Celebrando la guerra y contando los muertos

Silla Paisa
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Pareciera que volvimos rápidamente a adoptar la ética de la guerra en la que las muertes, de cualquier bando, son recibidas como positivas.

El Taller construyendo país del pasado fin de semana en Antioquia se convirtió en una especie de celebración del uribismo del regreso a la guerra: el ex presidente Álvaro Uribe a grito herido, exhortaba al presidente Duque a combatir con toda la fuerza a los desertores del proceso de paz, mientras el público celebraba la intervención con aplausos y vítores. La expresión facial no era de preocupación, parecía más bien de complacencia.

Pareciera que volvimos rápidamente a adoptar la ética de la guerra en la que las muertes, de cualquier bando, son recibidas como positivas: las del contrario porque son bajas que lo debilitan y las propias porque son el resultado de actos de heroísmo que hay que exaltar.

De hecho, unas horas antes de la reunión presidencial se había divulgado la noticia de que, en un bombardeo, del cual se transmitieron las imágenes en todos los medios, se había dado de baja a 14 miembros de una disidencia de las Farc. La connotación de la noticia era evidentemente la de una noticia positiva y seguramente así tendrá que ser porque finalmente el Estado está enfrentando a actores criminales. Lo impresionante es que nada de eso parece impresionar, y perdón por el pleonasmo, a la ciudadanía. Otra vez la confrontación se convierte en algo normal y cotidiano.

Las buenas noticias de los éxitos de nuestros deportistas vuelven a replegar a las malas de la confrontación a las páginas interiores. El asesinato de tres líderes sociales ayer en Antioquia no tiene ninguna posibilidad de competir en relevancia con el triunfo de Cabal y Farah. Ni que decir el de dos ex combatientes de las Farc que un sicario mató también ayer en Cúcuta.

La desgraciada circunstancia de que después del acuerdo hayan aparecido rebrotes de violencia cruel por cuenta de bandas criminales a las que se les permitió tomarse zonas en las que antes actuaban las Farc y de la traición de Márquez con el acuerdo que negoció, debería servirnos para llevar una especie de contabilidad que nos permita comparar los costos de las vías posibles para enfrentar el conflicto.

Pagar los “costos” de la paz no ha sido fácil y una parte importante de la sociedad colombiana aún no acepta que se paguen porque les parece demasiado altos. Los mismos que en cambio celebran el regreso de la confrontación. Los “costos” de la confrontación son en cambio recibidos como necesarios a pesar del enorme dolor y muerte que conllevan y ni hablar del costo económico que significan.

El asesinato miserable de cuatro soldados en el bajo Cauca antioqueño hace cuatro días se registró poco, se convirtió pronto en un error de planeación militar que se investiga y ya. La guerra continua. Los que aplaudían con complacencia en Medellín el sábado no parecían calcular ese riesgo, o si lo calculaban creían poder reducirlo, o más difícil de entender, les parecía que eran sacrificios inevitables.

Mueren de todos lados: líderes sociales en Antioquia, ex Farc en Cúcuta, soldados en el Bajo Cauca, candidatos en el Cauca, delincuentes en el Caquetá. A la noche del día siguiente de los aplausos alborozados en Medellín acribillaban a Karina García, la candidata a la alcaldía del Partido Liberal en Suarez, al norte del Cauca. Asesinaron también a su madre y tres acompañantes más. El mismo día de los aplausos habían asesinado a otras cinco personas también en el Norte del Cauca.

Las recompensas, los viajes relámpago del Presidente a consejos de seguridad, los errores que cuestan la vida de soldados, las noticias que parecen repetidas y cada vez menos importantes, los listados de los municipios con alto riesgo de violencia en época electoral, son todas escenas de una película que queríamos terminar y no somos capaces.

Cada muerto, cada disidente del proceso con las Farc, cada miembro de la fuerza pública sacrificado es un fracaso más como sociedad. Ninguno de esos muertos nos es ajeno, tampoco lo son las responsabilidades porque ocurran.

Claro que el Estado debe actuar y lo debe hacer con contundencia y claro que los primeros responsables de tanta crueldad son los que deciden usar la violencia para sus intereses cada vez más mezquinos y deleznables, pero nada de eso es para celebrar. Cuando Churchill recordaba que lo único que podía ofrecer sería sangre, sudor y lágrimas los ingleses no aplaudían con complacencia, ni su cara era de celebración.

Una sociedad tan religiosa como la nuestra, que defiende tanto la vida cuando le hablan del aborto, por ejemplo, es por lo menos extraño que, en cambio, celebre tanto la muerte cuando es por el combate contra los “bandidos”.

Es realmente muy impactante que el entusiasmo con que anunciamos y asumimos la confrontación no se hubiera podido construir cuando se desmovilizaron y desarmaron diez mil guerrilleros. Cuánta falta hicieron esos aplausos de Medellín cuando lo que se intentaba no era “sacarlos de sus madrigueras” muertos sino parar la matazón.