"La gente tiene la opción entre dos regresos y dos progresos, y no da lo mismo": Mockus

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Antanas Mockus, finalmente, sí quería ser candidato. Como lo anticiparon sus ex compañeros del Partido Verde, después de abandonar el partido que había fundado con Enrique Peñalosa, Lucho Garzón y los del partido Verde Opción Centro, se dedicó a pensar cómo regresar a la Alcaldía de la ciudad. Mañana es el lanzamiento de su campaña. Una campaña que tendrá como símbolo una cinta autoadhesiva, que une, que demarca, que llama la atención, que corrige cosas.

El martes, cuando lo entrevisté, acababa de regresar de un evento con ediles de la Alianza Social Independiente, el partido que ahora lo avala, en el que le había puesto signos de exclamación a cada uno. Se veía feliz y más vital que en la campaña presidencial de hace un año.

Mockus es un llanero solitario, que convoca a mucha gente, pero alrededor de sí mismo. Ya liberado de las ataduras de un partido, ahora le apuesta de nuevo a Bogotá, una ciudad que conoce, con un programa que gira en torno a la cultura ciudadana de la autorregulación, la calidad en la educación, la construcción de confianza y la creación de herramientas para que los jóvenes pobres que se equivoquen en alguna de sus decisiones vitales tengan la oportunidad del ‘repechaje’. La Silla Vacía lo entrevistó sobre sus propuestas.

La Silla Vacía: ¿Por qué decidió lanzarse como candidato?

Mockus: Para alguna gente que viene de horizontes diversos, Bogotá cambió mucho a mediados y finales de los noventa y comienzos del 2000. Es una ciudad que cambia de ánimo, que se relaciona de una manera distinta con la ley y con los impuestos, que tiene la posibilidad de mejorar la infraestructura urbana y que sale de un cierto cinismo y fatalismo.

Para mí el gran descubrimiento es que cosas que parecían instaladas tanto en la mentalidad como en las prácticas burocráticas son frágiles. Uno puede dejar el mejor manual de contratación; puede rogarle a su sucesor que aproveche estos insumos de gestión pública admirable; en el empalme uno trata de explicarle cuánto trabajo hay acumulado ahí y la importancia de seguir ciertas pautas técnicas en la gestión; explicar por qué hay que contratar con diseños terminados, dar un período de preconstrucción a los contratistas para que luego ya no quepa el reclamo de que los diseños estaban mal hechos. Pero es doloroso descubrir que la administración puede desaprender velozmente.

Mi propósito, entonces, es retomar el mejoramiento administrativo, la gestión pública admirable, la cultura ciudadana y apuntarle a una mayor respuesta al tema de desigualdad. En los dos gobiernos anteriores combatí la desigualdad como ejecución del mandato constitucional. Ahora creo que hay que combatirla porque la desigualdad te indigna y hace sufrir.

Enrique Peñalosa y Gustavo Petro también tienen como bandera luchar contra la desigualdad. ¿En qué se diferencia su propuesta a la de ellos en ese punto?

Hay un rol clave de la autorregulación y la mutua regulación.

¿Cómo se aplicaría la autorregulación para reducir la desigualdad?

Por las circunstancias de desconfianza en la Administración es muy difícil, y no lo haré, pedir más impuestos. Lo primero es reestablecer confianza en la Alcaldía y luego sería ideal que ciertos sectores tomaran la delantera. En las últimas semanas hay un debate de gente muy rica en Estados Unidos y Europa a raíz de un artículo que publicó Warren Buffet exigiendo que el Congreso y la sociedad le quitaran los privilegios a los más ricos. Que ya era hora de no seguir siendo tratados como una especie de consentidos de la economía. De que, con tal de que inviertan, de que no se vayan, de que creen empleo, hay que darles exenciones. Yo creo en la redistribución cuando hay consenso sobre la intención altruista en el proceso. Si el que tiene quiere ceder por su propia voluntad, se facilitan mucho las tareas redistributivas.

¿Cómo sería un ejemplo ideal de eso en Colombia?

En el tema educativo, por ejemplo. Si con el propósito de eliminar la doble jornada educativa cada gran empresario dijera el primer año: "ayudo con dos colegios, el segundo con cuatro", lograríamos dar el paso para la jornada única.

¿Cuál es la situación hoy? Hay 403 colegios, 800 jornadas, solo del sector oficial. En el sector privado hay doble jornada pero es solo del 15 o 20 por ciento. Hay que hacer una inversión impresionante en infraestructura. Nuestra meta es construir por lo menos 80 colegios, porque está probado que los estudiantes de la jornada completa tienen muchos mejores resultados que los de la jornada de la mañana y de la tarde.

La ciudad enfrenta la difícil decisión de escoger entre esa inversión en educación y, por ejemplo, algo igual de contundente que es invertir en educación precoz, desde que los niños tienen dos años. Recuperar la malla vial es otro megaproyecto.

En su programa usted dice que el Metro se debe hacer después de recuperar la malla vial y terminar el Transmilenio y los metrocables. Es decir, durante su administración no habrá metro.

Muy posiblemente no alcance a hacerlo. Si se cumplieran rápido las condiciones del último Conpes y la financiación estuviera disponible, me gustaría hacer la labor de ejecución, pero todavía no están. Cada vez veo más ese proyecto como un proyecto que funciona simbólicamente aislado. La Nación quiere hacerle un ‘regalito’ especial a la ciudad, o estaría dispuesta a darle un regalo de los 15 años, para que la ciudad cuelgue en una pared un sueño y para que viva la paradoja siguiente: uno de cada 20 pasajeros verá mejorado su viaje, pero los 19 restantes sabrán que para ellos existirá metro sólo en un futuro relativamente remoto

Ante una situación como la actual hay dos riesgos: que la gente piense 'esto no lo arregla nadie' o 'esto se arregla a las malas'. Yo creo que esta ciudad sí tiene arreglo y por una vía diferente a la represión, a recurrir exclusivamente a los instrumentos legales para perseguir a los corruptos, a quien incumple normas" .
Haremos pedagogía en cada acto de Gobierno: todos aprenden, todos enseñan y adquiere sentido el planteamiento de una nueva forma de hacer política”.
Para atacar efectivamente los problemas de la ciudad es determinante evitar que el cinismo le gane al civismo”.
 
La política social debe orientarse a que todas las personas puedan invertir más en sí mismas”.
La ciudad todavía no admira todo lo que tiene que admirar, ni rechaza todo lo que tiene que rechazar”.
Los dos problemas principales de Bogotá tienen raíces invisibles muy específicas: el regreso del cinismo clientelista y la falta de calidad educativa”.
El segundo obstáculo al progreso de Bogotá es que no está formando suficientemente bien a los jóvenes. Hay que formar gente honrada, que siga siendo honrada aunque pierda la fe”.
Hay que reemplazar la política social al menudeo, compuesta por muchos programas pequeños y frágiles por un portafolio de servicios sociales de acuerdo con los tipos de población que atienden. Para cada población identificar un 'combo vital' compuesto por salud”.
Daremos especial apoyo a las universidades y en particular a la U. Distrital para consolidar núcleos de investigación científica y tecnológica en coordinación con los sectores productivos”.
 

¿Cuál es su apuesta en movilidad entonces?

Mi apuesta es el Sistema Integrado de Transporte Público (Sitp), es lo que vamos a estar viviendo y discutiendo.

También ha hablado de crear una tarjeta ciudadana, personalizada de transporte público.

La idea es que haya un solo medio de pago recargable, que sea personal y que tenga tarifas diferenciables. Alguna gente propone que sea el celular. La idea es facilitarle la vida al usuario dentro de una serie de definiciones que vienen de la ingeniería.

¿No es eso lo que ya propone el sistema integrado de recaudo (Sirci)?

Va en la misma dirección del Sirci. Durante mucho tiempo, mucha gente dijo: podemos tener un transporte mejor por la misma tarifa. Eso no es cierto. La evolución de la tarifa de Transmilenio versus la de una buseta muestra que la informalidad es económicamente racional. Si usted formaliza por razones de seguridad, de eficiencia, de velocidad, puede tener que pagar por eso. Pero que las familias más pobres paguen el 20 por ciento de sus ingresos en transporte es indignante, es una desigualdad protuberante. Eso lleva a la conclusión de que hay que crear tarifas diferenciales, a ciertas horas. O crear subsidios cruzados. El problema con esto es que disuadiría a gente de clase media de usar el Transmilenio. Por eso creo que la evolución va a ser hacia crear cargos de congestión. Que viajar en horas pico sea más caro. Hoy tenemos un sistema de uso de vías escasas por turnos que puede implicar demasiadas rigideces. Hay gente muy urgida en usar su carro que no lo puede hacer. O que económicamente sería muy costoso no usar el carro particular. La idea es sustituir la restricción arbitraria y absoluta del carro por una especie de moderación inducida económicamente.

¿O sea que acabaría con el pico y placa?

¡No! El pico y placa no lo acaba nadie. Eventualmente haría un experimento de uno o dos días para verificar si lo que dice la Secretaría de Movilidad de que todavía quedan unos picos es cierto. Lo que toca es interiorizar el fundamento del pico y placa. Para muchos es una restricción a la que hay que obedecer por miedo al comparendo sin que haya una adhesión moral al tema de fondo, el uso innecesario del carro particular. El objetivo es que más gente restrinja voluntariamente el uso del carro particular. Que la gente se pregunte: ¿en el último mes he hecho el intento de usar menos el carro? Decido caminar tres cuadras a la panadería, me merezco el signo de exclamación.

Pero si mantiene el pico y placa no entiendo cómo estaría sustituyendo la restricción…

No es sustituir, sino acompañar y gradualmente desplazar. Si más del 40 por ciento de la gente obedeciera la norma por consideraciones morales, se podría en un futuro levantar el pico y placa. Se trata de dejar el componente obligatorio y acompañarlo. Es como el impuesto voluntario. El 6 de agosto de 2002, el día antes de la posesión de Uribe, que fue un día de autorregulación, el 99,7 por ciento de los buses públicos respetaron la autorregulación. En carros particulares, el 70 por ciento. Tenemos una medida empírica de que la mayoría de la gente siguió respetando el pico y placa aunque sabían que no había multa.

¿Cuál va a ser el eslogan de su campaña?

No sé si el paraíso o el infierno en mi caso, tal vez ambos, consistan en ejercicios alrededor de la verdad. Detesto callar las cosas, vivo bajo un juramento de decir la verdad y nada más que la verdad. Pero evidentemente esto se opone a la lógica del llamado ‘lanzamiento de la campaña’. Pero le digo que estamos entre dos palabras que compiten entre sí. Tratamos de ser justos, prudentes, cuidadosos, en una decisión clave con una palabra clave.

¿Pero cuál es el mensaje que quiere enviar?

La gente tiene la opción entre dos regresos y entre dos progresos y no da lo mismo. El eslogan debe ayudar a comprender eso.

¿Y cómo es su regreso diferente al de Peñalosa? En la última entrevista usted me dijo que, en su opinión, el mejor alcalde para Bogotá era él.

Hay un tema que nos diferencia y es la capacidad de la ciudadanía de regularse ella misma y de regular al gobernante derivada de una especie de acuerdo claro de intenciones. Vamos a volver a cambiar a Bogotá y de nuevo el ‘software’ va a ser lo primero.

¿El software es la cultura?

Sí, el comportamiento, la cultura. No vamos a saltar a ‘Bogotá ponte linda’, sino a ‘portémonos bien’, ‘respetémonos’. Y, sobre todo, el gobierno tiene que pasar por una fase de reconstrucción de confianza. El éxito no es sobre cuán bella va a estar Bogotá en cuatro años, sino en cuánta confianza va a haber entre la gente de Bogotá y entre la gente y sus gobernantes.

No hay inversión más claramente orientada al software que la inversión educativa. Y de esa depende la economía futura de la ciudad. El regreso enfatizando la infraestructura o el urbanismo es posterior. Lo que se necesita es primero el regreso del software y la confianza de que el sofware es suficientemente compartido, de que corta de manera suficientemente clara con los fenómenos que nos tienen escandalizados. En cierto sentido muy crudo, hay que ver cuánto hay que devolver la película.

¿Cómo sería en concreto su apuesta a la educación?

El meollo de la actividad académica debe estar al alcance de cualquier joven. Es increíble que las maravillas de la lecto-escritura y de las matemáticas aplicadas al diario vivir existan a la escala que existen hoy. Pero con un millón cien mil estudiantes, que es la matrícula oficial, nos estamos engañando en cuanto que estamos diluyendo esa tradición. Hay que priorizar, hay que dejar de enseñar ciertas cosas para dedicar ese tiempo a desarrollar capacidades máximas. Es una cultura a la que uno adhiere. Yo crecí entre libros con la convicción que los libros tenían mas verdades que las conversaciones de todos los días.

Hay certificados de competencias laborales. Uno puede sacar 60 horas y convertirse en inspectora de gasodomésticos. Pero eso no funciona si uno no tiene una formación académica sólida. No es una formación académica por un lado y, para la vida, tiene que haber una convergencia. Es una iniciación en la cultura académica.

El TLC define cosas sobre competitividad. Pero el grado de dominio de las competencias básicas en lo académico incluye más. Si creamos una especie de élite académica pequeñita van a seguir migrando. Necesitamos hacerlo a una escala muy grande para que nos resuelva a la vez la productividad y la equidad.

¿Y cómo de diferente sería su ‘regreso’ al ‘progreso’ que ofrece Petro?

Suena inmodesto, pero durante dos períodos pude demostrar lo que era progresar. Que lo describiría como derechos previstos en la Constitución, instituciones locales y ciudadanías locales avanzando hacia el cumplimiento de esos derechos. Y por el lado de los deberes, el Estado hace su parte, pero la ciudadanía también hace su parte. Creo que durante mis dos gobiernos, la gente vivió un poquito mejor cada día o cada semana.

¿Cuál sería otro diferenciador entre su candidatura y las de los demás?

La justicia. El Alcalde de Bogotá no tiene casi nada que ver con la justicia, pero los procesos de la ciudad tienen un montón de cosas que ver con la justicia. Si las lesiones personales son centrales en la inseguridad de la ciudad, hay que ver cómo colaboramos -desde el juez, el legislador, el ejecutivo local- con una meta para que bajen las lesiones personales.

Parte de las coordinaciones se obtienen con argumentación y por una especie de denominador moral de la tarea. Es decir, dos servidores públicos pueden cooperar entre ellos porque hay un orden racional, explícito, un proyecto en común con recursos puestos en común que facilitan las gestiones. Bogotá pondría presupuesto para eso. Más allá de la camiseta de la Rama, se comparte el dolor o la indignación por las miles y miles de personas que sufren lesiones por cuenta de la violencia.

Cambiando de tema, su propuesta de vivienda parece más orientada al arrendamiento que a financiar nuevas casas

Está orientada al mejoramiento barrial entendido de manera amplia. Le confieso que presenté en un evento en Estados Unidos la fotografía de San Victorino invadido de vendedores ambulantes, luego demolido, nivelado con piedras, con cemento y luego la escultura de Negret. Y los siguientes expositores mostraron que lo nuevo incorporaba, realzándolo, aspectos de lo viejo. Quizás no cien vendedores de chucherías, sino tres o cuatro.

El hardware, también, en algun momento intenta hacer borrón y cuenta nueva. Tal vez lo que nos mostró la ciudad es que no es posible hacer borrón y cuenta nueva. He trabajado como una cosa colateral un ejercicio con los chicles en el piso uniendo con la cinta una mancha negra con otra. La paradoja es que mi manera de señalizar los chicles con la cinta uniendo dos manchitas negras vuelve el chicle bonito. Cuando pienso en la cantidad de dudas morales que tenenos los bogotanos frente a los bogotanos pienso que casi todos tenemos derecho a pensar que tenemos remedio y me gustaría que, al mirar el piso y ver los chicles, uno viera ahí constelaciones y en el marco de las constelaciones una especie de curación, redención, sanación. Esas palabras no me gustan, pero debe haber una posiblidad de recuperación, de repechaje.

Hablando de repechaje, ¿usted también está buscando uno? ¿Cómo le explica a la gente que se ilusionó con usted que no hubiera hecho nada con esa cantidad de votos y que el Partido Verde hubiera resultado tal fiasco?

Hay una especie de justificación que hay que evaluar, pero yo sentí en un momento una división muy fuerte entre la colectividad, que era la Ola Verde, y una instancia que se volvió muy importante, que fue la dirección del Partido Verde, y no logré reconciliar ambas instancias. Yo sabía que en el interior de una organización se consumen energías tremendas para definir roles, luchando por quién se apropia de ciertos roles. Terminé metido en la película que no era. Desatendí el público amplio, el respaldo amplio de los ciudadanos, por estar tratando de atender y entender y acomodarme en cierto sentido a las dinámicas internas del partido.

Se me ocurre una película sobre Nueva York, en la que hay bullying con la puerta trancada en el metro. "Venga y nos maltratamos, pero fresca que el tren va a parar en la estación y no se va poder bajar". Se sobreestimó la capacidad de colocarme. Creían que yo iba a aceptar a Uribe por conveniencia del partido, o por disciplina del partido. Y no.

¿Por qué le pareció tan dramático que Uribe apoyara a Peñalosa?

Lea el primer principio del partido. Por encima de la vida es sagrada estaba un enunciado de no ser cómplices de cómplices de ilegalidad. La relación de complicidad es anuencia. Yo le había pedido la renuncia a Uribe con la yidispolítica.

También fue a decirle que le iba a cuidar sus huevitos…

Fui a decirle que me dijera en la cara que no era capaz de cuidárselos. Y fui a pedirle que se pronunciara sobre cómo entendía la neutralidad en las elecciones. Fue la reacción al comportamiento de él en esos días.

¿Cuál es el diagnóstico de su enfermedad en este momento?

Según lo que he podido reconstruir con el neurólogo, es una enfermedad de vieja data que evoluciona a un ritmo lento. La dosis es la misma que empecé a usar hace dos años. Por el lado de la medicación, no hay señal de que esté empeorando. Está ahí. La enfermedad se las arregla para mandar pequeñas señales.

¿Tendría algún impedimento para estar sometido a situaciones de estrés?

Al revés. Cuando tengo tareas exigentes lo olvido. Hace dos años estaba infinitamente peor que ahora. Y con cero medicación me las arreglaba para dar conferencias internacionales. A veces digo, "señor parkinsoncito siéntese, hablemos de usted".

Radicalizándolo, si fuera a interferir, interferiría de manera constructiva. En cualquier momento de la vida podría dejar caer los brazos, pero ahora es cuando menos. En parte me gano la vida hablando de lo que ya he hecho. De pronto me doy cuenta de que, si me quedan diez años de vida, sería mucho pendejo si no la dedico intensamente al servicio notable de los demás haciendo lo que más me interesa.

Un año después de su campaña presidencial, ¿qué aprendió del fracaso para no repetir esta vez?

Uno escoge con qué hace parangones. Yo hago un parangón con mi primera campaña del 94. Creo que la ciudad supo identificarme como alguien distinto, claramente entendió que no daba lo mismo. Nadie se atrevió a decir que daba lo mismo, ni para la ciudad, ni para mí. Entonces, me la juego. En el 94, cuando hice la pirinola, al salir de siete caras dos caras para arriba, era un juego de azar y de moral. Puede escoger poner dos. Cuando en los hoteles lleno la tarjeta, en la casilla de ocupación sigo poniendo muchas veces profesor.

 

Fotografías por Santiago Mateus

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