El paro que vieron los policías: atacados en su dignidad, juzgados sin contexto

El paro que vieron los policías: atacados en su dignidad, juzgados sin contexto

“La Policía es un estilo de vida”, dice el general Luis Ernesto García, Jefe de la Oficina de Planeación de la Policía Nacional, que asesora a la Dirección General. A solicitud de La Silla Vacía, García convocó a varios policías para hablar, desde adentro, sobre cuál es su percepción del paro. Uno que los puso en el centro de un debate nacional sobre el uso legítimo de la fuerza frente a la protesta, la brutalidad, y los derechos humanos. Uno que, reconocen, ha golpeado internamente a la institución, a los policías y a sus familias.

“Se hacen aseveraciones bastante fuertes sobre brutalidad policial y la violencia policial. A 163 mil policías que estamos, y nuestras familias, pues nos afecta la dignidad”, dice García, un ibaguereño de uñas impecablemente arregladas, con 30 años de servicio.

Alrededor de una mesa de conferencias, en la oficina de García en la Dirección General en Bogotá, están sentados cuatro oficiales, dos suboficiales, un patrullero, una psicóloga, y una relatora de prensa que no para de anotar. Cada uno, más allá de su rango, habla bajo el entendimiento de que es un engranaje de una organización con más de 160 mil piezas, cada una con una función determinada.

La Policía absorbe sus vidas; la manera en la que se visten, dónde viven y trabajan, bajo qué nivel de riesgo, en qué horarios, y en qué especialidad. Su trabajo, “el mantenimiento de la convivencia como condición necesaria, para el ejercicio de los derechos y libertades públicas”, como reza su misión, involucra muchas veces el uso de la fuerza. Eso los pone, según el intendente del Esmad, Yesid Velázquez, a caminar por una delgada línea.

“Para un lado está la cárcel y para el otro lado está la muerte. Y literal es así”, dice el suboficial de 32 años, alto, con porte antidisturbios, que estuvo cinco años desplegado en el Cauca. “Si usted se equivoca en su proceder, si lo hace mal, se extralimita, para la cárcel, amigo. Pero si usted no hace nada, acaba de perder la vida, amigo”.

Y cómo les exige, la Policía también les provee. “Cuando uno ingresa está en la familia policial que te acoge y te valora”, dice el mayor Alexander Palacios, un chocoano que dirige más de 300 hombres en la localidad de Fontibón, en Bogotá. Palacios entró por vínculos familiares, como muchos uniformados, “mi familia es cuna de policías”, agrega con orgullo.

Durante más de dos horas, los policías recibieron preguntas de La Silla Vacía y se alternaron la palabra para dar su punto de vista desde su especialidad: el Esmad, la Metropolitana de Bogotá, la Oficina de Planeación y la Dirección de Talento Humano.

Frente a los casos de abusos policiales durante el paro, donde han muerto, al menos, 47 personas, los uniformados invariablemente cierran filas. Lo hacen como una familia atacada en su apellido por las acciones de algunos de sus miembros.

Frente a los abusos policiales

Ante a la pregunta directa de qué reflexión han generado entre ellos las imágenes de casos inequívocos de abusos policiales, la respuesta del mayor Héctor Mario Barbosa, del Esmad, sigue un guion conocido. Tiene, al menos, cuatro partes.

Primero: “Los hechos que se mencionan donde puede que haya lesionados, donde podría haber fallecidos, son materia de investigación”, dice. El condicional siempre presente.

Segundo, el marco legal: “En un evento de confrontación de esos, de uso de la fuerza, se sabe que nosotros utilizamos las armas no letales para buscar un objetivo legal, cierto, restablecer un derecho”.

Tercero, la proporcionalidad: “Pero obviamente nosotros también somos agredidos con objetos contundentes, con artefactos explosivos improvisados”. En conclusión: “Las investigaciones son las que tienen que arrojar realmente qué sucedió, y yo no podría decirle, en esos momentos, mire la responsabilidad es de equis persona”, cierra Barbosa.

Más que un guion memorizado, se trata de una actitud interiorizada entre todos los policías que saben que sus propias actuaciones pueden llegar a ser sujetas de investigación. Bien sea internas, administrativas o disciplinarias; o externas, disciplinarias ante la Procuraduría o penales ante la Fiscalía o la Justicia Penal Militar. Ninguno ni quiere ni puede ser juez de otro.

Para eso hay un proceso. En la Policía lo hay para todo. La entrevista con los uniformados surtió varios niveles de autorización. Solicitaron una guía de preguntas, foto del periodista y perfil. Todo quedó en un documento que se envió de antemano, con hora, fecha, lugar, nombres de los participantes “internos”, los uniformados, y el “externo”, el periodista.

La Policía, en ocasiones, se parece a una empresa enorme. “Tenemos tres componentes en nuestro modelo gerencial”, explica el teniente coronel Ribelino Sánchez, de la Dirección de Talento Humano, una de 16 que tiene la institución. “Uno de ellos es todo el tema de talento humano y cultura institucional y está a cargo de cinco direcciones”. Como empresa, es un prestador de servicios complejos y diversos en todos los rincones del país. El policía de la cuadra, el del Esmad, el de fusil que arranca matas de coca, los pilotos, mecánicos, carabineros, detectives, de ciberseguridad, educación, etc.

Y si hay algún proceso que todos tienen claro, es el de una investigación.

“Una lesión a un ciudadano, a nadie le va a gustar. Se lo digo desde la posición del policía. Eso les representa tiempo, dinero, ‘ahora me toca pagar abogado y yo tengo deudas’. No lo deja dormir. Usted se acuesta y Dios mío, mañana me toca audiencia. ¿Y el comandante? El informe. Todo eso juega en contra”, explica el intendente del Esmad Velázquez.

Cuestionados frente al hecho de que existen altos niveles de impunidad, hay una percepción distinta dentro de la Policía.

Según el general García, durante el paro se abrieron investigaciones a partir incluso de imágenes de redes sociales. Velázquez, del Esmad, reafirma esa sensación de vulnerabilidad: “A diferencia de una persona normal, que sólo responde por las acciones que hace, nosotros respondemos por hacer cosas, por cometer delitos, o por omisión, por omitir nuestras funciones”.

Aún así, durante el paro, la gran mayoría de las muertes han ocurrido del lado de los manifestantes, 44 de 47 según registramos en la base de datos de La Silla. Además, según registros de ONG y el ejercicio de contraste de estas fuentes, en 8 de cada 10 casos de manifestantes muertos en la protesta, hay evidencia de que la Policía fue el presunto responsable. Es decir, en 31 de las muertes del paro.

A esto se suman denuncias diversas de otros abusos. Como las que denunciamos de posibles torturas en un centro de detención en Soacha, y de amenazas al círculo de personas cercanas a Lucas Villa, el manifestante asesinado en Pereira.  

Frente a los números de manifestantes muertos, el mayor del Esmad, Barbosa, interviene para llamar la atención sobre el contexto: “Estamos pasando por un momento histórico de nuestro país, porque una situación así, tan sostenida y tan violenta no se había visto”.

Barbosa, un oficial con una mirada penetrante que sale de unos ojos rasgados, porta el overol negro del escuadrón. Explica que, desde el 28 de abril, el Esmad ha actuado en más de 1500 incidentes. Y, entre 2016 hasta antes del paro, había acumulado alrededor de 5000 intervenciones. Es decir, en solo mes y medio, sus hombres tuvieron que atender, más o menos, el mismo número de incidentes que en un año.

La cara del mayor Barbosa parece testimonio de ello. Está extenuado, tiene los ojos rojos, y cuando las intervenciones de sus colegas se alargan se le cae la cabeza del sueño. “Estos días he intentado ir a la casa al menos una vez a la semana”, dice.

El llamado a entender los contextos, más allá de un video corto de redes sociales, es reiterativo. Según el general aquí tira línea: “Usted ve el video, pero no sabe en qué condiciones estaba el personal atendiendo esas situaciones de violencia, y luego se hacen calificaciones generalizadas del cuerpo de policía”.

¿Contexto incluso cuando uno ve a agentes del Esmad disparando armas no letales a quemarropa?

Sí, responde el intendente Velázquez, el agente del alto del escuadrón. “Pero yo le digo, hay que entrar a establecer realmente qué fue lo que sucedió, porque si yo tengo un arma y viene una persona y me va a lanzar un artefacto explosivo improvisado, yo no le voy a disparar el arma al con un tiro parabólico. No, porque me pueden matar. Yo tengo un arma para defenderme y la uso para defenderme”.

La ausencia de esta mirada con contexto, según el mayor Andrés Pérez, estudiante de doctorado y experto de La Silla Llena, refleja un desconocimiento fundamental sobre la Policía y su diferencia con la Fuerzas Militares.

“Nuestra obediencia es reflexiva. Nosotros tenemos una forma de ver la sociedad diferente, que es lo que de pronto uno ve que en los medios de comunicación no enseñan, como si todos fuéramos cuadriculados. Un militar tiene unas órdenes precisas. Pero el policía está solo en un procedimiento. Es con su conocimiento y su experiencia que toma decisiones. Es el policía el que hace esa valoración legal del procedimiento. Entonces, por más de que ustedes le digan, ‘oye, se tiene que hacer esto’, él puede definir que no puede hacerlo”, explica.

El contexto, efectivamente ausente en muchas ocasiones en las redes sociales, refuerza la idea en estos policías de que son el objeto de ataques dirigidos y premeditados para hacerles daño a ellos y a la institución.

Según el general García, “Eso tiene un impacto muy grande, no solamente la reputación del cuerpo de policía, sino de las familias y de los policías. Entonces es un tipo de desinformación que hay en el mundo, pues las nuevas tecnologías lo permiten”.

Una desinformación, que dicen, viene acompañada de intereses de fuerzas criminales, infiltración de grupos armados organizados y bandas de narcotráfico.

El golpe en las familias

 

Cuando surge el tema de los grupos familiares de Whatsapp todos sueltan suspiros y alzan la cabeza. Todos tienen una historia. El que tiene una prima universitaria que dice que el Estado es asesino. El que tiene una tía que le pregunta por qué la Policía quitó el internet en Siloé, Cali, como denuncian en redes. La prima se salió del chat, y la tía se convenció de que había internet en Cali solo cuando otro sobrino policía, que estaba de servicio allá, le mandó un video.

“Uno lo que tiene que hacer es tranquilizarse”, dice el intendente Velázquez. “Y cuando todo esto pase ya van a entrar en el contexto. Pero es muy doloroso. Porque, usted dice, son 13 años de servicio, que no son cualquieras, 13 años de moler duro. ¿Cómo no sentirse profundamente indignado?”.

Es duro, sobre todo, para la imagen que tienen los hijos de sus padres. Según uno de los oficiales, que pidió en este punto no ser identificado para hablar de su familia, “un día mi hija pequeña me preguntó por qué a mí y a su mamá, que también es policía, nos odiaban”. Cuando le preguntó por qué, la niña le dijo que había leído algunos graffitis en la calle que decían que eran asesinos.

Jeny Suarez, la única funcionaria civil, además de la relatora de prensa que nunca habló, es psicóloga de la Dirección de Talento Humano. Según Suarez, durante el paro la Policía desplegó un servicio psicológico a los uniformados que prestaban servicio en las protestas. “Y es que no es fácil que sus hijos sean atacados con un comentario. Que su papá es un violador. Su papá es un asesino”, explicó, aludiendo a casos en los que los policías relataron este tipo de señalamientos durante el paro.

Son acusaciones que tocan una fibra profunda en los policías, que tienen una percepción arraigada de sí mismos como hombres “al servicio de la ciudadanía”.

Lo repiten tanto que hasta parece un eslogan. Pero en muchos es genuino. El patrullero Jorge Cárdenas se hizo famoso en redes sociales por un video en el que convenció a una mujer, a punta de buena onda y argumentos, de que dejara de bloquear la vía de Transmilenio en Bogotá. Cárdenas, el único policía de base que estuvo en la conversación, habla con desparpajo frente a sus superiores.

Cuenta que decidió ser policía porque una vez, cuando trabajaba como adolescente en Corabastos, se perdió un tiempo largo en medio del enorme centro de acopio. Asustado, se acercó a un policía que lo ayudó, y desde ahí le gustó el uniforme.

Sobre todo, por lo que significó en su familia, una pareja campesinos que llegó a Bogotá, con poco más que la primaria y varios hijos. A Cárdenas se le humedecen los ojos recordándolo: “Digamos que para para mi mamá, y para ellos como boyacenses, con ese respeto, no sólo a la Policía, sino a la Fuerza Pública, pues al ver al primer policía en la familia, jueputa, ellos sacaban pecho en todos lados”.

Por eso, ante los ataques generalizados a la institución, los que terminan pegando a los familiares, los policías cierran filas. Lo hacen frente a lo que perciben como amenazas históricas contra la institución.

“Los golpes trascendentales históricos frente al narcotráfico, ¿quién los ha propinado? Contra las ollas de narcotráfico en los barrios: la Policía”, dice el mayor Palacios, el chocoano de la Metropolitana en Fontibón.

“Y eso genera un odio. Hay una cadena criminal frente al microtráfico en los barrios. Usted va a encontrar que esos grandes capos no quieren que la policía los golpee. Es un proceso sistemático que ha permeado hoy en día a los jóvenes para que vayan en contra del servicio policial, particularmente en los barrios, con la primera línea”, agrega.

Desde afuera un trueno anuncia un aguacero inminente. “Llegó el apoyo aéreo”, dice el mayor Barbosa del Esmad. “Uno se pone contento si llueve”, anota el mayor Pérez. Para un policía que debe enfrentar una manifestación, o un turno complicado, como el del viernes o el domingo, la lluvia es un alivio: menos gente en la calle, menos riñas, menos fiestas, menos violencia en la protesta.

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