La gran vulnerabilidad de las personas con discapacidad durante la pandemia

Html
discapacitados2.jpg

Tanto los discapacitados como las organizaciones que los cuidan se enfrentan al doble golpe de las dificultades económicas y la falta de solidaridad. 

Dora Hilda Rincón prepara el correo en que le dirá a la Iglesia Evangélica que le arrienda el local donde tiene su fundación, que diciembre será otro mes en el que no les pagará el arriendo. Ya son 10 meses, unos 6 millones de pesos que no tiene de dónde sacar.  

Ella es la fundadora de Fundación Pones, un proyecto que creó hace 10 años para ayudar a personas mayores de 18 años que son sordas. El local queda en la localidad San Cristóbal, en el Barrio 20 de julio de Bogotá, y desde ahí opera la fundación que es atendida por un grupo de voluntarios de varias universidades. 

Sus estudiantes sordos, que son unos 40, tienen todos dificultades económicas y la mayoría sufren también discapacidades paralelas: muchos no son sólo sordos, sino que tienen parálisis parcial de su cuerpo, baja visión o problemas cognitivos.

Hasta marzo venían operando bien. Luego arrancó la pandemia. Y eso les pegó porque algunas de las empresas que financian la fundación dejaron de darles plata y se empezaron a colgar con el pago del arriendo.  

Sin poder pagar y temiendo un contagio entre sus miembros, mandaron a todos a sus casas. 

Los estudiantes sordos que iban a la fundación se han tenido que contentar con seguir comunicándose por sesiones de Zoom de 40 minutos, usando lenguaje de señas y poniendo videos de rutinas sobre cómo armar un bolso o tejer un patrón. Es claro que esas sesiones no compensan el contacto físico que antes tenían.

 

 

“Para muchos de ellos, la fundación es su único espacio de socialización con personas que saben hablar lengua de señas, pues en muchos casos en sus familias no los entienden, así que pasan la mayor parte de su tiempo solos y sin comunicación aún si están rodeados de personas”, dice Dora Hilda. 

Los estudiantes de la fundación Pones perdieron hace años los ruidos del mundo, pero la pandemia les hizo perder también el contacto de sus manos. 

Precisamente uno de los síntomas que más delata la presencia del covid en un contagiado es que suele perder el olfato y el gusto. Los olores de su mundo ordinario desaparecen como avisando que el virus no solamente aísla sino quita; quita sentidos y lo que ellos nos otorgan: el sabor de un plato de comida, el olor de un ser querido cuando nos pasa cerca.   

Pero perder sentidos aún más determinantes para la percepción, como la vista o la capacidad de escuchar, es lo que sufre una porción casi invisible del país. Un país de personas con discapacidad y de fundaciones que se ocupan de ellos que ya en tiempos normales son vulnerables, pero que con la pandemia se han quedado sin recursos y sin ayudas clave para sostenerse en la precariedad.

Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA, en todo el mundo una de cada siete personas vive con una discapacidad, es decir, una forma de deficiencia física, intelectual o sensorial que le dificulta su interacción con la sociedad. 

Estas son mil millones de personas. Sólo China e India tienen tantos habitantes. 

En Colombia también son más de los que parecen. De acuerdo con el último Censo Nacional de 2018, el 7 por ciento de la población colombiana sufre algún tipo de discapacidad. Estas son unas 3 millones de personas, más gente que la población total de ciudades como Medellín o Cali. 

Y conforme el país se hace más viejo, también las personas con discapacidad aumentan. En 2005 sólo representaban el 6 por ciento de la población. 

De ellos, son más los que tienen dificultades para ver, casi un millón de personas, y otros cientos de miles son los que no pueden caminar u oír. 

 

Casi 300 mil de ellos no pueden escuchar, y fue para darles un apoyo que Dora Hilda Rincón hizo su emprendimiento, así como muchos otros cuya cifra no se sabe pues no hay estadísticas sobre el número de personas cuidadoras de personas con discapacidad. 

Cómo Dora Hilda aprendió a hablar con las manos

Dora Hilda nació en Choachí, donde creía que le esperaba un futuro ordeñando vacas, como a muchas de las mujeres de su familia. No queriendo seguir esos pasos, le pidió a una tía que la llevara a Bogotá a trabajar en lo que fuera. 

Fue así como terminó de portera en el colegio Nuestra Señora de la Sabiduría, fundado por la comunidad religiosa de las Hijas de la Sabiduría, una orden francesa dedicada a la educación que en 1942 creó esta escuela para dar formación a personas con pérdidas auditivas. 

Allí empezó como portera, pero luego se destacó y la pasaron a hacer prácticas en el colegio. Unos años después, terminó de profesora en preescolar y bachillerato. 

En ese momento, a mediados de los 80s, no era un impedimento para que dictara clase que ella no supiera lengua de señas porque el colegio era oralista, es decir, que los sordos aprendían en sus clases leyendo los labios de sus profesores y no con señas; ella recuerda que en ese entonces amarraban las manos de los estudiantes para obligarlos a que no se expresaran con señas.

Fue sólo hasta 1996 que la lengua de señas fue reconocida oficialmente como la lengua propia de la comunidad sorda del país y se hizo obligatoria su enseñanza. 

Para ese entonces, a Dora Hilda le tocó ponerse las pilas y aprender lengua de señas, aprendizaje que certifica Fenascol, la federación nacional de sordos de Colombia, pero admite que no le quedó fácil.

“Aprender un idioma nuevo cuando uno ya está grande es difícil, y a mí me ha tocado realmente aprender tres, porque las señas se han actualizado en tres ocasiones, por lo que la forma como se hacía una palabra con las manos también ha cambiado y eso lo obliga a uno a estar pendiente de los cambios”.

 

 

Duró 25 años trabajando para el colegio de las monjas francesas, pero se dio cuenta que todavía faltaba una oferta de formación laboral para las personas sordas, porque si bien tenían un colegio donde estudiar, para trabajar nadie los contrataba, especialmente porque muchos llegan a sus 25 o 30 años apenas a estudiar y no saben hacer un oficio.   

Para responder a esa carencia creó Pones, en 2011, que empezó dando gratis cursos de bordado y manualidades los sábados, pero luego terminó tiempo completo con una oferta que le enseña a sus 40 miembros marroquinería, teatro, danzas y deporte, y los capacitan para que puedan sacar un emprendimiento y sepan cómo manejar plata.  

“Yo quiero ayudarlos a que tengan su propio emprendimiento y a que no se queden esperando a que alguien los contrate en un trabajo”. 

Guillermo Sastre, uno de sus estudiantes, ya tiene su propia página de Facebook en la que vende pulseras, manillas y otras prendas. Guillermo llegó de 27 años a Pones y hoy tiene 30.  

En Murillo, Tolima, de donde viene junto a su mamá, Guillermo trabajaba como maestro de obra y estuvo en una escuela pero de oyentes, por lo que sólo sabía mover la cabeza para afirmar o negar cosas, y sólo conocía  pocas señas. Él y su familia se fueron a Bogotá en 2016 porque él quería aprender a comunicarse y su mamá había perdido el empleo que tenía.  

Gloria, su madre, cuenta que le ha tocado aprender poco a poco lenguaje de señas para poder hablar con su hijo, y que es él quien más le enseña. 

“Es Guillermo quien me enseña muchas señas que son difíciles de aprender. Una señal como la de Fiscalía, por ejemplo, se puede ver en un papel pero hacerla es difícil para alguien que realmente no tiene práctica usando las manos, por lo que él las hace rápido y me muestra”, dice. 

La hermana de Guillermo, que está terminando once, también habla lengua de señas por los lados, pero está más enfocada en aprender otro idioma, inglés. 

 

 

Tratando de traducir algunas palabras de inglés a lenguaje de señas, ella se dio cuenta que la forma de hacerlas era distinta a como es en español, y entendió que si Guillermo quisiera comunicarse con alguien en Estados Unidos, necesitaría también aprender otro idioma. 

De hecho, en el mundo actualmente hay 300 lenguas de signos reconocidas, e incluso Gloria cuenta que ella misma ha encontrado diferencias en cómo se hacen las señas de Tolima a Bogotá, especialmente cuando quieren hablar de comida. 

Gloria dice que su hijo Guillermo se sintió triste desde que las puertas de Pones cerraron y que en ocasiones está irritable y pelea con ellas, pero ha aprovechado el tiempo encerrado para aprender las nuevas señas de la pandemia. 

Coronavirus, excepcionalmente, es el mismo signo para todo el planeta y se hace poniendo una mano sobre la otra y abriendo la de arriba con los cinco dedos emulando las proteínas como puntas que tiene el virus. 

Pero algunos tampoco pueden ver estos signos.   

Cómo Freddy terminó viendo con las manos

Freddy Grajales tiene 42 años. A los 11 empezó a tener fuertes dolores de cabeza. Un médico le dijo que esos dolores eran el producto de tumores que tenía y que lo podrían dejar ciego. El peor pronóstico se cumplió y unos meses después, sin haber dejado de ser niño todavía, Freddy perdió totalmente la vista. 

Hoy, después de haberse decidido por estudiar derecho y vivir en España por 10 años,  trabaja en el Instituto Nacional para Ciegos, INCI, que es un establecimiento adscrito al Ministerio de Educación, y es también el presidente de la Federación Colombiana de Organizaciones de Personas con Discapacidad Visual.

Para ir a su trabajo toma generalmente Transmilenio. Cree que es mentira que la gente en los buses esté tomando distancia por la pandemia porque normalmente van cargados de gente y lo empujan. 

En la estación de Banderas, por la que pasa, le toca cogerse de los pasamanos, bajar las escaleras cogiendo la baranda y tomar los torniquetes. Generalmente va solo al trabajo y lo único que tiene para protegerse es un gel antibacterial que se aplica todo el tiempo. 

Freddy, como muchas otras personas con su condición, necesita estar tocando las cosas para tener una información directa acerca de dónde se encuentra ubicado, con la ironía de que justo las políticas de salud han aconsejado no tocar superficies pues allí puede estar el virus. 

“Uno queda loco y, sobre todo, con la zozobra de saber que se puede contagiar más que el resto de personas por estar tocando la baranda de los buses, las puertas, etc, pero yo no tengo de otra”.  

Otro efecto que cuenta Freddy es que las personas que antes lo ayudaban en la calle para moverse ahora son pocas: 

“Normalmente a uno lo cogen del hombro o le dicen que se coja del hombro de la persona, todo es de buena fe, pero como los codos son un lugar de alto contagio ya no lo ayudan a uno casi, no le dan ese apoyo para cruzar calles”. 

Antes de la pandemia, él estaba a cargo de organizar campeonatos de fútbol sala para ciegos y competencias de música, pues muchos desarrollan un oído muy agudo. Él mismo jugaba fútbol en esos campeonatos hasta que en uno de ellos casi se fractura la pierna y estuvo un mes entre muletas y bastón.

En la Federación también hacen convenios con el Servicio Nacional de Aprendizaje SENA para que les certifiquen su experiencia como músicos o deportistas y así les quede más fácil conseguir trabajo, pero las actividades se cancelaron por la pandemia. 

En medio de todo, él admite que es un privilegiado:

“La mayoría de las personas ciegas generalmente no se rehabilitan. Nunca llegan a utilizar escoba o bastón y la familia los esconde y se quedan en regiones y lugares donde no saben cómo ayudarlos”. 

Y es que la rehabilitación, un proceso que les enseña braille (un sistema que les permite leer y escribir) y a que aprendan a caminar con bastón, no se la puede costear todo el mundo. Su valor suele superar los 20 millones de pesos por un año de atención.

A Freddy le salió por 38 millones y fue hace 3 años. Costos muy altos, precisamente para una población que tiene condiciones económicas más precarias, pues el 80 por ciento vive en pobreza, según datos de la Alta Consejería para la Discapacidad.   

Se queja porque conoce muchos casos de personas discapacitadas como él a las que no les ha llegado ninguna ayuda del Gobierno. De hecho, ninguna de las cinco fuentes con las que hablamos para esta historia recibió ayuda alguna.   

Esto contrasta con lo que ha dicho Jairo Clopatofsky, el Alto Consejero para la Discapacidad, quien dijo que el giro de los 160 mil pesos que el Departamento de Prosperidad Social dió a poblaciones vulnerables, también fue entregado a personas con discapacidad, y que se están entregando mercados a través de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres a familias que tienen a una persona con discapacidad. 

Jorge Mesa presidente de la asociación de personas con capacidad del Departamento de Córdoba, hizo un video en marzo pidiendo ayuda porque no les había llegado ningún auxilio económico, y Freddy contó que a algunos les tocó hacer acciones de tutela y así les llegaron mercados, pero la mayoría no ha recibido ninguna ayuda.  

En Colombia no hay una información certera sobre cuántas personas que están en situación de discapacidad han contraído covid. 

Para las personas con discapacidad que no pueden mover una pierna o seguir el perfil de un objeto con la luz, las cosas parecen amenazantes. Las escaleras, los bordes de las mesas se vuelven innecesariamente puntiagudos, como potenciales objetos en contra. Ese mundo hostil no se acabará con la pandemia, pero, piensa Freddy, el covid sí le hizo a muchos sentir al menos por un tiempo esa vulnerabilidad que ellos viven todos los días.  

“Yo veo el covid como una ceguera transitoria de todo el mundo. Nadie puede ver el virus, pero sabemos que a todos nos puede matar”. Freddy dice, y añade que se imagina al virus como un círculo pegajoso.  

Esta historia hace parte de la Sala de redacción ciudadana, un espacio en el que personas de La Silla Llena y los periodistas de La Silla Vacía trabajamos juntos.

Historia apoyada por:

Compartir
0