular conformado por varias organizaciones sociales y por la propia comunidad, que se instalará este 3 de mayo y busca impulsar el esclarecimiento y la memoria, asegura tener registro de 13 personas asesinadas en el marco del Paro nada más en esa zona.

El influencer Jahfrann, que ha seguido esa iniciativa de cerca, comenta que sabe de casos de desapariciones y muertes que las familias no han denunciado por miedo a represalias.

En el centro de las heridas están los relatos de Omaira Cerón, y de Abelardo Arana, de Rubiela Solano, y Giovanny García, de Laura Guerrero, de Sandra Moreno. Todos ellos familiares de fallecidos y sobrevivientes, que junto a 24 personas más en octubre pasado conformaron Memoria Viva, la primera organización integrada exclusivamente por víctimas del Paro Nacional en Cali.

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Memoria Viva Colombia es la primera organización integrada únicamente por víctimas de los hechos ocurridos durante el Paro en Cali. Estos son sus rostros.

Convocados por Laura Guerrero, que lleva muchos años como líder social y en las legislativas del mes pasado decidió lanzarse —sin éxito— al Congreso porque “aunque uno no quiera la política, las transformaciones sociales casi siempre dependen de ella”, se juntaron para contarme con tristeza e indignación que en estos doce meses no ha habido ni justicia ni de verdad histórica o judicial para los suyos y, sobre todo, para hacer algo de memoria en esta historia con sus relatos:

Omaira es la mamá de Conrado de Jesús Cerón, que quedó lesionado en su pierna y no ha podido volver a trabajar, luego de recibir un disparo en un enfrentamiento con la Policía tras asistir a una velatón, ahí en Siloé.

Abelardo es el papá de Michael Andrés Arana, que tenía 25 años, nunca había asistido a la protesta y cuando ésta cumplía un mes, el 28 de mayo del año pasado, se fue a la rotonda de Siloé y allí fue impactado por un proyectil que lo mató.

Rubiela es la mamá de Luis Eduardo López Solano, el vigilante del Teatro Municipal de Cali que ayudaba a los manifestantes llevándoles agua y terminó asesinado en el sector La Luna, cuando un motociclista que quería pasar el bloqueo sacó un arma y la disparó.

Giovanny, a sus 26 años, perdió un ojo en el bloqueo de la recta Cali-Palmira, luego de que una lata de gas disparada por el Esmad lo impactara en el lado izquierdo de la cara. El día anterior había estado protestando, pero en esa ocasión se encontraba afuera nada más acompañando a su hermana, que es esteticista y le había salido un domicilio laboral.

Laura es la mamá de Nicolás Guerrero. Un artista de 22 años que fue asesinado con un tiro en la cabeza en medio de enfrentamientos con el Esmad, después de una velatón por los muertos del Paro en el sector de la 14 de Calima; y hoy uno de los rostros que más se repite en los murales de protesta que tapizan buena parte de Cali

Y Sandra perdió su hijo Santiago Moreno, de 23, en una balacera en la Loma de la Cruz (hoy Loma de la Dignidad), un escenario que al principio fue de pura protesta hecha con baile y alegría.

Todos tienen denuncias puestas ante la justicia, en procesos que no han avanzado en este tiempo.

“Esto da mucha impotencia, a veces llego a la casa, del taller de bicicletas en donde Michael trabajaba conmigo, y encuentro a mi esposa llorando, yo trato de darle ánimos, le digo que no se desespere, que sigamos adelante con esto, que pensemos que si él murió al menos sintamos que murió por algo”, dice Abelardo mientras se seca las lágrimas en la cafetería del Éxito en donde concertamos la cita.

Y yo no puedo evitar acordarme de la frase de Andrés Caicedo: “Maldita sea. Cali es una ciudad que espera, pero no le abre la puerta a los desesperados”.

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