El problema de Santos: no es Uribe pero no es claro quién es

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Juan Manuel Santos llega a la mitad de su mandato con una grave caída en el apoyo popular a su gestión. El diagnóstico del Gobierno es que se trata de un problema de comunicación, pero es más probable que sea un problema de liderazgo.

Juan Manuel Santos llega a la mitad de su mandato con una grave caída en el apoyo popular a su gestión. El diagnóstico del Gobierno es que se trata de un problema de comunicación, pero es más probable que sea un problema de liderazgo.

Un buen líder tiene una visión, unos valores que encarnan en su ejemplo diario esa visión y unos resultados. Santos está teniendo problemas en las tres áreas.  Dada la megalomanía que lo caracteriza, Santos le apuesta a todo con lo cual es confuso saber cuál es su visión. Sus valores no siempre coinciden con su visión. Y como le ha tocado reestructurar una buena parte del Estado, los mayores resultados aún no se ven.

En la última Gran Encuesta de Ipsos-Napoleón Franco contratada por Semana, RCN Radio y la FM, aparece que la imagen favorable de Santos cayó del 71 por ciento en julio de 2011 a 47 por ciento mientras su imagen desfavorable subió en un año del 25 por ciento al 48 por ciento. La única área de su gestión que supera el 50 por ciento de aprobación es la de las relaciones internacionales. Más de la mitad de los colombianos están insatisfechos con lo que está haciendo Santos como presidente.

¿Qué pasó para que el país se le volteara así en un año? Una posible respuesta: Santos no ha logrado que la gente lo siga porque no confía en él.

Mucha gente le perdió la confianza no necesariamente porque sea un mal presidente. De hecho, en solo dos años, Santos logró sacar adelante temas muy complicados como una ley de regalías que cambia totalmente la distribución del dinero entre las regiones; logró reposicionar a Colombia en América Latina y lograr la aprobación del Tlc; darle dos fuertes golpes al secretariado de las Farc, abatir al "Mono Jojoy" en septiembre de 2010 y a "Alfonso Cano" en noviembre de 2011. Y finalmente, logró que el tema de la paz, de los derechos de las víctimas y de la restitución de tierras pasaran de ser un discurso que polariza al país entre las ONG y el Gobierno, a ser una política de Estado con leyes aprobadas e infraestructura institucional.

Sin embargo, por lo menos la mitad del país que registran las encuestas le perdió la confianza porque él tiene un problema de liderazgo relacionado con su forma de ser, que no permite saber realmente quién es.

Para comenzar, Santos salió elegido montado sobre un engaño. Cuando su campaña presidencial se vio amenazada por la Ola Verde, con la ayuda del consultor político J.J. Rendón, Santos decidió que lo que él tenía que vender era la idea de que él sería la continuidad de Uribe.  Con el slogan “Uribe presente, Santos presidente”, el libreto de los tres huevitos y el impulso que le dio Presidencia manipulando los programas sociales como Familias en Acción y el Sena a su favor, Santos fue elegido por nueve millones de votos con el discurso de la continuidad.

Luego, rápidamente comenzó a mostrar que no era solo Uribe sino que era él, más todos sus opositores. Asumió el discurso anticorrupción de Mockus, la bandera de las víctimas de la izquierda y los liberales y lo enmarcó todo dentro de su filosofía de la Tercera Vía. Siendo un tanto gaseosa, la Tercera Vía permitía armonizar todo, incluso temas que parecían excluyentes como el discurso ambiental y la foto con los mamos con la minería a gran escala; la mano dura contra la guerrilla con la llave de una negociación de paz; la nueva amistad con Chávez con una mejor relación con Estados Unidos. Así terminó su primer año sumando a los uribistas y a sus detractores.

Fue un logro impresionante si a eso se le suma que lo consiguió desmontando el populismo de Uribe, que había logrado convencer a muchos colombianos que el Estado era él. Sin embargo, Santos no ha logrado reemplazar ese populismo con un verdadero liderazgo institucional.

El liderazgo

Santos no ha logrado crear una nueva narrativa que reemplace a la de la Seguridad Democrática y que jalone al país hacia otro lado.

Quiso reemplazar el discurso de la seguridad que lo abarcaba todo durante la época de Uribe hacia el de la Prosperidad, pero no ha logrado todavía que la institucionalidad le responda. Porque muchas de las nuevas instituciones aún no han terminado de ser creadas o porque los tecnócratas que puso les da miedo tomar decisiones y empapelarse o porque simplemente durante los ocho años de Uribe una parte del Estado se desmontó o se pervirtió como el Incoder, la mayoría de los colombianos -como lo revela la última encuesta- aún no sienten los frutos de esa bonanza minera o de la reducción del desempleo o de la transformación del sistema de regalías.

Además, antes de haber logrado realmente solucionar del todo el tema de la seguridad, Santos introdujo el tema de la paz, lo cual fue interpretado como una señal de debilidad.

Santos no solo no está gobernando con las banderas con las que fue elegido sino que sigue insistiendo en hacerle creer a la gente que sí lo está haciendo. Santos es un liberal puro y Uribe un conservador de pura cepa. Ambos representan ideologías contrarias y excluyentes.

La mayor ambición del Presidente es lograr firmar la paz con la guerrilla -una aspiración loable- y tanto la ley de víctimas, como el marco para la paz apuntan en esa dirección. Pero como Santos sabe que la mayor parte del país es uribista le da pena hablar de frente de la paz y sigue manejando el lenguaje ambiguo de su famosa llave. Es más, de manera intermitente, trata de parecer más militarista que su antecesor. Hoy en la rendición de cuentas en Rionegro, apareció con un tanque de guerra, un helicóptero militar y varios soldados detrás, lo que a la postre en vez de hacerlo parecer más "duro" lo hicieron ver como que necesitaba una seguridad impresionante para estar allí.

Santos adoptó durante todo el primer año el discurso anticorrupción que le permitió presentarse como un presidente firme que le da duro a los corruptos (siempre es rentable políticamente darle duro a alguien). Pero la Reforma a la Justicia mostró que tras bambalinas era complaciente con crear un régimen de impunidad para los congresistas. O, que si creía la versión del Presidente de que aprobaron un texto conciliado sin leerlo, su equipo de tecnócratas no era tan pilo y tan cuidadosos como se vendía. Por cualquiera de los dos lados, ese episodio fracturó la confianza porque mostró una cara diferente del Presidente.

El otro episodio reciente que terminó de quebrar la confianza fue el del Cauca. Por un lado, ver al soldado alzado y echado por los indígenas reforzó la idea en algunos colombianos de que Santos no es un hombre firme como lo era el caudillo Uribe. Otros, sin embargo, elogiaron la templanza de los soldados que prefirieron ser maltratados a usar las armas contra civiles. Sin embargo, al día siguiente, el discurso del Gobierno apuntó a pedir a la Fiscalía que los judicializaran, a acusar a Piedad Córdoba, a decir que los indígenas estaban infiltrados por la guerrilla. Así, el Gobierno no logra ganar ni a los uribistas ni a los progresistas.

Por el lado del medio ambiente, ni hablar. Santos sigue manejando un discurso verde y posiciona a Colombia en el escenario internacional de Rio + 20 con un rol que nunca había jugado antes. Pero va el Presidente y el discurso que echa es sobre minería en el Amazonas.

Al final, lo que había hecho que la popularidad de Santos se disparara en el primer año y es que había logrado conovocar a los opuestos es lo que ahora lo ha hecho bajar. Al final, no es fácil ser una cosa y su contrario.

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