Con ciencia y paciencia, campesinos del Putumayo frenaron la coca con asaí

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Foto: MinCiencias

En el Putumayo la paz se derrumba, y al tiempo que los grupos armados vuelven a tomar el poder en el territorio, los cultivos de coca vuelven a florecer. Pero en el Bajo Putumayo, una asociación de campesinos encontró en el cultivo y la comercialización del asaí —una fruta amazónica— una alternativa al negocio de la droga.

Aunque llevan casi una década dedicados al asaí, permaneció como un negocio pequeño, con un tope modesto y poco conocido dentro de su misma comunidad, hasta hace dos años, cuando empezaron a crecer con ayuda de la ciencia y tecnología.

Esto sucedió a través de un proceso de apropiación social del conocimiento, donde se da un intercambio de conocimientos entre comunidades científicas y comunidades locales, para lograr un mejoramiento del contexto local.

“Es como cuando llega el río al mar”, explica Diana Caho, líder del área de apropiación social del Observatorio de Ciencia y Tecnología, que monitorea estos procesos en Colombia desde hace una década. “Se trata de consolidar espacios de encuentro donde sucede ese intercambio de saberes y la sociedad participa en la construcción de procesos de ciencia y tecnología”.

A través de este proceso, los campesinos de la Asociación de Productores Agropecuarios del Paraíso, Asoparaíso, con apoyo del Ministerio de Ciencia y Tecnología, pudieron integrar el manejo y la conservación del bosque amazónico a su esquema de producción del asaí.

Buscar alternativas a la coca por decisión propia

A principios de siglo XXI, al tiempo que el Putumayo era golpeado por el conflicto armado, el narcotráfico que lo financiaba le daba subsistencia a varias familias de campesinos. La vereda Paraíso, a dos horas por tierra desde Mocoa, en el municipio de Puerto Asís, no era la excepción. Allí, al igual que muchos de sus vecinos, Marino Carrera cultivaba coca. Pero no quería que sus hijos tuvieran que hacer lo mismo.

Tomó la decisión de desvincularse completamente de la cadena productiva de coca y dedicarse a la agricultura. Fue así como en 2005 fundó Asoparaíso, para buscar una alternativa diferente a los cultivos ilícitos para su comunidad. Junto a su esposa y sus cuatro hijos, empezó a sembrar yuca, plátano y mucha piña. Y aunque les vendían a todos los grupos armados —ejército, guerrilla y paramilitares—, lograron permanecer al margen del conflicto.

Pero la siembra de cultivos no nativos y la deforestación que requería le empezaron a pasar factura al bosque amazónico. Alrededor de 2010, Corpoamazonía prohibió varias de estas actividades, lo que paradójicamente lanzó a los campesinos de Asoparaíso nuevamente a los terrenos de la ilegalidad.

Buscando alternativas, se fijaron en un fruto pequeño y oscuro que crecía en abundancia en unas palmas de tronco delgado entre el bosque. Si los pájaros comían de esa fruta, pensó Marino Carrera, seguramente los humanos podrían comer también.

Pero la empresa comercializadora de alimentos en Puerto Asís no lo conocía, y se negaba a comprárselo. “Llevábamos bultos y bultos, hasta que un trabajador nos dijo, ‘no traigan más eso porque lo que hacemos es botarlo’. Fuimos a ver y encontramos todos los bultos botados en un hueco. Entonces cogí 10 kilos, los eché en una bolsa y dije, ‘me voy para Bogotá’”, cuenta Norbey Carrera, de 34 años, quien es hijo de Marino y durante buena parte de la última década ha estado al frente de la asociación que fundó su papá.

Se dieron cuenta de que el fruto que recogían se llamaba asaí, y que era un producto altamente valorado en Brasil, que produce más de un millón de toneladas al año. Un descubrimiento en Colombia que habla de lo alejada que está la cultura de las comunidades campesinas —que vienen de los andes— del territorio amazónico que habitan.

Y descubrieron que en Bogotá sí había un mercado para el asaí. Un mercado que no ha hecho más que crecer durante los casi 10 años que Asoparaíso lleva cultivándolo.

El asaí se puso de moda. Con sus propiedades antioxidantes y su sabor dulce y ácido, se ha convertido en toda una institución de la onda saludable, fitness y vegana. En Wok, un restaurante oriental bogotano, un batido con asaí vale 8 mil pesos, por ejemplo.

Pero en el Putumayo seguía siendo desconocido para la mayoría. “En los campos la gente todavía seguía tumbando la palma, no conocía el valor, no conocía que había una alternativa para generar ingresos que no era la deforestación”, explica Carmen Emilia Medina, de 28 años, quien es la actual presidenta de Asoparaíso y es esposa de Norbey.

“Ya podían usar la palma, el producto lo tenían identificado, pero tenían la dificultad de que, por el uso del suelo que hacían las comunidades, la palma —que crece en humedales— era uno de los elementos del bosque que desaparecía”, señala Clara Sierra, bióloga y facilitadora en el trabajo que hizo MinCiencias con la comunidad del Paraíso.

Los campesinos de Asoparaíso se dieron cuenta de que, para expandir el cultivo y la comercialización del asaí, tenían que trabajar en conservación. Como muchos frutos amazónicos, el asaí es difícil de cultivar, y en Asoparaíso simplemente lo cosechaban de las partes de sus fincas que conservaban bosque. Pero no sabían cómo sembrarlo, ni cómo conservar su ecosistema.

Con este argumento, entraron en la convocatoria del programa A Ciencia Cierta de MinCiencias, y se convirtieron en uno de los procesos de apropiación social del conocimiento que la entidad apoyó en el año 2019.

Aprender a crecer con el bosque

“Ellos sabían desde 2012 que el asaí estaba ahí, pero no sabían cómo se entiende el ecosistema integralmente, cómo se preserva, cómo se reducen los riesgos de deforestación”, señala la bióloga Maria Soledad Hernández, quien desde el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi) fungió como madrina de este proceso para el programa A Ciencia Cierta.

Hacia finales de 2019, Sierra, Hernández y otros representantes del programa fueron a conocer la vereda Paraíso y sus campesinos. Almorzaron cachama —un pescado típico de la Amazonía que cultivan en estanques—, y luego hicieron un recorrido por el bosque amazónico donde los campesinos les mostraron todo lo que habían aprendido sobre el asaí en siete años de cultivarlo.

El bosque es un mosaico de infinitos verdes, con vegetación frondosa y árboles de más de 20 metros, salpicado por palmas de asaí y cananguchas, ambientado por cantos de pájaros y ruidos de insectos. Allí les contaron cómo aprendieron a treparse a las palmas para cosecharlas sin derribarlas, las herramientas que crearon para subir y bajar más fácil y para cargar mejor el fruto, el punto de maduración ideal para recolectarlo, cómo aprendieron a ubicar las palmas y dónde están las “manchas” de asaí —esos lugares donde hay varias palmas juntas—, y las rutas que fueron encontrando para llegar a ellas.

“Todo eso lo fuimos aprendiendo suave, de manera muy lenta, porque no teníamos a nadie que nos explique sino solo la experiencia. Y aún seguimos aprendiendo”, dice Norbey Carrera.

En los siguientes 10 meses, con la ayuda del Instituto Sinchi, los miembros de Asoparaíso pudieron caracterizar su territorio del bosque y aprender a hacerle monitoreo, recolectando información que les permite conocer con cuánto fruto de asaí pueden contar, cuáles son las especies que crecen junto a la palma, en qué predios pueden darse procesos de restauración o de enriquecimiento, y cómo llevar a cabo esos procesos.

“Aprendimos qué hay en nuestro territorio, y empezamos a apropiarnos de ello y a conservarlo”, dice Carmen Medina, la presidenta de Asoparaíso. “Podemos mirar cómo es el crecimiento de la palma en su hábitat natural, a qué especies se asocia, y lo implementamos para que la siembra de la palma sea exitosa”, explica.

Con el apoyo de los expertos, Asoparaíso pudo construir su propio vivero, donde germinan semillas para producir plántulas que después pueden sembrar en el bosque para enriquecer ciertas áreas, recuperar humedales, o incluso para restaurar predios donde antes había cultivos ilícitos o ganadería extensiva.

Dos años después de iniciar este proceso, con el apoyo de programas como Ser Putumayo y Colombia Sostenible, han podido sembrar cerca de 400 hectáreas con ecosistemas agroforestales asociados a la palma de asaí, de las que se benefician más de 200 familias.

Asoparaíso casi ha doblado la cantidad de fruto que recoge. Mientras hace unos tres años cogían 10, máximo 15 toneladas al año, en 2021 recogieron 25. Esto solo contando a las 38 familias asociadas que hoy logran sacarle plata a los bosques que conservaron en sus predios. Para Norbey Carrera, la cifra más importante es la que reúne a todas las comunidades que se han unido a Asoparaíso para el cultivo del asaí: ya suman 300 toneladas al año.

“Tenemos un listado grandísimo de personas interesadas en sembrar, ahora me llaman de todas las veredas, inclusive por fuera del municipio”, dice Carrera con orgullo.

Y con el trabajo de los últimos tres años lograron gestionar los recursos para comprar un predio e instalar una planta de procesamiento de asaí, para poder producir y vender directamente la pulpa del fruto. Mientras un kilo de fruto fresco se vende a mil pesos, un kilo de pulpa se va por 10 mil. La planta se las entregan el próximo mes, y ya tienen asegurada la compra de la pulpa que produzcan en 2022.

Medina reconoce que, de no ser por el asaí, varios de los miembros de Asoparaíso podrían estar volviendo ahora a la coca, pues esta era con frecuencia la única alternativa que las familias veían para ganarse la vida.

“La gente volvió a retomar los cultivos ilícitos en algunos sectores, pero nosotros estamos convencidos de que a través de frutales amazónicos, de asaí, hay una alternativa importante, porque es rentable, y sí, es bueno”, concluye Carrera. 

Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

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