El 2021 en Colombia a través de 10 testimonios

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“La gente rumbeó de las cuatro de la tarde a las ocho de la noche”, dice el encargado de un bar de salsa en Cali sobre cómo empezó la reactivación económica. “El espíritu santo me dijo, 'viene algo para tí''', cuenta un un señor que montó un kiosko de comida y dormida en Necoclí, donde estuvieron represados miles de migrantes.

La Silla recogió voces involucradas en los 10 hechos que marcaron el año, contados a partir de sus testimonios.

Instrucciones: Haga clic sobre cada enunciado para ver el testimonio.

Alfonso Santamaría, Cali

Alfonso Santamaría, Cali

Foto: Wayra Rojas

Alfonso Santamaría, de 36 años, es el encargado de Malamaña uno de los bares de salsa de Cali. El negocio sobrevivió a la pandemia.

Yo estaba hablando con un amigo. Le decía “ve, otra vez nos van a cerrar”. En esa época, entre enero y febrero, ya todo estaba abierto y repleto, pero a los que abríamos de noche nos mantenían cerrados. No digo que una discoteca se pueda comparar con un supermercado, pero éramos los más estigmatizados.

“Me va a tocar hacer una tempranoteca”, le dije a mi amigo. El huevón me dice “Huevón, ahí tenés, metéle a eso”. Y yo: “¡Jum! tempranoteca. Sí, suena, suena”. Malamaña es un sótano. Entonces siempre es de noche. “Aguanta”.

Cuando abrimos la tempranoteca nos dejaban tener el 30 por ciento del aforo. Antes de abrir ya había fila. La gente rumbeó de cuatro a ocho de la noche.

Estuvo bien sentimental ver que la música y el baile son determinantes para ser feliz. Y que nos apoyaban. Esa gente sabía que veníamos de una calamidad. Estuvimos cerrados por completo nueve meses. Endeudados. La dueña del local hizo un descuento del 70 por ciento de seis meses de arriendo. Los proveedores también nos tuvieron paciencia. Si no hubiera sido por eso tocaba cerrar definitivamente.

Si además de las muertes por el covid dejábamos de bailar, eso habría sido muy triste.

Humberto Cruz, Necoclí

Humberto Cruz, Necoclí

Foto: Cortesía Humberto Cruz

Humberto Cruz, de 57 años, tiene un kiosko donde vende comida. Su negocio está frente al puerto donde más de 10 mil migrantes quedaron varados por la pandemia.

Empezaron a llegar inmigrantes al puerto hace unos seis meses. El espíritu santo me dijo “Barranquilla, viene algo para ti”. El puerto de los emigrantes lo iban a hacer cerca a mi negocio y cuando empezaron a llegar fue espectacular. Vendía 30 o 40 comidas diarias. Y yo solo decía “¡wow!”. Pensé que Dios había dado este negocio para hacer plata. Pero era para ayudar.

Cuando cerraron la frontera por la pandemia los migrantes se quedaron varados. Cada día salían mil personas de aquí, pero empezaron a solo poder salir 250 y cada día llegaban mil más. No había donde meterlos. Todo se puso caro.

Recuerdo que vino un noticiero de Estados Unidos. En mi kiosko se estaba quedando un chileno y los gringos empezaron a entrevistarlo. El chileno ya tenía un tiquete comprado para llegar a Panamá, atravesando la selva por tierra. Pero los periodistas le dijeron que le pagaban el viaje hasta cruzar para contar la historia. Una entrevista súper bacana. El chileno me regaló el tiquete porque no tenía cómo pagarme la quedada.

Yo me puse muy feliz. Podía vender eso como por 300 dólares porque todo estaba carísimo. Pero en la noche estaba orando y el Espíritu Santo me dijo “ese tiquete no es para ti". Y yo dije “bueno, papito Dios, yo soy obediente”.

En mi kiosko también se quedaba un haitiano que no hablaba nada. Al otro día le dije a un traductor que le preguntara por qué no hablaba. El haitiano dijo que llevaba cinco días sin comer. De inmediato le di comida y le regalé el tiquete. Él dobló las rodillas y le dio gracias a Dios. Eso me partió el alma. Yo sé lo que es aguantar hambre por eso ayudo a la gente.

A migrantes que se quedaban sin plata yo les decía que compraran bolsas de dulces y que vendieran. Con lo que recogíamos entre todos hacíamos comida para todo mundo.

Después, cuando los migrantes pudieron volver a viajar, de la noche a la mañana salieron todos y el pueblo quedó muerto. Ahora llegan unos 50 migrantes al día y si acaso pasan una noche y se van. Pero la gente se sigue muriendo cruzando la selva. 

Fernando Murillo, Urabá antioqueño

Fernando Murillo, Urabá antioqueño

Foto: Cortesía Policía Nacional

Fernando Murillo, de 52 años, está al frente de la Dirección de Investigación Criminal e Interpol. Participó en la captura de alias Otoniel, la cabeza del Clan del Golfo y uno de los criminales más buscados en el país.

Ahora Otoniel está diciendo que se entregó y que le debemos esa captura. ¡Tras de ladrón, bufón! Él y el Clan del Golfo intentaron acercamientos con el gobierno colombiano y el de Estados Unidos para entregarse. Eso nunca se negoció. De haber sido así, su entrega habría sido a través de abogados y no a través de una operación militar, la Operación Osiris.

Ese día participaron colaboradores de la Fuerza Aérea, Fuerza Naval. Policía y Ejército. Había 700 hombres en la operación. 1.200 en el Nudo de Paramillo y 20 helicópteros. La idea era romper sus anillos de seguridad y bloquearlo por todo lado. Tuvimos éxito.

Desde hace siete años teníamos en mente poder entregar la captura de alias Otoniel. No era nada fácil. Yo lo veía como un animal del monte. Sabía moverse en la selva del Urabá antioqueño y chocoano. Tenía el control total de la zona gracias al dinero del narcotráfico. Le informaban permanentemente de las acciones de la fuerza pública.

El 23 de octubre, cuando nuestros soldados informan de la captura de una persona con características similares a las de Otoniel, les pedimos que nos enviaran una foto al Puesto de Mando Unificado (PMU). Apenas la vimos salimos inmediatamente para la zona rural de Necoclí.

Nos demoramos 35 minutos en llegar por helicóptero. Era la única forma de entrar a esa zona y de sacarlo. Cuando lo capturaron, él se quitó la camisa para que no le dispararan y así se hizo en respeto de los Derechos Humanos. Aunque mucha gente dice que él se estaba riendo, en realidad estaba en shock. Tuvo la misma cara de risa nerviosa como ocho días.

Recuerdo que ese día de la captura, en el PMU, le dimos gracias a Dios. Era un milagro. Eran puros gritos de júbilo. Gritábamos “¡Viva Colombia! ¡Viva Colombia!”. Nos daba felicidad darle un resultado tan limpio al país. Felicidad de poder darles ese resultado al presidente, al ministro de Defensa y al general Vargas. Capturar a Otoniel era como si la selección hubiera ganado un mundial.

Al mismo tiempo, teníamos sentimientos encontrados. Acabábamos de perder al intendente Edwin Blanco en esa operación. 57 policías murieron por Otoniel.

Víctor Alfonso Escobar, Cali

Víctor Alfonso Escobar, Cali

Foto: Cortesía. Familia Víctor

Víctor Alfonso Escobar, de 60 años, será uno de los beneficiarios del fallo que permite la muerte digna para pacientes no terminales.

Programé mi muerte para un viernes. Será el próximo siete de enero. Así me velan el sábado y el domingo me entierran. Todos pueden ir. Quería que fuera en navidad, pero mi familia me dijo que mejor en enero. Antes de morir lo único que quería hacer era ver al Deportivo Cali jugar y ya lo hice. Ahora estoy dedicado a compartir los últimos días con mi familia.

Yo presenté la solicitud de la eutanasia al mismo tiempo que Martha Sepúlveda, hace dos años. Estaba muy pendiente de lo que se decidiera en su caso porque eso marcaba el rumbo de lo que podía pasar con el mío o viceversa.

Tengo problemas de salud hace siete años, cuando tuve un accidente laboral. Manejaba camiones y una mula me estrelló. Sufro de epoc (una enfermedad pulmonar), trombosis y una incapacidad laboral de más del 50 por ciento.

Es tanto el sufrimiento que mi esposa, Diana, y mis dos hijos me han apoyado en la decisión de la eutanasia. La primera vez que la solicité, estaba hospitalizado. Pero me la negaron porque no era un paciente terminal.

Pero yo sufro de dolores todos los días en varias partes del cuerpo. El nivel de dolor es que tomo varias dosis de morfina a la semana. Lo que más me duele son los pulmones. Vomito sangre. Me toca usar respirador. La mitad del cuerpo la tengo paralizada. Si me quiero mover lo tengo que hacer en silla de ruedas porque me agito. Nadie quiere vivir así.

Cuando en julio salió la sentencia que permite la eutanasia para pacientes no terminales de una solicité el procedimiento. Pero me dijo la médica del hospital de Cali que no sabía cómo activar el procedimiento de la muerte digna. Puse una tutela.

Por fin el juez ordenó que me hicieran el procedimiento. Pero luego el comité médico dijo que no era apto porque, de nuevo, no era un paciente terminal. Cuando salió la noticia de que a Martha también le habían negado el procedimiento me puse muy mal. Ahí sí es que no quería ni pararme de la cama.

Pero después ordenaron que le practicaran la eutanasia y para mí eso fue un alivio. Yo también iba a poder acabar con este sufrimiento.

Cecilia Araque, San Pedro de Urabá

Cecilia Araque, San Pedro de Urabá

Foto: Cortesía. Cecilia Araque

Cecilia Araque, de 34 años, es profesora de un colegio rural en Urabá y hace parte de Enseña Por Colombia. Allí no llegó el internet por el incumplimiento del consorcio que contrató la exministra de las TIC, Karen Abudinen.

Yo en San Pedro de Urabá no tengo televisión, así que casi no veo noticias. Yo soy la única encargada de la sede del colegio (Institución Educativa Rural La Cabaña). Tengo que preocuparme desde las clases de todo el grupo de niños de primaria, hasta de cosas como que haya agua en los lavamanos portátiles que nos dieron para volver a la presencialidad. Los padres de los niños son los que me ayudan con eso. También me apoyo en los estudiantes.

El caso es que yo no me enteré del tema por las noticias porque vivo ocupada. Pero una señora de una fundación que estaba trabajando con el colegio, y quien es mi mentora, me dijo que iba a llegar el internet. Yo no quise generar expectativas en las familias de la vereda. Si acá ni siquiera llega la señal del teléfono, no hay muchas familias con computador, no me hacía mucha ilusión con que el internet llegara. Y menos mal.

Pudimos volver a la presencialidad en abril, tres días a la semana. Y en agosto ya los cinco días. Fueron unos días de mucho trabajo. Nunca había estado tan cansada. Lo bueno es que pude interactuar con los niños y estar más segura de que estaban aprendiendo algo.

Meto a los niños desde primero hasta quinto en un mismo salón y lo que hago es hacer grupos y llevar actividades para cada grupo.

Por esos días, en otra llamada, mi mentora me contó que la ministra Abudinen había renunciado por el escándalo. Las dos estábamos muy indignadas con todo lo que había pasado. Con que se robaran la plata para los niños.

Estar en un colegio rural tiene la ventaja de poder aprender de las caminatas que hacemos por las veredas. Pero no hay que romantizar la precariedad, no hay que romantizar que estos niños solo conozcan un computador porque los construyen con cartón. Ellos se están perdiendo de todo lo que ofrece internet para aprender.

Abelardo Caicedo, Tierra Grata (Cesar)

Abelardo Caicedo, Tierra Grata (Cesar)

Foto: Gregorio Mariño

Abelardo Caicedo (conocido en las Farc como Solís Almeida), de 61 años, lidera el proceso de reincorporación de desmovilizados en el César. Era amigo de Jesús Santrich.

Yo me levanto temprano. Y a las seis normalmente pongo Caracol Radio. A esas horas ya había el rumor de que a Santrich lo habían matado. Pero nada confirmado. Me puse a quitarle el rastrojo al plátano del ETCR (espacios de reincorporación de desmovilizados). Hacía mucho calor. Como a las 11 de la mañana fui a ver la televisión. Y ahí ya apareció el comunicado de la segunda Marquetalia que confirmaba la noticia.

Me dio dolor. Esperaba que de pronto con un cambio de Gobierno Santrich podía volver al proceso de paz. Él e Iván (Márquez) pudieron tener papeles preponderantes en lo que estamos viviendo ahora.

Recordé muchas cosas. Lo conocí en el 94, en la Sierra Nevada de Santa Marta cuando yo estaba en el bloque Caribe. Yo lo admiraba porque siempre estuvo interesado por la participación política. Sabía de muchas cosas, de derecho, de historia, de poesía, pintaba.

Recordé que me dio la misma enfermedad que a él en los ojos recién se había firmado el Acuerdo. Tuve glaucoma y tenía miedo también de quedarme ciego como él. Luego pensé que ya era mucha gracia estar vivo. En esa época en que me operaron de los ojos yo no tenía cédula y el doctor que me operó no podía creerlo. Ahora sí tengo.

Recordé que cuando Santrich se escapó había salido de aquí, de Tierra Grata (César). Y que yo había quedado muy preocupado. Hay mucha gente que nos ha ayudado en nuestros proyectos, todos menos el Gobierno. A mí me da cosa que si sigue el incumplimiento del proceso de paz más gente se quiera ir, como Santrich. Ya varios se han ido.

Cuando me enteré de su muerte no lloré. Uno sabe que en la guerra esa es una posibilidad.

José Constantino Ocampo, Pereira

José Constantino Ocampo, Pereira

Foto: Cortesía. Familia de Constantino

José Constantino Ocampo, de 87 años, obtuvo su primera dosis 21 días después que inició el proceso de inmunización en el país.

La primera vacuna me la pusieron el 9 de marzo de 2021 y la segunda dosis fue el 6 de mayo. Me inyectaron AstraZeneca y me tocó ir a la IPS de Idime en Pereira. No tuve mayores inconvenientes con la cita. La IPS la programó para mi esposa, Helena, y para mí. Tampoco tuve efectos secundarios y me sentí a la perfección.

Menos mal me la pusieron porque yo estaba que salía corriendo de la casa. Me encanta callejear y dar vueltas por ahí. Por fin pude volver a misa, a comprar mis cosas al supermercado y a las librerías. También alquilamos una finca al mes para verme con mis nietos y mis hijos. Lo único que no pude hacer fue intercambiar libros con un amigo mío que se murió de covid y eso me dio muy duro.

Fui a Cali para que me hicieran unos exámenes y mis hijos no me querían dejar salir. Yo me les volé al centro a comer buñuelos y café con leche. También fui a comprar cosas a la Librería Nacional. Me divertí mucho a pesar del susto que se pegó mi familia.

Lo malo fue que en esas me dio covid. Fue una experiencia muy maluca porque no quería levantarme de la cama, no comía, me sentía muy débil, perdí el gusto y el olfato.Tuve tanto susto que llegué a pensar que me iba a morir.

Pero me recuperé y me siento regio para disfrutar mi vida de pensionado. Me la paso leyendo y viendo fútbol.

Rodrigo Parada, Bucaramanga

Rodrigo Parada, Bucaramanga

Foto: Ana León

El bumangués Rodrigo Parada, de 36 años, es docente y abogado especialista en derecho penal. Ha seguido por afición el caso del expresidente Uribe, señalado de manipulación de testigos.

El caso de Uribe se ha convertido para mí en una especie de programa de televisión. Lo sigo en mi oficina o en el estudio de mi casa.

Hay varias cosas que me llaman la atención del proceso, además de que el protagonista sea Uribe. El senador está acusado de un delito que no tiene que ver con sus funciones como congresista. Y se dio cuando se creó una nueva sala especial de instrucción (encargada de investigar y decidir si abre o no una investigación formal en la Corte Suprema de Justicia (CSJ)).

Lo que ha pasado reafirma la idea de que Álvaro Uribe es intocable y que su abogado Jaime Granados es el más poderoso del país. A Álvaro Hernán Prada, estando procesado por lo mismo, no le aceptaron su renuncia al fuero (a los congresistas los procesa la CSJ, pero si renuncian al fuero, quedan en manos de la Fiscalía). A Uribe sí le aceptaron esa renuncia. Pero además la misma Fiscalía solicitó la preclusión del caso.

También me ha sorprendido la duración de la audiencia de preclusión, solicitada por el mismo fiscal Gabriel Jaimes. Si tuviera que dar un ejemplo a los estudiantes de lo que no se debe hacer en una audiencia de preclusión sería esta. Pudo tardar una hora, pero lleva meses y no ha terminado.

Personalmente el caso además ha representado la caída de un ídolo: Eduardo Montealegre. El exfiscal es un hombre que venía de la provincia, que había logrado cosas desde abajo, es un referente del derecho penal.

Pero en el derecho las formas importan mucho. Me impactó ver la forma en cómo se refirió al fiscal Gabriel Jaimes. Si bien me parece un mal fiscal, se burlaba de él, fue grosero, sus intervenciones eran grotescas. Cuando pidió que lo declararan víctima también fue grosero con la juez (Clara Salcedo), quien le tuvo que llamar la atención. Eso fue lamentable.

Además de eso, creo que tanto Uribe como el senador Iván Cepeda han salido favorecidos.

Jennifer Giraldo, Medellín

Jennifer Giraldo, Medellín

Foto: Cortesía de Le cuento

Jennifer Giraldo, de 25 años, es estudiante de periodismo. Cubrió y participó en el paro en Medellín desde el 28 de abril hasta mediados de septiembre.

Salí a las ocho de la mañana de mi casa el 28 de junio. Habían pasado dos meses del paro y esperaba que no saliera tanta gente en Medellín. Salió muchísima. Hubo enfrentamientos entre el Esmad y los manifestantes todo el día.

Recuerdo ese 28 particularmente porque viví tres hechos de violencia de género. En la mañana, detuvieron a una mujer de la nada. Seguimos a la patrulla de Policía que se la llevó y luego le pedimos a los verificadores de DD. HH. que revisaran si la detención había sido arbitraria. A la hora la dejaron libre.

Cuando la mujer salió me contó que le hicieron preguntas tipo “¿Qué tan buena eres en la cama?”.

En la tarde, en Moravia, un barrio popular donde siempre terminaban los enfrentamientos, un policía le dijo al colega con el que trabajo “llévese a esa perra de aquí”. Se refería a mí. No fue la única vez en que integrantes del Esmad me trataron de “perra”. Uno de ellos también me robó un celular cuando grababa los procedimientos que hacían.

En la noche, se conoció el caso de una menor de edad que había sido violada, presuntamente por alguien del Esmad. He seguido ese caso, mando derechos de petición, pregunto cómo avanzan las investigaciones. Pero no ha pasado mucho.

En 2018 creamos un medio que se llama Le Cuento. Cubrimos paros y movilizaciones sociales desde el lado de las personas que protestan.Yo personalmente comparto algunas de las causas, como la reforma policial, equidad de género, y mayores oportunidades en la educación superior.

Gracias a las donaciones de ciudadanos al medio, que no confían en los medios tradicionales, pudimos ir a cubrir el paro también en Cali y Bogotá.

Cuando todo terminó, en septiembre, tuve que ir a terapia psicológica. Me había entregado al paro por completo. Salía a las ocho de la mañana y regresaba después de media noche a casa. Bajé seis kilos, siendo una persona delgada. Perdí amigos por darles voz a las primeras líneas. Y sentía mucha frustración de que no pase nada, por ejemplo, con ese caso de la niña violada.

No viví la renuncia del exministro Alberto Carrasquilla (quien propuso una reforma tributaria que fue el detonante de las protestas como un triunfo; al poco tiempo supimos que ya le tenían puesto en el Banco de la República

Alejandro Torres, Bogotá

Alejandro Torres, Bogotá

Foto: Gregorio Mariño

Alejandro Torres, de 21 años, estudia ciencia política. Este año se convirtió en consejero de juventudes y ha seguido por las noticias el inicio de campaña a la Casa de Nariño.

Yo veo noticias todos los días. Me levanto y lo primero que hago es leer Portafolio, La Silla Vacía, Las dos orillas, el Espectador y veo Zona Franca por redes. Por las noches la tertulia con mi mamá es sobre lo que pasó en el día. Cuando Roy Barreras se unió al Pacto Histórico de Petro mi mamá me dijo que no entendía por qué. Yo le dije “mamá, la política es dinámica. Todo es estrategia”.

Yo tampoco podía creer que Benedetti se uniera también al Pacto Histórico. Además me sorprendió que no ganara Mafe Cabal en la consulta del Centro Democrático. Me pareció curioso que Alejandro Gaviria dejara la rectoría de los Andes para hacerle competencia a Fajardo. Y me alegró la candidatura de Francia Máquez. Asimismo me sorprendió que mi partido, el Verde, no tuviera candidato propio.

Estaba mirando la campaña un poco como espectador, porque yo no quería ser de los jóvenes que empiezan en la política volanteando y llevando tintos. En julio vi la publicidad para las elecciones de consejeros de juventudes y pensé que no había otro mejor momento para canalizar lo que estamos sintiendo los jóvenes.

Esa noche me reuní con mis mamá, mi abuela y mi tía. Les conté que tenía la idea de participar. A mí familia no les gusta la política porque mi abuelo fue desplazado, no creen mucho en eso y además saben que es peligroso.

Les dije una frase de Martin Luther King: “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”. Lloramos un rato. Luego empezamos a planear la campaña. Mi compañera sentimental me ayudó mucho. La lista del partido Verde, que me dio el aval, tuvo 459 votos y quedé.

Mi meta es que en los colegios de Fontibón pueda mejorar la educación en temas de género y ambiente. También que puedan salir al espacio público las personas en condición de discapacidad. Y hacer control político a los ediles.

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