El abuso policial enciende las calles que el covid apagó

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El exceso de la fuerza que llevó a que dos policías mataran al abogado Javier Ordóñez en Bogotá derivó en una ola de protestas y disturbios. Aunque fueron por ese motivo, se enmarcan dentro del regreso de la movilización social que la pandemia detuvo en marzo.

El abuso policial a punta de choques eléctricos con pistola taser que terminó ayer en la muerte del abogado y taxista Javier Ordóñez, en Bogotá, desató una ola de indignación que en esa ciudad se tradujo anoche en protestas, cacerolazos y disturbios, sobre todo contra los Centros de Atención Inmediata de la Policía (CAI).

El balance, según la propia Policía, es de tres muertos en Bogotá y dos en Soacha, 80 heridos (50 civiles y 30 policías) y 17 CAI incendiados.

El presidente Iván Duque lideró un Puesto de Mando Unificado (PMU), desde donde el ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, anunció que hoy la Policía dará a conocer cambios en sus procedimientos, en un momento en el que desde las calles piden una reforma que ataque problemas estructurales y que deje el discurso de las manzanas podridas. En eso hizo énfasis la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, que también lideró su propio PMU con un llamado constante a la ciudadanía a mantener la serenidad y no usar la violencia.

El caso es que a Javier Ordóñez, de 43 años y con dos hijos, lo mató la Policía en medio de un contexto muy específico, nacional e internacional, que puede darles aire a las protestas que estaban comenzando a revivir luego de que la pandemia ahogara el Paro Nacional que vivía el país en marzo.

La expectativa que hay es que la indignación, en forma de manifestación en calle continúe hoy, se pueda extender a otras ciudades del país y le vuelva a cambiar la agenda a Duque, en cuyo norte está principalmente la reactivación económica por la crisis del confinamiento.

El descontento revitalizado

El coronavirus apagó el Paro Nacional. Logró terminar con las movilizaciones en las calles que habían comenzado el 21 de noviembre de 2019, y que seguían, no tan fuertes pero constantes, en marzo de este año.

En eso, la pandemia fue funcional a los intereses de Duque, que había intentado inútilmente calmar las calles por medio de la “Conversación nacional” que se inventó para concertar los puntos del Paro, más otros.

El descontento, sin embargo, no se fue. Y más bien ahora que se terminó la cuarentena, políticos de oposición, sindicatos y movimientos sociales tienen acumulada una serie de motivos para volver a las calles, como ya comenzó a pasar. Lo de Javier Ordóñez fue el detonante.

Hay razones de dos tipos: unas relacionadas con temas que vienen de antes, como la violencia, representada sobre todo en la reciente ola de masacres; los incumplimientos a la implementación del Acuerdo de Paz, que ya se sabe que el año entrante seguirá desfinanciado; y el abuso policial, que en el Paro pasado se metió desde las primeras protestas luego de que un capitán del Esmad de la Policía mató al estudiante Dilan Cruz, de 18 años. Sin embargo, el Gobierno de Duque se negó a discutir una reforma a ese escuadrón.

La reforma a la Policía es una causa que revive con el caso de Javier Ordóñez en Bogotá.

Además porque el video en el que quedó grabado el exceso de fuerza de los dos policías que lo sometieron con la pistola taser, mientras él pedía una y otra vez que por favor no lo hicieran, es a la vez muy significativo por su enorme similitud con aquel en el que quedó registrado el abuso policial contra George Floyd en Estados Unidos, un símbolo internacional de ese flagelo y de las actuales protestas en ese país:

Colombia tiene un antecedente reciente, de mayo, con el joven afro Anderson Arboleda en Puerto Tejada (Cauca).

En la lista de inconformidades ciudadanas también entran otros asuntos como el descontento de los sindicatos por la reglamentación de la cotización de salarios que no superen el mínimo; el avance del Gobierno en la reglamentación de los pilotos de fracking; la insistencia en fumigar con glifosato con el argumento de que eso servirá para parar las masacres.

Y hay motivos más nuevos, relacionados con la gestión que ha hecho Duque de la pandemia. Por ejemplo, el préstamo de 370 millones de dólares a Avianca con plata del Fome, el fondo que él mismo creó para atender esta crisis. Que las mipymes consideran que los subsidios que les han dado, por ejemplo a la nómina, no han sido suficientes, al tiempo que la banca les niega créditos. Que aún no está jugado, en medio del aumento del desempleo y de la pobreza, por establecer una renta básica (no le ha dado aval a ninguno de los cuatro proyectos que hay en el Congreso para eso).

Ese cúmulo de razones ha hecho que los movimientos sociales, poco a poco, se hagan sentir en las calles.

Luego de los trapos rojos y protestas puntuales al comienzo de la pandemia de gente exigiendo ayudas, el 21 de agosto (para conmemorar el 21 de noviembre de 2019) se realizaron movilizaciones particularmente en contra de las masacres.

Posteriormente en redes, tras conocerse más masacres y el préstamo a Avianca, se movió la etiqueta #ParoNacionalYa con la idea de comenzarlo el 4 de septiembre. Eso finalmente terminó en manifestaciones pequeñas ese día en contra de la violencia.

Y el lunes pasado las centrales obreras volvieron a salir a las calles, algo que no hacían desde marzo. Más allá del liderazgo que han perdido entre el movimiento social porque hay sectores que ya no les copian, sí fue muy simbólico y elocuente que eso haya pasado porque su capacidad de convocatoria y de organización es clave para impulsar nuevas movilizaciones.

Como le dijo a La Silla Vacía Fabio Arias, fiscal de la CUT: “Ese es el primer paso de un proceso para volver a las calles”.

Por eso, aunque las protestas de ayer por el abuso policial que terminó en la muerte de Javier Ordóñez tenían ese motivo específico, fueron las primeras de esa magnitud desde que la pandemia acabó con el Paro y se enmarcan dentro de un contexto de retorno de la protesta social al país.

Lo que está por verse es qué tan grande sea, qué forma tome y si Javier Ordóñez finalmente se convierta en un símbolo que ayude a cohesionar a los descontentos, como lo fue Dilan Cruz.

Quizás no sea igual

A diferencia del pasado Paro Nacional, lo de ayer estuvo centrado en Bogotá. También hubo manifestaciones en ciudades como Barranquilla, Medellín, Chía (Cundinamarca), Cali y Duitama (Boyacá), por ejemplo, pero no de la misma magnitud.

Es decir, aún no puede afirmarse que la calle revivió en todo el país y no es claro si ese movimiento se sostenga o pase al olvido en las próximas semanas, por ejemplo, por otro escándalo.

Sin embargo, que a Javier Ordóñez lo hayan matado en la capital sirve para que el caso haya ganado una atención mediática que quizás no hubiera tenido si hubiese ocurrido en otra parte. Pocas horas después de que se conoció el caso la Fiscalía anunció que piorizaría esa investigación y el ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, dio una declaración. Al final del día, anunció que hoy la Policía anunciará “los cambios que se necesiten con el fin de tener una institución más fuerte y rodeada del respaldo y aprecio de los colombianos".

La repercusión ha sido grande, y por eso también depende de cómo maneje el tema el Gobierno que la indignación crezca o se diluya (por ejemplo, pocos días antes del 21N fue que el senador Roy Barreras dio a conocer el bombardeo en Caquetá en el que murieron niños, después de lo cual el presidente Iván Duque pronunció ante una pregunta sobre el tema el famoso “¿De qué me hablas, viejo?", que se volvió una frase de indignación en el Paro).

Ayer, por ejemplo, el Presidente no mencionó a Javier Ordóñez al referirse al caso.

Y que esto haya pasado en Bogotá también es importante por el manejo que le dé la alcaldesa Claudia López al descontento. Ella participó de las movilizaciones del anterior Paro como ciudadana, y ahora como Alcaldesa se ha mostrado del lado de la gente al exigir una reforma de fondo a la Policía; al tiempo, sin embargo, también ha chocado con sectores sociales que hicieron parte del Paro que no están de acuerdo con la forma como ha manejado la protesta social, en la que ha usado el Esmad.

El punto es que, como ella sí marca una ruptura en su visión sobre la movilización social frente al impopular Enrique Peñalosa, y tiene el respaldo de un sector de la izquierda, está por verse si con su llamado a la no violencia logra algún acuerdo que permita mantener la movilización pacífica.

Y también está por verse, más allá de Bogotá, el tono que tomen las siguientes protestas: si son más o menos violentas; anoche no sólo hubo disturbios; también cacerolazos y velatones, como en un CAI de Fontibón y otro de Chapinero).

También, las condiciones en las que se harán con la pandemia aún viva: si sale poca gente por temor a contagiarse o se imponen las caravanas en carros y motos como lo hicieron ya los sindicatos).

Y cómo la oposición capitalice el descontento: Gustavo Petro, por ejemplo, leyó los disturbios como una forma de insurrección mientras trinaba minuto a minuto los hechos; mientras que Jorge Robledo, del Polo, lo que hizo fue condenar el abuso policial, pero no habló de las protestas; y Juanita Goebertus, de los verdes, rechazó tanto el abuso policial como las manifestaciones violentas.

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