De Gerlein a Char o del clientelismo de barrio a la maquinaria empresarial

Silla Caribe
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Declaración de insolvencia de Valorcon es el último golpe al clan Gerlein, cuya desaparición ya tiene consecuencias en la política electoral y el mercado de los votos.

“Vea, Ministro, se abrió una licitación y acá está mi hermano pegando ladrillos. Me gustaría que le dieras una cita”, nos contó un veterano periodista de Barranquilla que le oyó decir hace años a un político de la ciudad durante una llamada telefónica.

El político era el entonces poderoso senador conservador Roberto Gerlein, hoy en retiro, y el hermano al que se refería era el -también entonces poderoso- empresario Julio Gerlein, hoy con imputación de cargos de la Fiscalía por su presunta participación en una red de compra y venta de votos.

La frase sirve para entender cómo funcionaba el matrimonio público privado sobre el cual los Gerlein se ayudaron para sostener uno de los imperios de la política clientelista más estables que ha tenido el Caribe y Colombia; un imperio que hoy se extingue, pero que alcanzó a estar medio siglo en el Congreso.

La más reciente noticia de esa extinción es la declaración de insolvencia que hizo el mes pasado la empresa Valorcon ante la Superintendencia de Sociedades, para empezar un proceso de reorganización, debido a sus altas deudas y falta de capacidad de pago.

Las deudas al día de hoy de Valorcon son de poco más de 364 mil millones de pesos. El tamaño de estos pasivos es tal que supera por más de 100 mil millones sus utilidades en 2018 (251 mil millones).

Sin embargo, como lo que hace la Superintendencia al admitir una insolvencia es congelar deudas y evitar que los acreedores embarguen, mientras ayuda a reorganizar a una empresa, Valorcon puede seguir ejecutando los más de 50 contratos públicos que tiene vigentes e incluso puede ganarse nuevos procesos.

La constructora le atribuyó su crisis a la desaceleración económica, a la dificultad de acceder a fuentes de financiamiento, a la alta concentración de cuentas por cobrar en su concesión Vías de las Américas y a las medidas cautelares decretadas por la Contraloría en la investigación por presunto detrimento en el caso del proyecto para recuperar el río Magdalena, que tenían con la corrupta Odebrecht.

Valorcon fue fundada en 1992 por Julio Gerlein, justo después de que las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla fueran liquidadas y el grupo de su hermano perdió el control burocrático que allí tenía, y desde entonces se convirtió en financiadora de las campañas del hoy Exsenador y en una de las firmas megacontratistas del país.

Aunque la empresa no va a desaparecer, sino a reorganizarse, y de hecho sigue siendo una megacontratista de Barranquilla; su crisis sí ratifica el fin de la casa política Gerlein, que el año pasado perdió los asientos que tenía en el Senado y en la Cámara de Representantes. 

El del Senado porque Roberto no se volvió a lanzar debido a que está enfermo y no encontró ‘heredero’ y el de la Cámara porque su exaliada, la exrepresentante goda Aída Merlano, cayó presa en el mismo caso de corrupción electoral de Julio Gerlein.

Más allá, el final de los Gerlein como gran clan político ya está teniendo unas consecuencias en el andamiaje de la política clientelar que ellos ayudaron a constituir en el Atlántico, el departamento de Colombia que más senadores tiene.

Reducidos ellos en el mapa de los superpoderosos atlanticenses, quedan prácticamente solos y aún más empoderados los Char -que controlan la Alcaldía barranquillera hace 12 años y en 2018 se convirtieron en el clan regional con más congresistas del país- como grandes patrocinadores y aliados de los políticos que consiguen sus votos a peso de maquinaria aceitada con billete, pero de manera más sofisticada.  

De hecho, en el camino de la debacle del gerleinismo a nivel político, e incluso desde un poco antes, los tres alumnos más aventajados de la casa Gerlein han terminado bajo la sombrilla del charismo.

Ellos son: la detenida Aída Merlano, quien junto a su amigo Julio Gerlein se alió con los Char en las legislativas del año pasado sin la aprobación del exsenador Roberto.

El senador conservador Laureano ‘el Gato volador’ Acuña, quien pasó de mochilero (que es como se les dice a los líderes de los políticos encargados de cuadrar apoyos y votos en las barriadas) de los Gerlein a congresista con grupo propio, pero punta de lanza de los Char para algunas empresas electorales.

Y el concejal, conservador también, Carlos Rojano, el más votado de Barranquilla, quien militó en el gerleinismo con su entonces esposa Aída Merlano, junto a quien se granjeó fama de gran comprador de votos (asunto que él siempre ha negado, aunque a La Silla Caribe se lo detalló off the récord un líder experto comprador de votos); y el año pasado llevó a su hija Karina a la Cámara con el grupo Char por Cambio Radical.

El mayor empoderamiento del charismo ante las cenizas del gerleinismo es clave porque, al menos en el Atlántico, puede estar marcando el fin de una política electoral en la que predominan el clientelismo y la compra del voto, a una en la que el monopolio lo tienen empresas electorales que también amarran votos pero de manera más moderna, como quedó en evidencia en el caso de Aída Merlano. 

Este octubre de elecciones locales podría saberse más de ese tránsito en la dinámica.  

Del TLC a las empresas electorales sofisticadas

Como buena parte del país político sabe y lo hemos detallado en La Silla Caribe, la casa Gerlein es reconocida en Barranquilla por haber sido la creadora del famoso TLC (Tejas, Ladrillos y Cemento) a cambio de votos, en las barriadas de los extramuros que apenas empezaban a levantarse en la ciudad.

Se trató en ese momento de una nueva forma de política electoral que combinaba la compra del voto con el viejo clientelismo (que algunos consideran también una forma de compra de voto, pero menos explícita), con el que los gamonales tejen sus redes de amigos a los que les dan puestos o les hacen favores para que más tarde eso se traduzca en apoyo en las urnas.

“La gente votaba por luz, por agua, por plata no tanto aunque también. Los primeros que comenzaron a comprar votos a cinco mil fueron los Name (la casa que lideró el fallecido José Name Terán), de ahí el famoso ‘name 5’, ‘name 10’, que decía la gente mamando gallo en época electoral”, nos contó hace unos años una persona que vivió esas épocas en Barranquilla.

Roberto Gerlein era el cacique electoral clásico que atendía a la gente en su casa, pero también recorría barrios y municipios, ganando simpatías en una plaza pública, en una gallera o comiendo fritos con sus seguidores en el parque de cualquier pueblo.

“Era una política, por decirlo así, más sana: había votos que te costaban un favor, otros que te costaban una plata y otros que te salían gratis porque la persona simpatizaba contigo o todavía predominaba el sentimiento partidista”, dice un político que lleva poco más de 20 años yendo a las urnas como candidato en el Atlántico.

Ese político cuenta que, de hecho, el exsenador Fuad Char (patriarca de los Char), aunque arrancó en política en los 90 como una alternativa a estas fuerzas tradicionales, también ejerció la política electoral aquella de los favores y el compadrazgo. 

Los detalles del caso de Aída Merlano evidencian cómo esa dinámica transitó hacia unas estructuras más avanzadas, que le apuntan a garantizar el amarre de los votos a toda costa y que se sostienen básicamente con plata.

En el Atlántico esas estructuras son o están relacionadas principalmente con el clan Char, que es el que tiene el músculo financiero para sostenerlas (son dueños entre otros muchos negocios de la cadena de tiendas Olímpica y también tienen banco propio, además de controlar la contratación en el Distrito y la Gobernación), mientras los gamonales estilo Gerlein desaparecen o quedan muy reducidos en medio de sus líos o el encarecimiento de las campañas. 

Cuando allanó su comando político, la Fiscalía le encontró a Aída Merlano cajas repletas de fotocopias de cédulas, listas de votantes, planillas y certificados electorales, un asunto que no dista mucho de las prácticas de otros caciques.

Pero también hallaron que esa campaña rastreaba los votos a través de unos códigos especiales que los mochileros grapaban a los certificados electorales, y que permitían saber qué líder tenía a cargo ese apoyo, una estrategia más moderna que no se conocía.

En su momento, un mochilero de Barranquilla nos contó que fue supuestamente Merlano quien se inventó la táctica de tomarles fotos a las casas de sus líderes o mochileros como una manera de presionarlos para que le cumplieran.

Un político importante de Barranquilla que conoce por dentro el charismo, y pide no ser mencionado por seguridad, dice que la gran diferencia es que básicamente cada vez le están apostando más al billete como único factor para garantizar los votos.

“Es la consecución del voto a escala industrial”, añade la fuente, “antes había una parte de los apoyos que tu no organizabas, ahora si quieres sacar 50 mil votos, tienes que pensar en pagar 50 mil votos y para eso organizarte como una empresa, como lo que son los Char, unos empresarios”.

A la luz de esta realidad, prosigue la fuente, es que se explica el logro inédito en el país que alcanzó la casa Char en las legislativas del año pasado: pasó de un senador de 110 mil votos en 2014 a cuatro senadores en 2018 que suman juntos casi 400 mil apoyos, sin contar los 73 mil de Merlano, que con estructura propia jugó como aliada de ellos en esas elecciones.

Según un Congresista del departamento que también pidió no ser citado, en el Atlántico un voto comprado pasó en los últimos 10 años de costar 20 mil a unos 200 mil pesos.

Por lo menos en el caso de las campañas de dos de los congresistas que sacaron los Char el año pasado (además de los cuatro senadores, lograron poner seis representantes), La Silla Caribe confirmó de primera mano que hubo compra de votos, como lo revelamos entonces. 

Paradójicamente, este año de regionales podrían estar teniendo dos campañas económicas, pues la aplanadora de apoyos de grupos políticos que armaron alrededor de sus dos candidatos principales (Jaime Pumarejo a la Alcaldía de Barranquilla y Elsa Noguera a la Gobernación) es tan nutrida que muchos dan por cantadas esas victorias.

Es posible, sin embargo, que en municipios como Soledad -el más importante después de Barranquilla-, en donde hay puja entre los Char y el grupo que controla la Alcaldía pueda verse algo más de esta dinámica a lo largo de la campaña de aquí a octubre.

Para mayor complejidad, como también lo hemos dicho, los Char son una maquinaria empresarial que combina voto conseguido a la manera tradicional con una gestión, su éxito empresarial y una buena relación con los medios que les han generado una gran popularidad y respaldos de opinión. (Elsa Noguera, por ejemplo, ya se midió como alcaldesa y es considerada una candidata técnica).

Intentamos comunicarnos con el senador de esa familia, Arturo Char, para conocer su opinión sobre este análisis pero no fue posible (tampoco nos contestó el exsenador Gerlein).

Su hegemonía es tan absoluta hoy en el Atlántico que rivales tradicionales suyos como la casa Name, que hace cuatro años les puso competencia en las locales, hoy están montados al bus de las principales cartas charistas.

Varios, entre ellos también los Name, pactaron dar esos respaldos a cambio de que el charismo no se les atraviese para mantener algunas de las alcaldías del departamento con las que los congresistas pavimentan su camino hacia la reelección en el Congreso.

“Hoy hacer política tradicional en el Atlántico e irse en contra de los Char es un suicidio político, nadie tiene el músculo económico de ellos a la hora de competir”, concluye una líder política liberal.

De hecho, las mínimas movidas políticas que el grupo Gerlein ha dado en estas elecciones han sido precisamente al lado de los Char, hace unas semanas, cuando Roberto Gerlein reapareció para levantarle el brazo a Elsa Noguera y anunciar un candidato conservador al Concejo de Soledad.

Ratificando su intrascendencia política.

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