Gustavo Bolívar, el portavoz del resentimiento

Gustavo Bolívar, el portavoz del resentimiento

Gustavo Bolívar es el tipo que todos en la élite quieren odiar. El senador de la Colombia Humana atrae hoy —como un poderoso imán— el desprecio concentrado de quienes tienen algo para perder si Gustavo Petro gana en 2022. Y él lo devuelve, multiplicado: en trinos, puestas en escena, vídeos que viraliza y polarizan en las redes sociales. 

Gustavo Bolívar es congresista de oposición, camarógrafo de Petro, padre del narcogénero televisivo, financiador de la Primera Línea, empresario exitoso, deudor moroso, investigado por la justicia, dueño de dos gatos, autor de ocho libros y diez telenovelas.

Pero, ante todo, es el portavoz del resentimiento social que mueve el deseo de cambio que podría llevar a Petro a la Casa de Nariño en las próximas elecciones.

Un niño de Giradot

Gustavo Bolívar nació en una familia de seis hijos —él, el menor— en la casa número 9 de la manzana 30 de una vivienda de interés social del barrio Kennedy de Girardot.

Es hijo de un farmaceuta que manejaba las droguerías del Ejército en la base de Tolemaida y llegaba por la noche, borracho, en brazos de la policía hasta que murió de cirrosis cuando Gustavo tenía 10 años. Y su mamá es una mujer echada para adelante, experta en tratar las varices, que se quedó sola con seis hijos y con un oficio que se volvió obsoleto cuando Gustavo tenía 12 años.

Para entonces, ya vivían en el barrio Quiroga de Bogotá, donde, según Bolívar, entre sus vecinos había bandas de asaltantes de bancos, y familias enteras conocidas en el bajo mundo. Ese fue el entorno el que creció, dice, y el que le ayudó a formar su definición de lo que era la realidad.

Esa realidad era dura. Cuando salió al mercado un medicamento para las varices, su mamá reunió a sus hijos y les dijo que todos tenían que trabajar para sostenerse. No es mucho lo que un niño a los 12 años puede hacer, pero al domingo siguiente, Bolívar tenía trabajo como asistente de un primo en un puesto de venta de parafernalia para los fanáticos del fútbol en las afueras del Coliseo el Campín.

El trabajo era sencillo: recoger por la mañana las cachuchas y las banderitas de Millos y de Santafé y devolver por la noche la mercancía que se quedaba sin vender y la plata de la que se vendía. Un par de años después, Bolívar se dio cuenta de que podía ser aún mejor: él podía conseguir un esténcil e imprimir las gorras y contratar a sus amigos de colegio para que trabajaran para él.

“Así me volví empresario a los 14 años”, me cuenta con orgullo. Es la primera vez que lo dice durante las varias horas de entrevista que tuvimos. Pero no es la única vez. Es así como él se define, como un empresario exitoso. Un empresario que hizo mucha plata, millones de dólares, tantos que se da el lujo de regalarlos, pero no de olvidar que los ganó. Uno de sus orgullos es eso, ser un capitalista que regala su plata, que nació pobre y llegó a rico; me lo recuerda varias veces durante nuestra conversación.

No necesito que me lo diga. Gustavo Bolívar vive en un condominio lujoso en el norte de Bogotá, tan lujoso que el aire es limpio y se oyen los pájaros, una ostentación impúdica en una ciudad encapsulada en una nube de smog. Su apartamento de dos pisos es pequeño, pero no esconde su riqueza de primera generación: sofás de cuero, cuadros abstractos de brochazos de colores, esculturas tamaño natural de músicos tocando trompeta, ventanales de piso a techo, una escalera de hierro en forma de caracol.

En medio de la entrevista, Bolívar me invita al segundo piso. Es su egoteca. Uno a uno, me muestra los libros que ha escrito, las estatuillas que le han dado, los dvd de su película grabada en España. Saca, incluso, un folder con todos los recortes de las decenas de artículos que han narrado su ascenso. Mientras lo hace, sus dos gatos lo merodean. 

Uno de los felinos es esquivo. El otro amoroso. Y justo el día que nos vemos, el senador —que vive solo— necesita cariño. En esa semana, el actor Bruno Díaz acaba de revelar el video en el que lo acusa no solo de no haberle pagado una deuda a su hijo recién fallecido por unos paneles solares que instaló en su hotel de Ricaurte, sino también de haberlo esquivado cuando se la cobraba.

El vídeo se volvió viral y dio pie, como suele suceder con cualquier escándalo en Colombia, a nuevas y peores revelaciones: también debía impuestos a la DIAN, a otra exempleada del hotel y hasta al condado de Miami Dade por los impuestos de la mega casa que ha exhibido en algunos medios junto con su flamante yate.

Las revelaciones golpean de frente dos pilares de la identidad pública que Bolívar se ha construído a punta de twitter y entrevistas: la de un hombre exitoso y tan desprendido de lo material que dona su sueldo de congresista; y la de un hombre valiente que no solo da la cara, sino que insulta en la cara, incluso —y principalmente— a sus colegas congresistas.

A regañadientes, y después de negarlo inicialmente, Bolívar reconoció públicamente la deuda, explicó que tiene un problema de caja porque el hotel se quebró durante la pandemia, mostró chats para probar que tenía la intención de pagar. El daño estaba hecho. Y Bolívar lo siente doblemente: está convencido de que el video de Bruno Díaz no estaba motivado solo por el dolor de un padre acongojado por la muerte de su hijo, sino que, como dijo en sendas entrevistas, se trataba de “fuego amigo”, de colegas de la Colombia Humana, y es eso lo que más le duele. Él estaba preparado para recibir cualquier ataque del uribismo, pero no una puñalada de los de su propia orilla.

“Es una lucha por quitarme de la cabeza de lista —dice, acongojado— empecé a investigar quién los viraliza, son compañeros. No dije quiénes porque mato al Pacto Histórico”. Un día lo dirá, en un libro que está escribiendo sobre cómo es la política por dentro.

Para muchos, escribir un libro es un parto doloroso. Para Bolívar, en cambio, es un acto de liberación. El mecanismo que utiliza para saldar una pelea o para refugiarse de la que no puede o no es capaz de dar.

De la escritura a la política

Su primer libro, cuenta, lo escribió a los 15 años, cuando aún estaba en el colegio. Era un niño vago, cerrado para las matemáticas, indisciplinado, y avispado. Había sobrevivido su vida escolar a punta de pactos en los múltiples colegios por los que pasó. Primero con un amigo que le hacía las tareas de matemáticas mientras él le hacía las de español; y luego de que lo echaron de ese, con el profesor del bachillerato nocturno que lo pasaba de año a otro, sin merecerlo, a cambio de que Bolívar organizara las fiestas del colegio.

Bolívar no sabía sumar, pero le encantaba la literatura y escribía con facilidad. Cuando finalmente se graduó del colegio, entró a estudiar comunicación en la Universidad de la Sabana, donde sus notas no importaban y la matrícula era lo suficientemente baja para pagarla. Nunca se graduó (está hasta ahora tratando de hacerlo). A los 18 años, su novia quedó embarazada con su primer hijo y después de un par de semestres, él tuvo que retirarse y ponerse a trabajar como un vendedor puerta a puerta.

Vendió brilladoras Electrolux, duchas de agua caliente, y cerraduras de seguridad. Cuando se enteraba de que estaban a punto de estrenar una urbanización, corría para allá, con una puertica de madera con cerradura, y dejaba que los nuevos inquilinos soltaran ellos mismos el picaporte. El sonido de la alarma los sorprendía tanto que era raro que no le compraran la mercancía.

Bolívar era, y sigue siendo, un buen vendedor. Aunque quienes solo lo conocen por televisión pueden ver en él un tipo agresivo y grosero, en el trato personal es amable y empático. Si algo, parece una persona ingenua y fácil de herir. Un soñador.

La incursión de Gustavo Bolívar en la política

En esa época, cuando todavía estaba en la universidad, como muchos que nos volvimos adultos en los convulsionados años noventa, lo que sucedía en el país era imposible de ignorar. Varios de sus amigos eran jóvenes pastranistas o jóvenes galanistas como él. Era tan galanista que le hizo campaña al Concejo de Bogotá a Germán Vargas Lleras, cuando el después Vicepresidente todavía creía en otra forma de hacer política. Bolívar también lo creía.

“Cuando matan a Galán se nos fue al piso todo —recuerda— perdí la esperanza”. El sentimiento de orfandad de un líder a quien admirar solo se le pasó cuando escuchó los discursos de Enrique Parejo, el entonces embajador en Hungría que había sobrevivido al ataque del Cartel de Medellín por su heroico ministerio de Justicia. Bolívar dice que escuchó tres veces seguidas su discurso de renuncia al gobierno de César Gaviria, y que estaba tan inspirado, que le escribió un ensayo con “nueve estrategias para ganar una elección” y se consiguió una cita para ofrecerle su apoyo en la campaña al Concejo.

A los pocos días de ganar, Parejo lo enganchó como asistente. “Mi formación moral y ética es Enrique Parejo”, dice Bolívar, y recuerda una vez en que lo hizo devolver un lápiz que se había traído sin querer de una sesión del Concejo.

Es el ejemplo que cita para luego no aceptar ni un vaso de agua en el Congreso. “No recibo nada del Estado —dice orgulloso— por eso regalo mi sueldo”. Dice que el primer cheque se lo giró a Luz Marina Bernal, mamá de uno de los jóvenes asesinados como falso positivo después de que ella rechazara la indemnización del Estado con el argumento de que la vida de su hijo no tenía precio. “Ese detalle me enamoró”.

Cuando le pregunto si no es una contradicción, entonces, que haya aplicado a un subsidio del gobierno para su medio digital “Cuarto de Hora”, patina: “Lo hice un poquito en parte para que me lo nieguen, para decir ‘ese regalo es chimbo’, y en parte porque si me lo dan puedo contratar y capacitar nueva gente”. (El ministerio de las Tic declaró la convocatoria desierta).

Bolívar trabajó como asistente de Parejo siete años, lo acompañó en su frustrada campaña a la Presidencia en 1991, y luego, en la del Senado, en 1998. Dice que la noche de elecciones, celebró con él el triunfo, para amanecer al día siguiente y descubrir que le habían robado la elección.

Fue tal su decepción, que le prometió a Parejo descubrir el fraude y se encerró durante tres años a revisar las actas de 66 mil mesas, una por una, comparando los E-14. Vivió durante ese tiempo de los tres millones que le pagaron por el libro en el que había convertido las “Nueve estrategias para ganar una elección” y que se vendió bien en las calles del centro de Bogotá.

Cuando encontró los nombres de los políticos que supuestamente estaban detrás del fraude, publicó otro libro, y puso la denuncia ante la Fiscalía y el Consejo de Estado. Así se ganó, dice, su primera amenaza de muerte. Se tuvo que ir a vivir a España, y allá escribió el libro sobre el asesinato de Doris Adriana Niño, del que responsabiliza al famoso vallenato Diomedes Díaz. Ese fue el libro que le abrió la puerta a la televisión, y a una vida de reflectores.

El guionista

Bolívar escribió el libro con base en el expediente del homicidio que le filtró el abogado de la víctima y salió en todos los noticieros afirmando que Diomedes la había matado, mucho antes de que lo determinara la justicia.

Tenía todos los elementos de una novela buena: un cantante famoso, una mujer joven, un romance, celos, corrupción, sangre y sexo. Una productora lo llamó a comprarle los derechos del libro para televisión y Bolívar, que no podía creer su suerte, se sentó con un libretista a escribir el libreto. La empresa que hacía los libretos se quebró, pero eso no amilanó a Bolívar quien igual los llevó a Fox Colombia, y convenció a la secretaria de Samuel Duque de que se los hiciera ver.

Duque le ofreció un contrato por cinco años, 1’800.000 por libreto, 100 mil pesos por cada punto de rating por encima del promedio y 10 millones de adelanto. “Tengo la fotocopia de ese cheque, me sentía como entrando al narcotráfico”, dice, riéndose. “Yo era pobre, pobre, esas cifras no me cabían en la cabeza, y a la vuelta del canal nos abrazamos con mi amigo y saltábamos de la dicha”. Tenía 32 años, y ese día sintió que por fin era alguien.

Salió de Fox y se gastó la plata en un segundo, “le compré a todo el mundo de todo”, recuerda. Sin embargo, cuando a la semana fue a firmar el contrato, el abogado del canal le dijo que habían abortado el proyecto porque el caso de Diomedes seguía siendo un caso subjudice. Le recomendó, en cambio, meter el libro en un programa más periodístico, y así nació Unidad Investigativa, el primer docudrama que hizo en televisión.

Cuando se le acabaron los grandes casos judiciales, se le ocurrió escribir un guion sobre pandillas, inspirado en un trabajo que alcanzó a hacer en la universidad sobre estos grupos en Ciudad Bolívar. Era un guion crudo, cuyos personajes eran los pandilleros de verdad, que hablaban con su propio lenguaje. A Samuel Duque le pareció demasiado fuerte y le pidió que lo ablandara con un coro de niños y solo cuando Bolívar accedió, le aprobó dos capítulos.

Pero Pandillas, Guerra y Paz se volvió un fenómeno de la televisión: se rodaron 400 capítulos en seis años y rompió récords de rating. Con el trabajo de dos meses compró su primera casa. Y se empezó a hacer conocido: después de que hizo un episodio en el que dos pandillas hacían la paz, lo llamaron de varias ciudades a que viajara con el elenco a presenciar y filmar otros desarmes. Nueve en total.

En uno de ellos en Pereira, a donde habían invitado a todo el elenco a jugar fútbol, se le acercó una joven, que inspiró a Catalina, la protagonista de “Sin tetas no hay paraíso”, la novela con la que se consagró. Le dijo que quería entrar a la televisión y cuando Bolívar le dijo que primero debería estudiar, ella le contestó que para qué, que el estudio no sirve para nada. Lo único que ella necesitaba para salir adelante eran unas tetas bien puestas. El guionista anotó su teléfono en un cuaderno y la idea en su cabeza. Al año tenía el libro y un título imposible de rechazar: “Sin tetas no hay paraíso”.

Aunque vendedor, el título era ofensivo en esa época y Samuel Duque rechazó el guión. Pero Dago García lo vio en la editorial y lo llamó para sacarlo en Caracol. Las librerías también fueron tímidas en su pedido inicial. A Bolívar le tocó, entonces, ir con un tío y repartir el libro en todas las emisoras. “Hasta la negra Candela”, dice. A los tres días, Julio Sánchez Cristo lo llamó a entrevistar.

En esa época, Sánchez Cristo era el rey de los medios, el que marcaba la parada de la opinión, y ser entrevistado por ‘Julito’ era un honor. Julio, con su voz inconfundible, narró el libro al aire, elogiando el libro con la misma fuerza con la que acababa la carrera de otros en un instante. La sola entrevista vendió 50 mil ejemplares del libro, en un día. Tuvieron que hacer cinco reediciones para suplir los pedidos de las librerías.

En la televisión, la serie también rompió todos los récords. Bolívar partió el paradigma de la Cenicienta e inauguró el género que se tomaría la televisión colombiana de ahí en adelante, la del narcorelato y las novelas cortas.

“Era totalmente innovador, el narcotráfico era tabú y no se hacían historias reales. Se hacía mucha historia de amor, y esta no lo era”, dice una persona que trabajó con él en esa época en Caracol. “Los canales lo adoraban, todo lo que hacía marcaba muy bien”,

Bolívar se convirtió en una máquina para hacer dinero con guiones poco elaborados pero vendedores porque reflejaban un mundo que hasta ese momento solo aparecía fugazmente en los noticieros. En el gremio era visto por sus colegas como un aparecido en la televisión, despreciado por sus ínfulas (“se sentía dios”, “sale de la nada y cree que puede ganarse un Óscar”, son los comentarios) pero admirado a la vez por su capacidad de conectar con un público ávido de ver en la pantalla un mundo que no tenían que imaginar.

Sus producciones eran polémicas. Cuando estrenó “Los tres caínes”, la historia de los hermanos paramilitares Castaño, recibió críticas por glorificar a los matones y ser insensible con las víctimas. Cuando llevó “Sin tetas no hay paraíso” al cine y filmó en vivo una operación real de senos de una menor de edad, fue acusado de falta de ética. Pero, a la vez, fue premiado varias veces con los principales galardones de la televisión, triunfó en España con su novela y se hizo millonario.

Cuando Caracol vendió los derechos a España por un millón de euros, Bolívar pidió que le pagarán más. “Me dicen que lo llevarán la junta y luego me ofrecen 50 mil dólares. No les recibí —dice— Telemundo me lleva por 300 mil dólares”.

Cuando saca ‘El Capo’, dice que Ardila Lulle manda a negociar con él y que la orden es que no se levanten sin los derechos sobre la obra. José Vicente Kataraín, el gerente de Oveja Negra, siente que los puede poner a competir. “Ya me tumbaron Sin tetas, me saca dos millones de dólares —recuerda Bolívar que le dijo a Kataraín— y me sacó un poquito más. Me dijo, ‘gané más plata con usted que con García Márquez’”.

Bolívar había logrado el éxito que soñaba, recién había obtenido la ciudadanía gringa, y era un hombre realizado. Aunque un poco culposo. “Sentía remordimiento de ver gente luchando en Colombia y yo dándome la gran vida en Miami”.

Cuando se enteró de la destitución de Gustavo Petro por parte de la Procuraduría y aún más, que la Contraloría le había embargado el sueldo, se indignó. Su único contacto con el entonces Alcalde de Bogotá había sido muy breve, durante la multitudinaria “Marcha de los Antifaces” que Bolívar había promovido contra la corrupción en 2011, pero igual, se decidió a escribirle y le ofreció 10 millones de pesos.

“Tocayo, todavía me defiendo”, le contestó Petro, rechazando el ofrecimiento. Pero dos años después, en 2017, cuando iba a arrancar su campaña presidencial, sí se los aceptó. Además, le ofreció meterse en la lista de los Decentes al Senado. Bolívar dice que dijo que sí, pero sólo si aparecía en una posición en la que no fuera a ser elegido. Dice que solo quería prestar su nombre para impulsar la lista.

Sin embargo, y supuestamente a sus espaldas, lo pusieron a encabezarla y cuando él se enteró, ya era demasiado tarde para bajarse de ese potro. “Entendí que era un momento de quiebre porque sabía que iba a salir elegido —dice— la sensación fue de preocupación”.

Y eso que no sabía que el mundo se le vendría encima.

Bolívar, senador

Gustavo Bolívar es un mal senador. Es incapaz de hacer acuerdos, de negociar con otras bancadas, de sacar adelante una iniciativa, de defender una propuesta diferente a acabar con Álvaro Uribe.

“El voto en blanco es el resultado de tres años de incapacidad de diálogo, tres años de panfleto”, dice una senadora, para explicar cómo Bolívar fue derrotado por sí mismo cuando era el único candidato para la Vicepresidencia del Senado y le ganó el voto en blanco en las elecciones internas de julio de este año. ​​

Desde que llegó al Capitolio, el rol más importante que ha jugado es el de filmar las intervenciones de Gustavo Petro y transmitirlas en vivo en todas las redes. “Desde el principio, lo hemos visto como un pasante camarógrafo —dice la misma congresista— unos cargan con su camarógrafo, Petro carga con su senador”.

Cuando Petro habla, Bolívar se sube al atril y lo filma. Él se dedica a hacer lo que sabe, que no es leyes ni debates de control político ni llevar inversiones a ningún lado. Él se dedica a alimentar la indignación que mueve la Colombia Humana, y en eso, no hay nadie mejor.

“Yo soy resentido en nombre de quienes no tienen esas posibilidades”, confiesa Bolívar. Y no le parece contradictorio que él, personalmente, no lo sea. “Yo soy resentido a nombre de otros”.

Gustavo Bolívar es el precursor del nuevo militante petrista, y su llegada a la Colombia Humana causó una especie de shock. A diferencia de los petristas de la “primera generación” que vienen de militar en la izquierda y a favor de los derechos humanos y de otras causas, Petro ha comenzado a reclutar influencers de las redes, personas del espectáculo con poca formación política pero que cree serán capaces de convertir likes en votos en 2022.

Cuenta Jorge Rojas, una de las manos derechas de Petro, que el día que Bolívar llegó a la oficina del candidato y Petro lo invitó a ser parte de la lista de los Decentes, le pareció un exabrupto. “Mi primera reacción fue de rechazo, primario, emocional”, dice Rojas. “Pero luego lo vi haciendo campaña y me llamó la atención. Su cabeza es un libreto permanente de ideas. Si las hubiera hecho, el país se habría escandalizado”.

Según Rojas, Bolívar ha pensado en poner a desfilar por la calle a 6204 jóvenes cogidos de la mano (el número que se ha hecho famoso por corresponder a los falsos positivos que la JEP estima que se cometieron durante el pico de la Seguridad Democrática de Uribe) o hacer una gira internacional con los jóvenes de la Primera Línea que perdieron un ojo en las últimas movilizaciones. No ha llevado a cabo ninguna de ellas.

Pero las que sí, igual han escandalizado. Particularmente, los dos episodios más recientes. Sus gritos de “‘¡asesinos!” a los comandantes de la Fuerza Pública, en pleno recinto del Capitolio el día de la inauguración del Congreso y la vaki que hizo para comprarles gafas, guantes y cascos a los jóvenes de la Primera Línea.

“No había sentido en el actuar parlamentario a una persona que fuera tan sincera y tan escueta, si al man le nace decir que los congresistas son unos hp lo hace”, dice Daniel Rojas, un militante de la Colombia Humana que formó parte de la unidad de trabajo legislativo de Bolívar.

“Él representa la indignación y el resentimiento de la gente —agrega Rojas —La gente admira que se le haya metido a los políticos en su recinto y que les diga en la cara que son unos hijueputas. Él es el que expresa lo que la gente siente. Petro es el que materializa el cambio. Hay una simbiosis entre los dos”.

Bolívar no tiene la sofisticación ni el contenido del discurso de Petro pero logra aterrizar las dicotomías binarias del petrismo en un lenguaje fácilmente asimilable, que divide el mundo entre “ellos” (los uribistas, las élites, el Esmad, los medios, los grandes conglomerados) y “nosotros” (los pobres, los jóvenes excluidos, los decentes que están con Petro), y que logra hacer palpable a los seguidores la disyuntiva histórica ante la que se encuentran. No ahorra hipérbole.

“Siendo nosotros una inmensa mayoría, ellos, que no son ni el punto cinco por ciento de la población, nos esclavizan —dijo el viernes en un discurso mientras mostraba al público su celular y era a la vez filmado por los de los que lo escuchaban—esta es la última oportunidad que tiene este país de lograr ese cambio. La revolución digital es la herramienta para dar ese salto. Cada uno de nosotros tiene un fusil en su bolsillo”.

Bolívar era el protagonista de un evento sui géneris en el parque Brasil, de Teusaquillo. Jorge Rojas y algunos jóvenes del Pacto Histórico habían convocado un acto de solidaridad con él; querían hacerle un desagravio por el palo que había recibido en los últimos meses. No solo por el video de Bruno Díaz sino por las investigaciones que se habían abierto en su contra tanto en la Corte Suprema y el Consejo de Estado, como en la Procuraduría por comprarles dotación a los de la Primera Línea.

“Petro me ha dicho dos veces, ‘usted dio papaya’; lo acepto, pero no me arrepiento”, me dice Bolívar sobre todo el incidente de las primeras líneas, que tras haber bloqueado medio país, le ha costado varios puntos en las encuestas al candidato. “Es una cosa humanitaria. Si no lo hago, los jóvenes muertos habrían sido más del doble”.

Muchos, incluida la alcaldesa Claudia López, han cuestionado por qué los jóvenes que protestaban necesitaban los guantes y escudos que les compró Bolívar, si no era para cometer actos de vandalismo. E indirectamente culpan a Bolívar por la muerte del motociclista que murió degollado por una guaya que fue atravesada por los de la Primera Línea en la avenida Ciudad de Cali en medio de las protestas de mayo.

Después de ese episodio y de una denuncia en su contra, la Corte Suprema le abrió una indagación preliminar. Esta semana será la primera audiencia para establecer si lo vinculan formalmente.

En el evento del viernes, había mucho curioso y unos 25 o 30 militantes del Pacto Histórico. Algunos mayores de boina de cuero y bufanda, varios jóvenes mechudos, ediles y líderes locales del Pacto Histórico. Unos tomaban tinto, varios canelazo. No era un evento multitudinario, pero los organizadores dudaron mucho en hacerlo pues no sabían si dado el rechazo que genera Bolívar —incluso dentro del petrismo— alguien asistiría.

Petro no estaba. Estaban los senadores Iván Cepeda, Alirio Uribe, y el ex guerrillero de las Farc Julián Gallo. También estaba uno de los líderes de la Primera Línea de la localidad de Kennedy, del “Portal de la Resistencia”, como fue rebautizada la estación de Transmilenio durante el estallido social de mayo.

Como los discursos que lo antecedieron, el joven habló de la “narcodictadura” de Iván Duque: “Hay que ponerle fin a este genocidio —dijo— convirtieron a Colombia en una fosa común y nadie dice nada (...) sin los cascos y sin las gafas no tendríamos ojos. Lo que hizo Gustavo Bolívar no es financiar el terrorismo, sino los sueños de los jóvenes”.

Cuando terminó de hablar, los asistentes empuñaron sus brazos al aire y gritaron varias veces “¡resistencia, resistencia, resistencia!”.

Jorge Rojas retomó el micrófono. Dijo que lo que había hecho Bolívar “debe tener un reconocimiento nacional e internacional”, e Iván Cepeda le pidió a Bolívar no renunciar al “lugar que le correponde en la lista del Pacto Histórico”.

El desagravio estaba consumado.

Gustavo Bolívar, visiblemente conmovido, les dijo a todos los presentes que a partir de ese día serían sus “amigos eternos”, denigró de “esa prensa que le hace juego a la ultraderecha” y convocó a todos los presentes a “pasar de la primera línea a la primera vuelta”.

Un productor de televisión me dijo que los guiones de Bolívar eran tremendistas y mal escritos, pero que tenía una rara habilidad para resolver de manera creíble una historia cuando a todos sus colegas les parecía que había llegado a un callejón sin salida.

Bolívar está ahora en ese punto con su vida. “Yo quiero hacer una pausa para recomponer la vida”, me dijo cuando hablamos hace un par de meses. Sin embargo, escuchándolo el viernes invitando a los jóvenes a “hacer esa revolución que quedó pendiente en las calles” es claro que esa pausa, si es que se da, no será antes del 2022.

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