De Jaramillo a Danilo: el cambio de chip de la paz

De Jaramillo a Danilo: el cambio de chip de la paz
230922_RuedaJaramilloPaz.jpg

Ayer, antes de montarse en el avión para devolverse desde Nueva York, el presidente Petro propuso a los grupos armados un cese al fuego multilateral.  Es el último de una avalancha de anuncios relacionados con la Paz Total, que exigieron años de preparación al Gobierno Santos para finalmente dar el paso con las Farc. Lo que ilustra, una vez más, el profundo cambio de paradigma que impulsa el presidente respecto a cómo negociar la paz.

De Jaramillo a Rueda

Ese cambio de ‘chip’ quedó vívidamente retratado en las entrevistas que dieron a los medios, casi en simultáneo, el ex Alto Comisionado de Paz de Santos, Sergio Jaramillo, y el actual comisionado de Petro, Danilo Rueda, la semana pasada. 

Jaramillo, filólogo de la Universidad de Oxford, descendiente de Miguel Antonio Caro, lideró la negociación con las Farc a partir de una agenda pensada minuciosamente, discutida y refinada con asesores colombianos e internacionales expertos en derecho internacional humanitario y negociación de conflictos y después de estudiar al detalle las circunstancias de las Farc y sus estructuras de poder.

“Usted tiene que saber con quién está hablando”, le dijo Jaramillo a Juan Roberto Vargas, de Caracol, en lo que hasta ahora ha sido la crítica más contundente a la Paz Total.  “Nosotros teníamos entrevistas con 18 mil desmovilizados, teníamos los computadores de Reyes, sabíamos cuántos eran cuando iban a entregar las armas, y pudimos revisar nombre por nombre para que no se metieran colados”.

Danilo Rueda, un activista de derechos humanos que se retiró poco antes de ordenarse como sacerdote y que ha pasado buena parte de su vida en las selvas del Chocó acompañando a comunidades víctimas de paramilitares, hablando con presos en las cárceles o mediando entre actores armados en territorios en guerra, le contó a Yamid Amat que en el mes y medio que lleva en el gobierno había logrado descongelar la negociación con el Eln, había tenido “acercamientos con el estado mayor central de las Farc” y con la Segunda Marquetalia de Iván Márquez y contactos con el clan del Golfo.  Estos acercamientos le habían permitido “valorar su disposición a hacer la Paz Total”, dijo.

Para todas esas gestiones, Rueda no está siguiendo una partitura cuidadosamente planeada.  Ya lo dijo el canciller, Álvaro Leyva: esta negociación se parece más a un concierto de jazz, con altos niveles de improvisación. 

El objetivo último de la Paz Total no es que el ELN o las disidencias entreguen sus armas, como lo consiguió el proceso con las Farc (entregaron más de 12 mil). La meta es que no las usen. “La paz de Colombia cada vez más se trata del desmantelamiento pacífico del narcotráfico”, dijo Petro ayer a El Espectador.

¿Cómo lo piensan lograr? 

“Es una dinámica simultánea con los armados y la sociedad”, le explicó Rueda a Yamid.

Con los armados, el comisionado Rueda está haciendo lo que ha hecho durante años en la región del Atrato, que es propiciar personalmente “acuerdos humanitarios” entre los grupos armados para ir desescalando la violencia de abajo hacia arriba.  

Le dijo a Yamid que desde su oficina se están desplazando a las veredas donde se da la confrontación para desplegar “líneas de intervención humanitaria”.

La idea del gobierno es que estos múltiples acuerdos humanitarios, a partir de contactos con todos los grupos armados en las regiones y con los capos que están en las cárceles, desemboquen en un cese multilateral de fuego, que, por supuesto, implica que los militares se queden en los cuarteles (o se dediquen a construir puentes).  

En otras palabras, mientras que el cese bilateral de fuego con las Farc llegó ya cuando la negociación era prácticamente irreversible tras más de 4 años de diálogos y consistió en la concentración de tropas en puntos específicos para que pudiera ser verificado por expertos internacionales, en la Paz Total el cese multilateral es el punto de arranque de la negociación; y como será con muchos grupos, en todo el territorio y en pocas semanas (según Petro y su Comisionado) difícilmente estará sujeto a una verificación.

La idea del gobierno es que ya disminuida la violencia y aliviada la situación humanitaria podrán entrar a negociar simultáneamente con cada grupo. Con el ELN, la agenda pactada y congelada durante el gobierno Santos. Con las disidencias, una agenda que —según contó una fuente conocedora a La Silla— posiblemente incluya temas agrarios, ambientales y de sustitución de la coca. Y con el clan del Golfo y otras organizaciones que no se ven a sí mismas como rebeldes, un acogimiento a la justicia a cambio de rebajas de penas, entre otros beneficios.

Porque otra diferencia entre ambos esquemas de negociación es que Petro está convencido de que si no se negocia con todos los grupos armados a la vez, tras la salida de uno de ellos de la guerra los que quedan entrarán a ocupar los espacios y el conflicto se reciclará una vez más. Así sucedió tras la firma del acuerdo con las Farc, que aunque Jaramillo se refiere a ella como "el fin del conflicto" la realidad es que decenas de miles de colombianos siguen padeciendo la guerra.  

La lógica durante Santos fue al revés: primero salir del grupo más letal, y luego lidiar con el más débil que era el ELN.

Pero quizás la mayor diferencia (además de la preparación vs. la improvisación como método) está en el ámbito de construcción de la Paz Total.

El proceso de paz con las Farc, en un sentido, fue un “acuerdo entre élites”, como lo criticó en su momento el investigador Luis Jorge Garay. 

En Cuba, alejados de Colombia y con el más completo hermetismo, la cúpula de las Farc negoció con los delegados del gobierno el Acuerdo de Paz, que luego la mitad del país más uno rechazó en las urnas.

“El cambio es la escucha de la comunidad”, le dijo Rueda a Yamid. “La participación es la fundamentación de los cambios que posibilitan la Paz Total.”

Esa participación se dará en los diálogos regionales vinculantes que arrancaron la semana pasada y se darán en 48 regiones, que como ha mostrado la Fundación Ideas para la paz, coinciden en gran medida con los lugares donde están ubicados el ELN, el Clan del Golfo y las disidencias.

En estas reuniones de tres días, la idea es que los habitantes de la región discutan en unas mesas de trabajo cuáles son los principales problemas que los aquejan y que prioricen las soluciones que deberían quedar en el Plan de Desarrollo.

“Las comunidades, los políticos, las empresas van a discutir cómo ponerle fin a esta guerra, que tiene que ver con los intereses”, dice Álvaro Jiménez, director de la Campaña Colombiana contra las Minas y analista político. “Habrá una discusión de cara pelada con todos los actores”, dice Jiménez. “La Paz Total no es lo de las armas. Es la visión vieja”.

Cree que se darán discusiones como si los políticos están dispuestos a renunciar al respaldo en votos que les dan los armados o por qué la vía que hay entre Cúcuta y Arauca es una trocha de más de 16 horas cuando Cusiana queda ahí.

“La paz es un poder de la ciudadanía que construye justicia social, ambiental y económica”, fue como se lo definió Rueda al director de CM&.

Esta idea de la paz como algo diferente al silenciamiento de los fusiles coincide con la percepción que tienen muchas comunidades que viven en zonas golpeadas por la violencia.

Cuando se firmó el Acuerdo de Paz con las Farc, personas que vivían en zonas aledañas a los ETCR, donde se concentraron los desmovilizados, se quejaban de que “nada había cambiado”. Al ser confrontados con que ya no estaban sometidos al yugo de los guerrilleros, decían que bueno, que eso sí había cambiado. Pero, inmediatamente repetían que la paz no les había traído nada de lo que esperaban: ni el acueducto, ni la luz, ni la educación, ni el empleo.

La aspiración del gobierno Petro es que la participación masiva en los diálogos regionales se convierta no solo en proyectos tangibles para la población al cabo de unos años sino que a partir de la hoja de ruta para el gobierno que surja de esas conversaciones comience una “transición” hacia un modelo económico y de seguridad que beneficie al pueblo y traiga la verdadera paz.

“Es una paz integradora —explica Jiménez— es la lógica del poder que va administrando”.

El gabinete de Santos, en cambio, solo supo lo que se negociaba en la Habana hasta el final de la negociación porque su máxima era que “nada estaba acordado hasta que todo estuviera acordado”.

La última diferencia, que tampoco es pequeña, es que mientras el gobierno Santos siempre vio a las Farc como el enemigo al que le daba garrote por fuera de la mesa para obligarlo a negociar, el gobierno Petro se aproxima a los grupos armados como amigos de su misma ilusión.  Por eso, ha entregado todas sus cartas desde el principio: la suspensión de los bombardeos, la no extradición, la no erradicación de coca.

“El “proletariado del narcotráfico” cada vez es más consciente de que está haciendo el papel de tonto, de que ya no es el tiempo de Pablo Escobar, que ellos ponen los muertos y la riqueza queda fuera”, dijo recientemente Petro. “Eso da una oportunidad, es lo que creo que se está manifestando en estos momentos: todas esas organizaciones multicrimen, algunos de vieja data, otros, la inmensa mayoría, de nuevo origen, han mandado cartas al Gobierno pidiendo abrir negociaciones para un desmantelamiento”.

Los riesgos

La Paz Total es audaz. En gran medida porque se le ha adelantado a remover de la mesa varios de los motivos que tendrían las organizaciones armadas para no meterse en ellas. Al ELN, por ejemplo, le quita su caballito de batalla de la Convención Nacional porque con los diálogos regionales ya desata la gran conversación nacional que los elenos llevan proponiendo hace décadas.  

Pero también encarna grandes riesgos, como lo señaló Jaramillo en su entrevista. “Le da un tratamiento de paz a lo que es un problema de política criminal”, dice el ex comisionado, porque el gobierno no diferencia entre organizaciones puramente criminales y aquellas que tienen una motivación política como el ELN. “Es un grave error estratégico que tiene efectos perversos”. Y señala que en Putumayo las disidencias comienzan a reunir a la gente para mostrar que tienen una base social.

Un periodista social del Catatumbo le confirmó a La Silla que en su región, por ejemplo, las disidencias ya conformaron una asociación campesina como lo hicieron las Farc en el pasado.

La entrega de concesiones de entrada, como un cese multilateral de fuego (que, además, no incluye ningún compromiso de no extorsionar, por ejemplo) o no bombardear puede terminar fortaleciendo a estos grupos, como fortaleció a los narcos mexicanos la política del presidente Amlo de “abrazos y no balazos”. Máxime cuando no hay una estrategia sólida de seguridad o de inteligencia que acompañe la Paz Total.

“Todo esto funciona con garrote y zanahoria —dice Jaramillo—  el gobierno no puede hacer ofrecimientos a la vez que debilita la inteligencia del país sacando 23 generales. El desbalance es muy grande y deja al Estado en una situación de debilidad que no debería estar.”

Frente a esto, el senador Iván Cepeda, que ha sido uno de los cerebros de la Paz Total, dice que uno puede sentarse a discutir si un grupo u otro tiene estatus político pero que mientras eso sucede la gente está sufriendo la guerra.  “Termina siendo una discusión inocua frente a la realidad”, dice el senador. 

Y hay consideraciones prácticas, pero no menores, como las que plantea María Victoria Llorente, directora de la FIP: ¿Cuántos son los que negociarían? ¿La ARN estaría en capacidad de recibirlos? ¿Se le quitarán recursos de la implementación del Acuerdo con las Farc para pagar estas desmovilizaciones?

El senador Cepeda ha dicho que no tienen todavía todo claro pero que tienen la voluntad, la capacidad y el conocimiento en el equipo para resolver muchas de las preguntas que vayan surgiendo en el camino. Con esa fe en que esta vez sí será la vencida, la Paz Total se convierte en el hilo conductor del nuevo gobierno.

Compartir