La fiscal Ángela María Buitrago: el elogio de la dificultad

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La sala de audiencias está llena. Tan llena como puede estar una sala diminuta, con cinco o seis bancas largas, tres cámaras atrás y unos periodistas empinados con sus grabadoras izadas frente a los parlantes. Llegan varios guardias del Inpec armados para una guerra. Sí cabe más gente. Traen al líder paramilitar ‘Ernesto Báez’, que de mala gana le pregunta a uno de ellos dónde se sienta. Traen también a la ex congresista Rocío Arias, una guardia le quita el chaleco antibalas y ella se sienta. Y entra Eleonora Pineda, otra ex congresista, en libertad desde enero por pena cumplida. Ambas pintadas y peinadas como actrices. Son los testigos

La sala de audiencias está llena. Tan llena como puede estar una sala diminuta, con cinco o seis bancas largas, tres cámaras atrás y unos periodistas empinados con sus grabadoras izadas frente a los parlantes. Llegan varios guardias del Inpec armados para una guerra. Sí cabe más gente. Traen al líder paramilitar ‘Ernesto Báez’, que de mala gana le pregunta a uno de ellos dónde se sienta. Traen también a la ex congresista Rocío Arias, una guardia le quita el chaleco antibalas y ella se sienta. Y entra Eleonora Pineda, otra ex congresista, en libertad desde enero por pena cumplida. Ambas pintadas y peinadas como actrices. Son los testigos.


Adelante, de espaldas a la tribuna, están las partes. Está el ex senador Ciro Ramírez, preso hace 17 meses e investigado por el proceso de la parapolítca. Lo acompaña su abogado. En unos minutos llegará el juez, todos se pondrán de pie, se sentarán y él decidirá que el proceso regresa a la Corte Suprema; en unos minutos el abogado de Ramírez manoteará y hará gala de su mejor verborrea legal para protestar. Nunca dejará de decirle al juez 'Honorable' ni 'Su Señoría'. Nunca logrará convencerlo.

En el extremo izquierdo está el representante de la Procuraduría y a su lado, Ángela María Buitrago, Fiscal Cuarta Delegada ante la Corte Suprema. No mira hacia atrás ni se inquieta. Sólo mira hacia al frente como si estuviera en una sala de cine. Toma pocos apuntes, pide la palabra, habla, oye al juez, esperará a que termine. Dos hombres le ayudarán a llevar sus carpetas, caminarán con ella hasta la camioneta blindada y regresarán al búnker.

Antes de la audiencia de Ramírez, Ángela María Buitrago estuvo en otra, salió al filo de las dos de la tarde y habló con un grupo de personas en una cafetería. Después almorzó sentada en el muro de cemento de la entrada de los juzgados especializados. Su menú fue una Coca-Cola Zero y un ponqué ramo. De postre revisó el expediente de uno de los procesos que lleva. Tal vez el de Ciro Ramírez o el de Alfonso Plazas Vega y el Palacio de Justicia, o el de Guillermo León Valencia Cossio o Jorge Noguera. Vaya uno a saber.

 

Explica la fiscal Buitrago que todos los procesos, menos el de Plazas Vega, le tocaron de manera aleatoria. Increíble. Por azar aterrizó en su escritorio el caso del hermano de un Ministro al que acusan de sacar narcotraficantes de los organigramas de la Policía para que se volvieran fantasmas; el de un ex director del DAS al que acusan de borrar antecedentes de paramilitares y de pasarles información, nombres de líderes sociales que después resultaban muertos; el de un ex senador que aparece en unas grabaciones tuteándose con un narcotraficante apodado ‘Mi Sangre’ y con el que queda de ir a tomarse un tinto.

Increíble que en un sistema judicial desbordado, donde las casualidades suelen ser más bien trágicas y los procesos se mueren de viejos, todos estos casos estén en las manos de Ángela María Buitrago.

Y si bien estos expedientes que ocupan todos los titulares de la prensa le tocaron en suerte, el avance de todos ellos no ha sido simplemente un arrebato del destino. La Fiscal los conoce, los ve con los ojos cerrados y sabe cuáles son sus claves - que guarda con mutismo de bóveda -. Sabe, sobre todo, que a quienes investiga tendrán que defenderse y ser vencidos justamente en juicio. Los respeta pero no les teme. Tal vez los ex funcionarios investigados no lo tenían claro, pero lo han aprendido a la fuerza, después de oírla y enfrentarla.

Su escritorio está ordenado con la precisión de un ingeniero. Sobre la mesa de su oficina – adornada con cenefas y persianas de madera –, únicamente están los documentos necesarios; al lado, los archivadores metálicos rotulados, y las carpetas ordenadas y marcadas, en las repisas. La Fiscal debió ser una estudiante intensa. Seguramente llevó sus cuadernos con esferos de diferentes colores y sus apuntes planchados como planas o camisas blancas. Debió leer sin parar los códigos y llenarlos de banderitas y pasajes resaltados.

A la Fiscalía General de la Nación llegó con Mario Iguarán, hace cuatro años. Venía de litigar en derecho penal y de enseñarlo en la Universidad Externado (algo que nunca ha dejado de hacer). Antes de eso trabajó en los juzgados ambulantes, haciendo necropsias y levantamientos de cadáveres.

Estuvo con el Fiscal General durante todo su periodo, detrás de la implementación del sistema penal acusatorio y mucho más cerca de Iguarán de lo que ella se atreve a decir. “Una de sus manos derechas”, explica alguien que la conoce y la admira. La admira como todos los que la conocen.

En ese grupo están sus estudiantes, sus colegas y sus amigos. La respetan por su conocimiento, pero sobre todo por su arrojo. Saber de leyes no es tan complicado. Lo realmente complicado es ponerlo en práctica y hacerlo al límite, del cuerpo que resiste jornadas de 20 horas, cinco días de vacaciones en los últimos años, del miedo que se mete como un mal aire por debajo de la puerta.

“Estoy protegida por el de arriba”, responde la Fiscal y señala a Dios cuando responde si tiene miedo o si está en riesgo, ese riesgo inevitable que lleva como otro expediente debajo del brazo y que sienten por ella los que siguen de cerca su trabajo. Los que le han oído responderle duro al Gobierno, denunciar  los privilegios que tiene Guillermo León Valencia en la cárcel o la estrategia del caracol de Plazas Vega para que su proceso nunca se mueva. Los que la ven en las audiencias exponer pruebas con el mismo ímpetu con el que dicta una clase o sustentaba un parcial cuando era estudiante. “La retoma del Palacio de Justicia fue más una operación de aniquilamiento que una operación de rescate”, dice la Fiscal cuando habla del caso (Plazas Vega, por su parte, le dice que no sabe nada sobre temas militares).

Los pelos de la piel se erizan cuando hay que oír lo que ella oye y ver lo que ella ve, pero se erizan los de los demás, porque después de cualquier audiencia, en su oficina, ella suelta una carcajada y pasa la página. Una dosis precisa de candidez y pragmatismo. Un poco de locura. 

No es fácil entender cómo hace para estar ahí, para estar dentro de ese sistema judicial enorme y amorfo, y al mismo tiempo parecer que realmente está afuera. No es fácil entender cómo da peleas que todos veían como perdidas y por qué, por momentos, les hace sentir a los derrotados y pesimistas que más bien van ganando, así sea sólo por un instante.

Su renuncia está en la bandeja de entrada del fiscal general encargado Guillermo Mendoza Diago desde hace un par de semanas. Una renuncia protocolaria generalizada de todos los funcionarios de alto rango que Mendoza Diago ya le aceptó a varios fiscales delegados ante la Corte Suprema. Ángela María Buitrago lo entiende, o dice entenderlo, porque “cada Fiscal trabaja con su equipo”.

Asegura que Mario Iguarán no debe estar molesto porque él también lo entiende. Que lo entienda el nuevo Fiscal que finalmente elija la Corte Suprema, es otro problema. Parece que eso no le importa. De la terna ella no habla y de los ternados conoce poco, como desconoce la mayoría en la Fiscalía. Al contrario, muchos de los funcionarios la tuvieron entre ceja y ceja cuando se habló de una Fiscal General mujer.

Aun si Mendoza Diago no acepta su renuncia ahora, es posible que Ángela María Buitrago salga pronto de la Fiscalía. Lo sugieren quienes la conocen, lo sugieren quienes dicen conocer las dinámicas del poder en Colombia e incluso lo sugiere ella con la mirada, con su silencio que habla a gritos. Y se irá entonces sin hacer ruido, como llegó a la Fiscalía, con la misma naturalidad con la que se despide cuando termina una audiencia. Unos pocos sentirán alivio y muchos más se sentirán otra vez vencidos.

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