Duque: el presidente que no se ganó a nadie

Duque: el presidente que no se ganó a nadie
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El próximo 7 de agosto, Iván Duque terminará su mandato y le entregará el mando a su principal opositor y a la razón principal por la cual fue elegido en 2018. Después de cuatro años de gobierno—atravesados por una pandemia global y un estallido social sin precedentes— deja el poder con una popularidad del 27 por ciento y sin haber logrado ganarse el corazón de nadie. Ni el de los uribistas que lo eligieron, ni el de los que votaron en su contra.

Su principal legado es lo que hizo por los migrantes venezolanos. Pero quizás con el tiempo, sea recordado más por lo que preservó, que por lo que cambió.

Una desilusión para ambos lados

Iván Duque ganó la Presidencia con 42 años y se convirtió así en el mandatario más joven de Colombia. Con una carrera política corta de tan solo 4 años como senador y tras haber vivido gran parte de su vida adulta en Estados Unidos, llegó a la Casa de Nariño con casi nula experiencia gerencial y sobre los hombros de Álvaro Uribe.

En medio de la polarización en la que fue elegido con 10,1 millones de votos, la elección de Duque representaba para la derecha el anhelo de recuperar el poder.

Como quedó claro en el discurso de inauguración del senador del Centro Democrático Ernesto Macías, esperaban con Duque derrotar definitivamente a las Farc concretando el triunfo del No en el plebiscito; restablecer la seguridad democrática —incluida la fumigación de la coca—; limitar el poder de las cortes que veían como politizadas en contra del uribismo; e investigar "casos emblemáticos de corrupción como la mermelada, Reficar, el Sena y Odebrecht que involucran de forma grave a la campaña del expresidente Santos y a altos funcionarios del Estado".

Para los que no votaron por Duque, en cambio, su llegada representaba todo lo que temían del uribismo: que volviera "trizas" el Acuerdo de Paz; que acabara con el equilibrio de poderes; que reeditara los episodios de persecución del gobierno Uribe en contra de periodistas, jueces adversos y líderes opositores. Y, básicamente, que fuera un títere del expresidente.

Al final, Duque no logró satisfacer las expectativas de ninguno de los dos lados de la polarización política. Pero como carecía de una agenda ambiciosa sobre los problemas centrales del país, tampoco logró ofrecer una visión alternativa que los uniera en un propósito común como fue su promesa desde un inicio ("Una Colombia en la que todos quepamos", repitió una y otra vez en su discurso inaugural).

De ahí que muy pronto se quedara solo.

Un presidente que se quedó solo

Desde muy temprano, Duque gobernó con un cerrado círculo de amigos a los que empoderó adentro y fuera de Palacio.

En ese círculo íntimo, su jefe de gabinete, María Paula Correa, asumió el doble rol de ser también la Secretaría General de la Presidencia convirtiéndose en una súper poderosa del manejo político con el Congreso. Al final del mandato, por un inédito decreto presidencial, Duque le atribuyó además funciones diplomáticas con lo que el Presidente terminó marginando aún más a la vicepresidenta y canciller, Marta Lucía Ramírez, quien nunca fue parte del llavero de Duque.

El director administrativo, Víctor Muñoz, fue recontratado por el Presidente luego de un escándalo en el que el funcionario estuvo vinculado a una bodega de twitteros uribistas que armaban tendencias contra opositores y medios de comunicación.

Y, por último, en ese círculo, estaba Diego Molano, a quien rotó por varios puestos: primero como director del Dapre y después como su tercer ministro de Defensa, tras el fallecimiento de Carlos Holmes Trujillo por covid.

Ese círculo —que piensa igual a Duque y tenía tan poco conocimiento del poder y del país como el presidente—— limitó la posibilidad de funcionarios con más experiencia de acercarse al mandatario en momentos de crisis, como el paro de 2022, luego del cual terminó más solo y más refractario a la crítica

Desde 2019, Duque comenzó a tener fisuras con el Centro Democrático, su partido: unos se quejan de que no gobernó con ellos —al final, mantuvieron dos carteras de importancia para ellos, Interior y Defensa— y le achacan la estrepitosa caída del partido en las elecciones de este año. Principalmente porque aunque durante su mandato golpearon a casi todas cabecillas de las disidencias o del Clan Golfo, la seguridad empeoró drásticamente y el uribismo perdió su bandera de la Seguridad Democrática.

Duque no pudo mantener su promesa de tener un "gabinete para cuatro años" porque lo fueron dejando también sus propios funcionarios, y tampoco pudo gobernar sin la “mermelada” que tanto le había criticado desde el Senado a Santos.

En palabras de Yann Basset, profesor de ciencia política del Rosario, el presidente "no propuso una fórmula diferente para tratar con la clase política".

A partir de 2020 logró asegurar una coalición mayoritaria en el Congreso a cambio de puestos en el gabinete y cariñitos a los políticos, por ejemplo a través de los centros Sacúdete, pero lo hizo a cambio de poco.

Puesto que más que gastar su capital político en reformas de trascendencia o en avanzar una agenda ambiciosa como lo hicieron sus antecesores con la paz o la seguridad democrática, lo usó para sacar adelante propuestas conservadoras con valor simbólico pero sin mucho futuro o impacto real; para bloquear reformas importantes que venían de atrás; o para ubicar amigos en puestos clave.

Se empleó a fondo en sacar la reforma que permitió en 2020 la cadena perpetua a violadores de menores, que la Corte tumbó un año después o para expedir un decreto para limitar el porte y consumo de la dosis mínima, que al final el Consejo de Estado limitó; o la reforma que sacó para prohibir que el narcotráfico y el secuestro fueran delitos amnistiables.

También usó su poder para promover amigos y aliados en altos cargos del Estado, a pesar de carecer en varios casos de las credenciales necesarias: su amiga del colegio, Paola Meneses, como magistrada de la Corte Constitucional; su exministra de Justicia, Margarita Cabello, en la Procuraduría; su aliado político, Carlos Camargo, en la Defensoría del Pueblo; su mejor amigo Francisco Barbosa, en la Fiscalía General; su exviceministro, Francisco José Chaux en la Fiscalía y la hija de Alicia Arango, Bibiana Taboada, en el Banco de la República.

Sus fichas en puestos clave, como las presidencias de Senado, le permitieron hundir proyectos de alto impacto, como el de justicia agraria (el único que implementaba el Acuerdo de Paz presentado en 2021) o el que ratificaba el Acuerdo de Escazú que tenía al sector privado en contra (que esta semana, con nuevas mayorías, se destrabó en Senado).

En cambio, no usó su poder para hacer transformaciones estructurales. "El liderazgo del Presidente es inconsistente, se desanima muy fácil, pierde el norte rápido", lo resume un exfuncionario de Duque.

El mandatario abandonó su primera gran apuesta en el Congreso: las objeciones a la JEP cuando fue vencido en la plenaria del Senado; y dejó hundir la reforma a la salud, que había concertado con Cambio Radical, por diferencias entre la Casa de Nariño y el jefe de ese partido, Germán Vargas Lleras.

Su bandera de la Economía Naranja (que en todo caso era marginal para los problemas que tiene Colombia) prácticamente desapareció de su discurso.

Ese Congreso mayoritario le quitó el respaldo político al presidente en tiempos de crisis. Guillermo Botero, ministro de Defensa en 2019, tuvo que renunciar luego de una moción de censura que demostró que había permitido un bombardeo en un campamento con niños reclutados. Una situación similar pasó con Karen Abudinen, ministra TIC en 2021 y amiga desde hace 20 años de Duque. Salió por la puerta de atrás luego de que la coalición le dio la espalda por el escándalo de Centros Poblados.

La clase política —desde Álvaro Uribe para abajo— rechazó la reforma tributaria más ambiciosa de Duque y su ministro Alberto Carrasquilla nunca concertó —ni siquiera con Uribe, quien nunca lo "soltó" del todo pero tampoco ocultó su desilusión con su apadrinado— los aspectos más importantes de la reforma antes de su radicación.

Duque presentó la reforma en abril de 2021 y el país estalló. Por tercera vez durante su mandato. Hubo protestas masivas en 2019 y 2020 con graves episodios de brutalidad policial, que el Presidente desestimó como actos aislados.

Y es que el mandatario tuvo una relación fría y lejana con la oposición. Como constató La Silla con los reportes de entradas a la Casa de Nariño y su agenda pública y privada, solo hasta mayo de 2021, accedió a recibir por primera vez a una parte de la oposición en medio del Paro. Y, sólo hasta que tuvo que hacer el empalme, Duque se encontró con Petro, su principal líder opositor.

Todo esto llevó a que la crítica más reiterada durante su mandato fuera la desconexión.

"A Duque le da mucha furia que le digan que está desconectado", dice una persona que interactúa con el presidente. Pero Duque dejó varias estampas para mostrar que la sensación de desconexión era generalizada.

Para tres aliados y amigos de Duque, esa sensación de desconexión ocurrió porque el presidente no tuvo suficientes defensores de su mandato y porque la oposición fue mucho más vocal y visible en señalar sus desaciertos, que el gobierno en resaltar sus logros.

"Duque sufrió de algo de lo que muchos mandatarios han sufrido: tiene amigos fríos y enemigos calientes", señala el hoy exsenador Ernesto Macías, un frecuente visitante al despacho de Duque, y con él coinciden un exviceministro nombrado por el Presidente y un diplomático . "Hay ministros que fueron tibios o fríos desde la opinión pública".

Por eso, en el círculo cercano del presidente la principal sensación, en los días finales de la era Duque, es de incomprensión con un legado que dicen que sí tiene, puntualmente impuesto por la pandemia y la crisis migratoria.

El legado de Duque

"La historia será más indulgente que las encuestas actuales", dice el analista senior de El Tiempo, Ricardo Ávila. "En resumen lo verá mejor de cómo lo pintan sus opositores, pero lo calificará con mucha más acidez que lo que él piensa de su gestión".

Es posible que Duque sea recordado más por lo que preservó, que por lo que cambió el país en los últimos cuatro años.

"Cuando un gobierno tiene que enfrentar una crisis mundial, en este caso fue la pandemia, más que un legado son las medidas que tomó para salvar vidas y empleos", dijo el congresista uribista Christian Garcés. "Duque será recordado como el presidente de la pandemia", sentencia un exministro que vivió con Duque los días en los que el covid-19 llegó al país, cuando fue el primer presidente en imponer una cuarentena total en el país, que duró meses.

El presidente escuchó a la ciencia y tuvo voces clave dentro del equipo de reacción a la crisis: el ministro de Salud, Fernando Ruiz, quien se volvió una voz autorizada para la contención y aumento de capacidades en el sistema, pasando de 2 mil a 10 mil camas UCI en todo el país; y la directora del INS, Marta Ospina, quien se encargó de regionalizar la toma de pruebas PCR y evitó que Colombia perdiera millones de pesos en la compra de pruebas rápidas.

Al final de la pandemia como la conocemos, el balance de su manejo, según los expertos, es positivo, aunque está lejos de ser excelente. Han muerto casi 140 mil personas por covid y miles de otras por otras causas directamente relacionadas con la pandemia.

Al compararse con países desarrollados de Europa y Norteamérica, así como con otros países de América Latina, Colombia se mantiene en un lugar intermedio en cuanto a indicadores de mortalidad y vacunación. Esto a pesar de tener una población mayor a la de varios países y unas fallas estructurales en el sistema de salud que dificultaron el manejo de la pandemia en varios niveles.

En términos socioeconómicos, la pandemia llevó a 3.6 millones de personas a la pobreza, según la medición del Dane de 2021; y se perdieron cerca de 5 millones de empleos. Pero la forma en que el gobierno Duque sorteó la situación, evitó un descalabro mayor.

El subsidio Ingreso Solidario —que cubre a 4 millones de familias, unas 12 millones de personas y está financiado hasta diciembre de 2022— evitó que miles de colombianos pasaran hambre durante la cuarentena. Para evitar que las empresas se quiebren con la pandemia, el Gobierno concentró sus esfuerzos principalmente en dos ejes: dar créditos a las empresas y subsidiar salarios y primas y se conservaron 4 millones de empleos.

Aunque la meta final de llegar al 10 por ciento de desocupación para dentro de una semana está aún lejos de alcanzarse (la tasa para junio fue 11,3 por ciento, tres puntos menos que hace un año), según el informe de perspectivas económicas de la Ocde de junio, el PIB crecerá 6.1 por ciento en 2022 y 2.3 por ciento en 2023, por encima de otros países como Argentina, Brasil o Chile.

"Estoy convencido de que en unos meses, cuando pase la euforia electoral, nos vamos a dar cuenta de que íbamos por una buena senda importante, de que teníamos una reactivación segura y controlada", dice el gerente de fronteras de Presidencia, Lucas Gómez. "Colombia añorará a Duque".

Gómez fue quien implementó el programa más ambicioso del gobierno para la protección de migrantes: el estatuto temporal que por 10 años normalizará la situación de 2.5 millones de venezolanos que huyen del régimen de Nicolás Maduro. Las proyecciones que tiene esta gerencia anticipan que para 2031, el PIB del país crecerá un 6 por ciento gracias a la mano de obra de los migrantes, que tienen entre otros, beneficios en salud y educación en Colombia.

Con todo y cerco diplomático y episodios muy controversiales de deportación de venezolanos durante el paro esta es la política Duque más ambiciosa a largo plazo.

Pero quizás hay otras cosas más importantes que esas que Duque también preservó (porque quiso o porque no fue capaz de matarlas) y por las cuales también podría ser recordado.

Aunque no avanzó en la implementación del Acuerdo de Paz lo previsto en el cronograma oficial, su política de seguridad fue un fracaso y el asesinato de líderes sociales y de desmovilizados alcanzó cifras dramáticas, no mató el Acuerdo con las Farc. Los desmovilizados siguieron recibiendo el subsidio, los Pdets sobrevivieron y está tan vivo el Acuerdo que Petro prometió continuarlo como si nada.

También sobrevivieron —en parte porque Duque no les quitó el presupuesto de operación— la JEP y la Comisión de la Verdad y el país ha conocido más verdades sobre el conflicto que en décadas.

Cuatro años después, la justicia sigue intacta y las iniciativas de un referendo para limitar su poder perdieron toda tracción. Cuando Uribe fue detenido por la Corte Suprema, la reacción de Duque no pasó de una declaración formal usando los canales públicos de la Presidencia.

Y aunque abusó de su poder criticando solapadamente a Petro durante la campaña y suspendiendo parte de la ley de garantías, respetó las decisiones del electorado y ha hecho una transición pacífica del poder.

En una semana, Duque caminará por última vez los pasillos de la Casa de Nariño. Pasará los primeros meses de su expresidencia entre Colombia y Estados Unidos.

Se va sin haber alcanzado el que dijo que era su principal deseo hace cuatro años: "Quiero que sepan los colombianos que actuaré con humildad. No seré un Presidente encerrado en un Palacio, porque el único Palacio que espero habitar es el corazón de los colombianos".

Pero como aún no cumple 50 años, lo espera una larga ex presidencia. Tiempo suficiente para que el país comience a formar una idea de cuál será su legado final.

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