Indígenas del Amazonas se preparan para ser médicos occidentales y tradicionales

Indígenas del Amazonas se preparan para ser médicos occidentales y tradicionales
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Katia Rodríguez es una indígena Makuna de la comunidad de Bocas del Pirá, una región de la Amazonía a orillas de los ríos Apaporis y Paraná. Está tan alejada de los centros de salud que enfermarse de una enfermedad fácil de curar pueden ser fatal.

El puesto de salud más cercano, en Mirití, queda a 350 kilómetros de distancia, en una geografía difícil de recorrer porque de por medio está la selva espesa. Por eso, la salud se maneja con respuestas tradicionales de las comunidades, que usan la naturaleza para hacer remedios y curan enfermedades con rituales tradicionales y masajes.

Rodríguez lleva casi toda su vida haciendo eso. Sabe reconocer las enfermedades tropicales como malaria o dengue por sus síntomas, y curar males estomacales, fiebres y dolores. Pero no tiene acceso a insumos básicos de atención ni recibe remuneración por su trabajo.

Recientemente, como parte de un programa de la ONG Amazon Conservation Team, aprendió a suturar, vendar, reconocer bacterias y tomar muestras de sangre. Es decir, a sumar la medicina occidental a sus saberes tradicionales

“Nuestra responsabilidad es replicar nuestro conocimiento a nuestros compañeros que tenemos en casa”, dijo durante uno de los talleres de ACT. Su comunidad la eligió para que luego replicara conocimientos básicos sobre atención primaria que podrían salvar a personas mientras logran llegar a los hospitales. 

Así, otras organizaciones fortalecieron su trabajo en la Amazonía después de la pandemia del covid, que mostró los problemas más graves de desconexión entre comunidades y centros urbanos.

En el Putumayo, cuatro pueblos están construyendo sus propios sistemas de salud que combinan saberes occidentales con saberes propios. En ese departamento y en el Amazonas, los indígenas han aprendido cómo identificar las diferentes enfermedades tropicales en los microscopios, gracias al Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia (PECET). Y en el norte del Amazonas dos comunidades indígenas hicieron su inventario de plantas medicinales y de enfermedades.

La raíz del problema

La Amazonía representa el 42 por ciento del territorio nacional, pero es una de las regiones con menos infraestructura en salud.

Aunque, según datos del Ministerio de Salud, hay 349 centros de salud en los seis departamentos que conforman esa región (Amazonas, Guainía, Vaupés, Caquetá, Guaviare y Putumayo), decenas de comunidades indígenas están alejadas geográficamente de esos sitios y sienten una desconexión entre los modelos de atención que tienen esas instituciones, y su visión de la enfermedad.

Este mapa del departamento del Amazonas, por ejemplo, muestra que por lo menos 31 comunidades viven a entre 200 y 400 kilómetros de los puntos de salud o las pistas aéreas por donde llegan los medicamentos que abastecen esos centros o desde donde se pueden transportar enfermos graves. En ese departamento, el más grande del país, hay 25 Instituciones prestadoras de salud y solo una ambulancia, según datos de Min Salud.

La Organización Nacional de Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombiana (Opiac) dice que muchos de ellos no funcionan, no tienen médicos o cambian constantemente. Le dijeron a La Silla que han identificado solo once puntos de salud en funcionamiento.  

Si eso ya es grave, la situación es mucho más crítica en las comunidades en aislamiento, que no tienen absolutamente ningún contacto con personas por fuera sus comunidades: no solo no tienen las mismas enfermedades que el resto de ciudadanos, sino que en caso de enfermar no hay protocolos de salud para atenderlos. 

“El sistema de salud no funciona para la Amazonía porque allí hay comunidades muy aisladas donde el sistema no funciona como está planteado”, explica Pablo Andrés Martinez, asesor territorial en salud de Gaia Amazonas.

Con ellas el reto es cómo atenderlas sin poner en riesgo su aislamiento. La clave son las autoridades indígenas de comunidades no aisladas y vecinas, con quienes eventualmente pueden tener contacto y crear corredores de salud para atenderlos cuando se enferman gravemente.

La situación quedó en evidencia con la pandemia. Aunque las comunidades hicieron uso de remedios con bebidas y ungüentos, con medicina tradicional, el Amazonas tuvo la tasa de mortalidad por covid más alta del país (con 5.90 muertos por cada 100 mil habitantes).

Según Ángela Rincón, una de las cabezas del programa de ACT en el Amazonas, “lo que la pandemia evidenció fue el abandono. No hubo capacidad de atención y existe un subregistro enorme de mortalidad”.

Y si bien la medicina tradicional ha sido clave para enfrentar las enfermedades que conocen las comunidades, para enfermedades nuevas puede ser necesario complementarla con prácticas de la medicina occidental.

El hueco que llenaron las organizaciones

Desde hace décadas las comunidades indígenas, rurales y afros tenían sus propios líderes que atendían las primeras fases de la enfermedad. Eran promotores de salud que antes de la Ley 100 de 1993 podían recetar algunos medicamentos, aplicar vacunas y recibían remuneración por su trabajo.

Era una alternativa ante la necesidad de atención urgente en comunidades remotas, y eran un punto de encuentro con la medicina occidental (promovida desde los centros de salud) y los conocimientos tradicionales de sus comunidades.

Pero también fueron el punto de distancia entre ambos sistemas “Comenzaron a hacer caso omiso del conocimiento ancestral de los médicos tradicionales”, dice Martha Cecilia Suárez, profesora de la Universidad Nacional, en su artículo Una propuesta de modelo en salud para los pueblos indígenas de la Amazonía.

Con la reforma a la Ley 100, en 2007, los promotores perdieron la posibilidad de atender para centrarse exclusivamente en la promoción y la prevención de la salud. Un ajuste que puede tener sentido en zonas más pobladas o bien comunicadas, pero que profundiza las distancias en comunidades como las indígenas de la Amazonía.

Según Rincón eso significó “desprotección total en términos de salud a las poblaciones indígenas”, sumado a la carencia de centros de salud e insumos básicos.

Ese hueco lo están llenando las organizaciones de la sociedad civil. Se basan en el reconocimiento que desde 2017 hizo la Corte Constitucional sobre los sistemas de salud indígenas, y que les pidió a las comunidades crear sus propios sistemas con conocimientos de la medicina occidental (que aportan las organizaciones) y los saberes propios.

Por ejemplo, el año pasado la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (Fcds) acompañó a dos comunidades para que hicieran su propio glosario de plantas medicinales. Son la comunidad Nonuya, que vive a orillas del río Caquetá, y la asociación indígena Azcaita, en Leticia.

En el resultado final no solo explica qué plantas sirven para qué enfermedades, cómo se usan y dónde se encuentran, sino el origen de las enfermedades que sufren los miembros de esas comunidades, según su creencias.

“En la concepción indígena el médico comparte la enfermedad con el enfermo. Porta la enfermedad para sanar desde su cuerpo al paciente”, cuenta Diego Muñoz, uno de los asesores de Fcds que trabajó con las dos comunidades en la construcción del glosario.

En un sentido similar, ACT está asesorando cuatro pueblos del Putumayo para que construyan legalmente sus Sistemas Indígenas de Salud Propio Intercultural (Sispi), planes de salud basados en sus creencias y formas de vivir, en conversación con los profesionales en salud –occidental– que trabajan en los centros rurales.

Los lideran quienes fueron antes promotores de salud, según Martínez, quien ha acompañado ese proceso. “Muchas de las personas que fueron promotores empezaron a liderar procesos dentro de sus territorios indígenas. Nadie les paga, nadie les da cosas, pero son ellos los que están respondiendo principalmente”, dice.

Otro ejemplo de esas iniciativas es el proyecto de la ACT para que comunidades del Amazonas retomaran los conocimientos en atención básica en salud.

En 2021 acompañó 16 comunidades, que eligieron a sus representantes (todos antiguos promotores de salud) para recibir clases de atención primaria, como Katia Rodríguez, con el compromiso de replicar los conocimientos en sus comunidades.

Esos representantes han recibido talleres dictados por la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, para que aprendan a reconocer en un microscopio las enfermedades tropicales, que son las que más prevalecen en la región, según el Instituto Nacional de Salud.

Hoy ellos saben reconocer bacterias, hacer suturas, vendajes, y tomar muestras de sangre.

“Estamos tratando de unir las dos ciencias para no desconocernos entre culturas. Nuestro trabajo es por el bienestar de la gente y todos mis conocimientos son para el servicio de mi gente”, dijo Enmar Gifichu, de la Asociación Zonal Indígena de Cabildos y Autoridades Tradicionales de la Chorrera y quien participó en los talleres de formación de ACT y el PECET.

Son conocimientos de cientos de años que han logrado contener enfermedades y preservar culturas que conviven permanentemente con la naturaleza, pero que están constantemente amenazadas por la falta de recursos y el desconocimiento de sus prácticas culturales. Un problema que varias organizaciones han identificado bien, y que han ayudado a enfrentarlo. 

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