El caso de Medellín demuestra que la innovación es buen negocio

El caso de Medellín demuestra que la innovación es buen negocio
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Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

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Nunca antes la importancia de invertir en la generación de nuevo conocimiento había sido tan evidente como con la pandemia del covid-19.

Los países y compañías con inversión fuerte en temas de ciencia, tecnología e innovación demostraron con creces sus beneficios, mientras que aquellos más quedados —entre ellos Colombia— sufrieron las consecuencias, con capacidades de diagnóstico y rastreo que aún hoy son insuficientes y una dependencia completa en otros países y farmacéuticas para adquirir vacunas.

Las vacunas son, además, el mejor ejemplo de cómo las inversiones en innovación para generación de nuevo conocimiento pueden llegar a ser tremendamente rentables. 

Tan solo en los tres primeros meses del año, Pfizer reportó ganancias de 3,5 billones de dólares por su vacuna contra el covid, lo que representó un crecimiento del 42 por ciento en sus ingresos. En mayo, la iniciativa People’s Vaccine reveló que al menos nueve personas se han convertido en billonarios con los réditos de la venta de vacunas.

Los retornos en rentabilidad son el resultado de años de estas compañías y países invirtiendo en el desarrollo de nuevos conocimientos y tecnologías. 

Si bien a otra escala, en Colombia también hay casos en los que la inversión en innovación ha sido un muy buen negocio. Principalmente, en Medellín, con Ruta N.

Ruta N en Medellín: un caso de éxito

Medellín fue la ciudad más golpeada del país por la violencia del narcotráfico a finales del siglo pasado. La ciudad que quedó después de esta época de capos y sicarios se parecía poco a la próspera Medellín de los años 60, que fue epicentro de la industria textil en Colombia y Latinoamérica. 

Pero esa misma ciudad, para el 2014 registró el mayor crecimiento económico de todas las ciudades de Latinoamérica. Un año antes, en 2013, Medellín fue reconocida como la ciudad más innovadora del mundo, superando a ciudades como Nueva York y Tel Aviv para este galardón entregado por el Citigroup y el Wall Street Journal. Estos dos logros juntos no son coincidencia.

Al principio de este siglo, Medellín venía apostándole a mejorar la educación y avanzar como sociedad por medio de esfuerzos concertados entre el sector público, el sector empresarial y las universidades. En este proceso, la ciencia, tecnología e innovación (CTI) cobró cada vez más importancia, y en 2011, bajo la alcaldía de Alonso Salazar, la ciudad formuló un plan de CTI como hoja de ruta para su desarrollo.

Este fue el origen de Ruta N: una agencia pública de innovación que se creó para llevar a cabo el plan de CTI en Medellín.

“Se cayó el falso dilema de que hay que escoger entre invertir en problemas sociales, como el hambre y la delincuencia, o invertir en innovación. Cuando el concejo firma el plan de CTI, el mensaje es: ‘Con ciencia, tecnología e innovación solucionamos los problemas de la ciudad’”, dice Jorge Suárez, quien se encarga en Ruta N de medir el impacto de estas políticas en la ciudad.

Ruta N buscó crear y sostener un ecosistema de innovación en Medellín a través de varias actividades: incentivar una cultura de innovación, creando conciencia de sus beneficios; coordinar y apoyar la financiación de proyectos de investigación y desarrollo, y su transición a convertirse en negocios; y desarrollar programas orientados a la generación de capacidades, en términos de infraestructura y formación de talento humano. 

Para ello tiene un presupuesto de alrededor de 50 mil millones de pesos anuales. 

Y para medir el impacto de esta apuesta, construyó en conjunto con el Observatorio de Ciencia y Tecnología (OCyT) y el Centro Nacional de Consultoría una encuesta de innovación para la ciudad de Medellín, que cada año toma una muestra de mil empresas de un universo que representa el 80 por ciento de la economía de la ciudad. Los resultados hablan por sí solos. 

Entre 2015 y 2019, las empresas de la ciudad que hacen innovación pasaron de ser un 56 por ciento a un 70 por ciento. “Vemos una oleada de innovación muy grande. En Medellín uno levanta una piedra y ve a alguien haciendo alguna cosa extraordinaria”, dice Suárez. 

Y, según la misma encuesta, estas empresas han aumentado sus ganancias anuales entre 25 y 39 por ciento gracias a la innovación. 

Esto no solo beneficia al sector privado; también se traduce en más recaudo local y nacional, y más empleos. Según la última encuesta, uno de cada tres empleos generados en 2020 se puede atribuir a la innovación. La proporción es similar a lo largo de los últimos cinco años.

El crecimiento económico de Medellín en la última década está entre los más altos de la región. La tasa de crecimiento del PIB per cápita de Medellín entre 2010 y 2018 fue mayor que la de capitales latinoamericanas como Bogotá, Buenos Aires, Sao Paulo y Santiago de Chile. 

Y, según un estudio que realizó Ruta N con la Fundación Ecsim en 2018, alrededor del 30 por ciento del crecimiento del PIB se explica por el aumento en la inversión en innovación: Medellín pasó de invertir 1,15 por ciento del PIB en actividades de CTI en 2015 a invertir 2,45 en 2019 —más del doble. Y muy por encima de lo que invirtió el país ese mismo año: 0,74 por ciento. 

“Ruta N fue un mecanismo para cambiar la mentalidad de la ciudad, de un paradigma basado en lo industrial-comercial-financiero a una mentalidad de desarrollo desde el conocimiento —explica Elkin Echeverry, quien participó en la formulación del plan de CTI, y luego fue director de planeación en Ruta N durante casi 10 años— Entendimos que lo que cambia el mundo es crear conocimiento y aplicarlo”.

Tanto Echeverry como Suárez definen la innovación como aplicar nuevo conocimiento para generar un bienestar o una mejora frente a lo que había antes. La innovación, entonces, siempre nace buscando solucionar un problema. Y en eso radica su rentabilidad.

“Cuando inviertes en innovación, inviertes en el futuro de un ecosistema que crece, porque las capacidades que crea se van irradiando a otros sectores”, dice Suárez, de Ruta N. Esto deriva, por ejemplo, en una mayor calidad de la educación y formación de las personas en una sociedad y en el aumento del volumen de conocimiento con el que cuenta la sociedad. 

En resumen, los beneficios de invertir en innovación son amplios, y la experiencia de Ruta N los evidencia. Sin embargo, esta apuesta fuerte por crecer a través de CTI en el país no ha trascendido aún con contundencia las fronteras de Medellín.  

E incluso en Medellín, el experimento de Ruta N comienza a ponerse en riesgo por el manejo que le ha dado la alcaldía de Daniel Quintero

En año y medio de gestión ha tenido 3 gerentes. El primero, Juan Andrés Vásquez, fue despedido por el alcalde sin consultarlo con la junta, en una entrevista radial en agosto del año pasado. La decisión generó la renuncia de varios miembros de la junta de Ruta N y comentarios del gerente saliente según el cual fue retirado del cargo porque tuvo "buenos resultados técnicos, pero no políticos".

Todo esto ha llevado a los empleados a manifestar su preocupación por la “profunda inestabilidad institucional” y el “rumbo incierto” que está tomando Ruta N. 

A nivel nacional, seguimos quedados

Desde el 2000, la meta del gobierno colombiano ha sido llegar a una inversión del 1 por ciento del PIB en actividades de CTI. En 20 años, esta meta aún no se ha alcanzado. 

No obstante, Duque trazó una meta aún más ambiciosa para el cuatrienio 2018-2022: llegar al 1,5 por ciento (partiendo de una inversión de 0,68 en 2017). Seguimos lejos de esa meta: en 2019 —el último dato disponible en los indicadores del OCyT—, la inversión en actividades CTI iba en 0,74. 

Que aún no cumplamos las metas establecidas no quiere decir que no haya habido un crecimiento. La inversión en actividades de CTI pasó de ser 3 billones en 2010 a casi 6,5 billones en 2019, y su tasa de crecimiento en los últimos 10 años supera la tasa de crecimiento del PIB para el mismo periodo. 

La aversión al riesgo de los empresarios y una visión de corto plazo en muchas compañías que pesa a la hora de evaluar inversiones se convierten en barreras importantes para la innovación; que, como señala el OCyT y como demuestra la experiencia de Medellín, son más fáciles de superar si se trabajan desde lo público. Sobre todo porque, para los expertos, hoy en día innovar ya no es una opción, sino una necesidad. 

“La innovación es un proceso, no es un tema que lo empiezo hoy y lo termino en un año”, señala Julián Martinez, de la empresa Suricata Labs, dedicada a fomentar el desarrollo de negocios a partir de la innovación y la tecnología. “Y es un proceso que no debe terminar, porque el mercado evoluciona y lo que funciona hoy posiblemente ya no funcione en uno o dos años. Hay que tener esa mejora continua, sino uno se va quedar atrás”.

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