El paro cambió a Cali: para muchos da miedo, para otros resiste, para nadie ha vuelto a la normalidad

El paro cambió a Cali: para muchos da miedo, para otros resiste, para nadie ha vuelto a la normalidad
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Cali es una ciudad distinta desde el 28 de abril.

El paro que terminó en un estallido social y una mezcla de diferentes violencias, le cambió la cara a la capital del Valle y le dio visibilidad a nivel nacional e internacional como epicentro de las protestas. A un nivel más local, también alteró la cotidianidad de sus habitantes que se mueven en una ciudad que, literalmente, cambió de la noche a la mañana.

Cali sigue sin funcionar al 100 por ciento. El transporte público no se ha restablecido del todo, lugares de tránsito pasaron a jugar un papel clave en el movimiento social de la ciudad y los bloqueos, de los cuales sólo uno no ha dado luces de levantarse, se volvieron parte del día a día

“La capital de la salsa” o “la sucursal del cielo” fueron sobrenombres que quedaron a un lado. Los manifestantes ahora llaman a Cali “la capital de la resistencia”, otros se resisten a hacerlo.

Mientras esto pasa, la ciudad sigue sumergida en la incertidumbre.

La cotidianidad alterada

Desde el 10 de mayo, Hernán Gil, un vigilante de una unidad residencial, y sus dos compañeros acordaron trabajar turnos de 24 horas y descansar 48. Todo para no correr riesgos en las calles de Cali y asegurar, al menos, algún tipo de transporte. La hora de entrada y salida eran las siete de la mañana.

En ese momento el paro completaba 12 días, la ciudad tenía más de 20 bloqueos y los disturbios entre manifestantes y Fuerza Pública eran pan de cada día. El MIO, el transporte público de la ciudad, se convirtió en uno de los blancos más comunes durante el paro. Tanto que hasta hoy cuenta con 18 buses incinerados, y durante 17 días consecutivos no prestó su servicio en ninguna zona de la ciudad.

Por esto, Hernán cogía una buseta para llegar del barrio Alfonso López hasta la terminal de transporte y de ahí caminaba 20 minutos hasta el barrio Santa Mónica, al oeste de la ciudad.

Así lo hizo hasta hace unas semanas cuando la ruta del MIO, que lo deja a unas cuadras de su trabajo, volvió a transitar por su casa. Hernán dice que a veces debe esperar más de una hora el transporte, esto pasa porque menos de la mitad de los buses del MIO están funcionando en la ciudad.

La parada de Hernán en la terminal de transporte se ha vuelto obligatoria al ser un punto fijo y seguro en el que encuentra cajeros automáticos para retirar su pago cada 15 días. Y es que hasta sacar dinero de la cuenta se ha vuelto una odisea en la capital del Valle.

Por un lado, por el temor a un robo debido a la inseguridad de la ciudad y, por otro, porque es difícil encontrar un cajero funcional. Según Portafolio, en Cali, vandalizaron o destruyeron 77 oficinas de bancos y 127 cajeros.

Por eso, algunas entidades bancarias y negocios han optado por poner tablones de madera para blindar el lugar. Y en las calles de Cali, esa especie de protección se va volviendo paisaje.

Pero la inseguridad y el riesgo no es sólo para las grandes empresas y los negocios. Alexander Montenegro, un taxista de 41 años, dice que desde que empezó el paro dejó de trabajar en las noches por temor a que lo roben. Antes empezaba su jornada laboral a las 6 de la mañana, regresaba a casa a descansar y volvía para trabajar hasta las 11 de la noche.

Ahora lo ve como un riesgo y prefiere trabajar de 5 de la mañana a 6 de la tarde sin descanso. Más desde que este sábado intentó volver a su rutina y casi lo roban unos 10 jóvenes armados, según cuenta. “Fue cerca a Puerto Resistencia, pero son delincuentes que aprovechan todo lo que pasa para hacer de las suyas”, nos dijo.

Alexander dice que manejar el taxi se ha vuelto más complicado por estos días. Primero porque los semáforos y la señalética también llevaron la peor parte en Cali. Hay 61 redes de semáforos que no están funcionando y “aquí es el que sea más bravo, el que se meta primero. La gente no tiene cultura”, dice Alexander.

Y segundo porque asegura que hay barrios, como el Pondaje y Nueva Floresta (Oriente), que no recorre ya que le da miedo quedar inmerso en un disturbio o pasar por un bloqueo, aunque la mayoría ya se levantaron. Algunos por acción de la Alcaldía junto con el Ejército y la Policía y otros de manera concertada con los manifestantes por medio de la mesa de diálogo que tienen con la administración.

Como contamos, esa mesa y los acuerdos estuvieron en el limbo luego de que una jueza suspendiera el decreto que los sostenía. Pero esta semana, el diálogo se destrabó temporalmente tras una tutela que interpuso el abogado de los manifestantes. Ahora falta la decisión de ambos jueces para saber en qué queda el diálogo que por ahora sigue andando.

Hernán Gil dice que ese miedo que siente Alexander y en el que concuerdan ocho fuentes con la que hablamos, quedó sembrado desde el paro del 21 de noviembre de 2019 cuando las marchas en Cali terminaron en saqueos, noticias falsas y personas armadas. Con las protestas del 2021 ha pelechado aún más.

“En el momento en que vuelvan a hacer un paro va a ser lo mismo, los van a aprovechar para hacer sus fechorías”, nos afirmó. Además, abunda la incertidumbre por lo que pueda pasar en los próximos días u horas.

Cali: entre el miedo y la zozobra

Dora Ramírez tiene 59 años, trabaja aseando hogares y vive cerca al sector de La Luna. El mismo que el pasado 3 de mayo fue epicentro de la brutalidad de policías y el Esmad y de la quema de un emblemático hotel de Cali por parte de manifestantes. Cuenta que en las primeras semanas del paro pasó días sin dormir escuchando de fondo disparos, explosiones, gritos y la alarma del barrio que cada tanto se activaba.

Ahora, camina con recelo por Cali.

El sábado, Dora fue contratada para asear un apartamento al nororiente de la ciudad, cerca al sector de Paso del Comercio que ahora se conoce como Paso del Aguante. Dice que nunca vio encapuchados, ni personas que le generaran desconfianza, tampoco escombros en la vía, ni bloqueos. Aún así, caminaba con miedo de toparse con alguno de estos.

Más cuando hace una semana y en el mismo sector personas encapuchadas le lanzaron piedras y atacaron un MIO y usaron el contenedor de un camión para taponar una vía cerca. Todo después de unos días de relativa calma en la que parecía que, aún con bloqueos, la ciudad se estaba estabilizando.

“A raíz de todo lo que sucedió nos quedó como ese suspenso, esa desconfianza, esa cosa de que a uno le puede pasar algo, ya uno no tiene tranquilidad”, dice Dora sin sorpresa, como si ya hubiera naturalizado que debe vivir así.

A Nicolás Amaya, de 20 años y estudiante de medicina de la Fundación Universidad San Martín, le pasa igual. Contrario a otros jóvenes, no mantenía pendiente de las redes sociales. Pero desde que empezó el paro le toca estar pegado del celular revisando el estado de las vías.

Esto porque, en ocasiones, aunque se levanta un punto de bloqueo en la ciudad, las tensiones continúan y terminan en disturbios con la Fuerza Pública. O como hoy, que se acordó la entrega de un punto y desde este aseguran que será el domingo.

Estar al tanto de las calles en Cali se ha vuelto un hábito. Enrique Rodríguez, sociólogo y director de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Icesi, lo explica así:

“Hay una manera de agendar los bloqueos e incorporarlos a la cotidianidad. El periódico te dé esa información como parte del día, entonces aparece como un elemento importante de ciudad. Además empieza a marcar territorialidades: de aquí para allá una zona segura o una zona de confianza”, dependiendo de si lo mira un manifestante, una persona a favor o en contra de estos.

Amaya también aprovecha esas redes para saber cuándo convocan manifestaciones en Cali. “Si hay paro, les aviso a mis papás y salimos a mercar para dos o tres semanas, dependiendo del dinero que tengamos, y a tanquear el carro para prevenir”, nos contó.

Esa es la forma en la que él y su familia se preparan por si los bloqueos, las marchas o los disturbios se repiten aún, como en las primeras semanas del paro. Durante ese tiempo, en Cali escasearon alimentos como los huevos, otros como el tomate subieron de precio y hubo desabastecimiento de gasolina. Para subsanar esto, la Alcaldía logró concretar corredores humanitarios que funcionaron desde el 3 de mayo.

Nicolás también cree que el paro ha ahondado la diferencia y la lucha de clases sociales. Lo dice porque ha sentido el peso de vivir en Ciudad Jardín, un barrio de élite al sur de Cali. Amaya cuenta que hace unos días pasó en el carro por la estación del MIO Univalle, que fue un punto de bloqueo que levantaron, pero que siguen llamando “Uniresistencia”. Cuando unas personas encapuchadas que parecían controlar el tráfico se le acercaron.

“Empezaron a decirnos que le diéramos una moneda, que eso no era nada para nosotros los de Ciudad Jardín, que si teníamos tanto por qué no dábamos nada”, cuenta con tono de indignación. “Y nosotros estábamos más mal que ellos”, agrega, entre risas.

Resignificar la ciudad y a quienes la habitan

Ciudad Jardín se encuentra en la comuna 22 al sur de Cali. El 28 de mayo, en medio de las marchas que celebraban el primer mes del paro nacional, el barrio fue noticia cuando civiles dispararon a manifestantes y a la prensa cerca de la Policía sin que esta lo impidiera.

Esa no fue la primera vez que Ciudad Jardín fue noticia. El 9 de mayo, ese barrio y la comuna 22 en la que se encuentra, llegó a medios nacionales e internacionales luego de que algunos habitantes de ese sector, vestidos con camisas blancas, salieran a impedir que una minga indígena que llegaba del Cauca entrara a Cali.

La situación terminó con disparos en contra de los indígenas, quienes tuvieron entre 8 y 12 heridos.

A esto se suma que quienes asistieron a la Marcha del Silencio, la primera contraprotesta ciudadana en contra de los bloqueos del paro, salieran en su mayoría con camisetas blancas.

Esos factores, han influido para que la sociedad caleña vea en las camisetas blancas un símbolo. “La camiseta blanca va a quedar bastante grabada. Va a pesar como una marca que para algunos representará orgullo y defensa y para otros representará intolerancia y odio de clases”, asegura el sociólogo Enrique Rodríguez, de la Universidad Icesi.

Rodríguez agrega que “después de los hechos de violencia de parte de las personas de Ciudad Jardín, esta puede ser una zona insegura para muchos. Y al revés, que otras zonas de la ciudad sean inseguras para ellos”.

Esa no es la única demarcación de ciudad y territorio que podría quedar en Cali, el mejor ejemplo son los bloqueos y el rebautizo de lugares emblemáticos de la ciudad.

Cali empezó con más de 20 puntos bloqueados que con los días dejaron de ser sólo lugares de tránsito para ser llamados “puntos de resistencia” por parte de los manifestantes. Algunos de estos consistieron en cerrar calles por horas o de forma permanente, o tomarse estaciones y terminales del MIO. De estas, 42 de las 60 que hay en la ciudad presentan daños en su infraestructura.

Varias, como la estación de Univalle, se convirtieron en lugares artísticos, puntos de encuentros culturales y espacios de aprendizaje donde funciona la llamada “Universidad pal barrio”, una apuesta por acercar más la educación a la comunidad.

Con el tiempo, algunos de esos bloqueos fueron adquiriendo nombres propios: la estación de Univalle pasó a llamarse “Uniresistencia”, la Loma de la Cruz se renombró como la “Loma de la Dignidad”, Calipso se convirtió en “ApoCalipso”, Sameco en “Samecombate” y el Puente de los Mil Días en el “Puente de las Mil Luchas”.

El que más retumbó a nivel internacional y el único bloqueo que persiste hasta ahora, es el de Puerto Rellena que hoy se conoce como Puerto Resistencia. Un nombre que, como contamos, venía sonando desde 2019, pero despegó tras este paro.

Y no sólo es el nombre. El pasado 13 de junio, inauguraron en este punto el “Monumento a la resistencia”, una mano empuñada de más de tres metros, hecha de concreto, que sostiene un cartel con la palabra “resiste” y tiene pintados los rostros de varios jóvenes asesinados durante el paro.

El monumento, según la información de la cuenta en redes sociales creada para este, fue construido, pintado y financiado por artistas, manifestantes, vecinos y demás ciudadanos. Esto marca una diferencia con la tendencia que venía durante el paro de derribar estatuas, como la de Sebastián de Belalcázar, al oeste de Cali.

“Yo creo que algo va a pasar en Puerto Resistencia. Y depende de cómo se negocie. (...) Cada cierto tiempo se va a reactivar, ya está en la memoria como para que cuando haya necesidad de algún tipo de manifestación sea un lugar buscado”, dice Rodríguez.

Aún es apresurado saber qué va a pasar en Cali. Por estos días la tensión ha bajado tras el levantamiento de tres de los cuatros bloqueos que seguían, pero la ciudad sigue alerta. Esto porque los días de calma no siempre significan el fin de los disturbios o la quema de vehículos, a veces es sólo un espacio entre otro hecho de violencia, como ha pasado desde el 28 de abril.

Por ahora, los caleños siguen viviendo en medio de la incertidumbre en una ciudad en la que el paro no ha terminado del todo.

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