El terror transmitido en tiempo real por la AGC refleja que el paramilitarismo no se ha ido de Córdoba

Silla Caribe

A 15 minutos de la zona urbana de Montería hombres armados intimidaron a decenas de personas que estaban en un estadero. El hecho generó perturbación y rechazo en todo el país, pero no tanto en Córdoba.

Esta semana un vídeo que no estaba relacionado con el paro se volvió viral en las redes sociales: decenas de personas arrinconadas en la parte de atrás de un estadero en la vereda El Vidrial, a 15 minutos del casco urbano de Montería, escuchan, aterrorizados, mientras un hombre armado los increpa y los otros echan tiros al aire: 

“Están acostumbrados a venir a formar guevonadas acá, donde no deben. Cero peleas de aquí en adelante, el que pelee aquí se muere saliendo. Y no es mierda. El que quiera que pelee y se lo demostramos más luego”, dice, en un fragmento de los ocho minutos de vídeo grabado por los mismos hombres de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) y luego circulado por ellos mismos en redes.

Una nueva modalidad de terror exhibida en tiempo real para los que lo padecen en persona y para los que lo sufren y amplifican a través de la pantalla.

 

El hecho generó perturbación y rechazo en todo el país. Pero no tanto en Córdoba.

En Montería, y en Córdoba en general, hubo reacciones en redes que justificaban los hechos; a varios, incluso, les pareció gracioso, como lo expresaron con una catarata de memes.

El gobernador de Córdoba, Orlando Benítez, por su lado, hizo énfasis en el incumplimiento de las medidas de restricción. 

En El Vidrial se sintió el miedo al instante de los hechos, pero no durante mucho más tiempo. “Al escuchar los tiros la gente pensó que había una masacre. Hubo mucho flujo de motos en esos momentos, la gente huyendo del lugar”, nos dijo un habitante de la vereda. “Una vecina se privó del susto”, nos dijo otro. 

Pero La Silla Vacía estuvo en la zona y constató que esta banda criminal no solo juega cada vez más el rol de autoridad de facto que en el pasado ejercieron los paramilitares, sino que cuentan en varios sectores con la misma simpatía.  

Como dice el investigador Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), Víctor Barrera, el control del paramilitarismo fue tan fuerte en algunos lugares de Córdoba que  “no solamente transformó de manera sustantiva las estructuras de poder local, sino que incidió en las preferencias electorales de los habitantes de estos territorios y también tuvo unas transformaciones importantes en la legitimidad que las personas vieron en estos ejercicios amplios de gobernanza paramilitar”.  

El Vidrial

La vereda El Vidrial está a nueve kilómetros de la zona urbana de Montería. La humedad y el calor son asfixiantes. Las calles son de arena, la mayoría de casas son de guadua con barro, techos de paja y patios grandes. Pollos, gallinas y cerdos corren libremente. En la entrada de la vereda, hay dos contenedores naranjas marcados con las siglas AGC. 

Dicen sus habitantes —la mayoría albañiles que trabajan en construcción en Montería— que es un pueblo tranquilo. En sus ratos libres, se divierten en la plaza, en la cancha de fútbol de arena y el estadero conocido popularmente como Donde Nora.

Esa tranquilidad, coinciden tres personas del lugar, se ha visto interrumpida precisamente por ese estadero donde sucedieron los hechos de terror el domingo 16 de mayo.

“Es una cantina donde toda la gente de Montería se vuelca porque allá no hay controles para ingresar. Todos los fines de semanas había peleas. Hace un mes murió un muchacho que apuñalaron con pico de botella”, nos comentó un habitante, mientras se tomaba un café en un centro comercial de Montería.

“Allí van viciosos, gays, lesbianas, el jíbaro, chirretes de Montería. Todos los fines de semana había puñaladas, heridos. Nunca respetaron cuarentena, toque de queda, ley seca, nadie usaba tapabocas”, señaló otro desde la terraza de su casa en El Vidrial. 

El secretario de Gobierno de Montería, Gabriel Moreno, le confirmó a La Silla que varias personas de El Vidrial se habían quejado de las aglomeraciones y peleas que se estaban presentando en la cancha de fútbol y en el estadero. 

“Ya teníamos algunas evidencias por parte de comunicadores sociales acá en Montería de que la gente llamaba y se comunicaba poniendo una queja del torneo deportivo o de establecimientos que cerraban más tarde que de costumbre”, nos dijo Moreno, desde el comando de la Policía en Montería tras salir de un consejo de seguridad. 

Las cuatro personas que entrevistamos en el pueblo no parecían particularmente asustados por lo sucedido. Los ciudadanos sentían que la intimidación había estado dirigida exclusivamente a los que venían de afuera. 

De hecho, parecían ver la acción del Clan del Golfo como parte del ejercicio esperado de los armados frente a una queja del pueblo. Uno de ellos nos dijo que le habría gustado que hubiera un CAI, pero que no lo hay.

“Yo le echo las culpas de lo sucedido al alcalde porque si hubieran atendido los reclamos de la gente, si hubieran verificado las medidas de restricción, esta situación no se habría presentado”, nos dijo una de las personas. 

Vecinos del establecimiento observaron los hechos con tranquilidad desde las terrazas. “Yo vi todo desde aquí —nos dijo uno de ellos, señalando un poste a la entrada de su casa, a pocos metros de la cantina— “ellos con la gente de las casas no se metían. Eso era contra la gente que viene de Montería a hacer desorden”.

De hecho, después del episodio que indignó a tantos en redes, los de la vereda que estaban en el estadero continuaron la rumba. Varias rondas de cerveza para las más de 50 personas que se quedaron tomando hasta las 10 de la noche. Según nos dijo un militar que está en la zona, los propios hombres armados les dieron permiso de seguirse divirtiendo.

El Clan es la autoridad

Hasta 2006, cuando se desmovilizaron durante el gobierno de Álvaro Uribe, las Autodefensas Unidas de Colombia, bajo el mando de Salvatore Mancuso y Jorge 40, ejercieron un férreo control en el departamento, cooptando la clase política y económica de la región.

Cinco congresistas cordobeses han sido condenados como parapolíticos y hasta hace unas décadas el eslogan que muchos repetían en la región era que “Las autodefensas somos todos”.  Las reacciones al episodio de El Vidrial muestra que no tanto ha cambiado desde entonces.

Tras una desmovilización con pocos controles, el grupo retoñó y la guerra se recicló ahora bajo el dominio del Clan del Golfo, bajo el mando del exparamilitar alias Otoniel. 

Ahora el Clan es el grupo armado predominante en el departamento de Córdoba.

 “Las AGC es un grupo hegemónico y su legitimidad ha sido permanente, lo que ha ido mutando en relación a los paramilitares es la forma en que se ejerce el control territorial. Pasaron de patrullar grupos armados y uniformados con armas largas, a tener más gente vestida de civil con armas cortas —dice el investigador de la violencia en Córdoba Jorge Espitia— Y el control se ejerce a través de la solución que brindan estos grupos a través de las mismas comunidades”. 

En El Vidrial, las AGC controlan la vereda desde hace varios años. 

Una persona que hizo parte de la campaña de un congresista cordobés en 2018 nos dijo que cuando hicieron los recorridos por El Vidrial, Caño Viejo, Santa Lucía y Santa Clara (veredas y corregimientos de la zona rural de Montería) tuvieron muchas restricciones por órdenes de los grupos armados.  

“El ambiente era muy tenso — dice—Dos días antes del recorrido el jefe de campaña nos dice que nos preparemos que vamos a entrar a zona roja y solo teníamos permiso para dos días de recorrido. La buseta que llevamos no tenía insignias del candidato y tenía un pañuelo rojo en la parte de adelante. Eso no pasa ni en municipios del sur como Tierralta y Puerto Libertador, donde llevamos caravanas.”

En el Vidrial la sensación es que están por todas partes, porque en la población hay gente que es de ellos.

“Al no haber Estado ellos imponen el orden. Hay gente del pueblo que es informante de ellos, y por eso uno no puede hablar mal de ellos con cualquiera. Yo conozco gente que por pelear o robar la ponen a limpiar, barrer la plaza, recoger basura, labores sociales”, nos dijo una persona del lugar. 

Y es que ante la ausencia de otra institucionalidad, ellos les proveen el equivalente de los servicios públicos de seguridad, o incluso aseo.

“Ellos organizaron el pueblo para que no hubiera vicios y peleas. Cogian a los peleones y los ponían a limpiar las calles, el cementerio lo arreglaron. El pueblo se limpió por sus órdenes”, nos dijo otro.

Para los habitantes de El Vidrial los hechos del fin de semana pasado ratifican, una vez más, que quienes hacen cumplir las normas allí son los grupos armados. 

Con el video que vio toda Montería, seguramente este fin de semana serán pocos los que se atrevan a visitar el estadero Donde Nora, y con ello las quejas por las aglomeraciones y las peleas quedarán temporalmente resueltas. Esto le sirve a los criminales para seguir ganando legitimidad en el territorio. 

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