“Es arte, es vandalismo”

“Es arte, es vandalismo”
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La frustración por la realidad social del país también ha sido un detonante para el arte. Hace 20 años un grupo de jóvenes, ante la incertidumbre del futuro donde ni siquiera entrar a una universidad parecía viable, decidió expresar esa desazón en las calles bogotanas. La ausencia de posibilidades y de recursos económicos llevó al desahogo de un puñado de amigos de los barrios Santa Isabel y Asunción a pintar en los muros, en los puentes, en las puertas.

Pintaban bajo la adrenalina de lo prohibido: el símbolo pesos en la entrada de una iglesia, o alguna frase o palabra parecían suficiente —por el momento— para lanzar ese quejido ante la sociedad. Fue el año del ataque de las Torres Gemelas y se sentía el mundo más vulnerable que nunca. En Colombia, mucha gente estaba expresándose en la calle, se vivía un auge de la contracultura e internet permitía conocer de primera mano no solo lo que pasaba en otros lugares sino también el acceso a las nuevas tendencias gráficas, a las tipografías, a los discursos publicitarios desde lo no convencional.

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Ese grupo de amigos inconformes hacen parte de Toxicómano Callejero. Seguramente, en algún momento, los bogotanos y colombianos en general han visto sus grafitis en algún muro. Al comienzo, sus imágenes jugaban con el contraste del blanco y el negro, después fueron apareciendo más colores. Y las frases que nunca han desaparecido: la palabra escrita siempre ha tenido un poder especial en el arte urbano. “Sucios por fuera, limpios por dentro”, “Los feos somos muchos más bonitos”, “trabajo sucio, pero trabajo”, “It´s art, It´s vandalism”…

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También es frecuente ver la presencia de animales propios de Colombia y también a un “punkero” —¿acaso uno de los fundadores de Toxicómano?— y de personajes que van desde el humorista Jaime Garzón hasta el futbolista Freddy Rincón celebrando el empate contra Alemania en el último minuto. Desde políticos hasta hombres y mujeres desconocidos que representan un oficio, una situación, o que “ilustran” una frase. En sus murales siempre está presente lo social, lo económico, el cuestionamiento a la autoridad o al abuso de esta. 

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Al frente del colectivo está Andrés —tecnólogo en publicidad— quien ha logrado no solo consolidar el fenómeno de Toxicómano durante estos años en la calle sino también en espacios comerciales como la Feria del Millón, donde expuso varias serigrafías, y también en algunas galerías de arte. Y justamente en esa dualidad de espacios donde puede verse su obra, es que el espectador debe confrontar sus propios prejuicios: ¿esa rebeldía del grafiti no incomoda en un espacio expositivo, pero sí en la calle? ¿Es arte en una galería, pero es suciedad y vandalismo cuando está en una pared sobre la calle 80? 

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Más que nunca —en tiempos electorales también inciertos— la calle es la que habla. Si bien en los espacios públicos las estatuas parecen hablarnos del pasado, el grafiti habla del presente. El arte también debe dar testimonio de su momento. El grafiti viene siendo el eco de las voces invisibles del descontento y también de la cultura. Así como la arquitectura hace parte del paisaje, el arte también lo es. Tal vez por esto valga la pena detenerse ante los muros de las calles y no solo mirarlos de reojo. Es probable que esas pinturas estén diciendo algo que sentimos o pensamos, tal y como podría hacerlo cualquier obra en un museo. 

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