Iván Duque, el buen hijo que llegó a la Casa de Nariño

Silla Paisa
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Este es el perfil del nuevo Presidente de la República.

Iván Duque es un hombre responsable, competitivo y convencional y sobre todo, un buen hijo. Los primeros rasgos son los que le han permitido distinguirse en los puestos que ha ocupado, pero es el último el que lo montó en la Presidencia.

Duque nació el 1 de agosto de 1976 en una familia acomodada y muy política de papá antioqueño, del municipio de Gómez Plata, y de mamá entre tolimense y cartagenera. Nació en el segundo matrimonio de su papá (del primero tiene una hermana), el mayor de dos hijos, y el niño de los ojos de su papá, una figura central en la vida del Presidente electo.

“Era su mejor amigo y su ídolo”, dice Andrés Barreto, quién lo conoce desde su infancia, es amigo de su familia y ha trabajado con Duque desde 2013. Las más de diez fuentes (entre amigos de colegio, universidad, familiares, colegas y rivales en el Senado y funcionarios del BID) con las que hablamos para este perfil coincidieron en que su papá ha sido, de lejos, la mayor influencia en la vida de Duque.

“Su papá es un motivador de tal tamaño que no te lo alcanzas a imaginar”, dice Leonor Barreneche, la viuda de Iván papá, que lo acompañó los últimos años de su vida. “Iván Jr. va a ser lo mejor que puede en honor a su papá. Sería incapaz de defraudarlo”.

La influencia de su papá

Iván Duque Escobar ocupó muchos cargos públicos: fue gerente del Instituto de Crédito Territorial, gerente de las Empresas Públicas de Medellín, Gobernador de Antioquia, Ministro de Minas y de Desarrollo y Registrador Nacional. Era liberal, muy cercano al ex presidente Turbay Ayala, y un político profesional.

Fue muchas cosas en la política pero no le dio para ser Presidente. Su hijo, a los 4 años, ya quería serlo, y su papá siempre lo estimuló en esa dirección.

En vez de leerles Rafael Pombo, Iván papá les leía los discursos de Gaitán.  Los paseaba por todos los pueblos de Antioquia y desde ahí los ponía a dar discursos en cada pueblo, con vibrato y todo, gritaban viva el Partido Liberal.

A los nueve años, Iván Jr. tenía dos hobbies: jugar fútbol y ver noticieros. En una casa grande que tenían en Multicentro, en Bogotá, no se perdía ninguno. “Se sabía todas las estadísticas de fútbol y las políticas”, cuenta Barreto.

La biblioteca de su papá, de 17 mil volúmenes, es legendaria, y meterse en ella para devorarse un libro tras otro era otro de sus pasatiempos.

Iván Duque goza de memoria fotográfica y así como se aprendía los discursos de los políticos se aprendía cuando joven los diálogos de las películas que veía con sus amigos en un aparato de DVD, la sensación en los noventas.

Se sabe las frases de Rocky, recita al derecho y al revés el Club de la Pelea, una de sus películas favoritas, y todavía le gusta hacerle quizzes de personajes y escenas a sus subalternos.

Su vida en el colegio era el fútbol y la lectura rápida (se metió a un curso de eso cuando se enteró que el presidente Kennedy lo había hecho) y sin venir de una familia militar se le metió en la cabeza que quería irse al Ejército a hacer la carrera castrense. La alternativa era jugar de centrocampista en el equipo del América de Cali, del que es hincha.

Para el papá, que tenía grandes sueños políticos para él, la disyuntiva futbolista o militar, no tenía cabida. Y en esa discusión, a Duque se le vencieron todos los períodos para inscribirse en la universidad. Igual, no tenía buenas notas para ir a una mucho mejor.

Entonces entró a la Sergio Arboleda, cuyo rector Rodrigo Noguera, era amigo de su papá. La universidad estaba arrancando y en segundo semestre  de derecho pensó en pasarse a otra mejor, pero dice que Álvaro Gómez lo convenció de que “hiciera universidad”. Y se quedó.

Duque estaba en la universidad el día que mataron al líder conservador, justo cuando salía de dictar clase, y su asesinato, según su amigo Francisco Barbosa, “Le tangibilizó el poder de las ideas”.

“A mi me marcó muchísimo la muerte de Gómez Hurtado”, dijo en el Charladito con La Silla Vacía y Zona Franca. “En ese momento que estaba Samper en el gobierno, yo quería vincularme a alguien que estuviera haciendo oposición, y que hiciera una oposición creíble en ese momento. Yo era del liberalismo en ese momento, y la única figura que estaba haciendo oposición era Juan Manuel Santos.”

Su pasión ya era la política y la economía y a los 19 le decía a su amigo Barbosa, “tenemos que gobernar este país”. Con esa idea llegó a la Fundación Buen Gobierno, recién creada por Santos.

Lo hizo de la mano de su papá, que conocía a Santos porque ambos eran del Partido Liberal.

El empujón de Santos

En ese momento había cuatro jóvenes que en palabras de alguien que estuvo desde sus inicios en la fundación “eran los que le hacían los mandados a Juan Manuel. Le correteaban de arriba para abajo”.

Uno de esos jóvenes era Duque. Los otros eran Juan Carlos Pinzón, quien fue fórmula vicepresidencial de Vargas Lleras; Sergio Díaz Granados, el ex ministro de Santos;  y Germán Chica, el polémico ex consejero político de Santos.

Duque trabajó un año en la Buen Gobierno, el think tank de Santos, y luego se fue a trabajar al Partido Liberal, como asesor de asuntos programáticos. Su trabajo era hacer las presentaciones para los debates del senador Luis Guillermo Vélez en temas económicos.

Cuando Andrés Pastrana nombró a Santos ministro de Hacienda, Santos -que ‘cargó’ con su círculo de un lado para otro hasta que llegó a la Casa de Nariño- se llevó a Duque con él y luego de un tiempo lo mandó al BID con la tarea de que se preparara y volviera para trabajar en su gobierno, pues Santos siempre quiso ser Presidente y nunca dudó de que lo sería. Iván era parte de su ‘reserva’.

Esa relación con Santos le costó a Duque mucho dentro del uribismo porque el ala más a la derecha del Centro Democrático tenía sospechas de que fuera el caballo de Troya del Presidente.

Él, sin embargo, ha dicho que se alejó de Santos cuando con la idea de que ‘la política es dinámica’ dio el viraje y comenzó a tener a Chávez como su nuevo mejor amigo y a negociar con las Farc.

“Lo que a mí más me frustró de Santos como político es que todo lo que él hizo, todo lo que él predicó, lo que él promovió, terminó yéndose para el camino totalmente contrario”, explicó el día del Charladito. “Eso me hizo a mi también alejarme de él, inclusive mucho antes de que muchas personas lo hicieran”.

Ese mismo día, Duque contó que había tenido la posibilidad de haber entrado a la Administración y que él no quiso tener nada con el gobierno porque “me parecía que había mucha inconsistencia en su personalidad política”.

Dentro del círculo santista hay una versión diferente.

Según esta versión, en 2009, cuando Santos se lanzó a la Presidencia, pidió que Iván se devolviera, pero Duque le pidió permiso para quedarse en el BID unos años más mientras armaban familia con su esposa. Santos se los dio.

Según nuestra fuente que trabajaba en la Fundación en ese momento, dentro de Buen Gobierno comenzaron a envenenar a Santos contra Iván por no haberse devuelto a hacer campaña.

“Iván mandaba documentos de campaña y a Santos no se los entregaban o no se los leía”, dice esta persona, aún santista. “Cuando Santos ganó, Iván quiso venirse”.

Sin embargo, dice, que por los avatares de la campaña o por los celos políticos de la gente a su alrededor, Santos se fue olvidando de Iván y cuando finalmente le ofrecieron un puesto era de segundo nivel.

“Dijo, no me voy”, cuenta la misma fuente.

Duque veía a sus pares, Pinzón y Díaz Granados, de ministros y no estaba dispuesto a asumir un cargo inferior.

Así, porque se sintió subestimado, creen dos personas con las que habló La Silla que conocieron la historia desde el lado del gobierno, Duque terminó a la otra orilla de Santos, y paradójicamente, ya que ganó la Presidencia, terminaría modificando el principal legado de quien fue su primer mentor.

Un admirador de Estados Unidos

Cuando Iván Duque Escobar tenía 30 años lo nombraron auditor de la ONU en Estados Unidos y siempre le decía a sus hijos que el día que se había ido a Nueva York le había cambiado el mundo.

Para Iván hijo, entonces, según nos contó su amigo, la oferta de irse a una multilateral representaba un paralelo con la experiencia de su papá y le parecía lo máximo tener la oportunidad de “abrir la cabeza”.

Iván trabajó en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) desde 2001 cuando lo mandó Santos hasta 2013. El día que se iba a posesionar tumbaron las torres gemelas y a él le tocó vivir la angustia del ataque en su hotel en Washington, una experiencia que según varios de los que nos hablaron también tuvo un impacto sobre él aunque no pudieron identificar cuál.

Durante esos años se casó con María Juliana Ruiz, su amor de colegio y de barrio, y tuvo a sus tres hijos.

Mientras trabajaba en el BID, Duque también aprovechó para hacer la maestría en derecho económico en American University y otra en gerencia de políticas públicas en Georgetown University (la supuesta "especialización" Harvard que promocionaba en su página web resultaron ser dos cursos de una semana, como lo mostró Alejandro Hoyos en twitter).

Esos 12 años por fuera determinaron mucho de lo que es él y de cómo piensa. Duque es un americanista, en todo el sentido de la palabra.

Su respeto por el sector privado, su fe en el emprendimiento y en que no hay que meterle la mano a los mercados, su convencimiento en el valor de la eficiencia en la política política a través de un manejo gerencial y el accountability y su concepción de la política social como directamente ligada al tema económico es todo producto de su experiencia gringa. También su obsesión con la tecnología.

Pocas personas en Colombia saben tanto de la política norteamericana como Duque, que incluso tiene en su oficina un afiche de Kennedy junto al de Luis Carlos Galán y Darío Echandía, sus otros dos líderes admirados. Duque sabe quién fue el jefe de gabinete de Lindon B. Johnson y puede recitar los secretarios de Estado de los últimos cuarenta años.

Su inclinación gringa se le nota también en su forma de aproximarse a la política. “Iván es un actor”, dice alguien que lo conoce muy bien. “Es muy norteamericano, entiende que la política tiene una cantidad de vectores de imagen, jamás le pegaría un coscorrón a nadie”.

Duque es un ‘producto’ cuidadosamente empaquetado, como se ha visto en los debates, en los que nunca abandona el guión. Parte de la dificultad de escribir un perfil sobre él es que ni su historia ni su personalidad parecen tener ‘grietas’, esos pequeños espacios y debilidades por donde se trasluce de qué está hecho un individuo.

“Es muy reflexivo, y si algo te llega a parecer impulsivo, el impulso es un resultado planeado”, dice su amigo Barbosa.

Duque no comete excesos, no tiene enemigos, no ha cometido errores significativos. La vida no lo ha puesto nunca a prueba. Tanto él como sus amigos dicen que lo más duro que le ha pasado es la muerte de su papá, que era su mejor amigo, hace dos años, cuando ya tenía 40.

“Iván ha sido bendecido”, dice una persona de su partido que lo conoce bien pero no quiere figurar con su nombre. “Ha sabido aprovechar las oportunidades porque la vida no le ha dado duro y eso le ha permitido prepararse mejor”.

El paso por el BID

Duque llegó al BID como segundo representante de Colombia, un cargo burocrático internacional de segundo nivel que suele darse más como un “sabático” de premio que por grandes méritos.

Pero como en otras ocasiones en su vida, haber llegado en coche no significó que no hubiera aprovechado plenamente la oportunidad y que hubiera brillado haciéndolo.

En el caso del BID, Duque era el segundo de Luigi Echeverri, el hijo de Fabio Echeverri, nombrado por Álvaro Uribe.

Luigi era un personaje exótico en el Banco. Venía de un mundo radicalmente diferente al de los tecnócratas internacionales: había sido rejoneador profesional (el único colombiano en rejonear en Madrid), había formado parte de la empresa digital que lanzó Yuppi en Internet, y aunque era economista agrícola de la prestigiosa universidad de Cornell su verdadero interés son los caballos.

Echeverri cuenta que llegó al Banco, además, en un momento difícil porque las cuentas nacionales estaban en rojo, los spreads disparados, los mercados cerrados, y prácticamente el único sitio con capacidad de darle liquidez a Uribe era el BID.

“Mi misión era refinanciar lo que teníamos que refinanciar y tener liquidez para final de año”, dijo a La Silla Echeverri. “Me entregué a un muchacho lúcido de 25 años”.

Luigi, que ahora es el gerente de la campaña de Duque, dice que Iván fue instrumental en los primeros seis meses para entender cómo funcionaba el banco porque, además, tenía buen conocimiento de las finanzas y de Hacienda. Por eso, aunque venía del gobierno anterior nombrado por el entonces ministro de Hacienda Santos, él decidió mantenerlo.

“Era una esponja con ganas de aprender todo lo que podía aprender”, dice Luigi. “Con una disciplina impresionante”, una cualidad que muchos otros destacaron en Iván.

Luigi era el director ejecutivo de la Silla de Perú, Ecuador y Colombia en el BID y Duque, como su Consejero Principal, era el que preparaba los documentos para que los presentara en la junta del banco.

Cada país tiene un director y todos los directores actúan como la junta directiva del banco. La labor, como la de toda junta, es aprobar los presupuestos, los créditos y los proyectos para los países.

Es una labor parecida a la parlamentaria, pues preparan los conceptos en comités especializados y luego dan la discusión en la asamblea más grande.

Como tenía que revisar los proyectos de todos los países, esa experiencia le permitió a Duque conocer las buenas prácticas de política pública en muchos países, experiencia que le serviría si es presidente y que sin duda ha capitalizado en los debates en los que habla con fluidez de todo.

Luigi dice que Iván ayudó mucho en la negociación de préstamos del BID al país por 8500 millones de dólares, que tuvieron que ir refinanciando. También participó en la recapitalización del BID y en la del Fomin, que es el brazo de cooperación del BID.

Concretamente, lo que tenía que hacer Iván era analizar unos 8 o 10 documentos gruesos a la semana, y ayudar a gestionar que los países donantes y los receptores se comprometieran a hacer los aportes. Dado su interés en la economía, Iván tuvo liderazgo entre los consejeros, según pudo confirmar La Silla con dos personas que pasaron por el BID.

En ese cargo, como después en el Congreso, Duque demostró que es bueno para forjar consensos, que es capaz de procesar una gran cantidad de información, y que está orientado hacia los resultados. Además, que tiene un don para las relaciones públicas. Se hace querer (sobre todo de sus jefes).

 

Cuando se acabó el primer gobierno de Uribe, Echeverri y él continuaron en el Banco.

Les tocó el proceso de reelección de Luis Alberto Moreno, el director del BID, y como era colombiano y Uribe quería que fuera reelecto, Iván y Luigi se metieron de cabeza en las negociaciones tras bambalinas con los equipos de los otros países para sacarlo adelante.

Cuando ya se acercaba el fin del gobierno Uribe, tanto Luigi como Duque comenzaron a pensar en qué hacer. Iván se quería quedar y Moreno, de quien se volvió muy cercano, le había dicho que si tomaba el año que llaman de ‘cooling off’ podría volver al Banco, pero Duque no tenía con qué vivir sin empleo un año en Washington.

Entonces Iván le dijo a Luigi que le interesaría ayudar a Uribe en la misión que le acababa de asignar las Naciones Unidas de ser parte del Panel de Investigación del incidente de la Flotilla turca que asaltaron las tropas israelí cuando intentaba romper el bloqueo a la franja de Gaza el 31 de mayo de 2010, conocido como Mavi Marmara.

Después del triunfo de Santos sobre los hombros de Uribe, acercarse al expresidente ya era un camino obvio para cualquiera que aspirara a tener un trampolín para llegar a la Casa de Nariño.

No es claro si fue Luigi o Luis Alberto Moreno los que le mencionaron su nombre a Uribe. El hecho es que el Expresidente, que nunca le ha dado mucha importancia a quién nombra, llamó a Iván sin conocerlo y le dijo que se vieran en Nueva York.

Al día siguiente, llamó a Luigi y le dijo que “ese muchacho es un erudito. Un hombre para tenerlo en cuenta para el futuro”.

Iván trabajó con Uribe durante un año como su asesor en este caso, le ayudó a escribir su libro “No hay causa perdida” y lo acompañó por Latinoamérica en una cruzada antichavista.  Ya para ese momento, Uribe estaba tan feliz con Iván que en los agradecimientos del libro escribió un mega elogio: “Iván es más que sabio, y estoy seguro de que tiene por delante un futuro brillante”.

Al año, como era el plan, Iván volvió al BID. Moreno le había creado un puesto especialmente para él, como director de la división  de juventud, innovación y cultura, que fue una evolución del cargo de curaduría de cuadros que tenía otro personaje en el Banco.

Era un puesto de segundo nivel, nuevamente, pero Duque le metió la visión de la economía naranja, que ve la contribución de la creatividad como un elemento integral del desarrollo económico y social. Fue una idea innovadora dentro del Banco, que tuvo cierta tracción aunque corta vida (ya no aparece en el organigrama).  

Mientras vivía en Washington, Duque se seguía viendo con Uribe cuando visitaba la capital gringa (a ambos les encantan las hamburguesas) y un día, después de ir a Dallas juntos a la inauguración de la biblioteca de George Bush, Uribe lo invitó a ser el séptimo renglón del Senado.

No era fácil tomar la decisión de venirse porque exigía dejar la vida cómoda en familia que tenía en Washington. Pero igual, dijo que sí. No había abandonado el deseo de ser presidente y era la oportunidad de darse a conocer frente a Uribe y frente al país.

Cuando Uribe lo metió en la lista, de segundo, algunos uribistas lo resintieron porque no lo conocían. Pero dada su disciplina, lo que ha leído y su personalidad afectuosa y entretenida (hace magia, canta, y es buen bailarín) muy pronto adquirió liderazgo y se convirtió en el representante de los senadores en la dirección nacional del Centro Democrático.

Durante su paso por el Congreso sacó adelante 4 leyes, algo que no es fácil cuando se está en la oposición en un Congreso con una coalición mayoritaria como la que tenía Santos. Fuera de su ley Naranja, fue coautor de la ley que aumentó la licencia de maternidad, la que instaló desfibriladores en establecimientos públicos, y la que permitió el uso de cesantías en seguros educativos.

Fue elegido “mejor senador” por sus colegas y promovió algunos debates económicos contra el Gobierno. Pero para lo verdaderamente duro, Uribe fue quien realmente puso el pecho.

En todo caso, ya en la bancada había indicios de que Duque era el precandidato predilecto de Uribe para la contienda presidencial.  No por otra cosa al final decidió que el mecanismo fuera la encuesta abierta; Duque le llevaba una ventaja grande a los demás en todos los sondeos.

“Iván es el mejor candidato que Uribe pudo tener no solo para ganar la Presidencia sino para construir un Uribismo 2.0: el Centro Democrático postUribe”, dice Francisco Miranda, analista político y ahora también columnista de La Silla.

La incógnita sobre Uribe

A diferencia de otros allegados del círculo de Uribe, Duque no tenía líos judiciales, ni rabo de paja, ni había trabajado en los gobiernos uribistas. Con tan solo 41 años, como dice Miranda (que le ayudó en la redacción de su último libro “El futuro está en el centro”), Duque logró combinar uribismo con futuro.

La gran incógnita es qué tan autónomo logrará ser frente a Uribe ahora que fue elegido. La respuesta es más compleja que decir que sería “un títere” del Expresidente como lo pintan algunos.

Muy seguramente, Duque en la Presidencia tendría margen de maniobra para tomar todas las decisiones en las que crea salvo aquellas en las que Uribe tiene un verdadero interés.

Si Santos, que tenía factores propios de poder, como plata, el periódico más grande del país y amigos muy cercanos o parientes en Semana, El Espectador y otros medios regionales, y una trayectoria política propia, se vió tan debilitado por la oposición de Uribe, Duque -que no tiene nada propio salvo el conocimiento que tiene en su cabeza- tendría menos recursos de donde agarrarse para tomar un rumbo distinto en asuntos clave para Uribe si así lo quisiera.

“Tiene el suficiente carácter para no dejarse mandar, pero no es un rebelde”, dice uno de los uribistas cercanos a Duque. “Tomará las decisiones con esa visión de país que comparten”.

Principalmente porque, ante todo, Duque es un pragmático. “Su ideología es el pragmatismo”, dice su amigo Barbosa. Uno de sus subalternos agrega que Duque siempre repite que “hay que dar una pelea a la vez”. Y esa pelea no será contra Uribe, quien sin duda se convertiría en presidente del Senado el primer año de presidencia de Duque (así ha dicho el Presidente electo que le gustaría).

Duque comparte la visión de Uribe de que se necesita un Estado más austero, y también en que hay que crear las condiciones para que la empresa privada florezca. En cuanto al Acuerdo de Paz con las Farc -un tema que sí le importa a Uribe- ha dicho que no lo “hará trizas” pero los ajustes que propone son tan sustanciales que sería el equivalente.

Excluir a los militares de la JEP para que sean juzgados por la inoperante justicia penal militar (que él propone fortalecer); prohibir la participación de los guerrilleros que cometieron delitos atroces (es decir toda la cúpula); instaurar la cárcel por un período de máximo ocho años para los culpables de delitos graves; acabar con la obligación de los compradores de buena fe pero no exenta de culpa (es decir de aquellos que debían haber sabido que eran tierras despojadas por los paramilitares) de devolver las tierras de los desplazados; y no implementar el acuerdo de desarrollo rural que privilegia la construcción del poder territorial de abajo hacia arriba (Duque propone abolir la nueva institucionalidad y fortalecer mejor el Ministerio de Agricultura; y apostarle a la agroindustria con exenciones tributarias para que creen empleos formales en el campo o sociedades de participación mixta con los campesinos) es hacer cumplir las banderas con las que ganó el No en el plebiscito.

Pero, en la práctica, significaría forzar la rendición de las Farc (una de las obsesiones de Uribe) pues fueron precisamente esos puntos por los que la guerrilla dejó las armas con la incógnita de si pocos o muchos las retomarían ante el incumplimiento.

El otro tema que es importante para el futuro de Uribe es el de la justicia dado que tanto él como muchos de su círculo más cercano están siendo investigados o han sido condenados y se sienten perseguidos por la Rama Judicial.

Duque propuso al comienzo de su campaña unificar las cortes en una sola, una propuesta que es coherente con su admiración por el sistema gringo donde solo existe la Corte Suprema pero que también sería funcional para tener una mayor injerencia en la conformación de la nueva Corte

Ha dicho, también, que no le parece conveniente reinstaurar la reelección. Si eventualmente ganara y lo hiciera, la comparación con Medvedev, el joven pupilo ruso puesto presidente de Rusia y luego sucedido por Vladimir Putin sería casi exacta.

Duque, que es un hombre sólido emocionalmente, mantuvo el equilibrio y la disciplina del mensaje con su objetivo de llegar a la Casa de Nariño al frente. Logró que incluso en el sector empresarial, donde se suele valorar la experiencia, minimizaran el hecho de que nunca haya tenido un cargo ejecutivo en su vida ni manejado una planta de más de seis personas a la vez (En el año que estuvo a cargo de la división de economía naranja del BID manejó contratistas y proveedores, unos 40 según él).

Con su discurso sobre el cambio generacional y el relato uribista proyectado hacia adelante, Duque llegó a la Casa de Nariño con la mayor votación de la historia de Colombia.

Duquee se convirtió en el Presidente de la República con un poco más de diez millones de votos, venciendo así a Gustavo Petro, quien con ocho millones de votos fue derrotado por el candidato del Centro Democrático. 

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