El olvido que no seremos

El olvido que no seremos
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Así como las canas representan el paso del tiempo, de la vejez, para la artista Daniela Briceño, también el arte puede hacer de ellas una herramienta contra el olvido.

El paso del tiempo, “los días que uno tras otro son la vida”, como escribió Aurelio Arturo, ha sido una obsesión constante en la poesía, la música, el cine y el arte. Y, claro, con el paso del tiempo aparece el recuerdo y también el olvido. Uno muere un poco cada día -una cana puede ser una mínima señal-; mucho mejor lo decía Quevedo: “¿Agradeces curioso/ el saber cuánto vives, / y la luz y las horas que recibes? / Empero si olvidares, estudioso, / con pensamiento ocioso, / el saber cuánto mueres, / ingrato a tu vivir y morir eres: /pues tu vida, si atiendes su doctrina, / camina al paso que su luz camina…”

En la obra “Urdimbre” de Daniela Briceño (Bogotá, 26 años) la fragilidad, vulnerabilidad y la belleza de la vida se plasmó de manera sutil, ante la presencia paciente, silenciosa e inevitable de la muerte, a partir de su estrecha relación con sus abuelos. Un tejido de canas -las canas de su abuela, que la artista fue recopilando de los cepillos de su pelo y que fue uniendo con infinita paciencia- flotaba en un cuarto oscuro.

La obra que se presentó en Voltaje, Salón de Arte y Tecnología, en 2019, en el Hospital San Juan de Dios, se veía vulnerable, frágil, en medio de un espacio abandonado, vacío de esperanza, carente de vida, pero que en contraposición dejaba entrever en ese tejido de canas — su abuela vive — la negación al olvido. En el aire, esas canas parecían deshacerse poco a poco, pero el tejido seguía fuerte, cambiando de forma, sí, pero sin desfallecer nunca ante la corriente de aire que lo sacudía, como si bailara o se moviera infinitamente, en medio de la humedad u otros factores que pudieran alterarlo en ese hospital abandonado, con más de tres siglos de historia, en su propia lucha contra el olvido.

El arte es la vida misma y ese tejido de canas pueden aludir al dibujo no como una técnica — más allá de plasmar una figura con lápiz sobre un papel — sino como un lenguaje, que es como Briceño se ha interesado en verlo desde que era estudiante en la Universidad Javeriana. Ese tejido de canas, que fue su tesis de grado, era un dibujo en sí, flotando en ese espacio oscuro. Si se tomaba una foto, las canas quedaban “dibujadas” en ese fondo negro.

Así como los artistas que incursionaron en el Land Art en los años 60 y que veían arte en la propia naturaleza, en lo efímero de la cotidianidad -lanzar unas ramas de árbol al aire para que formaran imágenes aleatorias, por ejemplo- son gestos que aluden a esos “dibujos” que están en todas partes más allá de una hoja de papel. Unas hojas que caen de los árboles sacudiéndose en el aire como lo señaló uno de los protagonistas de la película Belleza Americana mientras las grababa en video, también puede ser uno de esos “dibujos” que están ahí en cada día. 

¿Tejer unas canas? Así como su abuela teje desde siempre, con una habilidad suprema, decantando el tiempo, Briceño quiso emular esta práctica, en la que el proceso de la obra cobra mucha importancia haciendo consciente uno de sus mayores intereses: el cuerpo humano. En este caso el suyo y el de sus abuelos.

“Urdimbre” no solo es resultado sino un proceso formal y metafórico al replicar la práctica de su abuela con su propio pelo: una mujer joven une los rezagos de la vejez, un gesto que se traduce como un gran nudo familiar. 

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Para Briceño, el tejido alude a los pensamientos que nos llegan a la mente, pero también al enramado social. Y ese tejido flotando, cambiando, transformándose, de paso, invita a pensar en que las obras de arte también se ven diferentes con el paso de los segundos, de los días, que cualquier leve movimiento es belleza; que el arte no necesariamente está destinado a terminar en un museo como un viejo mueble, sino que está ahí, como en este caso, en un hospital moribundo siendo testigo de un “dibujo blanco” que se balancea en el aire.

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Ese tejido es la vida que se mueve, se deshace, se envejece, que baila, que cae y sube en la oscuridad. Y esa oscuridad es la muerte que espera paciente a que ese tejido por fin se detenga del todo. Y cuando eso pasa, viene a la mente un verso de Rogelio Echavarría: “Es que la vida es este bus corriendo/ que de pronto paró y hemos llegado”.

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Para los interesados en obras de Daniela Briceño visite www.feriadelmillon.com o escriba a info@feriadelmillon.com Si es super amigo de La Silla Vacía, tiene el 10 por ciento de descuento.  

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