La liberación de Ingrid

La liberación de Ingrid
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Al recuperar esta semana la personería jurídica de su partido político, Oxígeno Verde, Ingrid Betancourt cierra el círculo que comenzó a dibujar cuando entró a la arena política recién cumplidos sus 30 años. 

Aunque venía de una familia política de corte conservador —su papá era el exministro Gabriel Betancourt y su mamá la exreina de belleza y representante a la Cámara, Yolanda Pulecio— desde el principio, Betancourt hizo política a su manera.

Con actos simbólicos, incluso antes de que Antanas Mockus convirtiera ese tipo de comunicación en su marca política, denunció la corrupción.

Lo hizo en el Congreso cuando estalló el escándalo del Proceso 8.000 a mediados de los noventa, y realizó una huelga de hambre en el Capitolio durante 14 días para protestar por la forma como se conformó la Comisión de Acusaciones de la Cámara que absolvió a Ernesto Samper de la entrada de dineros del narcotráfico a su campaña.

Y más tarde, durante su frustrada campaña a la Presidencia en 2001, repartió condones en la calle en plena epidemia mundial de sida comparando la enfermedad con la corrupción que azotaba a todo el país; y ofreció Viagra en las esquinas para “parar a los corruptos” y “para que los colombianos no sigamos siendo insatisfechos”.

Era una mujer que hablaba públicamente y de la que públicamente se hablaba. Y no siempre bien. Es que Ingrid hablaba duro, desafiaba, no escondía sus grandes ambiciones, atacaba: verbos que no conjugaban con ser mujer hace tres décadas. Y encima, se convirtió en una víctima que, ni en un doloroso cautiverio de seis años, dejó de interpelar a los colombianos. De otra manera, pero igualmente incómoda.

Veinte años después, Ingrid regresa a la política colombiana. Es otra. Es una mujer evolucionada por el dolor y por años de introspección. Pero vuelve a inventarse otra forma de hablar y de ser escuchada en la política.

Su objetivo es el mismo: luchar contra la corrupción. Con una diferencia, y es que ya no está sola. Es una fuerza que aglutina un centro que ondea la misma bandera.

Un nuevo lenguaje

Desde hace cinco años, la corrupción es considerada uno de los principales problemas del país. Mucho más incluso que la peor pandemia del siglo. Más que la inseguridad o la crisis económica. El 85 por ciento de los colombianos sienten “que los políticos no se preocupan de personas como uno” y que “la economía está amañada para favorecer a los ricos y poderosos”.

Es posible, entonces, que cuando Ingrid dice que los colombianos están secuestrados por la corrupción, los colombianos se vean reflejados en sus palabras. Que se reconozcan cuando les dice que son rehenes de un sistema corrupto que reeligen cada cuatro años porque sufren del síndrome de Estocolmo que padecen quienes han sido privados de su libertad.

Dice cosas duras como que “la gobernabilidad del país es la corrupción”; como que “uno elige a un Presidente para que corrompa y para que administre la corrupción”. Pero ahora lo dice sin rabia, sin señalar un culpable, sin denigrar de nadie. Habla desde la compasión y desde la reflexión sobre lo que es sentir que no se es nadie.

Su tesis de doctorado en Teología de la Universidad de Oxford, a donde se fue a estudiar y a empezar a sanar su trauma tras ser liberada, es sobre el concepto de la no-persona. Se lo inventó un cura peruano de la Teología de la Liberación para referirse a aquellos seres que son invisibles para los otros. Un concepto potente para un país en el que el “¿usted no sabe quién soy yo?” es un meme recurrente.

“El secuestro es el tránsito doloroso a perder el estatus de ser humano”, dice Ingrid, y uno sabe que ella lo vivió en carne propia. “Una vez uno tiene el concepto, uno ve el mundo de otra manera. ¿Cuáles son las no-personas alrededor mío? Los pobres que no queremos verlos, las culturas marginadas, las mujeres.”

Apalancándose en sus años de cautiverio y reiterando la metáfora de un país secuestrado por la corrupción, dice que ese estado de impotencia no se puede normalizar. Que no es necesaria la resignación. “Que si queremos salir de esto tenemos que hacerlo juntos, cogidos de la mano”. Que hay una salida.

¿Cuál? “Unir al centro es el primer paso para romper esa cadena”, dice la política en una gran entrevista  hace unos días con Carolina Sanín en su programa de Canal Capital.

El reto por delante

Ingrid llegó al país a jugar duro en la política y ya tuvo un rol clave en facilitar la unión de la coalición Centro Esperanza y en particular, en la inclusión de Alejandro Gaviria en ese combo.

Cuando durante “el cónclave” del domingo pasado se enredaron en el nombre de la coalición (si coalición —como querían Sergio Fajardo y Jorge Enrique Robledo— o acuerdo —como quería Alejandro Gaviria—) fue ella la que dijo que eso no podía ser la razón para dejar de anunciar la decisión que esperaba el país y la que junto con Humberto de la Calle logró destrabar las tensiones que se tejieron entre Robledo y Gaviria.

Al final, fue ella la que presentó los resultados del cónclave al público y dio la noticia de que habían logrado unir al centro. La presentó como Coalición Centro Esperanza aunque en el documento original se firmó como Acuerdo Centro Esperanza.

Dado su protagonismo y lo difícil de creer que alguien haga algo en la política que no sea en beneficio propio, inmediatamente comenzó el rumor —convertido en noticia falsa— de que sería precandidata presidencial. Ella lo desmintió públicamente, y lo demostró dándole un árbol a Carlos Amaya que se entendió como el aval de su partido.

No es claro si esta transformación de Ingrid será suficiente para que los muchos colombianos que la odiaban y aún más después de que intentó pedirle una millonaria reparación al Estado por su secuestro (de la cual desistió también) le den una segunda oportunidad y la escuchen.

Esta vez, ella no está apelando a los símbolos ni al performance del pasado. La diferencia está en el nuevo vocabulario que introduce, en el volumen que usa, en la escala humana desde la que habla.

Cuando Gustavo Petro abre las puertas para que el cuestionado exgobernador paisa Luis Pérez entre a su Pacto Histórico, Ingrid no trina denigrándolo. Ingrid les dice a Francia Márquez y a Margarita Rosa de Francisco que no hay necesidad de tragarse un sapo. Que ella lo ha hecho antes y que ya no es necesario hacerlo ahora. Que hay opciones. Abre una conversación con una clara intención proselitista pero que no pasa por la humillación del rival.

En una contienda marcadamente masculina, es posible que ese lenguaje —más femenino y más audaz por el contraste con el de los otros— logre atravesar el ruido de la polarización.

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