El sector de ciencia e innovación se quedó pequeño para los PhDs colombianos

El sector de ciencia e innovación se quedó pequeño para los PhDs colombianos
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Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

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En la última década en Colombia se han graduado más de 5 mil profesionales de programas de doctorado, según las cifras del Observatorio de Ciencia y Tecnología. El aumento ha sido acelerado: mientras en 2009 se graduaron 173 personas con este título, en 2019 fueron 961 —cinco veces más. Y en los últimos dos años, MinCiencias ha otorgado 2.500 becas para doctorados que volverán al país en los próximos años.

Pero este aumento en los doctores que hay en Colombia contrasta con las dificultades que tienen muchos de ellos para conseguir trabajo. Y resalta un flanco débil en la política de ciencia y tecnología del país, que forma miles de doctores, pero no tiene una hoja de ruta clara para poder aprovechar sus habilidades una vez ya están formados.

“No se trata de darle a una sociedad más doctores, sino de cómo el ecosistema científico se prepara y se articula para poder hacer uso de ellos. Podemos llenar a Colombia de doctores, pero si no disponemos del ecosistema para que se vinculen, de nada nos va a servir”, señala Alida Acosta, líder del área de capacidades del Observatorio de Ciencia y Tecnología (OCyT), que ha monitoreado por más de una década este y otros aspectos de la ciencia en Colombia.

Alta competitividad y baja remuneración

En Colombia, el 86 por ciento de los doctores trabaja en la academia y la educación, según la gran encuesta de doctorados que realizó recientemente el OCyT. Pero incluso en ese sector, las oportunidades son escasas, como le dijeron a La Silla seis profesionales con doctorado que en los últimos años se han movido en el mercado laboral colombiano. Y por ende, es altamente competitivo.

“Podríamos usar todas esas hojas de vida para trancar puertas”, dijeron en una universidad de Bogotá cuando, para una vacante de profesor de cátedra para un curso no muy avanzado, con un mal horario y un sueldo estándar, llegaron 52 hojas de vida de doctores.

“Eran doctores graduados de universidades en el extranjero, con artículos publicados en las mejores revistas del mundo y con unas recomendaciones notables”, le dijo a La Silla quien en ese momento estaba encargado de la contratación de profesores. “Resultó dolorosa la cantidad de doctores que aplicaron a una oportunidad tan poco atractiva”.

Lina Arenas, de 37 años, estudió un doctorado en zoología en la Universidad de Cambridge, becada por Colciencias. Al terminar, volvió a cumplir el requisito de la beca de trabajar por lo menos dos años en Colombia.

Aplicó a tres convocatorias de Colciencias, pero no recibió financiación. Aplicó a todas las plazas que encontró en universidades, que no eran muchas, y solo buscaban profesores de cátedra, no de planta. Aún así, la competencia era dura y los requisitos de entrada —por ejemplo, un número alto de publicaciones indexadas en revistas prestigiosas— muy complicados para un recién graduado.

Arenas terminó aplicando a trabajos que necesitaban un personal menos calificado. “Fui a varias entrevistas en colegios y me decían, ‘¿pero por qué con un doctorado estás aplicando a este trabajo? Y yo decía, ‘pues porque dónde más’. Pensaban que yo quería un salario altísimo por tener doctorado, yo les dije, ‘no, yo lo que necesito es trabajar’”, cuenta Arenas, quien finalmente consiguió trabajo en un colegio de Bogotá.

Al cumplir los dos años que exigía su beca buscó trabajo en Inglaterra y se devolvió para allá. “Finalmente ya no quiero ser doctora, yo ya no quiero construir ciencia en el país. Siento que a los científicos no los apoyan, las plazas son limitadas, la financiación es difícil. Y estoy segura de que así se han perdido miles de doctores”, dice ella.

Según Jaime Andrés Cano, director de la Corporación para Investigaciones Biológicas, el problema es que se dedican muy pocos recursos para que los doctores ya graduados puedan trabajar. “Algunos recursos se dirigen para la formación de doctores, pero no para su continuidad. Nosotros como centro de investigación estamos continuamente formando doctores, y el 90 por ciento se van al extranjero porque aquí hay poca oferta laboral”, explica.

Y si es difícil conseguir una oportunidad en las grandes ciudades, ni hablar de las regiones. Tito Montenegro, de 31 años, terminó hace ocho meses su doctorado en bioinformática en la Universidad de Georgia y regresó al país. Por motivos familiares, está radicado en Pasto, pero allá no ha podido conseguir trabajo.

Las únicas vacantes que encuentra son para profesor de horas cátedra en una universidad, con contratos por no más de 6 meses y que no incluyen actividades de investigación, pues esto lo hacen más los profesores de planta. En ocho meses, solo dos vacantes se han ajustado a su perfil, pero en ninguno de los dos procesos fue llamado a entrevista.

“A través de las becas que he recibido para pregrado, maestría y doctorado, he recibido mínimo unos 600 millones de pesos para mi educación. Si yo fuera el Gobierno, yo quisiera ver eso retribuido en la sociedad de alguna forma, pero no está ocurriendo. Es plata perdida”, dice Montenegro.

“Acá necesitan personas como yo, pero eso no se traduce en que yo pueda aportar. A la larga se va a ver beneficiada gente fuera del país cuando pasen los dos años que la beca requiere que yo esté acá, y termine devolviéndome a Estados Unidos”, agrega.

A la dificultad de encontrar trabajo se suma que, cuando lo encuentran, muchas veces la remuneración es baja para su nivel de formación. Los honorarios que establece MinCiencias para pagarles a los doctores —que son un indicador de lo que debería ser una remuneración estándar para esta población— están en los 14 millones de pesos. Sin embargo, en Colombia, solo el 11,3 por ciento de los doctores que están empleados reciben un sueldo mayor a 13 millones, según los datos del OCyT.

El rango salarial más común (donde se ubica el 29 por ciento de los doctores) es entre 5 y 7 millones —la mitad de lo estipulado por MinCiencias. Las ofertas a las que se ha postulado Montenegro, por ejemplo, no superan los 3 millones de pesos.

“No estamos acostumbrados a una sociedad con tantos doctores, pero estamos en el momento de redireccionar el barco. Es necesario reajustar las estrategias para que las personas ya formadas que quieren seguir haciendo ciencia lo puedan hacer”, dice Alida Acosta, del OCyT.

Y hay un sector que tiene el potencial de vincular a estos doctores y aprovechar sus capacidades, pero que en Colombia absorbe muy pocos: las empresas.

Más doctores para la industria

Apenas 8 por ciento de los doctores que trabajan en Colombia está vinculado al sector empresarial. Para 2018, según la última encuesta de innovación y desarrollo del Dane, los doctores representan menos del 0,001 por ciento de los empleados de las empresas encuestadas. Incluso en las empresas que hacen innovación —que se basa en la generación de nuevo conocimiento, donde los doctores pueden tener un rol clave—, solo el 0,007 por ciento de los empleados son doctores.

Cuatro fuentes expertas del OCyT, centros de investigación y el mismo sector empresarial coinciden en que para la mayoría de las empresas colombianas no es claro el valor agregado de tener doctores en sus equipos.

Por los salarios altos a los que aspiran dado su nivel de formación, los doctores se consideran costosos, sobre todo para las pequeñas y medianas empresas, que abundan en Colombia. Sin embargo, los expertos coinciden en que, en términos de costoefectividad, son una inversión que sin duda genera ganancias.

“El rédito es varios múltiplos mayor a lo que podrías obtener si no los tuvieras. Pueden rediseñar un proceso para que sea más eficiente, generar nuevos productos, y al final salen tremendamente baratos”, señala Andrés Mantilla, director del Instituto Colombiano del Petróleo, el centro de investigación de Ecopetrol. “Así seamos personas muy costosas, lo que hacemos es dar un valor agregado invaluable en términos de competitividad”, coincide Cano, de la Corporación de Investigaciones Biológicas.

Tanto para Mantilla, como para los expertos del OCyT, en Colombia hace falta una política pública clara y de largo plazo que le apunte a alinear las capacidades científicas con las necesidades de la industria. Existe una desconexión entre lo que produce la academia y lo que necesitan las empresas, así como un desconocimiento por parte de las empresas de los tiempos que necesita la academia para investigar y generar soluciones.

“Tenemos grandes deficiencias en planeación tecnológica. Sin planeación tecnológica vamos a seguir en lo mismo: los empresarios se quejan de que la academia no resuelve sus problemas, y la academia se queja de que los empresarios no la escuchan”, concluye Mantilla.

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