El "gota a gota", la enfermedad que busca atender MinHacienda

El "gota a gota", la enfermedad que busca atender MinHacienda
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En la edad media, “la gota” era conocida como la enfermedad de los reyes, causada por un exceso de comida y alcohol. Cientos de años después en Colombia, más particularmente en la Medellín de los años 90, el “gota a gota” se convirtió en la “enfermedad” de los pobres. Hoy sigue siendo un problema para los más vulnerables pero también de pequeños comerciantes y hasta profesionales. Es a este mal que el ministerio de Hacienda le quiere encontrar remedio con su estrategia de inclusión crediticia con la que busca competir con los prestamistas del barrio.

Los “gota a gota” son préstamos informales de dinero a los que se accede casi de inmediato. Suelen ser por montos pequeños y a plazos cortos, pero con tasas que superan con creces la de usura y peligrosos mecanismos de cobro.

De acuerdo con la última encuesta de micronegocios del Dane, el año pasado uno de cada cuatro micronegocios en Colombia se financió a través de ese tipo de créditos y solo el 30 por ciento tuvo acceso a financiación formal.

Es a estas “unidades económicas de baja escala” —que incluye desde vendedores ambulantes hasta dueños de pequeños negocios como tiendas y peluquerías— a quienes va dirigida la estrategia del Ministerio de Hacienda. También busca beneficiar proyectos agropecuarios en las zonas rurales del país.

Para acceder a los “créditos populares productivos” no es necesario tener historia crediticia y se pueden prestar hasta seis salarios mínimos, es decir, casi siete millones de pesos, con tasas de interés fuertemente subsidiadas. El gobierno ha dicho que en los próximos tres años entregará un millón de créditos “Creo”, como los bautizó.

En La Silla conversamos con personas de Medellín que padecen diariamente “el gota a gota” o los “pagadiarios”, como también se le conoce a esa modalidad crediticia, para entender cómo lidian con sus síntomas y si la receta del gobierno puede hacer la diferencia. Cambiamos algunos nombres por petición suya.

Empanadas mojadas por el “gota a gota”

“Las pequeñitas son de papa a cinco por $2.000. Las grandes valen $2.300 y son de papa con carne o paisas, con chicharrón y fríjol”, le explica Guillermo a uno de los clientes que llegó a su negocio pidiendo detalles del relleno de las empanadas. Guillermo tiene sus manos embadurnadas de aliños y viste un delantal blanco y una gorra oscura. No le gusta que le pregunten su edad, pero ya es abuelo y tiene el cabello blanco.

“Mi hija Sandra es la que maneja todas las finanzas. Espere que ella se fue a comprar algo y ya viene”, dice, mientras despacha al cliente que al final se decidió por una de las de papa y carne. Al llegar, Sandra sube la bisagra de la barra para entrar al cubículo. Tiene el cabello alisado con gel y recogido en una moña detrás de la cabeza. A diferencia de su papá, trabaja de negro, sin uniforme.

“Siempre hemos vendido fritos, tinto, café con leche y frescos”, relata. Hace seis años la Alcaldía les asignó un cubículo en un barrio al sur de Medellín, luego de años con un puesto ambulante. Pese a que el negocio se mueve y surten la vitrina varias veces al día, Sandra y su papá han tenido que recurrir a los “gota a gota”.

“Tener créditos es bueno pero cuando uno tiene varios es difícil porque uno no les puede pagar a todos (...) Máximo se deben tener dos, porque cuando son más, ya es muy duro”, explica Sandra, que tiene a su cargo una hija de 17 años.

Los “pagadiarios” llegaron una vez a su negocio y le ofrecieron plata justo cuando la necesitaba para surtir y pagar otras deudas. Ahora lidia con cinco “gotas”, todas de chorros distintos, que le caen casi que a diario a cobrarle las cuotas. No tiene las cuentas muy claras pero cree que les debe alrededor de $2 millones de pesos. “Uno es como el Chavo del Ocho, se mete sin querer queriendo. Uno cree que las cosas le van a servir pero al final le hacen mal”, comenta Sandra.

Las tasas de interés suelen ser de un 20 por ciento quincenal o mensual, dependiendo de la urgencia y con multas en caso de tardanza. Los intereses pueden llegar hasta un 120 por ciento anual, más del doble de la tasa de usura legal que actualmente es de 47,09% efectivo anual.

En su amplia experiencia con “pagadiarios”, Sandra reconoce que hay unos con los que “se puede conversar” y otros que solo reciben billetes como respuesta. Cuenta que una vez uno de ellos enfrentó a su papá y lo amenazó de muerte, pero al final le pudieron pagar lo que le debían.

“Sería muy bueno si se dan esos créditos del gobierno para las personas que trabajamos independientes, para no tenernos que meter en estas cosas”, opina. Mientras tanto, tiene la esperanza de que una hermana que está en el exterior le colabore para cerrarle la llave al “gota a gota”. 

Del gota a gota a las “gota-Apps”

Según la Corporación para el Fomento de las Finanzas Solidarias, las comunas de Medellín donde más hay préstamos tipo “gota a gota” son Manrique, Villahermosa, Candelaria y San Javier. Todas coinciden en que buena parte de su población es de estratos bajos. Sin embargo, sus servicios son conocidos en todo el Valle de Aburrá.

En el centro de la ciudad, por ejemplo, es normal caminar por la calle y recibir volantes que prometen préstamos fáciles e inmediatos. La publicidad también aparece debajo de las puertas de las casas o al lado de los negocios, otras veces a través del voz a voz.

“Un día mi esposa se dio cuenta de que la señora que vendía chance al lado de la casa le pagaba a un señor semanalmente. Yo estaba necesitado, entonces mi esposa le preguntó a la señora y ella le dio un teléfono de un señor. Yo lo llamé y me prestó $200 mil pesos. Había que pagarle $60 mil todos los lunes”, recuerda Diego, un padre de familia del barrio Campo Valdés de esa primera vez que le prestó plata un "pagadiario".

Su vieja costumbre de tomar más licor de lo que se debe y un embargo en el que cayó tras servirle de fiador a un amigo, lo convirtieron en cliente habitual de los créditos informales, hasta que hace un par de años le pasaron factura. Prestó un millón de pesos con otro “gota a gota” que le recomendó un compañero de trabajo y cada viernes debía pagar $200 mil de intereses, hasta que un día no pudo pagar la cuota.

“Ahí fue cuando llamaron a la casa y preguntaron por mí. El muchacho se enojó y me dijo que ya venía para acá y que si no tenía plata entonces iba a sacar a las malas el televisor, la nevera o lo que fuera”. Ante la amenaza, tuvo que confesarle a uno de sus hijos la situación y este pudo ayudarlo a pagar.

Diego no es comerciante, trabaja en una de las empresas públicas de la ciudad, pero también apoya la iniciativa del gobierno, con algunas salvedades: “Que hagan caso omiso de los embargos que muchas veces se tienen por ahí y de cuánto gana cada persona”. De acuerdo a la información que publicó el MinHacienda, a los préstamos “Creo” podrán acceder personas sin historial crediticio, pero no es claro si tendrán en cuenta a quienes están reportados en las centrales de riesgo o cargan con embargos.

En Medellín todavía es común la escena de los motorizados que pasan con una libreta y una riñonera cobrando puerta a puerta. Diferentes grupos delincuenciales han integrado esta actividad dentro de su portafolio delictivo. Según un estudio de la Universidad Central de Bogotá publicado en 2019, los “gota a gota” mueven en Colombia más de $2.800 millones de pesos diarios.

El negocio es tan rentable que ya fue exportado y tiene franquicias en varios países como México, Perú y Bolivia. Según un informe del diario El País de Cali, para 2019, 200 deudores y 45 prestamistas habían sido asesinados en diferentes países de Latinoamérica.

Después de la pandemia los "pagadiarios" se reinventaron y ahora operan a través de aplicaciones móviles en las que prometen lo mismo de siempre: dinero rápido y sin muchos requisitos. La publicidad se hace a través de redes sociales, que es por donde las personas llegan a las aplicaciones. Los usuarios las descargan, se registran con sus datos personales y le permiten a la app acceder a datos como los contactos, las fotos de la galería y la ubicación.

Con eso como colateral, minutos después de la solicitud, el préstamo ya está girado. Pero en cuestión de dos o tres días comienzan los cobros. Los "pagadiarios" comienzan a llamar todos los días y si no reciben el pago, se comunican por WhatsApp con los amigos de sus clientes.

“Si pagas paran, pero si no tienes para pagar siguen y cada vez se ponen más violentos. Te amenazan con ir a tu casa o con matar a tus seres queridos, hostigan a tu familia, los llaman a extorsionarlos y cada día de mora es un monto más y más alto”, explica Valentina Meneses, una joven politóloga que tuvo que lidiar con “los nuevos gota a gota” el año pasado, cuando su papá descargó una de esas aplicaciones.

“Llaman a tus contactos a decirles que a ellos también los van a reportar como cómplices de fraude. Juegan con la mente y debilidad de la gente y así muchos han perdido el trabajo, relaciones familiares y hasta han caído en depresión”, explica Valentina, que conoció el caso de muchas otras personas estafadas y realizó una denuncia pública a través de Twitter.

Los profesionales tampoco se salvan

Eliana tiene 31 años y es filóloga. Durante sus estudios comenzó a pedir prestado a los “gota a gota” para pagar fotocopias, pasajes y almuerzos que su beca no alcanzaba a cubrir. En el barrio Santo Domingo Savio, de Medellín, los “pagadiarios” hacen las veces de bancos, y hace diez años le prestaban 100 mil pesos al cinco por ciento de interés mensual. Ahora los intereses no bajan del 20 por ciento.

“Antes tenía un empleo fijo que me permitía tener cuentas bancarias, pero hubo un recorte que afectó al centro de investigación en el que trabajaba. Eso hizo que yo perdiera el trabajo. Los ingresos eran irregulares pero las deudas sí eran como un relojito, entonces comencé a prestar de manera periódica”, cuenta Eliana. “Eso frustra porque desdibuja el panorama de que la educación es la vía para la estabilidad y las oportunidades”, agrega.

Recientemente, justo cuando comenzaba a reponerse de la crisis, su perrita Cynthia se enfermó y ante la falta de ahorros le tocó volver a llamar a los "pagadiarios" para pagar el tratamiento: “En Colombia la gente de clase baja no tiene la posibilidad de ahorrar y yo hago parte de esa gente”. Esta vez le prestaron 300 mil pesos y los paga al 20 por ciento mensual, con cuotas quincenales.

Las deudas que le quedaron de los días difíciles no le permiten acceder nuevamente a préstamos bancarios y ya siente vergüenza de molestar a sus familiares, por eso termina acudiendo nuevamente a los “gota a gota”. Sin embargo, desde su perspectiva la diferencia con las entidades bancarias no es mucha: “El banco no te va a matar con un arma pero te puede matar con la presión”.

Eliana no es comerciante ni vive de vender bienes o servicios, por lo que en principio no podría acceder a los créditos que propone el gobierno. “El problema es más estructural y eso es subestimar la situación. Es una red de desatención en el sistema que no creo que se solucione desembolsando dinero”, concluye. 

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