La reforestación de la Sierra Nevada en la que cada árbol es bautizado

La reforestación de la Sierra Nevada en la que cada árbol es bautizado
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Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric)

Para sembrar un árbol, los Arahuacos le piden primero permiso a la Madre Tierra. No es lo mismo sembrar una especie que otra, y en las zonas donde primero la deforestación arrancó violentamente una planta, hay que recuperar la relación con la tierra y pedirle perdón por haberla dañado.

Así, con rituales de sanación, ritos espirituales y la guía de las autoridades, los Arhuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta iniciaron un proyecto de reforestación que pretende equilibrar la balanza de la deforestación en esa zona.

Es un trabajo que contrasta con las críticas que han tenido los procesos de reforestación que ha implementado el Gobierno Nacional, que no necesariamente asegura la supervivencia de las especies sembradas.

Esta vez, por iniciativa de los indígenas, hay una combinación entre los conocimientos de biólogos, expertos y el de los Mamos –las autoridades indígenas– que tienen una visión propia y ancestral del territorio. 

La deforestación va rápido en la Sierra

Solo en el transcurso de dos años en la Sierra Nevada de Santa Marta la deforestación aumentó 169 por ciento: pasó de 123 hectáreas de bosque tumbadas en 2018 a más del doble, 331 en 2020. Es el 0,2 por ciento del área total del Parque Nacional Natural Tayrona.

Cada hectárea de bosque tumbado no solo amenaza el equilibrio biológico de uno de los ecosistemas más variados de Colombia, sino la supervivencia cultural de cuatro pueblos indígenas que conviven en la zona: los pueblos kogui, arhuaco, wiwa y kankuamo.

Los resguardos indígenas y los bosques que les permiten a esas comunidades conservar sus prácticas culturales están especialmente amenazados por la minería legal e ilegal, justo después de que se lograran controlar casi totalmente los cultivos ilícitos en la región. La coca pasó de ocupar unas siete hectáreas en 2019 a dos en 2020.

Lo que hay es una combinación de factores que impactan los bosques. Según el Consejo Territorial de Cabildos de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la zona hay 285 títulos mineros vigentes y 132 proyectos en marcha. Pero también la presencia de actores armados que pujan por controlar ciertas zonas.

Esa amenaza es la misma que ha llevado a que en el transcurso de este mes se hayan quemado tres lugares sagrados para los indígenas, en hechos que aún no se han esclarecido. Para las comunidades se trata de incendios provocados para dispersar a los habitantes de la zona y ocupar ilegalmente esos terrenos.

“Es un tema sensible y preocupante. Creemos que fue intencional”, dice Luis Guillermo Izquierdo, un indígena arhuaco conocido como el Mamo del municipio de Pueblo Viejo.

Aún así, según las cifras del Ideam, la tierra dentro de resguardos indígenas está conservada en un 95 por ciento. En el caso de la Sierra Nevada, donde la Línea Negra (que es la que imaginariamente delimita el territorio de los indígenas) señala el territorio ancestral, las quebradas son de las más limpias del país y favorecen la conservación de una selva espesa en la que habitan monos, búhos y aves que son la representación de los dioses indígenas.

El daño, sin embargo, no es solo culpa de los actores externos que quieren ocupar el territorio, sino también de una desconexión que algunos indígenas tienen con la tierra.

Varios, según un documento de diagnóstico de la situación ambiental de la Sierra, queman algunas hectáreas de tierra para la agricultura, pero el fuego se les sale de control. “Ello también se debe a que algunos no siguen las prácticas sobre el uso del fuego formuladas por los Mamos”, dice el documento.

Los arhuacos han ideado una estrategia para contrarrestar el daño de la zona donde viven, buscar que se les reconozca la labor de conservación que han hecho por años, y recuperar el tejido cultural que se está perdiendo.

Para sembrar primero hay que pedir permiso

“La población arhuaca protege a los territorios desde todas las perspectivas”, dice Luis Tróchez, un indígena Misak que hoy está representando a los arhuacos de la Sierra Nevada ante el MinAmbiente para presentar un proyecto de conservación. Se refiere tanto a la conservación natural de los árboles y los animales, como a la preservación de una forma más amable de convivencia con la tierra.

Esa relación es importante porque, según Edersson Cabrera, coordinador del Sistema de Monitoreo de Bosques y Carbono del Ideam, “lo que hemos identificado es que cerca del 52 por ciento del bosque natural que hay en Colombia está bajo una figura que tiene algún componente comunitario (resguardo indígena, reserva campesina, ley segunda o Parque Nacional Natural). Donde hay personas protegiendo, hay menos deforestación”.

Por eso, lo que los indígenas quieren es que el Gobierno les reconozca una iniciativa para investigar cuáles son las especies de fauna que tiene su territorio, para luego sembrar unas nuevas y cuidarlas durante su crecimiento ampliando el área de bosque. Es, en otras palabras, servir como trabajadores en el territorio para que el Gobierno esté más cerca de cumplir con la meta que tiene de sembrar 180 millones de árboles nuevos para finales del año entrante.

Pero aún si no logran esa articulación, este mes empezaron las primeras exploraciones.

“Se necesita darles estabilidad a las familias. Eso contribuye a frenar la deforestación, la tala de árboles o la destrucción del medio ambiente”, explica Izquierdo.

La meta es restaurar los bosques dentro de la Línea Negra en el transcurso de cinco años y aumentar en 30 por ciento los árboles alrededor de ella.

Sembrar árboles es la forma como esa comunidad quiere contribuir con la lucha contra el cambio climático. Se convierte también en una estrategia de subsistencia económica y de reconocimiento de lo que han hecho por años. Además, los arhuacos esperan que les ayude a ampliar y recuperar la visión espiritual sobre el territorio. Por eso los árboles no solo se siembran en la tierra. Ésta primero hay que sanarla y cuando estén enterrados, se bautizan.

En ese sentido, conservar el bosque le sirve a los ecosistemas a la vez que a las comunidades. Implica la protección de las especies que tienen un significado sagrado para los indígenas y que se han perdido por la acción humana.

El proyecto, según las estimaciones de Izquierdo y los Mamos, puede valer cerca de cuatro mil millones de pesos hasta el año 2026, cuando se espera que casi 600 hectáreas de tierra estén reforestadas y libres de cualquier foco de deforestación. Pero para eso, hay que seguir unas fases entre técnicas y espirituales que permiten que los indígenas intervengan la tierra y le pidan perdón por haberla dañado.

Hasta ahora, los recorridos de exploración los han hecho para diagnosticar el daño ambiental de la Sierra y recolectar semillas que luego van a regresar al bosque. Se encarga una comisión de científicos y biólogos en compañía de los Mamos de tres comunidades y otros ocho indígenas arhuacos interesados en el tema. A esos ocho los postularon las familias y los eligieron en un consejo comunitario.

“Ellos son los que nos han estado orientando, desde la parte conceptual hasta los ajustes. Se encargan de facilitar el conocimiento del territorio”, explica el Mamo Izquierdo.

El diagnóstico parcial es que la frontera agrícola se ha movido hasta tumbar los árboles que están dentro de la Línea Negra. Y los proyectos de infraestructura, entre los que hay un puerto carbonífero, la represa de una histroélectria y un hotel, se metieron en territorio ancestral.

Lo que hay que hacer en la Sierra, explica Izquierdo, es “regenerar la tierra naturalmente y dejar formulado un proyecto de pago por servicios ambientales”. El último es uno de los siete pilares de la agenda medioambiental de Duque. Consiste en que el gobierno les paga a las comunidades por proteger sus territorios y evitar la deforestación o la acumulación ilegal de baldíos. El Gobierno espera cerrar este año con nueve mil contratos de ese tipo.

Es una iniciativa importante, porque según Carolina Jarro, subdirectora de Parques Nacionales Naturales, “la vinculación de las comunidades locales a la conservación garantizar un proceso de apropiación y de recibir beneficios. Una comunidad que tiene suplidas sus necesidades básicas, ayuda a frenar los procesos de deforestación de ecosistemas”. 

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